Geishas del siglo XXI

En Occidente existe desconocimiento respecto a estas jóvenes, deudoras de una estricta tradición y que ofrecen recitales de música y baile, amenizan reuniones de empresas y hasta representan a Japón en actos oficiales

El astro solar se oculta tras las siete colinas que envuelven la pequeña ciudad de Kioto, en el Oeste de Japón. Comienza a nevar levemente y en el templo de Kiyonizu-dera las tablillas que acogen los deseos se empiezan a agitar con la brisa. Los pequeños trozos de madera, de aquellos que vienen hasta lo alto de la colina a rezar sus oraciones, tiemblan estreme­cidos portando entre sus poros la magia de los sueños por cumplir. Entre ellas, sumergida en un muro de anhelos, se esconde la que hace dos años había depositado Satono. A sus 14 años escribió: ruego a los dioses que me permitan realizar mi sueño, quiero convertirme en geisha.

Un poco más abajo, cerca de la avenida Higashi Oji, la pequeña Sayuri –casi cien años antes–, depositaba unas monedas en otro templo y con tres palmadas indicaba su presencia a los dioses. De pie con el corazón enloquecido rogaba al cielo ser escuchada: “Con los ojos bien apretados y las manos juntas rogué a los dioses que me permitieran ser geisha”, relata Sayuri. Así comienza el duro aprendizaje de la geisha más famosa de todos los tiempos: Mineko Iwasaki, interpretada como Sayuri en la novela de Arthur Golden Memorias de una geisha.

“Mi colegio me trajo de excursión a Kioto y me crucé con una geisha. Nunca había visto nada semejante. Mi corazón dio un vuelco. Quise ser aquella mujer”, dice Satono, hoy aprendiz de geisha

Un siglo después los farolillos siguen encendidos en las callejuelas de Miyagawacho, uno de los cinco hanamachi (distritos de geishas) de Kioto. Por sus oscuros laberintos sólo se escucha el leve susurro de los kimonos de seda cuando acarician el suelo empedrado, pasos apresurados que parecen levitar sobre sandalias de vértigo. Estas mujeres, obras de arte en movimiento, son geishas, aquí llamadas geikos. Como sombras coloridas, sus figuras se deslizan entre las calles sin apenas ser vistas, un halo de misterio viaja envuelto en el olor a azahar que desprende su suave piel entre los callejones.

Paseando por las calles semioscuras de la ciudad, el viajero encuentra unas pequeñas casas bajas con una fina tela que hace las veces de puerta, son las ochayas –las casas de té– donde las artistas del entretenimiento desaparecen ante los ojos como engullidas por la cálida luz interior. Su acceso está totalmente prohibido para los que no tienen una cita. Dentro de una de ellas vive Satono. Hoy por fin puede pintarse los dos labios de color rojo –ya lleva dos años de aprendizaje– y su sueño día a día se está haciendo realidad. Aquella niña que rezaba en el templo ya es una maiko, una aprendiz de geisha. En el templo su tablilla aún tendrá que permanecer colgada al menos tres años más, hasta convertirse en una auténtica geiko. “Mi colegio me trajo de excursión a Kioto –dice Satono– y mientras paseaba me crucé con una geisha. Nunca había visto nada semejante. Mi corazón dio un vuelco. Quise ser aquella mujer, quise su elegancia, su arte en movimiento, su belleza. Corrí hacia la colina y en el templo dejé mis oraciones. Hoy estoy aquí”. Satono ahora forma parte de las únicas 88 maikos que existen en el mundo.

La palabra geisha deriva de dos ideogramas chinos que significan “arte” y “persona”, su nombre es algo así como “la persona que domina todas las artes”. Se tiene constancia de su existencia desde hace más de 400 años pero es en los siglos XVIII y XIX cuando tuvieron su mayor apogeo. En 1920 había unas 80.000 geishas en Japón, pero las guerras y la fuerte crisis económica de los años 70 redujeron la cifra hasta las 850 que existen hoy en día. Las geishas nacieron como profesionales del entretenimiento, cuando pocos sabían leer y escribir, ellas dominaban la historia, el arte y las matemáticas, además del canto, el baile y el shamishen, especie de pequeña guitarra japonesa. Eran también expertas en política y en relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y su capacidad para resolver situaciones difíciles.

Los ojos de Satono sonríen mientras hace una reverencia para recibir a sus invitados de esta noche. Varios hombres trajeados entran en la ochaya, situada en la parte baja de la okiya –la casa donde viven las maikos junto a la madre adoptiva, llamada okassan–. Todos se sientan alrededor de una mesa baja y las botellas de sake comienzan a aparecer acompañadas de unos aperitivos. Esta noche Satono les servirá las bebidas junto con dos geishas más.

