Igualdad Las pioneras: la lucha continúa

Conciliación, brecha salarial, escasa presencia en la toma de decisiones... En el viaje hacia la igualdad todavía queda mucho por andar. Siete mujeres que en su día abrieron puertas hacen hoy balance de su experiencia y repasan lo mucho todavía pendiente.

Son mujeres extraordinarias… incluso a su pesar. No intentaron cambiar el mundo ni desafiar cánones, sencillamente quisieron construir su propio camino, seguir lo que les dictaban la razón y el corazón. Pero cada uno de sus pasos fue aprovechado por el resto para avanzar en independencia y visibilidad. Son científicas, mineras, conductoras, militares, estibadoras, mecánicas, rectoras de universidad… Son lo que quisieron ser, no lo que debían ser, al margen del tiempo que les tocó vivir, de la formación que tuvieron o de la clase social. Estas siete mujeres son sólo una muestra de las miles de pioneras que entraron en un mundo hasta entonces sólo de hombres. Y aunque la palabra pionera parece remitir a tiempos lejanos, estamos hablando de mujeres que fueron las primeras en algún ámbito en la segunda mitad del siglo XX, algunas incluso en los años noventa, es decir, hace poquísimo.

 

 

Ninguna se planteó dedicarse a profesiones hasta ese momento reservadas a los hombres como una meta en sí misma, pero lograron más de lo que se propusieron. Sin embargo, también señalan lo que queda pendiente hasta la plena igualdad, como la conciliación familiar y laboral, que es aún una entelequia para ellas, porque, pese a una legislación igualitaria, todavía recae en las mujeres casi en exclusiva el papel de cuidadora. Las siete se saben afortunadas porque dicen que en sus trabajos no hay brecha salarial entre hombres y mujeres, pero son conscientes de que esto no es lo habitual y de que un salario inferior discrimina en el presente, pero también es una fuente de discriminación futura –las mujeres tienen pensiones un 38% inferiores a los hombres, según un informe de la Unión Europea–. Y también consideran que es un retroceso que la crisis económica y la consiguiente falta de empleo releguen de nuevo a muchas mujeres a las labores de casa.

Un recorrido por el camino que ellas hicieron ayuda un poco a entender cómo se ha llegado a los logros actuales, por qué estamos hablando de pioneras a estas altura de la historia y cómo lo lograron.

Cuando Margarita Salas estaba realizando su tesis doctoral, su tutor “sólo se dirigía a mi compañero, que luego fue mi marido”; ella era invisible 

Elisa Pérez Vera (1940), primera rectora de una universidad española, la UNED, en 1982, rememora una de las piedras de su camino: “Cuando el profesor de Derecho Canónico nos dijo a las cuatro alumnas que no podíamos asistir a sus clases porque no era conveniente que hubiera mujeres, no protestamos. Dijimos, pues bueno, nos las prepararemos como podamos… aunque eso supusiera más trabajo en casa, con el diccionario en la mano, porque en cuestiones de sexo éramos como niñas pequeñas. ¡Y aprobamos!”, dice la primera ­mujer en especializarse en Derecho Inter­nacional, en 1965, y que llegó a magistrada del Tribunal Constitucional –de los 58 magistrados que ha habido en el TC desde que se fundó, sólo cinco han sido mujeres–.

Isabel León (1966) recuerda de sus primeros días como conductora de autobús en Barcelona que “había pasajeros muy bordes y otros que, directamente, no se subían al bus; te acercabas a la parada, donde había una persona que había levantado la mano, y cuando llegabas se echaba para atrás y no se subía… Esto lo hacían más las mujeres y los hombres muy mayores”.

La científica Margarita Salas (1938), mientras preparaba su tesis doctoral, en los años sesenta, se sentía invisible ante su tutor, Alberto Sols: “Sólo se dirigía a mi compañero, que luego fue mi marido, Eladio Viñuela. Lo pasé mal, me sentía totalmente discriminada”, recuerda. Una ignorancia que no la hizo desistir de su empeño en convertirse en una de las investigadoras de mayor renombre en el mundo por su descubrimiento sobre la DNA polimerasa del fago phi29, que tiene múltiples aplicaciones biotecnológicas. Es, además, la primera española en formar parte de la Asociación de Ciencias de EE.UU.

