El fin del dinero: billete sin retorno

El pago en efectivo va camino de desaparecer en favor del uso de las tarjetas y los móviles con los que ya abonamos hasta el café y el croisssant. ¿Es el fin de los billetes y las monedas un signo de progreso y lucha contra el blanqueo o, en paralelo, es un cheque en blanco para que multinacionales y gobiernos monitoricen un poco más nuestras vidas?

Phil Ashley / getty

Suecia, el país que en 1661 introdujo en Europa el papel moneda, aspira a ser muy pronto el primero del mundo en retirar de la circulación todo su dinero en metálico en favor del pago electrónico con tarjeta, teléfono o lo que el ser humano invente en los próximos días, semanas o meses. Adiós a los monederos, a los cajeros automáticos, a los furgones blindados, a la fábrica de moneda, adiós al oficio de los falsificadores (tendrán que reciclarse en hackers), a los billetes desgastados, al tintineo de la chatarra en los bolsillos del pantalón, al “ay, lo siento, me faltan cinco céntimos” y al consiguiente “no importa, ya me los dará la próxima vez”. Si el de Suecia (en el 2016, en Estocolmo, sólo un 1% del valor de todas las compras se hizo en metálico) fuese un caso aislado, la historia no tendría mucho recorrido, sería una anécdota jugosa del tipo el futuro hecho presente. Pero no es el caso. Los hábitos de los consumidores en una parte del mundo y la introducción de todo un sistema de medios electrónicos de pago están dibujando un panorama en que la desaparición del dinero físico no es ciencia ficción. Asoma una realidad en la que el valor de los datos (quién compra qué, cuándo y cómo lo hace) serán el nuevo maná, el oro que manejarán las empresas intermediarias. 

En Dinamarca, la erradicación del cash también está en el horizonte, si acaso un poco más lejano que el sueco, allá por el 2030. En Corea del Sur, el Gobierno ya ha hecho experimentos en los que no se podía adquirir nada con monedas. Algo con lo que sueñan millones de europeos, hartos de las de cinco, dos y un céntimo. Al menos el Banco Central Europeo ha declarado la guerra a sus propios billetes de 500 euros, que está retirando paulatinamente no tanto como una prueba piloto para rebajar el papel moneda en la UE como para intentar atajar el crimen organizado, amante de manejar esos billetes, de los que casi todo el mundo desconoce el color.

ambién en Estados Unidos ha habido voces para apartar del mercado los de 100 dólares (los de la efigie de Franklin), a lo que se oponen los congresistas y los senadores de Massachusetts, en cuyo estado tienen su sede los fabricantes de ese papel moneda… En India, donde el dinero en metálico está muy arraigado, el Gobierno de Narendra Modi retiró los billetes de 800 rupias con el objetivo real de controlar los flujos monetarios y forzar a millones de personas a que paguen con tarjeta o por teléfono (y así monitorizarles). La decisión provocó protestas ­masivas y colas kilométricas en los bancos. En Kenia, el exitoso sistema de pago M-Pesa ha convertido una empresa de telefonía (Safaricom) en el único banco de millones de ciudadanos que antes no tenían (y en realidad siguen sin poseer) cuenta corriente en las entidades tradicionales.
 

En Dinamarca o Suecia, con moneda propia, el fin del efectivo está cerca; en Corea ya hay pruebas piloto para comprar sin moneda

 

Los gestos nos delatan: apenas pasamos ya por el banco, cada vez sacamos menos dinero de los cajeros y hasta abonamos con tarjeta un café con leche y un croissant. Al principio era raro, porque muchos establecimientos imponían un límite mínimo para pagar. Ahora, ya casi ninguno. En realidad, la cantidad de dinero que circula cada día es poquísimo comparado con el que mueve y acumula cada día la economía de ese país. En Suecia es apenas de un 2%. En nuestro país, en un mes (abril del 2017, datos del Banco de España) por nuestras carteras, monederos y cajones de la ­cómoda circulan unos 27.000 millones de euros en billetes y otros 4.000 en monedas. ¿Mucho? En realidad es poco más de la mitad que hace tres años y apenas un 30% del ­efectivo que manejaban los hogares hace 10 años.

