Gimnastas de altura

El día que se escriba sobre la historia del deporte adaptado en España y sobre las ventajas del ejercicio para la inclusión social, será inevitable hablar de dos pequeños grandes clubs, uno de Elx y otro de Barcelona: el Algar y el Jeroni de Moragas son la prueba de que la gimnasia rompe muros y apunta cada vez más arriba.

Arianna quiere estudiar Comunicación. Le apasiona la radio. Escuchar y sentirse escuchada. Su ídolo es Joaquim Maria Puyal (“ese señor tan guapo y que habla tan bien”). Si el firmante de estas líneas fuese tan buen periodista como un día será ella, dejaría lo más intrascendente para el final. Es la teoría de la pirámide invertida, que enseñan en las facultades de periodismo.

En esa base puesta del revés debe figurar lo más relevante de la noticia. Y lo menos importante, que debería aparecer en los últimos párrafos, es que Arianna y la mayoría de sus compañeras del club deportivo Jeroni de Moragas tienen síndrome de Down. Lo más trascendente es que tienen muchas ganas de aprender. Y que son felices con la gimnasia rítmica.

El síndrome de Down no es una enfermedad. Se llama así porque el médico británico John Langdon Down (1828-1896) fue uno de los primeros en describir esta alteración genética. Down también significa en inglés abajo. Más adelante insistiremos sobre este significado. La única diferencia entre nosotros y ellas es que Arianna y sus amigas tienen un cromosoma de más. Bueno, eso y –vean las fotos– una agilidad superior a la nuestra.

Una profesora de taekwondo o de danza sería dichosa si en sus clases hubiera tanta flexibilidad. Cada semana, una veintena de deportistas, de entre 11 y 25 años, se entrenan en una instalación municipal del barrio de Les Corts, en Barcelona, cerca del Camp Nou y con la mirada puesta en la ciudad de Elx.

¿Por qué allí? Porque en ese municipio alicantino está la sede del club Algar, contracción de los apellidos de los fundadores: los hermanos Alberola Garví. Este centro deportivo nació en 1992 y fue pionero a la hora de descubrir que no hay gimnastas con discapacidades y gimnastas sin discapacidades. Sólo hay gimnastas. Atletas, deportistas, personas. Todos entrenan juntos, aunque luego compiten por separado por razones obvias.

Sara Suárez, Sandra Díaz y Júlia Barberà son las entrenadoras del club Jeroni de Moragas. Trabajan de forma completamente altruista. “Ojalá llegue el día –dicen– en que un club como el nuestro no sea necesario porque la inclusión sea absoluta, porque la sociedad deje de mirarlas sin verlas y acepte la diversidad funcional e intelectual”. Ese día será evidente, piensa el cronista, que ellas no están abajo y nosotros arriba.
Todos en el mismo plano.

También en eso es un modelo el club Algar, donde conviven hombres y mujeres. Gimnastas sin discapacidad intelectual y gimnastas con capacidades especiales, como Vicente, Sergio, Elena, Eva, África, Laura, Luz, Naiara, Claudia, Alicia, Aída, Juanita, Raquel, Carolina, Lucía, Lara, las dos Ángelas, las tres Marías….. Aunque habría que decir que, más que especiales, las suyas son capacidades extraordinarias. Como las de nuestra capitana Marvel particular, la gran Sara Marín, de 23 años. Entre sus numerosos éxitos internacionales está el Campeonato del Mundo de gimnasia rítmica adaptada del 2018. También se ha alzado con el Campeonato de España de forma ininterrumpida desde hace doce años; la última vez, el pasado abril, en su ciudad natal, Elx. 

Tití Alberola, de 44 años, que fue gimnasta rítmica y campeona de España por conjuntos en 1986, intuyó la potencialidad de Sara el primer día que la vio por su gimnasio. Sara había ido a acompañar a su hermana mayor, Lidia, que tiene dos años más que ella y se iniciaba en la gimnasia rítmica. “¿Y por qué sólo te entrenas tú? ¿Por qué no también tu hermana?”. La familia Marín estaba acostumbrada hasta entonces a que les cerraran puertas, no a que se las abrieran. Y Tití, que puede ser la mujer más dulce del mundo, pero que entrenando es una sargento de hierro, les ofreció justo lo que siempre han querido: tratar a sus hijas por igual.

Lidia puso fin hace años a su carrera como gimnasta, pero continúa como entrenadora en la que siempre fue su casa, junto a la propia Tití Alberola y compañeras como Mayte Morales, Susana Mañogil y Rocío Molina. Su hermana Sara sigue en activo y cosechando laureles.

Y no es la única. María Díez también tiene vitrinas repletas de trofeos, incluido un bronce en el Campeonato del Mundo del 2018 en la ciudad alemana de Bochum, en el estado de Renania del Norte-Westfalia.

