Historias de la Fundación Mona

La Fundación Mona rehabilita a chimpancés y macacos que protagonizaron anuncios o fueron mascotas y artistas de circo; ahora que por fin tienen una vida digna, tras años de soledad absoluta o de reclusión en condiciones pésimas, su mirada parece preguntar si era necesaria tanta crueldad.

Un mes antes de que Mama cumpliera 59 años, y dos meses antes de que el primatólogo Jan van Hooff cumpliera 80, estos dos ancianos homínidos se reencontraron. Homínidos, sí.
También hay personas no humanas, como ha calificado la justicia argentina a una orangutana del zoo de Buenos Aires. Muchos preferirían términos más neutros y quizá más tranquilizadores para su conciencia, como simios o antropoides. Pero todos  somos homínidos. Hasta el diccionario de la RAE lo acepta. “Homínido, da. Dicho de un primate: que se caracteriza por su aspecto antropomorfo y por no tener cola, y a cuya familia pertenecen el hombre y otras especies como el chimpancé, el gorila y el orangután”.

Volvamos con aquellos dos ancianos homínidos. Su reencuentro, que se grabó con un móvil en el 2016, se ha visto en YouTube 22 millones de veces. Por favor, búsquenlo: last hug mama (último abrazo de Mama).

Fue el ejemplar más longevo del mundo y el alma de la colonia de chimpancés del zoo holandés de Burgers. Se estaba muriendo. El primatólogo Jan van Hoof, que la conocía desde hacía 40 años, se introdujo por primera vez en su jaula. Al principio, ella ni se inmutó, pero sonrió en cuanto lo reconoció y su cara se iluminó de alegría, mientras lo abrazaba.
Algún día se nos caerá la cara de vergüenza...

Este centro ofrece otra oportunidad a ejemplares con un pasado atroz, como Toni, que tardó un año en atreverse a salir al exterior; o como Víctor y Tico, que andaban con cuidado porque les daba miedo eso que nunca antes habían visto, la hierba 

Las sonrisas y la alegría son características exclusivamente humanas, piensan quienes niegan estas emociones a otros animales, incluso a algunos tan  inteligentes como los chimpancés. Estas personas deberían hacer una cosa: ver el vídeo.

Un chimpancé adulto y sano es un superatleta. Ni una estrella del ring tendría nada que hacer contra un oponente así. Pero, si se dan las circunstancias adecuadas, reacciones como la de Mama no son insólitas. La bióloga Cristina Valsera llora al recordar la que le tocó vivir a ella en la Fundación Mona.

Desde su fundación, en el 2001, este santuario de la localidad gerundense de Riudellots de la Selva ha cuidado de 30 primates y ha reubicado y mejorado la vida de otros 90. Hoy tiene cuatro macacos y 14 chimpancés, víctimas en la mayoría de casos de experiencias atroces y condiciones indignas. Eran artistas de circo o de televisión, modelos de publicidad, reclamos de fotógrafos de playa y mascotas de familias que los compraron –legal o ilegalmente– pensando que serían un peluche. Cuando crecieron, los encerraron en jaulas o los condenaron a la soledad más absoluta.

A diferencia de otros congéneres menos afortunados, ellos vivirán hasta su muerte en estas instalaciones, con un cercado de 5.700 m2 al aire libre. Su vuelta a la naturaleza es imposible. Tampoco se les permite que se reproduzcan. Humanizados y separados de su madre muy pronto, lo que les privó de conocimientos y habilidades básicas, aquí se les resocializa y se les da una existencia digna.

Cuando llegaron, estaban asustados y traumatizados. Toni se negó durante un año a abandonar el confort de su nueva casa. Otros, como  Víctor y Tico, pisaban sólo las zonas de cemento del exterior porque les daba miedo eso que nunca antes habían visto. La hierba.

También hubo reacciones de  euforia, claro. El primer día que Bea, Coco y Tom abandonaron su habitáculo, al que sólo regresan para dormir, estallaron  de felicidad. En un vídeo se les ve cogidos de la mano, mientras exploran su nuevo mundo después de una vida entre barrotes.  En el recinto hay dos clanes, agrupados por afinidades. Pueden interactuar, aunque los separa una valla. Son el grupo Mutamba (cinco machos y dos hembras) y el Bilinga (cuatro machos y tres hembras).