Los obstáculos los fueron salvando a medida que se iban presentando. Con poca ayuda y solidaridad de otras mujeres, en la mayoría de los casos, porque apenas había. A veces, con la incomprensión del entorno. Una lucha personal en la que sí encontraron la ayuda de su círculo más cercano. Uno de los rasgos que más llaman la atención es el apoyo que estas mujeres tuvieron de sus progenitores, hombres y mujeres que vieron a sus hijas como ciudadanas de pleno derecho, que las educaron al margen de su sexo y les dieron la confianza nece­saria para romper los moldes establecidos.

En el caso de las que acudieron a la universidad a finales de los años cincuenta, como Margarita Salas y Elisa Pérez, explican que sus progenitores fueron decisivos a la hora de escoger un camino profesional. Salas reconoce que su padre, médico asturiano, tuvo muy claro “desde siempre” que sus hijos (dos mujeres y un hombre) iban a ir a la universidad en las mismas condiciones. Ambas chicas abandonaron su ciudad natal a los 16 años para irse a Madrid a estudiar en la facultad de Químicas.

En el caso de Elisa Pérez, cuenta que “la fortaleza la heredé de mi abuela y de mi madre, ambas profesoras, que tenían claro la importancia de la educación, especialmente para las mujeres”. Al final se decidió por Derecho, como su padre, a quien el franquismo impidió ejercer.

El bisabuelo, el abuelo y el padre de Esther Lázaro (1977) eran estibadores. En 1995 se abrió una bolsa de trabajo en el puerto de Valencia. “Mi padre llegó a casa y me preguntó: ‘¿Te atreves?’. Ni me lo pensé”. Empezó como estibadora, llevó camiones y maquinaria pesada y, finalmente entró de capataz hace 12 años. Es el puerto español donde hay más estibadoras, pero de sus 195 capataces sólo cuatro son mujeres –y aún suerte, porque en el de Algeciras no hay ni una sola estibadora, como denuncian 200 mujeres que aspiran a serlo–. El día que Lázaro empezó a trabajar, con 18 años, su padre le dijo al capataz: “‘Si vale, bien, y si no, me la mandas para casa’. En ese momento piensas, ostras mi padre me deja aquí sola. Con el tiempo me di cuenta de que él confiaba en mí, que creía que podía hacerlo”. Y lo hizo.

Un caso similar es el de Anna Rodríguez Llorca (1967), que con 19 años llegó a la Zona Franca de Barcelona. “Mi padre estaba en Seat, que daba la oportunidad de emplear a los hijos de los trabajadores”. Pero ellas eran dos hermanas... Fueron padres como el suyo los que dieron la batalla para que sus hijas trabajaran en la factoría. “Costó, pero entramos 30 chicas el primer día, el 27 de abril de 1987, aunque en un puesto de mujer, coser”, apunta. Dos años después, tras externalizar la sección de tapizado, decidieron que ellas no se iban. “Nos costó que nos admitieran en la cadena de montaje, pero era la única oportunidad de demostrar que podíamos hacer el mismo trabajo que los hombres. Muchos nos querían ayudar, pero les dijimos que no, que podíamos hacerlo solas”, explica. Hoy, el 21% de los empleados de línea de producción en la factoría de Martorell son mujeres, más de 1.700, cifra que duplica la de otras fábricas de automóviles en España.

En el caso de Blanca Colorado (1975), hija y nieta de mineros, su entrada en la mina tuvo que ver con la muerte de su padre en el pozo Pumarabule de Hunosa. Los hijos de mineros tienen preferencia absoluta para obtener un puesto de trabajo en estos casos, y tras operarse de su miopía en el 2001, pudo entrar en la mina (la primera mujer lo había conseguido apenas cinco años antes). Después su cuñada se unió a las 181 mujeres que hoy trabajan en Hunosa, de un total de 1.500 trabajadores.

La comandante Teresa Balanzat encontró a los 30 años en las Fuerzas Armadas una salida laboral y un medio de sacar adelante a sus hijos. Abogada de profesión, no terminaba de hallar en el Derecho una manera digna de ganarse la vida y pensó que la Armada, que acababa de abrirse a las mujeres, era una posibilidad labrarse un futuro. “Tuve a mis padres a mi lado en todo momento. Hubiera sido imposible sin ellos, y nunca podré agradecerles lo suficiente lo que hicieron por mí y por mis hijos. Ellos se ocuparon de los niños, entonces muy pequeños, cada vez que me tenía que embarcar. Hicieron posible lo que ahora soy”. Corría el año 1995,

¿Y si los padres están poco predispuestos a que sus hijas hagan según qué trabajos? Aquí hay que tirar de mucha vocación y cabezonería. Isabel León (1966) quería estudiar FP de mecánica, su gran pasión, “pero mi padre me dijo que dónde iba una niña con la manos sucias”. Decidió sacarse todos los carnets de conducir que existen en España y con 24 años, en 1991, entró en Transports de Barcelona (TMB) “con premeditación y alevosía”, bromea, para llevar un autobús. “No me preocupaban ni las condiciones laborales, ni las líneas ni nada, ¡yo quería conducir!”, explica.