Ya en el 2016, el volumen de dinero por compras con tarjeta o móvil superó al sacado de cajeros automáticos para pagos en efectivo. Los datos se acumulan, y la tendencia que se dibuja está clara. Ahora bien, ¿es el fin del papel moneda tan bueno como lo pintan los estados, los bancos y las empresas intermediarias? ¿Qué efectos secundarios conlleva? ¿Qué segmentos de la población mundial dejaría en fuera de juego o expulsados de la economía? ¿Qué les sucedería a centenares de millones de personas en África, Latinoamérica y Asia- Pacífico que no conciben su economía sin efectivo por muchos avances que existan?

En este debate no hay medias tintas ni opiniones salomónicas: por un lado, los defensores del efectivo lo ven como un signo de independencia e intimidad en la que no hay intermediarios (si abonas en metálico, nadie, ni las empresas, ni los algoritmos, ni las plataformas de búsqueda online saben qué compras, ni siquiera si compras); por otro, los detractores de los billetes consideran que el papel es sucio (y está impregnado de cocaína), es una autopista sin peajes para actividades ilegales, dinero negro para el blanqueo, para evadir impuestos, para que la economía sumergida siga siéndolo.

El economista y escritor David Wolman, autor de The End of Money, se significa claramente en este ultimo grupo. Odia el dinero en metálico no sólo por todas las razones esgrimidas, sino porque además es caro producirlo, imprimirlo, moverlo, protegerlo, controlarlo. Sin todos esos procesos, asegura, un país como Estados Unidos podría ahorrarse 150.000 millones al año. En su trabajo, que ha tenido gran éxito en el mundo anglosajón, defiende además que sin billetes ni monedas (esas que se suelen dejar al músico callejero, por ejemplo) habría menos violencia y crímenes.
 

Llega una realidad en la que los datos (quién compra qué, cuándo y cómo) son el nuevo maná, el oro de las empresas intermediarias

 

Los adalides del “no vaya usted tan rápido”, es decir, los que no se alinean con los defensores del fin del dinero físico como sinónimo de panacea económica, fin del fraude fiscal y el blanqueo, argumentan que, en un mundo sin efectivo, los falsificadores pasan a ser hackers y “el crimen, simplemente, pasa de ser analógico a digital”, esgrime Brett Scott, escritor y activista, autor de La guía herética de las finanzas globales, editado en inglés. A su juicio, el papel moneda “es la primera forma de dinero público, tiene utilidad pública y es palpable, puede pasar de los ricos a los pobres y viceversa. (Sin embargo), el digital es esencialmente privado y forma parte de una estructura en la que participan los bancos y los intermediarios de pagos como Visa o MasterCard”, ha escrito recientemente. “El ataque psicológico, el que te dice que ‘la tarjeta es mejor’, está funcionando. Es lo que ha sucedido en India –resume Brett– retirar los billetes de rupias de más valor se vendió como una manera de atajar la economía sumergida, cuando lo que se está haciendo es ahogar a millones de personas que dependen del dinero en metálico y que no tienen fácil acceso a una cuenta bancaria”.

Hay países donde la digitalización de la sociedad es una mina de oro con un filón casi inacabable. Si en España hay 70 millones de tarjetas de crédito y débito para 47 millones de personas, en India hay 1.200 millones de habitantes y apenas 30 millones de tarjetas. Un enorme mercado potencial. La agencia Reuters daba detalles hace unos meses de las arduas negociaciones que Visa y Mastercard han tenido durante diez años con el Gobierno indio para introducir sus productos.

En teoría, el fin del dinero físico tiene muchos perdedores, algunos ganadores claros –como los estados y las plataformas de pago– y un tercer grupo, que son los que pueden ganar mucho y perder más, como los bancos tradicionales. Para los estados, la desaparición de billetes y monedas no sólo significaría ahorrarse mucho dinero en su fabricación, transporte y gestión, sino que con ello lograrían visualizar millones de operaciones económicas que antes no veían (y establecer patrones, armar estadísticas), además de aplicar impuestos a aquellos que escurrían el bulto utilizando dinero negro. Empresas como las dos citadas o PayPal verían como su negocio crecería hasta límites insospechados. Y en teoría también los de los bancos, que se ahorrarían la gestión de todas las redes de cajeros y aumentarían el número de clientes, tarjetas… En teoría.