Romie fue una gran matriarca. Murió en el 2011, con más de 50 años. Tenía un tumor en el útero y los riñones muy dañados. Las dolencias renales son tan habituales entre las hembras como las cardiopatías entre los machos. No se podía hacer nada para sanarla. Pasó sus últimos días en un dormitorio, sola, para  que no la molestasen los demás.

Cristina Valsera y Alba Gómara, psicóloga y máster en Primatología, la veían apagarse poco a poco. Se turnaron para que comiera lo poquito que aceptó en su agonía. Un trozo de fruta o una cucharada de yogur. Una tarde Cristina acudió a verla porque a la mañana siguiente se tenía que ir de viaje. Romie se levantó con esfuerzo, se acercó a la reja, en la que su amiga había apoyado la cabeza, y la besó en la frente. El mundo fue perfecto en ese fugaz instante. La mujer y la chimpancé se miraron. Y Cristina leyó en aquellos ojos: “Gracias y adiós, humana. Ya no te veré más”.

Se murió al día siguiente.

En una sociedad ideal, una institución sin ánimo de lucro como esta no sería necesaria. Aunque ya era una criatura en peligro de extinción, un chimpancé se podía comprar sin problemas en nuestro país hasta 1986. España no se adhirió hasta entonces a los convenios internacionales que restringen y regulan el comercio de especies amenazadas. Ello no ha erradicado el tráfico ilegal.

La gran matriarca Romie dejó un recuerdo imborrable; tenía 50 años, un tumor y los riñones prácticamente destrozados, pero un día sacó fuerzas de flaqueza para protagonizar una escena que todavía hoy eriza el vello

La Fundación Mona recibe periódicos avisos que alertan de  venta de primates en internet. Numerosos anuncios son estafas. Otros, no. A veces los propios animalistas se hacen pasar por compradores para arrancar más información, como contra una vendedora de València que reconocía que no tenía los papeles en regla de su catálogo y que ya ha sido denunciada “¿Qué pasa si se presenta la Guardia Civil en mi casa?”, le preguntó la falsa compradora. “Nada. Aquí ya ha venido tres veces. No le abres la puerta y listo. Ningún juez autoriza una entrada y registro por una sospecha de tráfico de animales”.

África, una de las chimpancés del santuario de Girona, nació en libertad hacia 1997. Matarían a su madre y la capturaron en la selva junto a otros tres huérfanos, también muy jóvenes y de los que se ha perdido la pista. Llegaron a Las Palmas de Gran Canaria en un mercante. Un trabajador del puerto decidió salvarla y se la llevó a casa. Acabó malnutrida y encerrada en la  azotea hasta que fue rescatada de verdad, en el 2009.

Estos ejemplos son cada vez más infrecuentes en España con los grandes simios, pero no con los pequeños primates, en especial los titís. El tráfico ilegal ha experimentado tal eclosión que la Fundación Mona tiene previsto trasladarse en un futuro cercano. Los nuevos terrenos, más grandes, le permitirán ampliar sus actividades y rescates.

De momento sólo admite chimpancés y macacos. Y hay lista de espera. Tres chimpancés aguardan turno. Entrarán de uno en uno, salvo que antes se inauguren las nuevas instalaciones y su diseño y amplitud permitan más de una integración a la vez. En las actuales sólo se abre la puerta cuando el último en llegar se ha adaptado. El proceso puede durar meses o años.  

Los 350.000 euros anuales de la Fundación Mona no tienen nada que ver con el presupuesto millonario de otras entidades parecidas de Europa. El dinero para ayudar al grupo de los Mutamba y de los Bilinga procede de donaciones, cuotas de socios, padrinazgos y visitas escolares (una cada día en lo que va de año), entre otras fuentes de autofinanciación.

Una veintena de personas componen la plantilla, entre profesionales y voluntarios, muchos procedentes del Cuerpo Europeo de Solidaridad, una especie de Erasmus para proyectos sociales. “Nos embarcamos hace casi 20 años en una locura, pero una locura maravillosa”, dice Olga Feliu, la directora de la Fundación Mona. La entidad participa en proyectos de investigación, supervisa trabajos académicos e imparte cursos de Primatología, entre otras tareas divulgadoras.

