Holanda: lección de ingenio bajo el nivel del mar

Diques, molinos, pólders... los Países Bajos llevan siglos resistiendo los embates del mar y las crecidas de los ríos. Su poder de resistencia y su capacidad a la hora de idear nuevos avances técnicos han convertido al país en espejo global de un planeta que busca soluciones urgentes para hacer frente al cambio climático.

Varios hombres cambian el aspa de uno de los 19 molinos que desde hace siglos mantienen seca y a flote el área de Kinderdijk, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco

"Por cierto, nunca he sabido por qué los llaman Países Bajos”, confiesa un señor mexicano que mira por la ventanilla, segundos antes de aterrizar en el aeropuerto de Amsterdam. Sus dudas se disiparían enseguida si a la llegada a la terminal hubiese alguien con un cartelito en la mano que dijese: “Señor mexicano que vive en San Diego y que ocupaba la butaca 21F, bienvenido a Schiphol, se halla usted a cuatro metros bajo el nivel del mar”. Tal vez como mensaje turístico no funcionaría mucho. Sin embargo, como tarjeta de presentación es inmejorable para los gobiernos y las ciudades del mundo que llaman a la puerta para adaptar las soluciones que los holandeses llevan aplicando desde hace siglos con el fin de mitigar la crecida de los océanos, controlar posibles inundaciones y hacer frente a los estragos del calentamiento global y el cambio climático. Inventos sencillos o de un ingenio excepcional, medievales y del siglo XXI. Desde los molinos de viento hasta las turbinas eólicas, de una compuerta al cierre de un mar entero, desde un dique hasta una provincia entera desecada, los neerlandeses han logrado convertir el enemigo en aliado a base de diques, dunas, canales, paciencia, resistencia y mucha innovación técnica.

Por tierra, mar y aire, de norte a sur y de la costa al interior, Magazine ha recorrido un país que desde hace siglos vive pendiente de las crecidas y las tormentas mortíferas, no en vano el 60% de su territorio es inundable, el 50% está un metro por encima el nivel del mar y el 40% está por debajo. De la necesidad de que el agua no llegue al cuello han emergido bellos parajes y monumentos remarcables. Tal vez el más conocido sea Kinderdijk, patrimonio de la humanidad de la Unesco desde hace 20 años, un conjunto de pólders (tierra ganada a unos humedales y protegidas por diques) donde se asientan 19 molinos de viento que, para mantenerse a flote, bombean agua a lagunas de almacenaje y de ahí a dos ríos cercanos. Los primeros molinos eran del siglo XV, y la mayoría de los que siguen en pie, del XVII. “Hay algunos que pertenecen a una misma familia, los Hoek, asentada aquí desde hace diez generaciones”, explica Peter Paul Klapwijk, también molinero, que lleva el timón-volante de un barquito eléctrico que recorre los canales de Kinderdijk, por donde se puede patinar sobre hielo algunos inviernos. 

“Si los molinos dejaran de bombear, tendríamos el agua por el ombligo”, reconoce Peter Paul Klapwijk, que vive en uno de los 19 molinos 
que han modelado el paisaje de Kinderdijk, patrimonio de la humanidad por la Unesco

“Aquí, el equilibrio medioambiental es muy delicado”, cuenta mientras atraca junto a uno de los molinos justo el día en el que la visita ofrece un espectáculo inhabitual, que sólo se ve cada muchos años. El señor Kock y sus ayudantes, Karel y Koos, están cambiando con paciencia una de las aspas del molino. Y lo hacen con el mismo método secular, con maña y con fuerza, unos listones de abedul… y, eso sí, ayudados de una pequeña grúa, ligera para que el suelo no se desmigue y se hunda, rebajando aún más un terreno que tiene que ser drenado constantemente. “Ha habido momentos, en temporadas de fuertes lluvias, en que los molinos bombeaban agua siete días y siete noches a la semana. Y momentos en que había tanta alrededor y tanta en el río que no podíamos expulsarla fuera. Sucedió en 1995. Hubo vientos muy fuertes, era imposible la evacuación. La gente que viene de otros países dice que estamos locos, pero para nosotros es el día a día”, declara Klapwijk. Aquella vez, no hubo que lamentar víctimas, aunque en cada molino hay indicadores de la altura a la que llegó el agua ese año y en las peores inundaciones en la zona. 

Así, es muy fácil entender que se está bajo el nivel del mar y que molinos y edificios estarán medio cubiertos por las lagunas o los ríos. “Si las bombas parasen, estaríamos mojados hasta el ombligo”, señala. Es un día soleado, y el cielo está limpio, pero es fácil hacerse una idea de ello. Hasta el ombligo. “Nuestra lucha también es contra el cambio climático: los expertos hablan de que las nubes son cada vez más grandes y de que llueve con más intensidad en menos tiempo”, cuenta.

