Fraternidad, frugalidad, eternidad

No hay tele. Los móviles están racionados, como la carne. Ocho rezos al día, dos de madrugada. Silencio y trabajo duro. Quietud y frío. Así es la vida intramuros en una de las abadías trapenses más genuinas del mundo, la que habitan los monjes panaderos, queseros y cerveceros de Koningshoeven, al sur de los Países Bajos.

Demos gracias a Dios, podéis ir en paz”. El hermano Max, pelo entrecano, cara de niño, brazos abiertos, ojos despiertos y casulla carmesí, da por concluida la misa y una docena de monjes van saliendo de la capilla. A Zurbarán, que pintó a tantos ascetas y ermitaños, le hubiera gustado verlos desfilar y difuminarse al final del pasillo. Algunos llevan la capucha puntiaguda puesta, otros lucen calva natural. Algunos meditan, otros hablan en voz baja y sonríen. Todos van a paso ligero, también el hermano que empuja con garbo un andador. Si el hábito no hace al monje, al menos lo protege del frío ártico que reina en el claustro de la abadía trapense de Nuestra Señora de Koningshoeven, Berkel-Enschot, Países Bajos. El mediodía está acurruca­do: hace tanto frío que la luz del sol atraviesa los vitrales de punti­llas por temor a quedar congelada. Los rayos trazan un efecto ondulado en el suelo hasta el punto de que los herma­nos parecen andar sobre las aguas. Camino del refectorio, alejándose, sus zapatos dejan de rechinar. Es hora de comer. Menú a base de ensalada, stammpot (puré de patatas al estilo holandés), salchichas ahumadas de tofu y, de postre, manzanas.

Koningshoeven es una de las únicas once abadías en el mundo que pueden llamarse trapenses con todas las letras: la cerveza se elabora en el recinto del monasterio, los monjes supervisan la producción y destinan un tercio de los beneficios a obra social

El hermano Max se queda rezagado limpiando y guardando el cáliz, apagando los cirios que ardían durante la eucaristía. ¿Quién flanquea en el altar al Cristo crucificado y con corona de espinas, pero sin apenas sangre en la cara? “Son san Benedicto y Stephen Harding, nuestro fundador”, responde fray Max, uno de los monjes de la comunidad, que cuenta con 17 miembros. Además del frío en el claustro, los ocho rezos al día y la quietud, ¿cómo es la vida en un monasterio católico en pleno siglo XXI? ¿Hay tele, internet, wifi, móviles? ¿Sus miembros tienen y expresan opiniones políticas? ¿Hasta qué punto hay contacto con el exterior? ¿Acaso los hermanos Isaac, David, Max, Wilburt o Bernardus se dedican sólo a la vida contemplativa? Magazine ha pasado dos días en esta abadía neerlandesa asistiendo a las misas diurnas y nocturnas, flirteando con el vegetarianismo (cerveza de alta graduación incluida), practicando la meditación, conversando con algunos de los hermanos y recorriendo algunos de sus espacios, algunos vedados, como la capilla, iglesia, celdas, barbería, hospedería, la vieja panadería, jardines, campos de cultivo... y la fábrica de cerveza, cuyos efluvios de malta perfuman la vida intramuros.

Koningshoeven es una de las once abadías en el mundo que pueden llamarse trapenses con todas las letras. Y eso es porque la comunidad religiosa cumple con tres reglas obligatorias: producir la cerveza en el recinto del monasterio, supervisar la producción y destinar parte de los beneficios a obra social. Y así desde 1884. Fue entonces, tres años después de haber huido de Francia y haberse asentado en estos mismos terrenos cerca de Tilburg y pertenecientes a la corona, que los monjes decidieron elaborar cerveza. La idea inicial era dedicarse a la agricultura, pero el suelo era poco fértil.

El hermano Max enfila hacia el comedor. Tiene cuarenta y largos y luce el mismo corte de pelo que Christian Slater en El nombre de la rosa. Un look monástico que resiste a las modas desde el siglo XIV. Se ha quitado la casulla y ahora se abriga con un forro polar que anuncia en el pecho la marca comercial de las cervezas, La Trappe. “Soy el secretario de la abadía, me encargo de la organización, de enseñar hebreo al resto de los monjes y estudio el Viejo Testamento en la Universidad de Tilburg”, explica con voz queda.

Él es uno de los monjes más jóvenes; el hermano David, en cambio, es uno de los más veteranos. Su cometido es el de llevar la voz cantante (la literal, no la metafórica) en la eucaristía y, sobre todo, gestionar la hospedería, donde los fieles se alojan dos o tres días para vivir bajo los preceptos monacales de silencio, fraternidad, un poco de austeridad, una cierta frugalidad y mucho sueño interrumpido por culpa de la misa de maitines (que empieza a las 4:15 de la madrugada) y los laudes, que arrancan a las 6.30.

