El inquietante plan Bannon para Europa

Steve Bannon, el estratega político que consiguió llevar, contra pronóstico, a Donald Trump a la Casa Blanca, desembarcó hace algún tiempo en Europa para cultivar las ideas de la nueva derecha populista en el continente ¿En qué se traduce su asesoría? ¿Cuál es su objetivo?

I El centro del universo político

En septiembre del 2018, Matteo Salvini acudió a las fiestas de Viterbo, en la región del Lacio, una población de 62.000 habitantes de marcado carácter turístico. En sus aceras, gran cantidad de gente se aglomeraba para saludarle y felicitarle muy efusivamente. Salvini era la figura emergente de la política italiana. Había sido nombrado ministro del Interior gracias a la alianza de Gobierno de la Liga Norte con el Movimiento 5 Estrellas, y su combatividad política había generado tanta animadversión por parte de los medios progresistas como fervor en los conservadores. El recibimiento de Viterbo, semejante al que se dispensa a un campeón deportivo, fue aclarador a la hora de entender hasta qué punto se había ganado a buena parte de los italianos. La escena fue ampliamente difundida por YouTube: Salvini sabía que su país estaba de su lado, y Steve Bannon debió de pensar lo mismo. 

El populismo de derechas del sur reúne lo que la posición de Bannon necesita para triunfar: clases medias pobres, líderes fuertes, la inmigración percibida como un problema y un sentimiento anti-UE

Bannon, un exbanquero de inversión enriquecido gracias a su trabajo en Goldman Sachs, fue una figura clave en la elección de Trump, primero en la dirección de Breibart, el medio digital por excelencia de la alt-right, y más tarde como asesor de estrategia del futuro presidente. Tras los comicios, duró poco en la Casa Blanca, ya que criticó públicamente a la hija de Trump, Ivanka, y a su marido, Jared Kush­ner. Bannon fijó entonces la mirada en Europa y relanzó The Movement, una fundación cuya finalidad era difundir las ideas de esa nueva derecha en otro continente, pero para la que contaba con aliados débiles. El presidente era Mischäel Modrikammen, líder de una formación belga de segunda fila, el Parti Populaire, y se hacía necesario el respaldo de políticos con mayor peso. En ese contexto, el apoyo de alguien con tanta popularidad como Salvini podía resultar decisivo. El líder italiano y su partido se sumaron ese mismo septiembre a El Movimiento. 

Italia, además, era el lugar perfecto para impulsar a la derecha populista europea. Es un país del sur de Europa y por tanto muy afectado por la crisis y por la austeridad impuesta por la Unión Europea (UE), cuenta con una tradición de instituciones frágiles y es una puerta importante de entrada de la inmigración a Europa, puesto que la desestructurada Libia se ha convertido en un lugar de paso prioritario para todo tipo de tráficos. Italia reunía todos los factores que habían apoyado el éxito de Trump: la retórica antiinmigración, la promesa de ventajas materiales para las clases trabajadoras nacionales a través del proteccionismo, el necesario debilitamiento institucional para dejar mayor margen de acción al líder y la cercanía con los sectores religiosos. Al contrario que otras derechas europeas, que han eliminado el factor social de la ecuación, Bannon sabía que para lograr un apoyo electoral mayoritario, los sectores empobrecidos resultaban vitales, y Salvini, al igual que la francesa Marine Le Pen, sabía ganárselos. 

Hay tres clases de populismo de derechas funcionando en Europa. El más exitoso es el de los países del Este, donde líderes como el húngaro Orbán o el polaco Jaroslaw Kaczynski representan opciones de gobierno claramente autoritarias, basadas en un nacionalismo fuerte, en valores religiosos y en el rechazo a la inmigración, pero que cuentan con un fuerte componente anti-Rusia y una posición ambigua respecto de la UE. 

La segunda clase está representada por la extrema derecha del norte de Europa, desde Alemania hasta Finlandia, que dista de ser mayoritaria electoralmente, cuya visión ideológica es muy similar a la derecha del Este, es claramente euroescéptica y su fuerza reside en la capacidad de empujar a otros partidos hacia sus posiciones (en ese sentido, Vox es una formación similar). El mejor ejemplo de la influencia de esta clase de partidos lo ofreció el UKIP, un partido ya escasamente relevante, pero que consiguió, gracias a que sus tesis fueron asumidas por los conservadores británicos, que el referéndum sobre el Brexit tuviese lugar.

El dextropopulismo del sur es otra cosa, porque reúne todo lo que la posición de Bannon necesita para triunfar: clases medias pobres, líderes fuertes que se imponen a las instituciones, un territorio en el que la inmigración es percibida como un gran problema y una posición decidida contra la UE. Por eso Italia y Francia son buenos laboratorios, y por eso The Movement se ha fijado en el sur. Como afirmó el mismo Bannon, Italia “es el centro del universo político”.