El agua ha dado la vida a los Países Bajos, todo su poderío colonial y comercial, pero también ha golpeado sus quebradizas costas desde tiempo inmemorial. El país se hallan entre la espada (el mar) y la pared (la desembocadura de ríos muy caudalosos como el Rin, el Mosa o el Escalda). Las primeras inundaciones documentadas se remontan al 838, año en que murieron casi 2.500 personas en Friesland, al norte del país. Son pocas comparadas con las 60.000 víctimas de 1212, las 80.000 del 1287 en el Zuiderzee o las 100.000 del 5 de noviembre de 1530 en lo que se conoce como las inundaciones de San Félix, por ser ese el día en que acaeció la tormenta. Con todo, las dos catástrofes naturales que han marcado la historia reciente de Holanda son las del 13 de enero de 1916, que dieron pie a las obras del cierre del Zuiderzee (hoy rebautizado lago Ijsselmeer), en el norte del país, y especialmente la de 1958, en la que perdieron la vida 1.836 personas y que obligaron a pensar un sistema de barreras y esclusas que hoy se conoce como plan Delta.

Las compuertas del Oosterscheldekering, en el sur del país, separan el mar (izquierda) de la desembocadura del río Escalda para evitar inundaciones

Jan Suijkerbuijk es uno de los hombres que más saben de esta muestra descomunal de ingeniería que separa la desembocadura de tres ríos del mar mediante un sistema de tres barreras de 15, 16 y 31 compuertas cada una que suelen estar fijas y sólo se abren si es necesario. Suijkerbuijk da muchas explicaciones, pero la más lúcida es en la que no dice nada. Sólo hace un gesto revelador. Subido en lo alto de una de las barreras, la Oosterscheldekering, señala la parte externa, donde el oleaje tiñe de blanco el mar revuelto y cuyo nivel es entre uno o dos metros superior al de las aguas calmas del otro lado, el protegido. “Las inundaciones de 1953 fueron terribles, el océano subió 4,20 metros. Si no se hubiesen construido las compuertas, hubiese habido muchas más inundaciones, porque hasta en 26 ocasiones el agua ha estado cerca de esa altura”. ¿Está preparada la obra para los embates del cambio climático y el deshielo de los polos? “Si el nivel del mar crece unos 5 milímetros al año, unos 5 cm cada diez y medio metro cada cien, esta obra tiene vigencia para 200 años”, asegura.

La catástrofe de 1953 también abrió los ojos a las autoridades neerlandesas a estar muy atentos a la hora de detectar posibles fenómenos naturales que pusieran en peligro las vidas de tanta gente, por eso desde hace décadas, en la zona del delta, tienen un observatorio climatológico permanente en el que analizan el posible impacto en sus costas de, por ejemplo, un huracán en el Caribe o un terremoto en Chile. 

En el largo camino desde Vrouwenpolder, sudoeste del país, donde se encuentran las barreras del plan Delta, hasta Urk, en el norte, se suceden lagunas, ríos, canales, puentes y más puentes, a veces elevados, para el paso de grandes embarcaciones. Al final, el visitante nunca sabe a ciencia cierta si transita por islas, tierra firme o tierra ganada al mar, no en vano el 17% de su territorio ha sido drenado y desecado. 

El caso más extremo y extraordinario es la provincia de Flevoland, que no sólo está situada a tres, cuatro y hasta cinco metros bajo el nivel del mar, sino que prácticamente toda su superficie actual –unos 1.800 km2, un poco más que la isla de Gran Canaria– es lecho marino. Hoy en día esta tierra reclamada –a veces llamada Terra Nova– es uno de los principales graneros de Holanda y Europa. Se ve a la perfección desde el aire, a bordo de una avioneta Cessna 172, pilotada por Hans Mervennée. Extensiones de frutales, patatales, flores, carreteras y ciudades en la flor de la vida. Lelystad, ciudad que llega a estar a siete metros bajo el nivel del mar, cumplirá 50 años. Almere, la capital de Flevoland, apenas tenía una casa en 1976 y sólo es un municipio desde 1984. 

El conjunto de compuertas del plan Delta, en el sur del país, resistiría, al ritmo actual, el nivel del mar 
de dentro de 200 años

Toda esta área puede sonar muy remota, y hasta cierto punto lo era en el pasado. Remota y salvaje. En el siglo XIX, sus islas tenían que ser evacuadas constantemente pese a las dunas artificiales y los diques. Hoy en día, Flevoland está sólo a 20 minutos en tren desde Amsterdam. “Todos los árboles que se ven, todos, han sido plantados en los últimos años”, cuenta Rinjke Tromp, la guía, que desde las alturas señala lo que en su día eran islas, ahora motas diminutas, y mar, casi todo el resto.

