Gripe: cien años en busca de una vacuna

Ninguna gripe ha sido como la epidemia que empezó este 4 de marzo hace un siglo y que causó 50 millones de muertes, quizás hasta 100. El virus responsable es el padre de todos los que han originado pandemias gripales posteriores. ¿Por qué ese patógeno fue tan mortal? ¿Podría volver a darse uno parecido? Muchos científicos han intentado averiguarlo y dar con una vacuna, pero aún queda camino por delante.

El almacén del Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas de EE.UU. contiene un depósito de tejidos de la pandemia de gripe de 1918. KAREN KASMAUSKI / GETTY IMAGES

Debió de ser terrible: hubo lugares donde eran tantos los muertos que se prohibieron los entierros públicos y las misas para evitar los contagios, y hasta tañer las campanas para no desmoralizar más a la población. Una población que vivía en un clima de privaciones, desconfianza y miedo por la Primera Guerra Mundial y que intentó combatir la infección con los recursos a su alcance, escasos en comparación con los de hoy. La gripe de 1918, la llamada gripe española, fue una catástrofe sanitaria y humana, similar a las plagas medievales. Cien años después sigue rodeada de incógnitas, y ningún científico se atreve a descartar del todo que vuelva a aparecer un virus así.

El virus de la gripe entraña complejidad por su facilidad para mutar, lo que ha impedido hasta ahora fabricar una vacuna para prevenirlo de por vida, como se ha hecho con otros virus infecciosos. Pero además, el de 1918 fue peculiar. “Cuando reconstruimos el virus de 1918 y estudiamos en el laboratorio la enfermedad que causaba, vimos que era el virus de gripe humana más virulento que hemos conocido hasta ahora. Era un virus muy especial, porque se juntaban una serie de factores que lo convertían en una tormenta perfecta”, explica el microbiólogo Adolfo García Sastre, profesor e investigador de la Icahn School of Medicine del Mount Sinai de Nueva York, donde dirige el Instituto de Salud Global y Patógenos Emergentes.

Este burgalés, que se mudó a EE.UU. en 1991, lleva años estudiando el de 1918 y otros virus gripales y participó en el equipo estadounidense de científicos que hace 15 años reconstruyó en el laboratorio el virus de 1918 a partir de muestras de tejidos de varias víctimas –alguna, desenterrada del permafrost de Alaska–, estudió su genoma y probó su infectividad en animales (el estudio lo publicó Science en el 2005). El estudio concluyó que el virus fue de “una virulencia excepcional”. Otro reputado virólogo del equipo, Jeffery Taubenberger, habló de “la madre de todas las epidemias”. 

El virus de 1918 reunió unos factores de virulencia nunca vistos; uno de los mayores especialistas en este patógeno cree que fue casualidad y que es impredecible si puede repetirse

El virus gripal tiene diferentes marcadores de virulencia en sus genes. Normalmente, pueden darse uno, dos, tres de esos factores malignos, pero nunca tantos como en el de 1918 (llamado H1N1), señala García Sastre. Detalla que tenía, por ejemplo, una proteína (Pb1f2) con una mutación que no se suele ver en virus de gripe; que su proteína hemaglutinina (H), que actúa en la entrada del virus en las células, también tenía una disposición que lo hacía más virulento; y lo mismo otras de sus proteínas como la neuraminidasa (N) o la polimerasa. “Yo creo que se juntaron todos esos factores por casualidad, se dio así”, afirma.

La virulencia del virus ha llevado de cráneo a muchos científicos durante décadas. Se ha especulado sobre si predisponía al sistema inmunitario a padecer la enfermedad de manera más grave. De forma inusual en la gripe, atacó mayoritariamente a jóvenes (la mitad de los muertos tenían entre 15 y 40 años); se atribuyó a que el virus causara una especie de hiperreacción del sistema inmunitario. O se pensó que el virus circuló con una bacteria, pues como complicación en muchos casos se daba neumo­nía, que, en esa época, ­suponía la mayoría de las veces la ­muerte.