“Espero al Señor, lo espero a Él, espero su promesa, silenciosamente espero al Señor”, recitan en holandés los monjes con un leve deje a los niños de San Ildefonso cantando la lotería. Atrás, en los bancos, los feligreses más o menos soñolientos siguen el rezo. En esta orden de raíz benedictina y cisterciense se vive bajo la norma del ora et labora, ocho horas de descanso, ocho de trabajo y ocho de plegaria. “La oración forma parte del trabajo primordial, claro. Y luego vienen las actividades manuales, las que nos permiten vivir”, aclara el hermano David.

Para descansar bien antes del rezo de las 4 de la mañana hay que ir a dormir pronto: “Te habitúas a los horarios”, explica Dom Bernardus, el abad, mientras bebe una infusión después de la última misa del día

Entre ellas, la elaboración de cerveza, por supuesto, pero también de pan, queso, mermelada, miel, galletas, chocolate… los desayunos en el convento son más que de kilómetro cero, de metro cero. Todo está elaborado dentro del recinto y cada monje se ocupa de una tarea. La nueva panadería, por ejemplo, se halla en el corazón del monasterio, como la quesería que dirige el hermano Wilburt y que protege con celo del personal ajeno al complejo religioso: “Ustedes no pueden estar aquí”, avisa a unos visitantes que miran por la ventana (sólo un segundo y de reojo) cómo prueba sus quesos con los ayudantes. La mayoría de los productos, realmente excepcionales, se elaboran para el consumo de los monjes, los huéspedes y los visitantes que acuden a misa y compran en la tienda. La cerveza es la excepción: “Bebemos de vez en cuando. No producimos para nosotros, sino para vender”, informa el hermano David. La fábrica funciona en paralelo a la vida monacal aunque los trabajadores que la producen no son religiosos. El maestro cervecero, Gerrit van Heumen, hombre tan dicharachero como estresado, va arriba y abajo manejando las novísimas instalaciones, siempre pendiente del teléfono y de toda la información que va saliendo de las pantallas. “Ahora todo se controla a golpe de ratón”, confirma rodeado de cajas rojas que identifican a las distintas cervezas de La Trappe. Si los monjes no beben a menudo, sí pueden hacerlo los fieles que se alojan en la hospedería si pueden acabar la velada conversando tranquilamente y bebiendo un botellín admirando crucifijos e imágenes de la Virgen.

Si uno quiere dormir las ocho horas preceptivas del tirón, tiene que irse a la cama sobre las ocho de la tarde para estar despierto a las 4 de la mañana. Pero para el que no está acostumbrado, es difícil conciliar el sueño. Consta que el padre abad, Dom Bernardus Peeters, el sexto en toda la historia de la abadía, prefiere tomarse una infusión anisada antes de ir a la cama en vez de darse a la cerveza. ¿No es muy duro levantarse a las cuatro y luego descansar otro poco para la misa de las seis? “El cuerpo se acostumbra”, musita. Llega el toque de queda.

Cuando a las cuatro suena el despertador es difícil no sacar el capitán Haddock que uno lleva dentro, pero siendo la casa de Dios, el autocontrol se impone. La quietud, la oscuridad y el helor en los pasillos hacen que el huésped se sienta un estoico, un héroe. “Me salté la misa de las cuatro de la mañana, necesitaba descansar”, reconoce a la mañana una señora que ha dormido dos días en la hospedería (alojamiento y comida, precios populares) y que forma parte de un grupo de feligresas protestantes venidas del norte de los Países Bajos. “No importa que Koningshoeven sea de confesión católica”, razona.

“El menú es vegetariano, verduras, frutas, huevos y queso. A veces, también pescado. La carne sólo la tomamos unas pocas veces al año. Al principio la echas de menos”, cuenta el hermano David

En su retiro, las mujeres fortalecen sus lazos en la hospedería, lavan los platos juntas después de cada comida, conversan, caminan por el bosque, siguen los rezos y se abrazan a la vida lenta de la que no siempre disponen en su día a día. El desayuno y el almuerzo transcurren en silencio. En la cena se puede hablar bajito. Una recomendación: si son muy carnívoros, los menús de la hospedería no están pensados para usted. Siguiendo la línea de frugalidad son casi vegetarianos. “Carne comemos, sí –explica el hermano David–, pero sólo unas cuatro veces al año. La mayor parte del tiempo el menú es vegetariano, verduras, frutas, huevos y queso. A veces, también pescado. Creo que a eso lo llaman flexitariano, ¿verdad? La carne la tomamos en las fiestas de guardar importantes, Navidad, Pascua… Al principio sí la echas de menos, después te van acostumbrando”.