II Trump contra la UE

La llegada de Donald Trump al poder no sólo supuso el auge de un nuevo tipo de líder, sino también la constatación de un giro geoestratégico. Trump ha iniciado una guerra contra China, sustanciada en la economía y el comercio. Para reforzar a su país ha decidido concentrar fuerzas, repatriar capitales, especialmente los de los paraísos fiscales, asegurar sus empresas productivas y promover el máximo desarrollo de las firmas financieras y tecnológicas. No hay que olvidar que, salvo las compañías chinas, en tecnología Estados Unidos es la gran potencia. En ese cambio se ha dibujado un nuevo mapa del poder mundial en el que los viejos socios pierden peso, y ese es el caso de la UE. 

Bannon planteó a los euroescépticos que hay en tres grupos del Parlamento Europeo que se unieran; quiere crear una internacional de la ultraderecha para debilitar a la UE, coinciden diversos analistas

Desde que Trump entró en la Casa Blanca, los mensajes hostiles contra Europa se han sucedido. En abril del pasado año, Trump aseguró que “la UE se creó para aprovecharse de EE.UU.”. El 15 de julio, declaró en una entrevista a la CBS que “la UE es un enemigo por lo que nos hace en el comercio” y a finales de agosto señaló que “la UE es casi tan mala como China, sólo que más pequeña”. 

Los mensajes también fueron personalizados. Durante la visita de Emmanuel Macron a Washington, Trump insistió al presidente galo que nada tenía contra su país, pero que la UE sí era un problema, y que a Francia le iría mejor fuera de ella. Advirtió a la canciller Angela Merkel de que no siguiera adelante con el Nord Stream 2, el gasoducto a través del cual su país recibiría la energía del de Vladímir Putin (“Alemania está controlada por Rusia a través del gas natural”, aseguró), así como se lamentó con ira de que Alemania no destinase a la OTAN las partidas económicas a las que estaba obligada. Y también amenazó al Reino Unido con graves consecuencias si establecía un buen acuerdo de salida de la UE (“El plan de May para el Brexit matará un posible acuerdo comercial entre EE.UU. y Reino Unido”). 

Lo que subyace a todas estas declaraciones es el propósito de Trump de renegociar las viejas alianzas: busca reescribir los acuerdos en términos más ventajosos y sabe que es mucho más provechoso establecer nuevos acuerdos con una UE débil (o rota, negociando país a país, que eso es también el Brexit) que con un bloque fuerte y cohesionado.

En ese telón de fondo geopolítico, Steve Bannon es otra pieza más. Como señala Guillermo Fernández, investigador en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y experto en populismo, “la extrema derecha europea, y la que instiga Bannon más aún, es profundamente anti-UE. Bannon quiso convencer a los distintos partidos euroescépticos, que están en tres grupos distintos en el Parlamento Europeo, de que formasen un único supergrupo, que sería idealmente la segunda o tercera fuerza en Europa. Su idea es debilitar a la UE”.

Bannon, asegura Cristina Manzano, directora de Esglobal.org, “quiere crear una internacional de la ultraderecha, no hay más que ver su papel en el Brasil de Bolsonaro”, y la UE es el siguiente terreno que conquistar.

III El fracaso y el éxito de Bannon

La iniciativa de Bannon, sin embargo, no parece estar teniendo demasiado éxito en el continente. Carece de la posibilidad de aportar fondos a los diferentes partidos, ya que las diferentes normativas nacionales lo prohíben, y se ha encontrado con una dificultad evidente a la hora de sumar fuerzas, ya que sólo cuenta con la Liga, con la Reagrupación Nacional (el antiguo Frente Nacional de Marine Le Pen), con Nigel Farage (que impulsó UKIP) y varios partidos minoritarios, como el de Giorgia Meloni, la líder de Hermanos de Italia. Orbán prefiere permanecer en el Partido Popular Europeo, y la derecha del Este y del norte de Europa le ven demasiado prorruso. Según Cristina Manzano, “es difícil que fuerzas ultranacionalistas acepten que un tercero les venga a decir cómo hacer las cosas, y más cuando en muchos países todavía existe un profundo antiamericanismo. Tampoco es un personaje que despierte simpatías entre los votantes ultraconservadores”.
La presencia de Bannon en Europa, no obstante, no debe desdeñarse. Las derechas han ganado mucho apoyo social a través de nuevos mecanismos comunicativos. Los dos fenómenos que han lanzado el populismo de derechas a nivel mundial, el Brexit y la victoria de Trump, son un gran ejemplo. Ambas opciones contaron con una oposición feroz de los más respetados medios de comunicación tradicionales y fueron claramente desanimadas y desdeñadas por el resto de medios, y sin embargo consiguieron su objetivo.