Las chicas entraron a hacer tareas de hombres en lugares que muchas veces no estaban preparados para ellas y con ambientes que iban desde las miradas hostiles hasta el paternalismo; la lucha individual era dura. Pero peor es cuando llega el momento de crear una familia, de tener hijos; entonces los obstáculos se duplican. Y pese a que estas siete mujeres pertenecen a generaciones distintas, sus diferentes decisiones en esos momentos de su vida reflejan lo que aún ocurre en el siglo XXI.

Así, Margarita Salas decidió tener a su hija a los 37 años (en 1975), cuando ya se había asentado en el mundo científico como la gran investigadora que es, algo que ocurre con frecuencia en estos momentos (la edad media para a tener un hijo se sitúa en España en los 32,2 años). “Creo que es en lo que realmente fui pionera, más que en mi trabajo como bióloga molecular. Entonces nadie tenía hijos a esa edad. Me llamaban ‘madre añosa’, algo que me molestaba muchísimo”, recuerda. A su lado estuvo la misma cuidadora que tenían sus padres en Gijón. “Gracias a ella pude seguir trabajando al cien por cien”, indica.

La comandante Balanzat tuvo tres hijos antes de ingresar en la Armada, que crió con la ayuda de sus padres, que se mudaban de Asturias a Cartagena (Murcia) cada vez que ella debía estar en la mar. E Isabel León tuvo que abandonar su gran pasión, llevar un autobús, para poder ver más a sus pequeños. Entró cuando el niño tenía año y medio y la niña cuatro años y estuvo conduciendo durante una década, hasta que se presentó a una convocatoria de mandos: “Si no hubiera tenido a los niños, no hubiera pedido el cambio de puesto, o lo hubiera hecho más adelante”, dice.

Blanca Colorado reconoce que no ha tenido problemas de conciliación, una de las cuestiones que llevaron a su madre viuda a congraciarse de alguna manera con su profesión de minera: “Vio que mi vida mejoraba y que podía cuidar mejor de mi hija de 3 años, porque sólo trabajaba por la mañana y tenía los fines de semana libres y tres pagas extraordinarias”.

Una de las cuestiones en las que estas pioneras reconocen no haberse sentido discriminadas es la brecha salarial entre hombres y mujeres que sí sufren muchas otras. León, Pérez Vera y la comandante Balanzat han hecho sus carreras en ámbitos públicos, donde las diferencias salariales dependen del puesto que ocupen, mientras que Colorado, Rodríguez o Lázaro trabajan en grandes empresas en las que, aseguran, no existe discriminación salarial.

Esta no parece ser la tónica general. Un reciente estudio de UGT señala que la diferencia entre lo que ganan hombres y mujeres en España por un trabajo de igual valor se situó al cierre del 2012 en un 23,93%, la tasa más alta de los últimos cinco años. Las trabajadoras cobraron ese año de media 19.537 euros anuales, 6.144 euros menos que los varones.

Elisa Pérez Vera 
era contraria a las cuotas, pero ahora es una defensora: “No podemos permitir que la visión de la mitad 
de la población 
sea ignorada”

Pese a que aún quedan aspectos pendientes como este, las siete entrevistadas se muestran seguras de que las mujeres seguirán haciendo camino, abriendo brechas y que lograrán antes o después alcanzar la igualdad real. Margarita Salas mira su laboratorio, a las científicas, y lo tiene claro: no sólo son mayoría, además son tenaces, se esfuerzan y han dado un paso importante al no prever ya la posibilidad de dejar de trabajar para ocuparse de sus hijos. “Eso ya es historia. La mujer científica está para quedarse y llegar muy lejos”, indica. Por su experiencia no cree en las cuotas femeninas, aunque tampoco se posiciona en contra, al entender que en muchos ámbitos profesionales a las mujeres sencillamente no se les mira a la hora de escogerlas para un determinado cargo.