Este torneo tuvo una estrella indiscutible. Si cualquier atleta hubiera ganado en un mundial cinco medallas (dos oros y tres platas), su nombre habría abierto todos los noticiarios. Pero las ganó Sara y... La prensa y la sociedad deberían preguntarse por qué esta campeona no dispone de una estatua en el Olimpo junto a Arantxa Sánchez Vicario, Lydia Valentín, Mireia Belmonte, Carolina Marín o Joana Pastrana, entre otras cariátides del deporte.

Las diferencias en horas de entrenamiento son abismales entre el club de Barcelona y el de Elx. El primero es una entidad sin ánimo de lucro y, aunque compite y participa en exhibiciones, en su caso “el deporte es casi un pretexto, una excusa para ayudar a que la sociedad cambie su mirada”. El Algar es un club privado, y no sólo de gimnasia rítmica: también obtiene resultados notables en judo. No busca fines terapéuticos, sino la excelencia deportiva.

Se diría que el destino del viaje es exactamente el mismo, aunque no las sendas recorridas. En los dos centros se ven idénticas virtudes: compañerismo, ganas de superación y ausencia total de rivalidad. Por eso, a no ser que sea necesario, a partir de ahora no se dirá de qué club son las protagonistas de la historia. ¿Qué importancia tiene?

Atletas, deportistas, personas.

Todas en el mismo plano.

Blanca ha venido al entrenamiento de hoy con una tirita en el pulgar derecho. Se ha hecho un cortecito mientras se preparaba un bocadillo. Y eso, que sería una nimiedad en cualquier otro lugar, se convierte aquí en el centro del universo. 

–¿Te duele?

–¿Cómo te lo hiciste? 

–Ten más cuidado, Blanca.

El Algar se ha impuesto en tantos campeonatos que lidera el ranking nacional. En el 2018 compitió –y ganó– en un polideportivo de A Coruña. “Lucha, disfruta, aplaude, celebra, vive”, decía una pancarta en la grada. Esa es la quintaesencia del verbo que mejor conjugan este club y el de Barcelona: empatiza. Blanca, que lo sabe, promete que tendrá más cuidado.

Laura está encantada porque su tía, a la que quiere mucho, también es periodista. Y por eso es ella quien se encarga de explicar por qué han venido unos reporteros: “Nos van a hacer fotos para una revista nacional”.

Y Mar, que está enamorada, suspira con la esperanza de que David Bustamante la vea.

Paula, de 11 años, es un torbellino con una sonrisa que derretiría un iceberg y abriría todos los cerrojos de Fort Knox. “¡Qué guapa eres!”, le dice a Yolanda, una representante del Ayuntamiento, que también ha acudido. El gobierno municipal de Barcelona ha hecho de este proyecto el buque insignia de la inclusión social en el distrito.

La benjamina del grupo, y la última en incorporarse, se esfuerza para no desentonar demasiado, pero de vez en cuando aflora la indomable niña traviesa de su interior. “Oye, ¡que el aro no es un hula hoop!”, le dicen sus compañeras entre risas. Lo que más le gusta a Paula es la música. Y los pompones. Y jugar con Carla, su hermana. Y la hora del patio en el cole. Y bailar. Y Justin Bieber. Y…

–¿Por qué crees que estamos aquí, Paula?

–¿Por nosotras?– responde con una sencillez apabullante y su sempiterna sonrisa.

No siempre es así, explican las entrenadoras. “Ellas notan si las miran con prejuicios, con conmiseración o con falsos paternalismos. O incluso con una actitud peor, de superioridad. Y lo que más agradecen es que se las mire de igual a igual. Trabajar a su lado es una lección de vida”, dicen Júlia Barberà y Sandra Díaz, de 23 y 24 años, que han estudiado Magisterio de educación infantil.

Ambas estaban muy interesadas en la danza y en el uso terapéutico que se puede hacer de esta y otras artes. Llegaron a la gimnasia rítmica por su amistad con Sara Suárez, de 31, profesora de educación física en un instituto y que comenzó en este mundillo cuando era una adolescente, en tareas de voluntariado social. ¿Cómo referirnos a estas tres mujeres, que dan lo mejor de sí de forma voluntaria y roban horas a su agenda para trabajar gratis? ¿Son entrenadoras? ¿Maestras? ¿Quién aprende de quién?

“Llegas cansada. A veces puedes tener dificultades familiares, laborales o académicas. Pero se te van todos los males cuando las ves. Ellas cargan una mochila mucho más pesada que la nuestra y afrontan todos los inconvenientes con optimismo”. Uno de los problemas del síndrome de Down es la hipotonía o flaccidez muscular. ¿Recuerdan por qué escaló el Everest sir Edmund Hillary? “Porque la montaña estaba ahí”, dijo.

El tono muscular y la fuerza se pueden trabajar, como ha demostrado el estadounidense Collin Clarke, de 25 años, que ha hecho historia al escalar otro Everest: es el primer culturista con síndrome de Down. “Y, además, no se trata de decir lo que no se tiene, sino lo que sí se tiene”, insiste Sara Suárez.

