La isla rota

Los arquitectos cubanos han clasificado las casas de La Habana que amenazan ruina pero siguen en pie como “edificios en estática milagrosa”. La definición vale para toda Cuba, que se las ingenia para sobrevivir en la escasez y busca una salida en las relaciones con Estados Unidos. El periodista Fernando García ha plasmado en un libro, 'La isla de los ingenios' (Península), la situación y las peculiaridades cubanas, que resume en este reportaje.

Coches americanos de los cincuenta y Lada soviéticos son parte del paisaje de La Habana. Al fondo, el hotel Nacional

El 17 de diciembre del 2104, mientras Raúl Castro y Barack Obama anunciaban su principio de acuerdo para descongelar la relación bilateral y paliar el embargo a Cuba, un grupo de trabajadores cubanos cumplía su rutina en la sistemática sustracción de sacos de harina del interior de algunos de los vagones que la transportaban desde el Combinado de Cereales de Cienfuegos hacia 11 provincias de la isla.

El caso se difundió en febrero, cuando una tele local dio a conocer la investigación abierta por el Ministerio del Interior al constatar la “misteriosa” desa­parición de cientos de toneladas de harina, procedente de los molinos del Estado a lo largo del 2014. Sólo entre octubre y noviembre se habían volatilizado 48 toneladas. Aunque los jefes que tendrían que haberlo impedido se echaron la culpa unos a otros, las indagaciones apuntaban responsabilidades en origen, trayecto y destino. Los ladrones sabían qué vagones serían supervisados por la policía y contaban con la ayuda necesaria para reponer los precintos oficiales de las cerraduras después de cada operación. Campesinos de la zona central de la isla testificaron cómo varios hombres solían descargar sacos en las afueras de ciertas poblaciones y los metían en camiones apostados a ambos lados de la vía.

Lo sustraído no sólo se destinaba al mercado negro, sino a centros estatales cuyos operarios también sacaban tajada utilizando la harina en negro para elaborar masas y piezas de bollería que vendían a comerciantes y hosteleros clandestinos o legales. Era un caso de lo que los isleños han bautizado como “consorcios estaticulares”.

El hallazgo encajaba con la estimación de que tres de cada cinco pizzas servidas en los establecimientos abiertos en Cuba a partir de la liberalización de negocios privados en el 2010 se hacen con materia prima adquirida “por la izquierda”. Un ingeniero devenido en pizzero, de nombre Norge, confesaba y justificaba así su pecado en el digital 14 y Medio: “Al no existir un mercado mayorista, si yo fuera a comprar en las tiendas la harina que uso, tendría que vender cada pizza a un precio que nadie podría pagar”.

El asunto de la harina “caída del tren” –como allí se llaman estas sustracciones– no es más que un ejemplo fresco de una de las prácticas cotidianas que explican cómo los cubanos salen adelante con un sueldo medio de menos de 20 euros, cuando todos los bienes importados, así como la telefonía móvil y demás servicios no subsidiados, son en Cuba mucho más caros que en España. La libreta de racionamiento incluye cada vez menos productos y apenas llega para 10 días. Y las remesas familiares que entre dos y tres millones de compatriotas de la diáspora envían a los suyos (unos 1.700 millones de dólares al año) no bastan para completar tan magros ingresos salariales ni llegan a todos. Así, no es de extrañar que el robo al Estado constituya una actividad corriente y no demasiado mal vista en la calle, donde más bien se habla de “resolver” o –con mayor cinismo– “desplazar mercancías”.

Cuba no produce; su industria es inexistente y su sector agropecuario ya no es potente como antaño: el país importa alrededor del 65% de los alimentos que consume

Junto a la resolvedera cotidiana está el consabido “inventar” cubano, verbo que allí vale lo mismo para definir un trasplante de piezas entre un Lada del 75 y un Chevrolet del 53 que para referirse a un apaño en la distribución vecinal de la electricidad o a un pirateo de señal de televisión o internet. El caso es buscarle las vueltas a un sistema que, aunque no mata de hambre y hasta un punto protege a todos, a casi todos iguala en la penuria.