Antiguamente, las niñas que se formaban como geishas eran prácticamente esclavas al servicio de la okiya, llegaban desde todas las zonas de Japón y empezaban su entrenamiento desde muy pequeñas. Ahora todo esto ha cambiado y resulta un negocio muy lucrativo. Las okiyas se conservan como hace cientos de años, siguen teniendo la función de hogar y es aquí donde viven y se forman las maikos con ayuda de las que llaman sus hermanas mayores: una geisha de mayor edad con la que quedan emparentadas para el resto de su vida. Pero el sistema de enseñanza sí ha cambiado. Ahora las niñas no pueden acceder a la okiya hasta los 15 años y, por tanto, el aprendizaje tiene que ser en un periodo de tiempo mucho menor. Para lograrlo, las okiyas, junto con el gobierno, han creado un nuevo sistema educativo. Las aprendices, tras un año de prueba, se examinan para entrar en la llamada universidad de las geishas, un centro académico, situado fuera de la okiya, donde estudiarán durante cinco años hasta convertirse en verdaderas geikos.

Komomo aparece con su elegante kimono de color verde pálido y un discreto obi –el cinturón que sujeta el kimono–. Sus colores y su vestimenta contrastan con el de su joven acompañante, su hermana menor, la maiko llamada Fukue. Ambas vivían en la misma okiya. Ahora Komomo ya tiene su propio apartamento, sus propios clientes, teléfono móvil y hasta dirección de e-mail. Las citas a las que asisten ya no las tiene que preparar la madre, sino que Komomo se las organiza ella misma. Fukue sigue acudiendo con ella a los compromisos porque una hermana de okiya es hermana para toda la vida, como un matrimonio, hasta que la muerte las separe.

Las chicas no pueden hoy acceder a las casas para geishas hasta no tener 15 años y deben pasar por una estricta y amplia formación que incluye una ‘universidad de geishas’

Cuando las maikos son aceptadas por la okiya para formarse, se entregan completamente al servicio de la casa. Mientras son aprendices, la madre les pagará todos sus gastos: la manutención, las clases en la universidad, el alojamiento, los fabulosos kimonos y adornos –llegan a alcanzar los 45.000 euros por atuendo completo y una maiko necesita unos 40– pero, a cambio, la aprendiz no recibirá dinero por su trabajo, sus beneficios serán para la okiya. Cuando se haga mayor, será el momento de decidir si se queda compartiendo un porcentaje o si se busca su propio apartamento y gestiona sus fondos como hace Komomo. Pero hasta que llegue ese día la maiko gozará tan sólo de dos días libres al mes y de una pequeña paga para sus gastos.

Flor de melocotón, que es lo que significa el nombre de Komomo, nació en Tokio. Cuando era pequeña, viendo un libro que tenían sus padres en casa, encontró unas fotos de geishas, la curiosidad le llevó a investigar un poco más hasta que se “enamoró de este mundo de misterio y belleza”, como dice ella. Komomo decidió intentarlo y presentó una solicitud en la página web de la okiya para ver si la aceptaban. Gracias a internet solucionó en unos minutos lo que hace años era casi una aventura para acceder a este universo privado.

Lo más difícil, además de separarse completamente de su familia y amigos, fue aprender el acento de Kioto, por lo visto su musicalidad es la perfecta para armonizar con el arte. Pero este no fue el único obstáculo. El entrenamiento es realmente duro. Deben cuidar su pelo, su maquillaje, aprender a vestir los kimonos, estudiar todo tipo de artes enfocadas a la cultura y a la conversación; además de aprender bailes tradicionales con una exquisita precisión, la ceremonia del té, los arreglos florales y a tocar un instrumento. Komomo eligió el shamishen al que, después de terminar la carrera, le dedica muchas horas todos los días. La agenda de las geishas es agotadora. “Nos acostamos tarde agasajando a nuestros clientes en las reuniones –señala Komomo–, pero nos levantamos muy temprano para seguir asistiendo a nuestras clases, una geisha nunca deja de estudiar”.

Flor de melocotón ha ganado suficiente dinero para poder retirarse en unos cuatro años más, cuando cumpla los 30. Luego quiere casarse y formar una familia, “ahora no tengo tiempo para esto”, comenta.

