Hombres con fecha de caducidad

El camino a la igualdad y la feminización del trabajo, junto con la crisis y la robotización, están dejando descolocados a muchos varones educados en los valores tradicionales de la sociedad industrial: la autoridad que han ejercido desde siempre y su peso en la sociedad se evaporan. Tras este malestar están la victoria de Donald Trump o el ascenso de la ultraderecha, pero la obsolescencia de este modelo masculino está programada.

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En el 2010 pasaron cosas extraordinarias: apareció la plataforma Wikileaks, los mineros chilenos sepultados fueron rescatados sanos y salvos y España ganó el Mundial de fútbol. En Estados Unidos se lanzó el Obamacare y, además, por primera vez en el país del fordismo y en plena crisis económica, el número de mujeres en el mercado laboral superó al de hombres. A partir de esa punta del iceberg, un sinfín de expertos empezaron a preguntarse si el macho ha muerto, si es el fin del hombre, si la masculinidad está en declive, en fuera de juego. ¿Se va a pique?

Algunos estudiosos hablan de su obsolescencia programada. Otros, de que sus estructuras de poder resisten pese a estar resquebrajándose. La larga carrera de la mujer hacia la igualdad, la robotización de la economía, el ocaso de la mayoría de los nichos productivos que han sido el refugio laboral del hombre (el campo, la fábrica, el andamio, el camión) contrastan con la preeminencia de campos profesionales (servicios, sanidad, enseñanza, nuevas tecnologías) donde la fuerza bruta sirve de poco y donde las mujeres se adaptan igual o mejor. ¿Se volatizará ese perfil de hombre antes de que usted acabe de leer este reportaje? Seguramente tarde en desaparecer un poco más, pero no está previsto que dure los 200.000 años que lleva imponiendo su hegemonía.

En pocas décadas, la autoridad del varónen el hogar y en el trabajo se ha diluido. La última crisis ha dejado a muchos hombres de mediana edad desubicados y deprimidos

En muy pocas décadas, la autoridad del varón en el hogar, en el lugar de trabajo, en los centros de poder se ha ido agrietando y diluyendo. Su voz ya nunca será tan firme. La última crisis económica –a la que nadie le ha practicado aún la autopsia porque todavía sufre espasmos– ha dejado a muchos trabajadores de mediana edad desubicados, deprimidos, mermados en sus recursos, en oficios precarios o en el paro e incluso con poco margen de adaptación y reciclaje. “Durante años, el mundo ha sido testigo de un trasvase de poder del hombre a la mujer tan callado como monumental, pero con la gran recesión, la evolución se ha convertido en revolución. La consecuencia no será tanto un golpe mortal al club de los macho men del capitalismo financiero que nos llevó a la actual catástrofe económica, sino que supondrá una crisis colectiva para millones de trabajadores varones en todo el mundo”. Todo ello lo predijo en el 2009 el analista estadounidense Reihan Salam, que intuyó, además, cómo las clases trabajadoras golpeadas por la crisis, especialmente los hombres blancos, podían enviar de nuevo al Partido Republicano a la Casa Blanca. 

RESISTENCIA POLÍTICA
El autor ya apuntaba la importancia electoral de trabajadores afectados por las deslocalizaciones, las reconversiones, un modelo de hombre que todavía tiene la suficiente fuerza para aupar a la presidencia a hombres como Donald Trump o marcar la agenda política europea con la irrupción de la extrema derecha... que a su vez intenta limitar derechos y avances de las mujeres –despenalización del aborto, la igualdad salarial– e incluso soslayan la lacra de la violencia de género.

Son los hombres de mediana edad, educación básica y trabajos poco cualificados los que, en buena parte, están alimentando la implantación de los partidos radicales o de extrema derecha que instrumentalizan la rabia social y la incertidumbre económica de trabajadores que se han quedado sin horizonte. Son los mismos que han enviado al Bundestag al partido xenófobo Alternativa por Alemania (AfD), los que estuvieron a punto de aupar como presidente de Austria al candidato derechista Norbert Hofer o los simpatizantes del UKIP que acabaron decidiendo el voto del Brexit, por poner algunos ejemplos recientes. 

La crisis de identidad y el futuro económico incierto de un perfil de varón han sido vitales para aupar a Trump, alimentar a la extrema derecha en Europa o decidir el Brexit 

Si este tipo de perfil masculino camina hacia la extinción, su resistencia a pasar a la historia es contundente, y sus coletazos, poderosos ante un voto femenino que, en todos los casos anteriores, optó mayoritariamente por opciones opuestas (demócratas en Estados Unidos, socialistas y CDU en Alemania, el candidato que provenía de Los Verdes, Alexander van der Bellen en Austria o el voto por permanecer en la UE).

