Ian McEwan "La inteligencia artificial reflejará lo humano"

Preciso y mordaz, inteligente y juguetón, capaz de sortear cualquier desafío narrativo con un repertorio aparentemente infinito de trucos y recursos, Ian McEwan se ha ganado el derecho de convertir en acontecimiento la salida de cada libro. Cita en Londres para hablar de ‘Máquinas como yo’ (Anagrama), una ucronía sobre los dilemas que se divisan en el horizonte de la inteligencia artificial.

Con la tensión y los conflictos morales en el centro de su discurso, McEwan (Aldershot, 1948) lleva cuatro décadas poniendo su afilada prosa a indagar en la infinita complejidad y ridiculez del género humano. Crudo en sus inicios, progresivamente clemente (y satírico) en su apreciación, siempre interesado en la ciencia y en la lucha entre nuestra parte racional y emocional, cualquiera de sus lectores atesora algún momento de deslumbramiento técnico: el accidente aerostático en Amor perdurable, los giros copernicanos de Expiación u Operación Dulce, la angustia que abre Niños en el tiempo o cierra El placer del viajero, la cremallera atascada en medio del Ártico en Solar… 

Su última novela, Máquinas como yo, nos lanza a un pasado cercano que nunca fue –un Londres ochentero con cruciales variaciones políticas y tecnológicas– para reflexionar sobre un futuro que pronto será, el de la desafiante convivencia entre robots sensibles y personas. En la víspera de un vuelo temprano a Nueva York que lo ha llevado a dejar su retiro campestre en Gloucestershire para pernoctar en Londres, el escritor recibe a Magazine en un modesto estudio que conserva en un semi oculto pasaje peatonal en el barrio de Holborn.  

“Me gusta rodearme de científicos: frente a un problema buscan una solución, mientras que mis amigos educados en las humanidades sólo quieren nadar en el problema”

Acaba de anunciar por sorpresa la publicación de una novela corta, una sátira política titulada The Cockroach en la que un individuo se despierta una mañana convertido en una cucaracha que debe pilotar la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea en su calidad de primer ministro. ¿Está viviendo el Brexit al modo de una pesadilla kafkiana?
El Brexit es tan demencial que no sé por dónde empezar, la situación es diez veces peor que hace dos años con un Gobierno saltándose las leyes constitucionales e indiferente a la catástrofe económica que se avecina. Casi todos nuestros bienes nos llegan de Europa vía Dover –incluyendo un tercio de nuestra comida y entre un 60% y un 70% de medicamentos–, sólo la burocracia que implicaría salir sin un acuerdo pactado se antoja una pesadilla. Aunque las probabilidades sean muy bajas, cabe soñar con que Boris Johnson la haga tan gorda que las fuerzas de resistencia consigan implementar un segundo referéndum. 

Se le nota furioso.
No es para menos. Los que deseamos permanecer en Europa no encontramos un solo argumento a favor de marcharnos, y enarbolar la bandera de la soberanía es una ridiculez pues cualquier tratado comercial implica ya un sacrificio parcial de la misma. Sospecho que lo que Boris Johnson contempla es una futura Gran Bretaña definida por los bajos impuestos, la baja regulación, un paraíso fiscal, vamos, ignorando de paso todas las medidas de protección medioambiental.

Si la situación se vuelve insostenible, ¿no ha valorado la posibilidad de solicitar la nacionalidad irlandesa al ser su esposa de este país? 
Lo he valorado pero necesitaría haber vivido cinco años en Irlanda y pasar dos tercios de mi tiempo ahí, al tiempo que supondría un tipo de exilio dado que el resto de mi familia y la mayoría de mis amigos residen en Londres, una ciudad que amo profundamente.

“El Brexit es tan demencial... la situación es diez veces peor que hace dos años con un Gobierno saltándose las leyes, indiferente a la catástrofe económica que se avecina”

Su antepenúltima novela, Cáscara de nuez, una relectura de Hamlet protagonizada por un feto, fue un proyecto tan arriesgado y desafiante que, para muchos, el hecho de que saliera airoso demostró que había alcanzado la plenitud de sus facultades. ¿Para usted fue un libro más o la confirmación de que narrativamente podía ir donde quisiera?
Pienso que mis últimos libros han implicado ir cruzando nuevas líneas, al tener a fetos, robots y cucarachas como protagonistas. Esto no quita que todos estos títulos hayan incluido reflexiones sobre la actualidad o preocupaciones universales. Al igual que Kafka, me atrae mucho la combinación de la fantasía con cuestiones muy cotidianas. No es incompatible un punto de partida absurdo con el reflejo del mundo tal cual es. Las limitaciones que tenía con las novelas realistas que exigían mucha documentación se han disipado y explorar esta vía me ha resultado muy liberador. Había dedicado tantos esfuerzos a reflejar en el papel historias bien documentadas y altamente plausibles, a recrear la realidad que todos compartimos, que ahora me apetecía jugar un poco, relajarme, quizá me lo ha traído entrar en la setentena.  