Y lo que tienen estas deportistas es flexibilidad, elasticidad, y memoria corporal. José Cano López, Canito (1956-2000), un añorado jugador del RCD Espanyol, decía que “el fútbol no hace milagros, pero es milagroso”. Lo mismo ocurre con la gimnasia rítmica. Quienes practican esta disciplina pueden compensar con el lenguaje del cuerpo sus dificultades de habla.

Comunicarse, esa es la clave. Las entrenadoras del club Jeroni de Moragas han aprendido a romper barreras. “Tenemos miedo –explica Júlia Barberà– a no saber comunicarnos con los otros, los diferentes. Y, si no nos comunicamos, viviremos en mundos paralelos. El nuestro y el suyo. Con el ejemplo de estas deportistas hemos aprendido que la diferencia no es un estigma, sino algo consustancial a la condición humana”. Sandra Díaz y Sara Suárez asienten: “Todas somos iguales, todas somos diferentes”.

El camino que inició un pequeño club familiar ilicitano fundado hace casi 30 años está comenzando a dar frutos. Incomprensiblemente, la gimnasia rítmica adaptada aún no forma parte de los Juegos Paralímpicos. Por ello, se tuvo que crear un sustituto, los Trisome Games, que impulsó Marco Borzacchini, presidente de la Federación Italiana de Deportes para Discapacitados Intelectuales. La primera edición de estos Juegos Olímpicos para personas con síndrome de Down, su denominación oficiosa, se celebró en Florencia en el 2016. Por cierto, ¿saben quién ganó nada menos que cinco medallas de oro? Sara Marín, aquella niña que acompañó al gimnasio a su hermana para verla entrenar.

Las cosas están cambiando. La gimnasia rítmica adaptada ya no es un unicornio y comienza a participar en torneos oficiales, no en la trastienda del deporte ni en guetos. Una gimnasta alevín nunca competirá contra una juvenil o una sénior, pero sí en el mismo torneo y en el mismo polideportivo. ¿Por qué en esa competición no hay categorías especiales? Algunas federaciones autonómicas ya las han creado, alentadas por el nacimiento de clubs como el Rítmica Sitges-Garraf, notable por mil motivos, entre otros por su equipo mixto. En Lleida el club de gimnasia artística Fedac también da pasos adelante.

Inclusión no significa absorción, pero sí integración y coexistencia. O sentido común, como saben muchas instituciones deportivas sin necesidad de releer el apartado b del artículo 30 de la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Ese texto obliga a no discriminar a “los niños y las niñas con discapacidad en las actividades lúdicas, de ocio y deportivas”.

Sara Suárez, el alma mater del club Jeroni de Moragas, inició sus clases como una actividad extraescolar en un colegio de educación especial. Ese fue el germen que alumbró, en el 2011, esta entidad sin ánimo de lucro. Cuando ella y Andreu se casaron, en el 2017, gimnastas del club fueron sus damas de honor. Sus amigas, sus iguales.

Los prolegómenos de los entrenamientos son los mismos en Elx y Barcelona. Saludos efusivos, unos minutillos de charlas informarles para ponerse al día. Y a la faena. Calentamiento, control de respiración y estiramientos. Suena una versión de Hallelujah, de Leonard Cohen, el Imagine de Lenon y luego las bandas sonoras de Amélie y de Intocable. De crisálidas a mariposas. “Dejaros arrastrar por la música, convertíos en su sombra, lentas cuando las notas sean lentas, rápidas cuando sean rápidas”. Carmen, María, Sandra, Estel G. y Estel F., Alba, Judith, Kristina (“con k: ponlo así para que mis padres sepan que soy yo, por favor”), las dos Julias, las dos Martas y las demás ejecutan las indicaciones lo mejor que pueden.

“Piernas estiradas, con las puntas de los pies hacia arriba, el tronco en el suelo”. El cronista, que ya no es ni joven ni ágil, se imagina intentando imitarlas y recuerda el poema Quién me habita, de Celaya: “Qué extraño es verme aquí sentado, / y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar / (…) / Hay un desconocido que me habita / y habla como si no fuera yo mismo”.

Luego llega la hora de la cinta, la pelota, los aros. Ejercicios individuales para aprender a cambiarse el instrumento de manos o a manejarlo casi con los ojos cerrados hasta que se convierta en una extensión del cuerpo. Hay fallos, claro que sí. Muchos. Pero nadie se ríe. Nadie se rinde. Todas lo intentan.

El trabajo se realiza más tarde por parejas o en grupos de cuatro. A Laura le encanta que la emparejen con su amiga, María, a la que pone en la cima del mundo, junto a su familia y sus tres mascotas, el hámster Niki y los periquitos Rocky y Pipo. Luego vienen, por orden de importancia, la gimnasia, el atletismo y el baile. Escuchándola es inevitable preguntarse por qué el mundo no es tan sencillo para los demás, los normales.
De repente, a una señal de Sara Suárez, de Sandra Díaz y de Júlia Barberà, las gimnastas lanzan los aros al aire, cada vez más alto. Más alto. Y allí, abajo, cada vez más abajo, se quedan las etiquetas. Down, down.