Hace más de seis años que Raúl Castro declaró el fin del igualitarismo que, a su juicio, era “injusto” y propiciaba el robo. A cambio impulsó el sistema de “pago por resultados”, la retribución según productividad. Estableció un plazo de meses para aplicar la medida, pero sigue sin generalizarse y, desde luego, no se nota. O se nota poco, como lo prueba el ejemplo que el Gobierno citó hace unas semanas como caso más espectacular de premio a los trabajado­res por el “alto valor agregado bruto” conferido a sus productos: un aumento de 842 a 1.438 pesos cubanos en el sueldo medio de los empleados de BioCubaFarma. El incremento es del 70%. Y seguro que los beneficiarios lo agradecen, pero no bailarán de contentos. Porque esos 1.438 pesos cubanos no equivalen más que a 60 dólares: una cantidad que los botones del hotel Meliá Cohiba se sacan en unos pocos días de propinas.

Algunos gestores de empresas públicas, espoleados por la consigna de subir salarios cuando se pudiera, se animaron a dar una alegría a sus trabajadores con una cierta laxitud de criterio. Y les cayó la bronca. Raúl Castro en persona quiso poner en su sitio a los listillos, y, en un discurso ante el Parlamento, dijo: “En no pocas empresas se han pagado mayores salarios sin el correspondiente respaldo productivo, y esto hay que considerarlo como una indisciplina grave, muy grave”. Porque, adujo, “no se puede distribuir una riqueza que no hemos sido capaces de crear”.

Ese es el meollo de la cuestión: Cuba no produce. Su industria es casi inexistente. Y de su otrora floreciente sector agropecuario basta con decir que el país tiene que importar alrededor del 65% de los alimentos que consume. De sus más de seis millones de hectáreas cultivables, menos de la mitad se explotan y dan fruto: el 42% sirven como pasto y el 16% están abandonadas u “ociosas”. El Gobierno puso en marcha en el 2008 un programa de entrega de parcelas baldías a particulares. Pero, una vez más, la falta de un mercado mayorista de suministros y los problemas en la organización de los cultivos y en la recogida, depósito y transporte de lo cosechado limitan una mejora que las autoridades reconocen “discreta”. El propio régimen inventó la poética expresión de “silencio productivo” cuando hace unos años hizo autocrítica al respecto.

Cuba está rota. En sentido material y figurado. Fracturadas están muchas de sus calles por efecto del calor, las raíces de los árboles o las obras a medio hacer. No pocas construcciones se ven agrietadas y amenazan ruina. Averiados o cansinos caminan la mayoría de sus escasos medios de transporte, pese a recientes mejoras. La economía está asimismo quebrada, partida en dos monedas y mellada en cada eslabón de la cadena. Miles de familias viven fracturadas por el exilio, hoy más económico que político. Y está la sociedad desenchufada del mundo exterior y sus redes, como el sistema lo está de la realidad del resto del planeta.

La expansión de los negocios privados autorizados hace cinco años ha animado el comercio, la hostelería, el transporte, el ocio... aunque no siempre son prósperos

Los arquitectos cubanos acuñaron un nombre simpático para calificar la situación de aquellas casas de La Habana que amenazan ruina desde hace años pero ahí siguen al fin y al cabo: son edificios en “estática milagrosa”, dicen. Aunque la expresión naciera sin pretensiones metafóricas, la imagen es perfecta para describir la vida de los cubanos y el aguante de la revolución castrista. Pues sólo el proverbial ingenio de los isleños, convertidos a la fuerza en militantes de la supervivencia, explica el hecho de que este precario socialismo tropicalizado no haya hecho catacrac definitivamente.

La expansión de los negocios privados autorizados hace cinco años, cuando el Gobierno empezó a dar vía libre a las que hoy suman 200 actividades “por cuenta propia”, ha animado el comercio, la hostelería, el transporte y los oficios relacionados con las reparaciones, el deporte o el entretenimiento. Hoy se aproximan al medio millón los cuentapropistas que viven de sus businesses, la mayoría sin holguras, si bien en este tiempo otros 400.000 han quedado en la cuneta por falta de rentabilidad frente a los elevadísimos tributos establecidos.

