Green Bank, prohibido para las ondas

Existe un lugar en EE.UU. donde los habitantes no tienen acceso al móvil, wifi y otros avances electrónicos, para impedir toda interferencia en la tarea de su gran observatorio radioastronómico, una reliquia de la guerra fría. En un mundo donde la tecnología sin hilos es un signo de modernidad, Green Bank parece anclado en el pasado.

En el entorno agrícola reina la enorme antena parabólica del telescopio GBT, la mayor antena dirigible del mundo

A unos 300 kilómetros al oeste de Washington DC se encuentran los montes Alle­gheny, parte de la cordillera de los Apalaches. Cuando se llega en coche, la radio deja de captar emisoras y los teléfonos móviles no hallan señal, ni siquiera en los lugares habitados. Pero no son las cimas de poco más de 1.000 metros de altura las que causan la desconexión. El silencio es debi­do a que el lugar forma parte de la Zona Nacional de Silencio de Radio, un lugar donde la contaminación en el espectro de radiofrecuencias está prohibida.

Es un rectángulo de aproximadamente 175 por 195 kilóme­tros, que equivale a una superficie algo superior a la de Catalunya o Galicia. Esta “zona silenciosa” fue creada en 1958 con dos finalidades. Por un lado, servía para ampliar la protección de la Zona Radioastronómica de Virginia Occidental, un área silenciosa mucho menor creada dos años antes para proteger el observatorio radioastronómico de Green Bank. Por otro lado, creaba las condiciones perfectas para que la estación militar de Sugar Grove pudiera desarrollar sus operaciones, que en aquella época de guerra fría consistían, entre otras cosas, en intentar espiar a los rusos mediante la interceptación de sus comunicaciones de radio que pudieran reflejarse en la Luna.

No hay zonas para peatones, y los habitantes son mayormente granjeros que se desplazan en sus camionetas pick-up. Tras los graneros y los cobertizos, tan abundantes en esta parte de Estados Unidos, asoman varias antenas parabólicas. Una de ellas es tan grande que obliga a los ojos a una segunda mirada en busca de referencias para confirmar su tamaño. Se trata del Robert C. Byrd Green Bank Telescope (GBT), un plato de 100 metros de diámetro que es tanto la mayor antena dirigible del mundo como el mayor objeto móvil en nuestro planeta.Hoy en día, el interior de la zona silenciosa parece un área rural más del estado de Virginia Occidental. La estación de Sugar Grove está en proceso de desmantelamiento, pero el observatorio radioastronómico está más activo que nunca. En la parte central de la zona silenciosa se encuentra el pueblo de Green Bank, de tan sólo 143 habitantes. Se extiende a ambos lados de la carretera estatal 92, alrededor de una gasolinera, una iglesia, una oficina de correos y, desde hace unos pocos años, un pequeño ­supermercado.

Sentado en su despacho del observatorio, Mike Holstine, ingeniero y gerente de la instalación, explica que “en Green Bank los telescopios son antenas que permiten estudiar el universo a través de las ondas de radio que los astros emiten”. “Aquí estudiamos –continúa–desde cometas hasta el universo a gran escala, pasando por el nacimiento y la muerte de las estrellas. La casi una hectárea de superficie del plato del GBT nos proporciona una sensibilidad tan extrema que podemos detectar señales tan débiles que no superan el cero hasta el trigésimo segundo decimal. Estas señales tan débiles quedarían totalmente aplastadas por la radiación de las antenas de comunicación y de los dispositivos que la mayoría de gente lleva hoy en día”. “Si no estuviéramos en la zona silenciosa sería como intentar ver las estrellas durante el día o escuchar un murmullo dentro de una discoteca”, explica el científico.

En el interior de la zona silenciosa han debido prescindir de los inventos de las últimas décadas. “La sofisticación que usamos aquí –agrega Holstine– se parece a la de los años cincuenta en algunos aspectos. Gran parte de los vehículos con los que circulamos por el observatorio son de aquella época, ya que es más práctico seguir usándolos que desmontar los circuitos electrónicos de los vehículos modernos. Todos son diésel, pues las chispas que producen las bujías de los motores de gasolina también producen interferencias. Obviamente no llevamos teléfonos móviles ni tenemos wifi, aunque sí tenemos internet por cable”.

El telescopio GBT tiene una antena dirigible que es la mayor del mundo y permite estudiar el universo por las ondas de radio que emiten los astros

Los habitantes del pueblo pueden tener televisión, teléfono e internet por cable, pero no tecnología sin hilos. Tal vez para compensar estas concesiones el observatorio realiza una labor social muy destacable. “El observatorio es uno de los mayores empleadores del condado –explica Mike Holstine–. Los que trabajamos aquí contribuimos a la comunidad local de muchas formas: somos entrenadores de los equipos deportivos, promocionamos sus torneos y cedemos nuestros espacios para las reuniones de la comunidad. También la mayoría de los bomberos voluntarios y del personal de los servicios de emergencia son trabajadores del observatorio. Además, somos clientes de las tiendas locales para proveer al observatorio de alimentos, herramientas y otros suministros. Somos muy conscientes de que sin la aceptación y el apoyo de la comunidad local no podríamos hacer la tarea científica que realizamos. Así que es una relación simbiótica fantástica”.Paseando por el observatorio puede verse que el techo y las paredes de la sala de computación están forrados con una lámina metálica aislante. Incluso las ventanas están cubiertas con una rejilla parecida a la que cubre la ventana de un microondas normal. Y hablando de microondas, el del comedor de los astrónomos se encuentra confinado dentro de una caja de Faraday, un receptáculo metálico que no permite que la radiación entre o salga de él.