“Por definición, un virus gripal no tiene por qué ser virulento; su naturaleza, para ser eficaz, exige que sea muy transmisible y cuanto más letal es menos se transmite (los sujetos infectados mueren o se aíslan y no generan muchos nuevos contagios). Seguramente por eso, la virulencia fue desapareciendo”, sostiene García Sastre. Hay muchas teorías también sobre si mutó en cada una de las tres oleadas en que se extendió por el mundo en 1918 y 1919; o sobre si la primera inmunizó a mucha población. Pero la segunda fue letal.

Otra incógnita es si el virus procedía de aves, como suele pasar con los virus gripales (aves y cerdos son reservorios, el almacén donde anidan los virus gripales). “Es difícil de concretar porque no tenemos secuencias genéticas anteriores para comparar”, dice el microbiólogo. En las otras pandemias gripales del siglo XX, la de 1957 y la de 1968, sólo tres genes de los virus causantes eran de virus aviares, y el resto, humanos. También se ha especulado con que el de 1918 fuera porcino. “Creemos que en 1918 los humanos lo transmitieron a los cerdos, no al revés. Después se vio gripe porcina con virus muy similares a ese humano”, puntualiza García Sastre. 

Hace cien años, los científicos sabían poco de la gripe (también llamada grippe o influenza), identificaban los síntomas (había habido otras epidemias, la anterior en 1890, pero no comparable) pero no sabían que la causaba un virus. En plena epidemia hubo estudios y debate científico –en España participó, entre otros, Gregorio Marañón, o en Gran Bretaña, Alexander Fleming– que refleja la prensa de la época (como también debates políticos sobre la efectividad de las medidas preventivas). Pero se creía que la causaba una bacteria (el bacilo de Pfeiffer). Luego se habló de “virus filtrado”, dentro del debate sobre si las mascarillas, que fueron omnipresentes, protegían o no del contagio. 

Hoy, los virólogos saben que ese virus fue el padre de gripes posteriores: todos los virus gripales humanos que tenemos ahora tienen parte del de 1918. Cada año la gripe varía un poco. Y se considera pandemia mundial cuando hay un cambio más relevante y la mayoría de la población no está inmunizada ante el virus resultante. Aun así, en las pandemias de 1957 y 1968 (en que surgieron los virus H2 y H3) y del 2009, no cambiaron todos los genes; había de 1918.

Tras tantas décadas de gripes, ¿no debería estar ya la humanidad inmunizada? Es un argumento que se esgrimió en la controversia sobre la pandemia del 2009 para explicar por qué no fue muy mortífera. García Sastre señala que quienes vivieron la pandemia de 1918 quedaron inmunizados frente a ese virus, el resto no: “Los anticuerpos contra la H del virus son los que dan inmunidad ante él –indica–. Material genético H del virus de 1918 que se transmitió ese mismo año a cerdos circuló en la cabaña porcina hasta el 2009, en que volvió a saltar a humanos. Ese año, el virus (AH1N1) fue el más parecido a 1918 que hemos visto, pero no había inmunidad contra él, aunque al final la gripe no fue más mortífera que la de cada invierno. Desde entonces este tipo de virus ha circulado bastante y puede que si volviera el de 1918 existiera más inmunidad. Pero de manera exacta, ese virus ya no existe”. Excepto las muestras que guarda algún laboratorio de alta seguridad de EE.UU.

“Será dificil que salga un virus igual. No hemos visto uno igual al secuenciar los virus gripales durante años. Pero sí, se podría repetir esa conjunción de factores virulentos. No hay manera de predecirlo. Ni de prevenirlo, excepto quizá si consiguiéramos la vacuna universal”, asegura el microbiólogo neoyorquino.

Se ha especulado mucho sobre la influencia mutua entre la gripe y la Primera Guerra Mundial; un libro reciente recoge la tesis de que el elevado número de bajas aceleró el final de la contienda


Él forma parte del equipo de investigadores del Mount Sinai que (apoyados por la Fundación Bill y Melinda Gates) trabaja en una posible vacuna universal contra la gripe, que se administrara una vez e inmunizara de por vida contra cualquier virus gripal. “La vacuna nos funciona muy bien en modelos animales”, asegura, pero advierte que va para largo –como su equipo, hay unos pocos más con ensayos similares ya en humanos, y el año pasado la vacuna se fijó como objetivo prioritario en EE.UU.– Sin embargo, será difícil probar una vacuna en humanos, durante diferentes temporadas gripales (y contra distintas variantes del virus), hasta demostrar que puede inmunizar durante toda la vida, o al menos para 10 años. Se deberá demostrar que resulta más eficaz que las vacunas actuales, que se fabrican dos veces al año (de cara al invierno de cada hemisferio terrestre) y previenen contra las tres o cuatro variedades de virus que han circulado en los últimos meses. 