Hay otras cosas que no han cambiado respecto a siglos anteriores como afirmaba Golden en su libro: “Ella se pinta el rostro para ocultar su rostro, sus ojos son como el agua profunda, el deseo no existe para la geisha, el sentimiento no existe para la geisha”. En sus vidas no hay espacio para el amor. Ellas son artistas entregadas en cuerpo y alma a su papel en el mundo, pero esto no significa que sean prostitutas. En Occidente hay una gran confusión respecto al papel de las geishas, provocada en gran parte por el libro y la posterior película Memorias de una geisha, que ha sido tomado como un documento histórico y no como una novela, como defiende su autor.

El sexo no está incluido en el trabajo de una geisha. Antiguamente existía una tradición en la que las geikos tenían que tener un danna, un protector, que era el que económicamente sostenía la vida de lujo de la geisha. Esto desapareció hace muchos años y dio paso a una autogestión por parte de las okiyas y de las geishas, que se organizan para no necesitar depender de nadie. Para hacerlo posible, han ampliado su cartera de clientes y las geishas del siglo XXI se dedican a amenizar complicadas reuniones entre empresas, representan a Japón en actos oficiales o actúan en restaurantes ofreciendo un recital de música y baile. Una geisha acompañada de una maiko puede llegar a cobrar 3.000 euros por una noche.

Cuando Toshikana dijo en su casa que quería ser geisha, sus padres lo consideraron un gran honor para la familia. A diferencia de lo que se piensa en Occidente, las geishas se han convertido en las abanderadas de las tradiciones de Japón frente a un mundo cada vez más globalizado. “Yo participaba en un intercambio estudiantil en Australia –comenta Toshikana– cuando descubrí una foto de una geisha. Algo se despertó en mí y decidí que quería acceder a ese mundo tan especial”. Ahora que va a convertirse en geisha, afirma haberlo logrado. Viajar por el mundo llevando su cultura es lo que más la ­enorgullece.

En Occidente hay una gran confusión respecto al papel de las geishas. El sexo no está incluido en su trabajo. Antiguamente debían tener un protector que las sostenía económicamente, pero eso acabó hace tiempo

Llegar a conseguirlo no es fácil, como afirma Rikio Tsubokura, director de la escuela de Miyagawacho: “Acceder a la escuela es sencillo, lo difícil es mantenerse y terminar los estudios”. Tsubokura desmiente los tópicos de la belleza y las habilidades con las que se debe acceder a la escuela para convertirse en geisha. En la universidad defienden la idea de que cada hombre tiene gustos diferentes y que la belleza es algo muy relativo, “cualquier mujer puede ser bella a los ojos del hombre adecuado”, señala el director. En cuanto a las habilidades, se prefiere que ellas partan de cero, dicen que es mejor enseñar desde el principio que corregir errores.

En Komaya, una de las 147 okiyas que hay en Kioto, las maikos se están preparando para sus citas de la noche. En el dormitorio hay unos grandes espejos y un pequeño tocador colmado de pinturas, tarros de maquillaje y pinceles. A un lado no faltan los retratos de sus ídolos musicales o los llaveros de Mickey Mousse. Toshikana se pone manos a la obra. Ya es toda una experta. “Lo más difícil –dice esta joven– es aprender a pintarse una misma las líneas con forma de W en el cuello”. Esta es una marca erótica que sirve para acentuar la sensación de esbeltez e invitar a la seducción. El color blanco del rostro tiene su origen hace más de 400 años, cuando no había luz eléctrica y las casas estaban iluminadas con velas. De esta forma la imagen de las geishas resaltaba aun más, y su belleza podía contemplarse en la oscuridad. La tradición se ha mantenido, así como el elaborado kimono que lucen las maikos, siempre de colores más vivos y con las mangas más largas que los de las geishas. Son auténticas obras de arte elaboradas a mano por diferentes artesanos.

Gion es uno de los hanamachi más conocidos, sobre todo por la literatura y el cine. Pero no todas las mujeres que se ven con aspecto de geishas lo son. Muchas son “geishas falsas”, como las llaman allí. Existe una tradición nipona por la que al llegar a Kioto muchas mujeres deciden vestirse de maiko por un día. Hay estudios profesionales donde te maquillan. Las imágenes que circulan por el mundo sobre las geishas en su mayoría son falsas. Ellas no posan, no se dejan parar en la calle, no van haciéndose fotos unas a otras. Su relación con el mundo es otra, mucho más profunda e intensa, viven en su cultura de flores y sauces llamada karyukai y, por supuesto, bajo un enorme respeto a las tradiciones. Tanto es así que muchas no pueden soportar esta férrea disciplina y se rinden antes de terminar los estudios.

El planeta entero especula sobre la vida real de las geishas, pero lo cierto es que nadie conoce su verdadero misterio. Son obras de arte en movimiento que han sabido combinar las tradiciones seculares con las páginas web y los teléfonos móviles a ritmo de shamishen.