Esta buena relación es fundamental cuando el telescopio detecta interferencias causadas por algún vecino. Cuando esto pasa, hay una camioneta del observatorio con antenas receptoras para triangular la posición de la fuente que, por ejemplo, puede ser una alambrada eléctrica que un granjero ha colocado para controlar a sus vacas. “Nosotros no tenemos poder para imponer la ley. Simplemente nos limitamos a informar al vecino de cuál es el problema y le ofrecemos nuestra ayuda para solucionarlo. Casi siempre se arregla de forma rápida y sin problemas”, asegura Holstine.

En una época en la que la hiperconectividad es la norma, puede pensarse que los habitantes de este lugar tal vez estarán molestos por las restricciones. Pero según Holstine no es lo mismo perder una serie de comodidades que no haberlas tenido nunca: “Green Bank continúa siendo un lugar muy social. La gente habla cara a cara casi siempre y planifica sus visitas. En el restaurante nadie mira ninguna pantalla. Si uno tiene un problema en la carretera, está casi garantizado que el siguiente vehículo parará para ver si puede ayudar, ya que no hay posibilidad de llamar a nadie. La gente se lleva muy bien, y vivimos en un entorno de naturaleza prístina muy relajante”.

Debido a su situación junto al observatorio, Green Bank es la zona donde el silencio electromagnético se observa de forma más estricta. Para mucha gente esto no es un problema sino una bendición. En esta categoría se encuentran las personas que afirman sufrir hipersensibilidad electromagnética.

El teléfono, la televisión o la conexión a internet son por cable; se usan coches de hace varias décadas para evitar circuitos electrónicos e incluso se ‘blindan’ los microondas

Green Bank se ha ­convertido en un imán para este tipo de refugiados, término con el que a veces se refieren a sí mismos. Dolores de cabeza, insomnio, fatiga, caída de cabello, mareos y problemas de visión son algu­nos de los síntomas que Diane Schou, una afectada de esta condición, de poco más de 60 años, comenzó a sufrir cuando en el 2003 instalaron una ­antena de telefonía móvil a medio kilómetro de su granja, en el estado de Iowa. Observó que sus síntomas desaparecían en cuanto se alejaba de la antena. Sus protestas a la compañía fueron ignoradas, y una noche en que los síntomas eran especialmente agudos, ella y su marido decidieron subir a su autocaravana y poner tierra de por medio.

Sentada en el sofá de su casa en las afueras de Green Bank, Diane Schou se emociona al recordar el día que dejó su granja, hace ya 13 años, y las penalidades por las que pasaron antes de descubrir Green Bank: “Durante los primeros años llegamos a recorrer cerca de 300.000 kilómetros por todo el país buscando un lugar donde me sintiera bien. Mi marido llegó a construir una caja de Faraday en cuyo interior instalamos una cama protegida de los campos electromagnéticos. Al cabo del tiempo, un guardabosques de uno de los parques donde pasábamos las noches nos informó de la existencia de Green Bank. No es un lugar perfecto –está muy aislado y hay pocos servicios comparado con una ciudad–, pero por lo menos puedo hacer vida más o menos normal”.

Según la Organización Mundial de la Salud, la hipersensibilidad electromagnética no existe como enfermedad. Para la OMS, los síntomas son reales y varían ampliamente según la persona, pero los estudios no han sido capaces de detectar ninguna correlación –mucho menos una relación causal– con la exposición a campos electromagnéticos. Desde su página web sugieren otras causas, como el estrés o efectos psicosomáticos. El número de afectados varía mucho según el país, y en todo el mundo solamente el Gobierno de Suecia reconoce la afectación como enfermedad.

Desde que Diane Schou se instaló en Green Bank en el 2007 el número de refugiados no ha parado de crecer. Según ella, la cifra supera el medio centenar, una cantidad muy importante para un pueblo tan pequeño. Esto ha provocado algunas tensiones. “Al principio éramos como leprosos tecnológicos. Incluso algún vecino había venido a mi casa para molestarme. Pero con el tiempo la situación fue mejorando, y hoy la gente me saluda amablemente cuando voy al supermercado o a la iglesia”, explica Diane Schou.

Cuando un nuevo afectado llega a Green Bank en busca de refugio suele ser ayudado por los que llevan más tiempo en el lugar. Es el caso de Betty Vaughan, de unos 60 años. Cuenta que al principio se sentía indispuesta al trabajar con ordenadores y que su condición fue empeorando hasta el punto de no soportar ni siquiera su reloj de pulsera. Llegó a Green Bank hace tan sólo unos meses desde el estado de Nuevo México. Por el momento vive en la granja de Tom Grimes, un granjero local casado desde el 2013 con Monique, otra afectada de hipersensibilidad electromagnética llegada desde Florida. Para Monique, el problema eran los medidores inteligentes inalámbricos que colocaron en su apartamento de Florida para medir el consumo eléctrico. En Green Bank, antes de la puesta de sol, Monique sale a ordeñar sus dos vacas, Betty va a recoger los huevos de las gallinas y Tom prepara un estofado con un ciervo que ha cazado disparando desde el porche de la granja.