En 1978 escribió un guion para una producción de la BBC donde ya se abordaba el tema de si sería posible construir una máquina capaz de pensar. ¿Qué le llevó a retomar el tema cuatro décadas después?
Durante muchos años –en los setenta, ochenta, noventa, incluso a principios del siglo XXI– la inteligencia artificial estuvo congelada, en pausa, parecía un proyecto fallido. En parte porque la gente no había entendido la complejidad que encierra la mente humana. Incluso Alan Turing afirmó, a finales de los años cuarenta, que dispondríamos de una máquina pensante en una década, cuando la realidad es que hace apenas unos años que se consiguió fabricar un robot capaz de atrapar una pelota al vuelo. En la última década, sin embargo, la tecnología ha experimentado una revolución, de tal modo que por primera vez la inteligencia artificial está penetrando de verdad en la vida humana: a través de los teléfonos inteligentes, de las redes eléctricas, de los programas de distribución de alimentos, de asistentes como Alexa, de los prototipos de coches sin conductor… También hemos asistido a las primeras tragedias derivadas de la inteligencia artificial, por ejemplo con dos accidentes aéreos en los que el cerebro del avión creyó que el aparato estaba detenido. En conclusión, ya le estamos entregando parte de nuestras vidas. La civilización va a cambiar indefectiblemente y, cuando incorporemos emociones a las máquinas, habremos alcanzado uno de los momentos más determinantes en la historia de la humanidad. Ya nos hallamos inmersos en un argumento propio de la ciencia ficción y esta coyuntura es la que me impulsó a escribir la novela. 

“La sorpresa continúa siendo una de las mayores recompensas de mi trabajo, el hecho de que a las once de la mañana aparezca sobre el papel algo que a las nueve ni siquiera intuías”

¿De entrada la inteligencia artificial le despierta más simpatía que recelos?
Creo que a la postre va a funcionar como un espejo perfecto de la naturaleza humana, del mismo modo que lo hace internet, el cual es un reflejo perfecto de nuestra doble naturaleza, de nuestra capacidad para la más deslumbrante inventiva y los más abyectos intereses. La inteligencia artificial va a desencadenar idénticas cuotas de maravilla y horror. 

Máquinas como yo aborda la cuestión clave de la inteligencia artificial, que no es otra que las consecuencias que traería el hecho de que adquiriera conciencia. Pero mientras la ciencia ficción clásica ha solido jugar la carta de la peligrosidad y el levantamiento contra la especie humana, usted plantea antes un escenario en el que las máquinas poseen una rectitud moral mucho más avanzada. ¿Le parece un horizonte más plausible?
Igual que nuestros humanoides pueden ser muy destructivos, también podemos programarlos para ser amables y buenos, disponemos de filosofías y religiones que modelan la bondad y cuyas enseñanzas traspasarles. No me resulta difícil imaginar la invención de una máquina como el Adán de la novela a la que se le aplican códigos morales superiores a los nuestros y además constantes ya que a los seres humanos nos resulta muy difícil ser buenas personas todo el rato. Esto marcaría una división fundamental entre la inteligencia humana y la artificial. Ahora bien, se me antoja imposible programar un algoritmo para las mentiras piadosas, aquellas que te permiten decirle a tu amigo demacrado por la enfermedad que tiene buen aspecto para animarlo o no confirmarle a tu esposa que su nuevo peinado es un despropósito, ya que implican un profundo grado de empatía. 

Su novela invita a reflexionar sobre la complejidad de las relaciones éticas y morales entre personas y máquinas que nos aguarda si en el futuro estas acaban dotadas de conciencia. 
Me llamó mucho la atención que dos universidades de prestigio cuentan ya con departamentos de ética para máquinas. Sin ir más lejos, los actuales fabricantes de coches autónomos han de programar al vehículo para decidir aspectos como si se protege antes al conductor o al peatón. Nos hallamos en un momento decisivo de la historia, que es el de otorgar moralidad a las máquinas. Por otro lado, brotan ya en los hogares debates sobre si deberíamos enseñar a los niños a agradecer los servicios de asistentes como Siri o Alexa. ¿Hemos de extender la amabilidad a las máquinas? Cuando hiervo un huevo en mi casa ya no utilizo un cronómetro, sino que le ordeno a Alexa que me avise al cabo de cinco minutos, mientras que, hasta hace poco, mi mujer se lo pedía por favor, ahora ha parado porque me reía de ella. 

“Habrá que plantearse otorgar derechos a las máquinas y actualizar la legislación contra la esclavitud de los siglos XIX y XX; si llegan a tener conciencia, no seremos sus dueños”

Nuestros lazos con las máquinas no dejan de crecer.
Construir un humano artificial no nos exige reproducir toda la complejidad humana puesto que ya son muy antropomórficos. Cualquiera al que se le haya averiado el coche y le haya propinado una patada, ha desarrollado una relación emocional con una máquina. Los japoneses establecen vínculos muy estrechos con sus mascotas robóticas. Estos componentes morales y emotivos ponen las condiciones de un nuevo mundo. Y si el asunto sigue progresando así habrá que plantearse otorgarles una serie de derechos a las máquinas, deberemos actualizar la legislación contra la esclavitud de los siglos XIX y XX. Si llegan a tener conciencia, una agresión será un crimen, no seremos sus dueños, sería extraño poseer a una criatura más inteligente y amable que tú.

