Instantáneas humanas de París

Húngaro de nacimiento, parisino de adopción, Gyula Halász, 'Brassaï', dedicó parte de su obra a retratar la ciudad que amaba con delirio. Un libro recopila las mejores imágenes del París del fotógrafo.

De niño, Gyula Halász, hijo de una pareja de intelectuales húngaros, vivió en París, una experiencia que iba a marcarle de por vida. A su padre, profesor de francés, le ofrecieron un año sabático y decidió trasladarse allí con su familia en 1903. De este modo, Gyula, de cuatro años, se enamoró de la ciudad con una pasión precoz.

Todavía no sabía que iba a residir en París durante más de medio siglo y que la ciudad le ayudaría a convertirse en uno de los fotógrafos más reconocidos del siglo XX. Primero tuvo que pasar por el trance de la Primera Mundial, donde formó parte de la caballería del imperio austrohúngaro. Tras el conflicto, vivió el trauma de la devolución de su ciudad natal, Brassó, al reino de Rumanía. Su seudónimo, Brassaï (“de Brassó”), es un homenaje a esta pérdida.

Brillante y con un don para el dibujo, optó por marcharse a estudiar Bellas Artes a Berlín: al haber sido soldado del ejército vencido le era imposible hacerlo en París. Sin embargo, en 1924, y gracias a su amistad con el pintor húngaro Lajos Tihanyi, pudo mudarse a la capital de Francia. Empezó a trabajar como caricaturista para distintos diarios alemanes, que al poco tiempo le requirieron que escribiera también artículos.

Bilingüe en húngaro y en alemán, aprendió francés de forma autodidacta. Le resultó esencial para adentrarse en los círculos de la alta sociedad y la intelectualidad parisina, que aceptaron encantados a aquel joven culto y encantador. Se convirtió en amante de madame Delaunay-Bellevile, esposa de un rico empresario automovilístico y, entre otros, entabló amistad con la condesa de Noailles, el modisto Paul Poiret, Salvador Dalí y Henry Miller.

Los periódicos con los que colaboraba empezaron a pedirle fotografías para complementar sus artículos. Sus estudios de arte le habían dado el ojo necesario para ponerse detrás de la cámara, y pronto sus imágenes fueron tan o más populares que sus textos. Brassaï se dio cuenta de que este medio le permitía expresarse de una forma que no le era posible con la pintura. En 1932, su proyecto Paris de nuit causó auténtica sensación. Sus originales temáticas (como los grafitis de la ciudad), así como su sentido de la composición y capacidad de crear atmósferas, hicieron que fuera requerido por las revistas de arte más célebres. Pablo Picasso le encargó que fotografiara su obra escultórica, desconocida hasta entonces, lo que supuso el inicio de una gran amistad entre ambos. Su siguiente proyecto fotográfico, Placeres de París, en 1935, lo hizo famoso a escala internacional.

Un contrato con la revista Harper’s Bazaar (que especificaba el no tener que hacer fotografías de moda) le permitió dedicarse a la fotografía sin agobios económicos. Combinaba esta disciplina con el dibujo y, también, con alguna incursión en el cine. La Segunda Guerra Mundial supuso un abrupto paréntesis en su plácida existencia: cuando los nazis ocuparon París, Brassaï marchó a la Riviera, pero volvió a la ciudad para rescatar los negativos que tenía escondidos en su estudio. La ciudad resultaba un imán del que no podía escapar. Siempre estuvo obsesionado en fotografiarla y murió teniendo la sensación de que todavía le faltaban imágenes por captar.

Ahora la editorial Blume publica un libro: Brassaï, pour l’amour de Paris, donde recopila las fotografías esenciales hechas por el fotógrafo a lo largo de más de 50 años de vida en la ciudad. El París proustiano de su infancia, el de los años locos, el de artistas como Pablo Picasso y el de los rincones del paseante infatigable y curioso; papel con el que Brassaï se sintió más identificado.