La que sí ha cambiado de opinión al respecto es Elisa Pérez Vera. “Antes era contraria, me negaba a ser cuota de nada y consideraba que la valía era suficiente”, afirma. Pero con los años, y tras comprobar que la valía a veces no es suficiente, como demuestran los datos sobre el techo de cristal femenino, es ferviente defensora: “Es la única manera que veo de avanzar. Creo que es necesario obligar a contar con las mujeres porque, además, no podemos permitir que la visión de la mitad de la población sea ignorada”, señala. Eso sí, cuando eso sea una realidad, apuesta por eliminar la discriminación positiva. “Es curioso, y triste, que la mujer, pese a ser mayoría en el mundo, sea tratada como una minoría a la que hay que visibilizar”, agrega.

La comandante Balanzat está convencida de que el avance femenino es imparable y que habrá una mujer general en el ejército. Por su cabeza ya rondan unos cuantos nombres. “Alcanzar ese rango es cuestión de tiempo, y no hay que olvidar que el ingreso de las mujeres en las fuerzas armadas data de hace 26 años”, dice.

La crisis económica afecta básicamente a trabajadoras, no tanto en el sector industrial como en otros empleos, y la mujer se está viendo relegada de nuevo a las labores de casa, explica Blanca Colorado, que se podrá prejubilar con 45 años y no ha querido ascender de categoría en la mina “por principios éticos”: al estar liberada por el sindicato, ha preferido no acudir a las convocatorias de promoción en favor “de los que están dentro de la mina”. Pero, pese a que la minería está tocada de muerte, considera que se han superado todas sus expectativas. Colorado y las demás hablan de sus compañeros de trabajo como un gran equipo, una gran familia, y ese es un detalle que valoran mucho de su trayectoria profesional.

Isabel León condujo autobuses diez años. “Si no hubiera tenido a los niños, no hubiera pedido el cambio de puesto, o lo hubiera hecho más tarde”, dice

Si se le pide un balance de estos 25 años, Isabel León explica que le ha ido mejor de lo que esperaba. Ahora es mando intermedio de TMB y organiza raids de todoterrenos para Toyota. “No he tenido grandes problemas con los compañeros; aquí, el que lleva la camisa blanca (los mandos), lleva la camisa blanca”. Cree que se ha avanzado, “tal vez no como a mí me gustaría, pero se ha avanzado”, gracias en parte a leyes como la de Conciliación. Aunque señala que “hay empresas como la mía, que aplican todo esto, pero en las pequeñas no hay conciliación ni nada que se le parezca. Hay mujeres que tienen impedimentos para trabajar porque, si eres joven, tarde o temprano te vas a quedar embarazada, así que es más fácil que cojan a un hombre... Para un pequeño empresario es complicado, y eso se tendría que solucionar”.

“Mis expectativas se han superado. Yo siempre digo que el puerto es una manera de vivir. Los portuarios estamos unidos –dice Esther Lázaro–. Aquí todos valemos. Esto es una cadena, y si uno falla, fallamos todos. A más no puedo llegar”, porque en la estiba el de capataz es el nivel máximo. Cree que se ha avanzado “porque de repente nos empezamos a quedar todas embarazadas. Yo creo que se lo encontraron y dijeron: ‘Y ahora qué hacemos?’. ¿Que se podría avanzar más? Seguro que sí, lo que pasa es que yo te diría cómo, pero otra madre, según cómo esté su casa, te dirá otra cosa. Y si somos 200, ¿cómo lo arreglas? Es complicado arreglarlo al 100%”.

Todas coinciden en que la maternidad es el punto de inflexión de la mujer trabajadora, el momento más conflictivo a la hora de seguir su trayectoria profesional y familiar, de lograr la igualdad real y efectiva. Es el momento en el que se quiebra la igualdad de oportunidades al retomar el papel tradicional de cuidadora (de los hijos y más tarde de los padres).

Las mujeres han sido las grandes protagonistas del siglo XX con su incorporación masiva al trabajo, con todo lo que ello ha supuesto de romper moldes, de establecer nuevas pautas de conductas fuera del hogar. Pero, en el ámbito privado, está pendiente que el hombre dé un paso adelante y se corresponsabilice en la crianza de los hijos. Con este cambio de mentalidad masculino, la igualdad de género estaría más cerca.

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