En Máquinas como yo el lector percibe que diseñar ese Londres alternativo de los años ochenta –con Gran Bretaña perdiendo las Malvinas, Margaret Thatcher siendo defenestrada y Alan Turing liderando los avances en inteligencia artificial– le resultó una experiencia muy divertida pero, al mismo tiempo, no ahonda mucho en él, se mantiene discretamente en un segundo plano.
Es que, en efecto, fue tan grato que tuve que echar el freno o el contexto se habría comido al argumento y a los protagonistas. Me permití jugar mucho con la tecnología y la política bajo la asunción de que la revolución industrial bien podría haber tenido lugar en otro siglo. El presente es una construcción muy frágil, todo lo que nos rodea es fruto de las coincidencias más increíbles. La conciencia de ello me liberó para crear un mundo que fuese a la vez familiar y diferente, ligeros detalles abren otros futuros. En el fondo todas las novelas juegan con este principio: ideas ficticias que bien podrían haberse hecho realidad. 

Ha comentado en repetidas ocasiones que entre sus prioridades siempre ha estado conseguir que el lector visualice la escena, huir de las ambigüedades. ¿Diría que esta claridad ha sido el aspecto de su trabajo que por sistema le ha exigido una mayor inversión de tiempo y esfuerzo?
Cuando escribo casi puedo sentir que al mismo tiempo estoy leyendo y siempre aspiro a escribir la novela que más deseo leer. La ficción que más me atrae es la que me muestra de forma nítida dónde se encuentra el escritor, lo que está intentando hacer conmigo. Le doy una importancia especial a los arranques, a conseguir en ellos que las palabras sean como un rayo de luz capaz de atravesar algo.

“Los fabricantes de coches autónomos han de decidir si se protege antes al conductor o al peatón; nos hallamos en un momento decisivo, el de otorgar moralidad a las máquinas”

¿Diría que le mueven los mismos impulsos e intereses que al inicio de su carrera?
Mi nivel de confianza no se parece en nada al que tenía con veinte años, he aprendido muchas cosas sobre mí mismo y la novela. He ganado facilidad a la hora de transformar un pensamiento en una frase, en trazar un puente entre una idea y su expresión. Fuera de esto, siento que el proceso es el mismo, implica la misma dedicación, ocupa el mismo espacio, sólo escribiendo sigo averiguando qué me propongo decir pues parto de ideas muy genéricas. Y la sorpresa continúa siendo una de las mayores recompensas de mi trabajo, el hecho de que a las once de la mañana aparezca sobre el papel algo que a las nueve ni siquiera intuías que estaba ahí.   

Ha recalcado cómo ser padre insufló humanidad a sus libros. ¿Ser abuelo no ha hecho más que reforzar esa dirección?
Claro. Cuando eres joven, antes de tener hijos y que todo se complique, una de las cosas más regocijantes es el pesimismo, entonces puedes permitirte afrontar el destino de la humanidad con pesimismo. El pesimismo es sobre todo muy atractivo entre los jóvenes y los intelectuales, por eso me gusta rodearme de científicos porque frente a un problema buscan una solución, mientras que mis amigos con una educación en las humanidades sólo quieren nadar en el problema. Ahora bien, cuando tienes a una, dos o tres pequeñas criaturas bajo tu cuidado, empiezas a desear intensamente que el proyecto humano salga adelante y te concentras en aquellos aspectos que lo harían posible. Empieza un proceso de arraigo, desechas las revoluciones, anhelas el progreso social… Todo esto se volcará a la fuerza en tus ficciones. Si Samuel Beckett hubiese tenido hijos sus últimos veinte años de producción literaria habrían sido muy distintos, habría bastado un niño pequeño para destruir su nihilismo. Pero también es cierto que tengo amigos sin hijos que escriben novelas de lo más cálidas por lo que no hay que car en absolutismos.

“Siempre aspiro a escribir la novela que más deseo leer; le doy una importancia especial a los arranques, a conseguir en ellos que las palabras sean como un rayo de luz”

Su esposa también es novelista. ¿Cómo llevan la valoración del trabajo mutuo?
Buff, es un tema muy delicado. En una novela tu personalidad está en cada página, no puedes decirle a alguien “no te lo tomes de forma personal pero tu libro es una mierda”. Más que otras formas artísticas, la novela toca una fibra muy sensible cuando es criticada, el escritor se siente juzgado de una forma muy íntima. Diría que ambos encontramos las palabras adecuadas, somos respetuosos y buenos con las mentiras piadosas.