La idea de cerrar el Zuiderzee con un dique gigantesco ya apareció en el siglo XIX, pero no se empezó a ejecutar hasta principios del XX, después de la catástrofe de 1916. Los diques no sólo aportarían seguridad sino que también permitirían reclamar tierra al mar para dedicarla a la agricultura y así alimentar a la población. Nunca ha habido una operación tan extensa en todo el mundo. Desde el aire se ve todo muy claro. A un lado, el mar de Wadden, al otro, el lago Ijssel, que dejó de llamarse Zuiderzee, y cuyas aguas se han ido dulcificando y quedando sin la pesca de siglos atrás. En medio, el imponente dique de 32 kilómetros Afsluitdijk, acabado en 1932, de no menos de siete metros de altura sobre el nivel del Wadden.

La avioneta aterriza en el aeropuerto de Lelystad y, siempre sobre el antiguo lecho marino, aparece en el horizonte la antigua isla de Urk, hoy unida a tierra firme. Nadie diría que la localidad, conocida por su fervor religioso y por haber sido constante nido de piratas siglos atrás, era una isla mínima, siempre barrida por las aguas. 

Aunque si hay un pedazo de los Países Bajos donde más se ha bregado con las crecidas es en la antigua isla de Schokland, vecina de Urk, una tira ínfima de tierra cuyo perfil original es aún reconocible al estar silueteado por árboles y donde se ha encontrado restos humanos de hace 10.000 años. Durante siglos, la vida de los habitantes de Schokland fue como la que afrontan hoy en día muchas islas del Pacífico, cuya pervivencia está en peligro por el creciente nivel de las aguas. “Cuando subía, la gente se refugiaba en los montículos a esperar que amainara. Además, hubo otras invasiones, como la de un insecto que se comió toda la madera de los diques y protecciones en el siglo XIX; al final la isla tuvo que ser desalojada”, cuenta Karin Dibbets, responsable del museo de Schokland, a un extremo de la antigua isla. Al otro, aún se conserva el faro, donde estaba el puerto de pescadores. Este es, por su belleza y por ser símbolo de lucha con y contra el agua, el primer lugar de los Países Bajos que fue reconocido en 1995 como patrimonio de la humanidad por la Unesco.

Si algo tienen en común Flevoland, tierra conquistada al mar, y Rotterdam, el gran laboratorio holandés que ha hecho bandera del buen uso del agua y las energías limpias, es que en ambos los impulsores de sus proyectos han podido empezar de cero o casi. Flevoland, con sus nuevas ciudades e instalaciones, ha servido para que artistas, escultores y proyectistas planeen, investiguen y experimenten. Algo que ha sucedido a gran escala en Rotterdam, ciudad que ha ido modelándose a su gusto tras quedar arrasada en la Segunda guerra mundial. Patio de recreo de los mejores arquitectos, la ciudad portuaria se ha convertido en un taller gigante donde urbanismo, paisajismo, medio ambiente y gestión del agua van de la mano. 

Rotterdam es el modelo que inspira a ciudades de todo el mundo para gestionar mejor el agua y evitar inundaciones 

Es cierto que los turistas acuden en masa a Amsterdam, pero los equipos técnicos de las ciudades y los países amenazados por inundaciones y efectos del cambio climá­tico (Nueva Orleans, Nueva York, Jakarta, Bangladesh, México…) ponen rumbo a Rotterdam, pionera en hacer frente a los embates del cambio climático y en hallar alternativas a la edificación de muros y más muros para evitar inundaciones. “No podemos estar siempre construyendo diques y diques, cada vez más altos; hay otras alternativas”, ilustra Corjan Gebraad, técnico del Ayuntamiento especializado en gestión del agua. Algunos avances pasan por depósitos de recogida de agua en los tejados de las casas nuevas, islas flotantes que se adapten a una crecida, un canal de remo que, en caso de necesidad, acoge parte del caudal del vecino Rin cada vez que amenaza con desbordarse o piscinas urbanas que en seco funcionan como pistas de baloncesto y que, en caso de tormentas, hacen las veces de depósitos de las agua pluviales. “Para la ciudad, el problema, el desafío del agua, se ha convertido en una oportunidad de proteger a la ciudadanía de las inundaciones, y también de pensar un nuevo urbanismo y hacer una ciudad más resiliente y atractiva”, detalla Gebraad sentado en la cafetería de la Amerika Line, el antiguo edificio de la naviera que conectaba con Nueva York, que se salvó de los bombardeos alemanes y que es un símbolo de Rotterdam, como el puente Erasmus o las compuertas Maeslantkering, que son la primera línea de defensa de una ciudad que sigue a flote y que, contra viento y marea, no piensa moverse de sitio.