De entrada, los monjes no siempre son amables. Ni el hermano Wilburt con los merodeadores de la quesería, ni David con unos huéspedes cuyos nombres en un principio no encuentra en la lista ni en la pizarra en la que se asigna un nombre a una habitación. “Recuerden que esto no es un hotel”, advierte. A los pocos minutos se disculpa mientras entrega a cada uno las sábanas y toallas para la celda individual, amplia, sencilla y espartana. Lo importante es que hay agua corriente y electricidad. ¡Y calefacción! ¿Quién quiere wifi, canales por satélite o radio digital si vas a quedar congelado bajo la fina manta?

“En la abadía no tenemos televisión –revela el hermano David, que habla inglés, francés e italiano con soltura–, tenemos internet y ordenadores para trabajar e informarnos. Estamos pendientes de los diarios, pero sobre todo de las revistas, que nos interesan más”. ¿Y móviles? En un anuncio publicitario de la vida monacal y de promoción de las cervezas, que comercializa la empresa familiar Swinkels, al hermano Isaac, cervecero mayor, se le ve con uno. “No todo el mundo tiene, en realidad sólo hay tres monjes que sí”, confirma el hermano David. Él forma parte de ese grupo escogido. “Tengo este que es muy sencillo”. Pero si es un iPhone, le espetan. “¿Un iPhone? Noooo”. Que sí, le insisten. “¿Ah sí? Ah, sólo lo uso para hablar y recibir mensajes, sé que puede hacer fotos, pero no sé cómo… La abadía es tan extensa que no nos podemos desplazar todo el tiempo, serían muchos kilómetros al día”.

El progreso tecnológico entre los muros de Nuestra Señora de Koningshoeven es indudable. ¡Móviles! Hace unas décadas, hasta bien entrados los sesenta del siglo pasado, los monjes debían cumplir el voto del silencio. En la antigua panadería, al lado de la quesería del hermano Wilburt, aún existe un teléfono negro de baquelita colgado de la pared. El maestro hornero de la época no podía hablar, pero si había un incendio y quería avisar a los bomberos, tenía una copia en papel con el código Morse para que avisara a los bomberos a base de golpecitos del auricular contra la pared. La chuleta ahí sigue colgada.

“Lo que más me gusta de esto es el silencio y la oración, la vida contemplativa”, reflexiona el hermano David, que hace años cambió de equipo religioso. “Fui salesiano, profesor de Humanidades, pero por ciertas razones reflexioné durante mucho tiempo y decidí tomar la vida monástica”. ¿Qué es lo más duro? ¿Madrugar? ¿Esta entrevista? “Esta entrevista no es ningún esfuerzo, no se preocupe, yo me ocupo del trato con las personas que se alojan en la hospedería, de la hospitalidad. Estamos en contacto y sí, a veces piensas que estás protegido de este mundo que a lo mejor se ha vuelto un poco loco. Pero no podemos huir de él, formamos parte como microsociedad. Y, de acuerdo, con un microclima bastante frío”, bromea.

Sólo tres de los 17 trapenses tienen móvil; en la abadía no hay tele, pero sí PC. Los monjes miran al exterior y cuando toca expresan sus ideas políticas, más bien progresistas: ellos también fueron inmigrantes

En una de las seis misas se cita la situación creada en el Reino Unido con el Brexit y las recientes elecciones. “Señor, que vaya bien allí”. “Te rogamos óyenos”, responden los parroquianos. Cuando tienen que enviar un mensaje político, los monjes no dudan en pronunciarse. Su Reino también es este. El padre abad, Dom Bernardus, fue recientemente portada de la revista Kloster (Claustro), que en sus páginas aborda temas religiosos, y aparece en otros medios.

En una conferencia en el 2015 para el portal de pensamiento Nieuwe Wij, Peeters arremetía sin piedad contra la extrema derecha neerlandesa por su postura contra la inmigración: “Algunos políticos holandeses, y no sólo Geert Wilders, quieren cerrar completamente las fronteras de nuestro país con el pretexto de no tener que recibir refugiados. Ofrecemos hospitalidad, pero mantenemos al huésped a una distancia segura. Este es un país y un momento en que los solicitantes de asilo están encerrados como delincuentes”.

Los trapenses que se asentaron en Berkel-Enschot también llegaron como refugiados huyendo de la inseguridad religiosa en Francia. La comunidad ha pasado por momentos boyantes (cuando llegó a tener hasta 150 miembros) y más peliagudos (sólo 9). En su seno hay dos monjes subsaharianos y dos de origen asiático... En un mundo en el que el presente no deja respirar al futuro, ¿qué porvenir tiene el monasterio? “No lo sé –responde David midiendo las palabras–. No podemos hacer nada, tampoco reclamos. Cuando llamas a que haya nuevas vocaciones el resultado es más bien el opuesto al esperado. Creemos en nuestra vida y en la búsqueda de Dios y esperamos que llegue más gente. Rezamos por ello”.