Xavier Busquets, profesor del departamento de Operaciones e Innovación de Esade dibuja un nuevo mundo que está emergiendo y que ya es o será pronto una competencia directa de los bancos tal y como los hemos conocido hasta ahora. “Están apareciendo muchas alternativas a las entidades bancarias. En Kenia, el principal banco entre comillas es una empresa de tecnología que ofrece el servicio de pago M-Pesa. Pero aquí, la compañía Orange está preparando para este año su oferta de servicios bancarios. Sólo hace falta ver que en el mundo hay cinco veces más móviles que cuentas corrientes”. Busquets cita la PSD2, la directiva europea que regula el mercado digital de pagos y que abre la puerta a entidades no financieras a ofrecer servicios que sí lo son. “La relación del cliente con su banco puede estar en peligro”, advierte, pues esas otras entidades están perfeccionando con software específico el cálculo de riesgos, una de las características de la banca tradicional. En realidad, el M-Pesa keniano funcionó porque los bancos del país, muy burocráticos y sin una red consolidada en las zonas rurales, se movían como un diplodocus en comparación con la velocidad en nanosegundos de una operación con el móvil.
 

Abolir el papel moneda podría mitigar el crimen, el blanqueo, se recaudaría más en impuestos, y los estados se ahorrarían fabricarlo, distribuirlo... 

 

En el fondo, la rapidez de las operaciones con tarjeta o teléfono (la lista de apps que acaban en pay es inacabable) proporciona una satisfacción para quien necesita hacer muchas cosas y rápidamente. Nadie como el profesor Drazen Prelec, del MIT de Boston, ha estudiado los efectos y contraefectos del pago con tarjeta opuesto al pago en metálico. ¿Cuesta psicológicamente lo mismo pagar una buena gabardina que vale 400 euros y abonarla billete sobre billete que hacerlo con un golpe de muñeca con una tarjeta? A partir de varios estudios, Prelec determinó que pagar con plástico duele mucho menos: “Las tarjetas anestesian a las personas y eliminan el dolor del pago (en metálico). La gente compra más. De media, descubrimos que los compradores con tarjeta gastan el doble que los que llevan efectivo, lo que sugiere que el coste psicológico de gastar un dólar con tarjetas es sólo de 50 centavos”. La evidencia de ese coste psicológico es tal que hasta David Wolman, defensor a ultranza del fin del dinero, da indirectamente la razón a Prelec: “Entras en un casino con tres billetes de 100 dólares y sabes que puedes perder, como mucho, 300 dólares, pero si entras con una tarjeta de crédito, puedes perder hasta la casa”.

Y si la tarjeta dispone de dispositivo de pago sin contacto, el dolor, al parecer, se atempera más. Antes de lanzarla al mercado en el 2007, los expertos del Royal Bank of Scotland determinaron que quien utilizaba esa tarjeta contactless acababa gastando un poco más, no sólo se tomaba un café, sino que además pedía un trozo de pastel. Es lo que sucedía cuando uno se había quedado sin billetes ni monedas y tenía que pagar algo con tarjeta, pero acababa consumiendo más para superar el mínimo que antes se exigía en muchos establecimientos. 

El espejismo psicológico –pagar más rápido, más fácilmente, en cualquier tienda– plantea preguntas que pueden llegar a ser apocalípticas. Jorge Fonseca, profesor de Desarrollo Político-Económico Mundial en la Universidad Complutense de Madrid, alerta de que el dinero en metálico, símbolo durante siglos de trueque e intercambio, “se está convirtiendo en un referente de independencia y libertad. La otra opción, la del pago digital, puede ser un elemento de mucho calado, de control total de la población. Todas las operaciones quedarán registradas, menos las del crimen organizado, que sabrá como disimularlas”, ironiza. ¿Pero es evidente que habría un mayor control del delito, no? “Sí –responde Fonseca–, pero hay que pensar críticamente. Por un lado, algunos de los dirigentes ­europeos, como Jean-Claude Juncker cuando era primer ministro de Luxemburgo, son cómplices de la creación de políticas de rebajas fiscales a las grandes compañías globales. Por otro lado, si hablamos de delitos, los hackers siempre van por delante”.