“Soy optimista, pero es un trabajo arduo”, dice García Sastre. “Una vacuna universal, a largo plazo, supondría menos gasto sanitario (y menos dinero para la industria farmacéutica), porque anualmente sólo se debería vacunar a los recién nacidos”, señala el microbiólogo, recordando la polémica que hubo en la pandemia del 2009, cuando se acusó a la Organización Mundial de la Salud y a la industria farmacéutica de exagerar la gripe para fabricar más antivirales y una nueva vacuna.

No nos asusta la gripe de cada invierno, aunque causa entre 300.000 y 500.000 muertes anuales en el mundo (3.000-6.000 en España). Pero una mutación puede volver un virus gripal muy mortífero. El caso de 1918 “es el monstruo, el Yeti para los epidemiólogos”, reconoce uno de ellos, Antoni Trilla, del hospital Clínic de Barcelona. Hoy, seguramente la pandemia no sería tan mortífera, sostiene, porque la medicina ha avanzado. Hace cien años no existían vacunas anuales, antivirales, UCI ni antibióticos para tratar la neumonía... Pero también recuerda que los virus H5N1 y H7N9 de gripe aviar se ha visto que tienen una mortalidad del 40% o más. Por suerte, hasta ahora han mostrado poca facilidad de transmisión a humanos. Pero... ¿y si mutara el virus?
Sobre lo mismo previene Pasi Penttinen, jefe del programa de gripe del Centro Europeo de Control de Enfermedades (ECDC en sus siglas en inglés y con sede en Suecia). Afirma que se podría repetir una pandemia como la de 1918: “Absolutamente sí. Depende de las características del virus, de la inmunidad preexistente, por eso el ECDC y los países estamos siempre preparados; hay vigilancia de virus, planes antigripe... Con los recursos sanitarios actuales una pandemia así se podría mitigar, pero la medicina también tiene limitaciones; se ve como no es fácil hacer vacunas”. 

La falta de datos ha dificultado la investigación. Los científicos siguen polemizando sobre si la epidemia de 1918 empezó en Kansas, en el frente de la guerra o en el Sudeste Asiático. Será difícil aclarar nada. Para reconstruir el virus ya hubo dos intentos, pues tras tanto tiempo es difícil obtener tejidos de víctimas de los que extraer material genético. Trilla subraya otras lagunas: si la gripe se suele dar entre noviembre y enero, ¿por qué se dio en primavera y verano? Y hubo tres oleadas, algo inusual. 

Se han buscado respuestas en el momento histórico, en ­plena Primera Guerra Mundial. Se ha estudiado cuánto influyeron la una en la otra. La periodista británica afincada en París Laura Spinney ha publicado un libro, El jinete pálido (Crítica), para “colocar a la pandemia en el ­lugar que le corresponde en la historia, ya que fue una enorme catástrofe”, dice. Mató más la gripe que la guerra, pero fuera de la sanidad, ha quedado casi como anécdota. Spinney lo atribuye, entre otros factores, a que se quiso olvidar o a que hasta finales del siglo XX se dio por buena una cifra inicial de 21 millones de muertos.

Pero la autora asume la tesis de historiadores que dan relevancia a la gripe, que creen que aceleró el fin de la guerra, dado el elevado número de bajas en los ejércitos (ante la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. estrenó la vacuna de la gripe con sus tropas). “Ahora, asegurar que la gripe decidió quién ganó la guerra no está claro”, precisa. Algún historiador considera que la gripe fue la puntilla para un ejército alemán ya muy debilitado. 