Su último éxito ha sido concienciar a una empresa para que retire una campaña publicitaria con la foto de un chimpancé disfrazado de oficinista. Consideraciones éticas al margen, estas imágenes desnaturalizan a los primates y fomentan la errónea creencia de que no están en peligro. Todo maltrato  es injustificable, pero ¿y cuando se produce entre parientes, primates de distinta especie? Ellos y nosotros tenemos un vínculo. 

Eso se aprende aquí, en este centro de rescate que no tendría que existir. Esta es también una de las tesis de un libro maravilloso de Frans de Waal, El último abrazo (Tusquets). El título alude al encuentro entre Mama y Jan van Hooff. Los humanos y los antropoides, explica el primatólogo Frans de Waal,  se separaron hace casi tanto tiempo como los elefantes africanos y los asiáticos, y la distancia genética entre los grupos divergentes es la misma. Pero no tenemos inconveniente en llamar elefantes a estas dos clases de proboscídeos, mientras que nos obsesionamos “con el punto exacto en que nuestro linaje pasó de antropoide a humano”.

África fue víctima del tráfico ilegal de especies; mataron a su madre y la trajeron a España en un barco para acabar, encerrada y malnutrida, en la jaula de una azotea

Y, mientras tanto, ¿qué hacemos con quienes no nos acompañaron en el viaje?

Tico es el ejemplar más precozmente separado de su madre, lo que equivale a decir que es el más descentrado. Llegó por vías ilegales desde África. Cuando era un bebé, lo abandonaron en un bosque de Barcelona. Y lo peor estaba por venir: lo trasladaron a un zoo privado donde estuvo sin compañía hasta los 18 años. Quizá por eso le gusta tanto aislarse, con el índice debajo del labio, meditando.

Y si entre los Bilinga hay un émulo del pensador de Rodin, entre los Mutamba hay un Quasimodo. Es Toni, que ronda los 50 años, aunque parece una cría por su reducido tamaño. Tiene un aspecto tan gracioso que apareció en muchos programas de Crónicas marcianas. También rodó anuncios para McDonald’s, vestido de enfermero en una ambulancia. Cuando se apagaban los focos, volvía a una jaula tan diminuta que le provocó una deformidad en la espalda y le impidió crecer correctamente.

Víctor nació en Mali en 1982 y fue comprado por una pareja  francesa, que lo trataba como a un niño. Lo vestían y le organizaban fiestas de cumpleaños, a las que invitaban a los hijos de los vecinos. Cuando entró en la pubertad, lo castraron para evitar problemas, pero al final se rindieron a la evidencia y lo llevaron a un parque público de Nancy, donde vivió solo desde los 14 a los 24 años. Le arrojaban comida basura y cigarrillos hasta que la organización One Voice logró su traslado a Girona. Tardó tres años en integrarse.

En Riudellots de la Selva han rescatado a ejemplares con los pies deformados porque les obligaban a calzar zapatos y llevar ropa para que los turistas se fotografiasen junto a ellos. O a individuos adultos que se abrazan a un montón de paja y se balancean. Se trata de una conducta típica en chimpancés que fueron arrebatados de sus madres y que tratan de consolarse así de la falta de calor materno.

Una vez, para amenizar una jornada de lluvia, alguien puso un CD con sonidos de la selva. Todo fue bien hasta que, para horror de las cuidadoras, se oyó ese hihihi-hohoho-huhuhu que hacemos cuando queremos imitarles y que en realidad es la llamada de auxilio de una cría. Una hembra, durante años usada como fábrica reproductora, creyó que la llamaban e inició una búsqueda desesperada. El disco fue proscrito ipso facto.

Hay infinidad de historias así en la Fundación Mona y, aunque sus protagonistas han evolucionado muy favorablemente, queda mucho por hacer. Hemos hablado sólo de sus chimpancés, pero el estado en que llegaron los cuatro macacos no era mejor. Abu fue abandonado en una perrera. Katy apareció encadenada en un piso de la Costa Brava, sin comida ni agua. A Pipa la trajeron de Marruecos en una caja de zapatos para venderla en València. Y a Titín lo dejaron atado en una portería de Logroño.

Algún día se nos caerá la cara de vergüenza por el daño que hemos hecho a los animales en general, y a los primates en particular. Ese día, si aún no estamos solos, habrá que mirarles a los ojos y preguntarles si serán capaces de perdonarnos.