“¿Qué sucedería si la era de la dominación del hombre estuviera, de verdad, llegando a su fin? Y más concretamente, ¿qué pasaría si la nueva economía estuviera mejor adaptada a las mujeres?”, se ha preguntado en los últimos años la socióloga y escritora Hanna Rosin, autora de El fin del hombre, una de las biblias que detallan ese incipiente reequilibrio de poder doméstico y laboral. La autora apunta que, a cada año que pasa, más y más indicadores económicos, educativos, profesionales, culturales y tecnológicos señalan que la mujer está más preparada que el hombre ante los vaivenes que experimenta una parte (no toda) del mundo. Rosin fue de las primeras en radiografiar el hundimiento de un cierto perfil de masculinidad, aunque hoy en día ironice: “Yo escribí El fin del hombre… y todavía siguen aquí”. 

Sin embargo, estudios sociológicos recientes apuntan que, si bien la crisis ha golpeado duro a las trabajadoras de categoría media, la mayoría ha aprovechado la coyuntura para formarse y lograr mejores puestos y sueldos, algo que los varones han conseguido en porcentajes mucho más bajos. Los hombres de estos estudios tienden a dejar sus trabajos o a optar por tareas precarias mal pagadas: de ahí al abuso de medicamentos y opiáceos hay un paso, señalan varios autores. Curiosamente, en la cuesta abajo de una cierta masculinidad, el hombre quiere compararse con uno más rico, no con una mujer. 
“Es cierto que el 98,5% de las 500 personas más poderosas de la revista Forbes son hombres, pero en el otro extremo de la balanza, varones de todas las etnias se quedan sin trabajo, se entrampan con las drogas, lo que deriva en menos asistencia a la universidad y menos licenciados”, detalla el analista Thomas Edsall, que ha estudiado los efectos de la crisis en el mercado laboral estadounidense para concluir cómo algunas de las grandes instituciones masculinas como la fábrica, la Iglesia o el sindicato han perdido peso y presencia.

“Hay mucho hombre deprimido, es parte del cambio de masculinidad que estamos presenciando, es un hombre que pierde su posición, que recurre a las drogas, como pasa en Estados Unidos, donde el consumo de heroína ha aumentado muchísimo”, explica Esteban Hernández, autor de Los límites del deseo: instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI (Clave Intelectual) y El fin de la clase media. “Hay muchos hombres –insiste– que viven del sueldo de su mujer, que han perdido el empleo y que representan una vieja masculinidad que a veces se traduce en depresión o en maltrato”. Esa depresión se explica en parte por la sacudida que ha sufrido el paisaje productivo en la última década, la implosión de sectores masculinos como la construcción o la manufactura y el auge en esferas laborales como la educación, la sanidad, las industrias tecnológicas, para las que ya no se requiere el músculo de antaño y a las que el perfil femenino responde muy bien.

'SORPASSO' FEMENINO
La feminización del mercado laboral en España llega a tal extremo que pronto habrá sorpasso. Si en 1976 había 9 millones de hombres trabajando por sólo 3,5 de mujeres, hoy en día (junio del 2017) la primera cifra se sitúa en los 12,1 millones (sólo 3 más en 40 años), mientras que la segunda ya alcanza los 10,5. Los números hablan por sí solos, y más después de una crisis que ha hecho más estragos en países como Grecia, donde el número de empleados ha bajado un 38% en los últimos años, mientras que el femenino ha aumentado un 46%, según Eurostat. Ellas se adaptan mejor a las circunstancias, por muy adversas que sean. A ellos les cuesta más reciclarse porque sus trabajos de siempre están de capa caída o peor pagados que antes. Pero se acaban adaptando, sobre todo si el horizonte de la jubilación, o la prejubilación, queda lejos.

Industria y construcción, viejos nichos masculinos, ceden paso ante la robotización del trabajo y la feminización de oficios ligados a la salud, la educación y los servicios

En la universidad española ya no hay debate, las mujeres son mayoría desde hace dos décadas (el 53% de todos los alumnos en el 2000). En la actualidad, datos del 2015, la presencia femenina en las aulas universitarias supera el 54% de los 1,3 millones de alumnos matriculados), porcentaje que asciende al 60% en Ciencias Sociales y Jurídicas, al 61% en Arte y Humanidades o al 70% que se convierte en aplastante en los estudios relacionados con las ciencias de la salud (Medicina, Enfermería…). La media total no es más alta porque la presencia de las mujeres en las aulas de las facultades de ingeniería y arquitectura (marginal hace años) se sitúa en el 25%.

EL NUEVO AMO DE CASA
Con todo, no será el número de mujeres en las aulas o en el mercado laboral, sino la especialización y el campo de trabajo (sociedad del conocimiento, robotización y automatización de los servicios) lo que determinará su peso en el mercado laboral en detrimento de los varones. Estos, sin embargo, no abandonarán las cúpulas directivas y los puestos de poder así como así ni de un día para otro. La recomposición de lugar del hombre en la sociedad no llega, de momento, a tal extremo. 

“Es verdad que hay muchas mujeres trabajando y en la universidad, sin embargo la masculinidad va a seguir siendo hegemónica en el mercado laboral, ellos van a seguir ascendiendo, porque no están sujetos a la ley de la tijera que sí afecta a las mujeres. Ellas tendrán mejores notas, pero llega un momento en que tienen que elegir si siguen promocionando su carrera o tienen hijos. De las que optan por la primera opción, la mitad suelen estar solas”, reflexiona el sociólogo Vicent Borràs, profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona y miembro del equipo de estudios sociológicos QUIT, que analiza tendencias sociales a partir de comportamientos cotidianos y que ha escrito largo y tendido sobre el declive del hombre tanto en el ámbito laboral como en el doméstico. 