Spinney cuenta igualmente cómo la pandemia pudo reforzar el movimiento independentista de Gandhi en India, al ayudar sus organizaciones a la población frente a la dejadez del gobierno colonial británico. E igualmente, apunta que contribuyó al apartheid en Sudáfrica.

Para Spinney, aunque ha tenido escasa presencia en el arte o la literatura –hay estudiosos que se sorprenden de que Gertrude Stein o Ernest Hemingway no escribieran sobre ella pese a estar en otoño de 1918 en Europa–, la epidemia influyó en la mentalidad de la época. Dejó unas ganas locas de disfrutar y, a la vez, una melancolía que ella sí ve en el arte o la poesía. También, dice, mostró que no enfermaban sólo los pobres y alumbró una pasión por la vida sana y el ejercicio al aire libre.

LA PANDEMIA DE 1918

¿Cómo se originó?
No se sabe. La teoría más aceptada es 
que se inició en el campamento militar Camp Funston (hoy, Fort Riley) de Kansas (EE.UU.), donde se declaró el primer caso, el del cocinero Albert Gitchell, el 4 de marzo de 1918. Ese día, 107 soldados enfermaron. Luego se supo que semanas antes hubo una fuerte gripe en Huskell (a 400 km). Otra teoría es que empezó en Étaples (norte de Francia), 
en campamentos militares de la Primera Guerra Mundial. Y otra, que apareció en China o el hoy Vietnam y viajó a EE.UU. con las decenas de miles de trabajadores que se llevaron allí y al frente europeo para tareas como cavar trincheras.

¿Por qué se le llamó gripe española?
Estando otros países en guerra, en España es donde se habla primero de epidemia. Antoni Trilla cuenta que la Agencia Fabra envió un cable a Reuters en Londres informando que había una “enfermedad epidémica” en Madrid (pudo extenderse por las fiestas de San Isidro).

Población infectada
Se estima que 500 millones, un tercio de la población mundial de entonces.

¿Cuántos murieron?
Las estimaciones y proyecciones sobre población dan una horquilla amplísima de entre 25 y 100 millones de muertos. Se calculó a la baja hasta hace 25 años; hoy se habla de unos 50 millones.

Tasa de mortalidad 
Sin datos de muchos lugares (como África), se estima que moría entre el 1% y 3% de la población. En EE.UU. murió el 0,65% (675.000 personas); en India, un 6%, y en comunidades aisladas como Alaska o las islas Samoa, hasta el 25%. 

Impacto en España
Un estudio de Trilla en el 2008 cifró en más de 260.000 las muertes 
(el 45%, en octubre de 1918). Y constató un decrecimiento de la población en 1918 de –83.121 habitantes, lo que en el siglo XX se repitió sólo en 1939 (–50.266 habitantes).

¿Por qué se ignoran datos importantes? 
Hace 100 años no había organismos como la OMS, ni vigilancia y registro de casos ni la ciencia ni información actuales.

¿Cuándo se conoció el virus?
En 1918 se conocía la gripe, pero no se sabía qué la causaba. El virus no se identificó hasta 1931. Esa década se empezó a trabajar en vacunas.

¿Cómo curaban la gripe en 1918?
Aliviaban los síntomas con remedios tradicionales como opio y baños de sudor en China, aceite de castor en Canadá, vahos de eucalipto y caldo de gallina en España... Se decía que tal o cual producto curaba y enseguida se encarecía (cebollas, limones, leche...).

¿Qué medicinas existían?
Se usó todo el arsenal disponible: sales de quinina, preparados de arsénico y digital, tónicos, suero antidifteria, codeína y ácido acetilsalicílico o aspirina en grandes dosis (en plena guerra, el fabricante alemán Bayer fue acusado de propagar con ella la gripe).
 
Víctimas conocidas
Los escritores Apollinaire y Edmond Rostand, dos de los niños que vieron a la Virgen de Fátima o el abuelo de Donald Trump. Enfermaron pero sobrevivieron el rey Alfonso XIII, los escritores Kafka, Ezra Pound y Dashiell Hammett, el pintor Munch, el compositor Szymanowski, el presidente de EE.UU. Woodrow Wilson y hasta se ha dicho que Gandhi.