A su juicio, una visión del futuro donde pueda existir ese control máximo lleva a este profesor a visualizar una vida en la que se combinan elementos del Gran Hermano del 1984 de Orwell, Blade Runner y Minority Report, “donde la información, los datos, serán el nuevo instrumento monetario”, augura.
 

...mientras, los adalides del efectivo creen que es un símbolo de progreso para millones de personas sin tarjetas de crédito ni acceso a cuentas bancarias

 

En todo caso, y tal como funciona hoy el mundo, y si no se está en una aldea remota de un país aislado, parece mucho más sencillo vivir sin dinero contante y sonante que lo contrario: no poder utilizar la tarjeta para nada. Un escritor estadounidense, Seth Stevens, hizo la prueba: estuvo dos meses sin tocar ni billetes ni monedas.

ubo ocasiones en que tuvo problemas a la hora de pagar o simplemente no pudo comprar en establecimientos o mercadillos que no disponían de datáfono. En un artículo en la revista Slate escribió: “Si hay algo que he aprendido con este experimento es que estamos a milímetros de una sociedad capaz de funcionar sin dinero en efectivo. Todo el mundo, excepto los más pobres, tendrá un teléfono móvil que proporcionará infinidad de métodos para transferir dinero. Aunque es cierto que las megacompañías se quedarán con un cacho de esa transferencia, y eso no hace gracia…”.

A los miles de millones de personas en África, Latinoamérica, Asia y el Pacífico que no conciben su economía sin billetes y monedas por muchos avances que existan, los experimentos de Stevens les pueden sonar a marcianada, pero los movimientos de las economías estatales para digitalizarlos están en marcha en India, China… donde la clientela potencial es inmensa y, con los nuevos avances tecnológicos, las megacompañías que cita Stevens pueden ir estableciéndose en áreas aún vírgenes en lo que al pago electrónico se refiere. Es cuestión de tiempo que hinquen el diente. ¿Pero hasta qué límite? Un portal online de Zimbabue explicaba hace unos meses los problemas que tenían algunos padres a la hora de pagar la matrícula de las escuelas de sus hijos. La hiperinflación y el escaso valor real de la moneda ha hecho que muchos estén abonandola con ganado. El ministro de Educación comentó que esta forma de trueque era una opción válida y más rápida que conseguir sacar dinero del banco, algo que puede llevar horas. Eso sí, para abonar las cabras, habrá que llevarlas de la granja a la escuela, de momento aún no se ha inventado el sistema para teletransportarlas. Todo llegará.

¿Cómo sería un mundo 
sin dinero en metálico?

¿Quién se tendría que empezar a preocupar ante el fin del dinero? Los fabricantes de las huchas, cajas fuertes y de las máquinas que cuentan billetes y detectan si son falsos. Y los falsificadores, que tendrán que centrarse en copiar tarjetas, no billetes. (Bueno, ya están en ello). También las empresas de seguridad que distribuyen efectivo por los comercios, los bancos... No habrá cajeros automáticos. Dejarán de fabricarse, y los bancos no los comprarán. ¿Cómo agradeceremos a los músicos callejeros su arte? ¿Y las propinas? ¿Si las pagamos con plástico, las recibirá quien nos atendió? ¿Y las monedas extranjeras que nos sobraban y las dejamos en la caja de donativos de Cruz Roja o Unicef de los aeropuertos? ¿Cómo funcionarán las tragaperras? ¿Los niños que vayan a comprarse una piruleta deberán llevar tarjeta, donde cobrarán la paga semanal? ¿Tendrán un móvil monedero a los 7 años? Entonces, seguro que pueden comprar monedas rellenas de chocolate.