El estratega estadounidense se ha encontrado con una dificultad evidente a la hora de sumar fuerzas de derechas en Europa

Las redes, en particular Facebook, así como Google y WhatsApp, contribuyeron enormemente no sólo a difundir fake news, sino a construir un nuevo terreno de debate en el que estas opciones políticas han florecido. En el nuevo contexto, las noticias más leídas son aquellas a las que Google otorga visibilidad, los grupos de Whatsapp se han convertido en el espacio de difusión por excelencia y Facebook es el instrumento utilizado para perfilar a los votantes, identificar a posibles aliados y para animarles a difundir informaciones por el resto de las redes. Las tres empresas han creado un nuevo terreno de juego comunicativo que supera a unos medios tradicionales que declinan en influencia. 

Bannon lo sabe bien porque es parte de esa revolución. Robert Mercer, un multimillonario estadounidense, fue el patrocinador de Breitbart y su principal valedor ante Trump. Mercer hizo su fortuna codirigiendo Renaissance Technologies, un hedge fund muy exitoso gracias a sus algoritmos, y una parte de su dinero lo ha invertido en influir políticamente. Prestó apoyo con sus análisis de datos a Farage durante el Brexit, apoyó financiera y tecnológicamente la campaña de Trump y era dueño de parte de Cambridge Analytica, la empresa del escándalo de la compra de datos a Facebook con el objetivo de manipular la opinión pública.

Bannon tiene el conocimiento para ofrecer a los partidos de extrema derecha la posibilidad de ocupar un espacio público importante; por ejemplo, sabe aprovechar las redes sociales

 

En otras palabras, Bannon tiene el know how preciso para ofrecer a los partidos europeos de extrema derecha todo aquello que ha dado el éxito a la alt-right en el mundo, Brasil incluido. Lo que Bannon puede proporcionarles son las herramientas para que esos partidos minoritarios, que habían quedado confinados en una esquina del pasado, como es el caso de Vox, resurjan y ocupen un espacio importante en el suelo público. Las redes sociales son el nuevo campo de batalla en la que las opciones cercanas a Bannon están ganando, y él sabe cómo aprovecharlas. Y en un mundo global, las normativas nacionales y sus prohibiciones pueden ser fácilmente superadas. 

IV La política de fondo activista 

Tampoco hay que menospreciar la acción de Bannon en lo meramente político. En mayo de este año tendrán lugar las elecciones europeas y, a pesar de la incertidumbre típica de todos los procesos electorales, parece claro que, como afirma Marc López, director de Agenda Pública, cuando concluyan tendremos un problema, “el de la fragmentación política en el Parlamento Europeo, así como en cada uno de los países miembros. Esa fragmentación impedirá gobiernos estables y complicará la toma de decisiones sobre políticas públicas, así como sobre decisiones con relación a la unidad de Europa”. 

Y todo ello en un contexto en el que, como señala Manzano, puede que el peligro se agrave con “la esclerosis de los partidos tradicionales, o la incapacidad de los nuevos (como el En Marche de Macron) de reformar y de resolver los problemas reales de la gente, de forman que se sigan descomponiendo los primeros y los electorados se inclinen cada vez más a la ultraderecha”. 

La estrategia es que, aunque logren pocos diputados en las elecciones, los euroescépticos tengan un hueco para presionar al resto de las fuerzas

Sobre este fondo, las tesis y los partidos que apoya Bannon pueden acabar teniendo éxito en Europa. No se trata de que vayan a ser mayoría en el Parlamento, ni tampoco de que puedan acceder a grandes cuotas de poder, lo que es muy poco probable, pero sí de que alcancen una influencia sustancial a través de lo que podría denominarse “política de fondo activista”. Este tipo de empresas de inversión compran una pequeña parte de las acciones de una firma y desde esa posición minoritaria emprenden campañas para convencer a los fondos institucionales y a grandes y pequeños accionistas para que presionen al consejo de administración. Su idea no es tomar el poder, sino forzar cambios en la dirección de la empresa, habitualmente para que generen más rentabilidad. Identifican empresas con potencial económico y equilibrios de poder poco sólidos e inciden en la vida corporativa a través de distintas palancas para lograr sus objetivos. 
Esta es la estrategia de Bannon para la UE postelectoral. Sus euroescépticos aprovecharán las debilidades internas del Partido Popular Europeo, la previsible debacle de los socialdemócratas y el incierto destino de ALDE, la agrupación de los liberales, para desplazar la Unión hacia posiciones menos firmes. Aunque logren un reducido número de diputados, contarán con un peso sensible para presionar al resto de las fuerzas y llevarlas hacia su terreno, del mismo modo que Vox está incidiendo en la política andaluza.

Siendo sólo una pequeña parte del Parlamento, al igual que los fondos activistas, pueden convertirse en actores de peso en la política europea, ya sea porque empujen a las formaciones existentes, ya porque generen otras percepciones en la opinión pública. Las democracias liberales europeas van a pasar por tiempos duros.