Sus trabajos apuntan a que hay una figura masculina clásica, chapada a la antigua y que se rige por el ordeno y mando que, por muchos coletazos que dé, está pasando a mejor vida, en parte por una cuestión de edad, en parte porque la crisis lo ha desprovisto de su máxima razón de ser: traer el pan a casa. “Ese modelo de los padres de antes ya no existe: la masculinidad se va readaptando. Si se analiza el bloque duro del paro, el trabajador de la fábrica grande ya no existe, y los más jóvenes se van recolocando, van saltando de trabajo”.

La muerte de un cierto tipo de industria está en uno de los orígenes del declive de esta masculinidad ramplona y autoritaria; no en vano, la mecanización de finales del siglo XVIII y del XIX “cimentó la dominación masculina”, en palabras de Grayson Perry, artista y pensado británico que con su libro The Descent of Man (Penguin) retrata esa caída. “En las sociedades preindustriales, los hombres trabajaban cerca de casa; cuando se fueron a trabajar a la fábrica, esta se asoció más a la masculinidad, mientras que el hogar se convirtió en sinónimo de mujer y feminidad”. cuenta.
Hoy en día y tras las sacudidas económicas, sociológicas y tecnológicas de los últimos años, el hogar ha vuelto a ser masculino sin dejar de ser femenino. Hace unos años, en el 2010, el equipo QUIT estudió el reparto de las tareas del hogar entre marido y mujer y concluyó que ellos dedicaban unos 20 minutos más al día y ellas 20 menos. Ahora, la tendencia ha cambiado radicalmente: en otro estudio que Borràs ha llevado a cabo junto a Sara Moreno y Marc Ajenjo y que se publicará el año que viene en Reis, Revista de Investigaciones Sociológicas, se observa “que en parejas con el mismo estatus laboral y eliminando el factor crisis económica, el hombre apenas dedica siete minutos más al día, mientras que la mujer trabaja 77 minutos menos al día en casa, es un cambio generacional increíble”, apunta Vicent Borràs. 

Un estudio revela que, mientras el marido español aporta unos minutos más al día en las tareas del hogar, la mujer ha decidido dedicar más de una hora y cuarto menos

Ese descenso del tiempo que la mujer dedica a la casa puede suponer “que se dé menos importancia a los estándares de cocina o limpieza, a los que se dedica menos tiempo: no pasa nada si la casa está un poco desor­denada o si en vez de caldo y canelones se come algo a la plancha”, apunta el sociólogo. En todo caso, si en ese comportamiento existe una cierta masculinización de la mujer (“huyendo de las tareas del hogar, pero sin ceder el poder sobre el hogar y los hijos”), también hay una feminización del hombre en el sentido de que “se han apuntado al cuidado de los hijos. Nunca hemos dedicado tanto como ahora y seguimos pensando que es poco. El nuevo hombre –remarca– no tiene la presión del ama de casa tradicional, pero sus hábitos no tienen nada que ver con los de sus padres”.

Esteban Hernández observa que el varón está cambiando (en lo profesional, en sus relaciones personales, en su aspecto físico), pero está convencido de que, “aunque algunos no encuentren el sitio, una cierta masculinidad no se va a marchar, tampoco algunas viejas actitudes. En el trabajo todavía se nota mucho cómo se dan órdenes. El ordeno y mando y el porque lo digo yo de los directivos están disfrazados. El mensaje es el mismo, pero se dice con más pausa. Sin embargo, en casa y si están en paro –matiza–, ya no puedes exigir que esté hecha la comida, porque la que está cansada y viene de trabajar es la mujer. Hay que recordar que, en muchos casos, son ellas las que, durante la crisis, han mantenido el hogar”.

ANTE EL ESPEJO
Hernández insiste en que en la transformación del macho hay “una preocupación estética” y un “disfraz”. Los cambios se producen en la esfera educativa y laboral, en la doméstica y en la personal y relacionándose con otra gente en un mundo donde los modelos de sexualidad van diversificándose. 

Así, los cambios pueden llegar a ser paradójicos: la hombría ya no puede demostrarse en muchos casos con un golpe en la mesa, porque está desfasada; sin embargo, sí se puede lucir con un cuerpo más atlético y musculado. Justo cuando las nuevos tecnologías han reducido al mínimo los empleos físicos, los gimnasios están llenos de hombres levantando pesas. “Antes al hombre se le exigía fuerza y músculo, hoy en día el músculo es ser innovador y creativo, pero también lucir un buen cuerpo, porque parece que si engordas, se te ve mayor, como si te faltara talento”, analiza Esteban Hernández. 

Ante el espejo, hay un hombre que va diciendo adiós, se va evaporando lentamente sin que acabe de emerger otro nuevo, más feminizado, más abierto a reconocer que es vulnerable y que por el hecho de ser varón ni nace con un pan bajo el brazo ni es necesariamente el que lleva el pan a casa.