Pero ni siquiera el éxito de un negocio privado, allí denominado “no estatal”, garantiza la prosperidad de su dueño. A la bajísima capacidad de consumo de los cubanos se suman los límites que el Estado ha impuesto a la inversión privada, permitida si viene de fuera, pero no dentro, para evitar acumulaciones de capital. Y si para escapar de las restricciones y del fisco uno intenta emprender o vender lo que sea sin el permiso en regla, el riesgo que corre es enorme. Como dice en términos un tanto dramáticos la periodista Daneibys de la Celda, de Camagüey, “una bárbara horda de inspectores asola la urbe como buitres siempre prestos a picotear un moribundo botín”.

Si los bajos salarios, la adicción a los subsidios y las dificultades para prosperar desincentivan el trabajo y la eficiencia de los cubanos –al margen de los casos de éxito cuentapropista y más allá de lo obtenido ilegalmente–, ¿de qué vive o malvive Cuba? La respuesta confirma el carácter insólito –para algunos, disparatado y para casi todos, insostenible a la larga– de la economía isleña. Según cifras oficiales, la primerísima fuente de ingresos del país está en la venta de servicios médicos a un centenar de países, a través de los 25.000 facultativos y otros tantos enfermeros y asistentes. Estas misiones reportan a Cuba más de 9.000 millones de dólares al año (8.478 de euros, alrededor del 14% del PIB) frente a 2.000 que aporta el turismo, el segundo surtidor de divisas.

La mayoría de los pagos por la exportación de batas blancas (unos 7.000 millones de dólares) procede de Venezuela. Al mismo tiempo, la república bolivariana proporciona a Cuba más de 100.000 barriles diarios de petróleo en condiciones de bicoca y con los que el Gobierno de los Castro hace negocio al revender un 20% y obtener así más de 700 millones de dólares.

¿Qué pasa cuándo el petróleo baja y la economía venezolana amenaza con irse al traste del todo? Pues que La Habana se apresta a negociar un acercamiento con Washington. Además de la reapertura de las respectivas embajadas, cerradas desde 1961, el preacuerdo para la aproximación que Castro y Obama sellaron en diciembre incluye medidas de apertura de Estados Unidos a la isla que insuflan nuevas esperanzas a los cubanos. Ante la dificultad de echar abajo las leyes del embargo en el Congreso, el presidente al que los caribeños llaman “negrito” ofreció puentear el bloqueo mediante actuaciones y decretos. Las medidas van desde unas mayores facilidades para el envío de remesas a la isla hasta la autorización a los estadounidenses para utilizar tarjetas de crédito en Cuba, pasando por la vía libre a la exportación de materiales de construcción y suministros agrícolas, el desbloqueo de las cuentas que los cubanos emigrados tengan en EE.UU. o la luz verde a 12 categorías de viaje o intercambio en las que cabe casi todo.

Estos agujeros al embargo pueden propiciar mejoras por tres vías: un aumento del turismo estadounidenses –aunque no se llame así– gracias a esas categorías de viaje; las inyecciones económicas que, a través de remesas más cuantiosas, los cubanoamericanos destinarán a los negocios montados por sus familias en la isla, y un flujo de suministros que ayudará a construir infraestructuras y viviendas (la isla padece un déficit de 600.000 casas) y abastecerá a los nuevos agricultores privados.

El relajo del bloqueo –progreso al que se oponen los radicales de ambos lados del estrecho de Florida que viven del enfrentamiento– es para Raúl Castro un clavo ardiendo al que conviene agarrarse para sacar a Cuba del hoyo e intentar dejar un legado mínimamente presentable. Para ello, La Habana cuenta con una mayoría de norteamericanos favorables a dejar atrás esa reliquia de la guerra fría y con la influencia de algunos mercaderes del “imperio”.

El relajamiento del bloqueo es para Raúl Castro un clavo ardiendo al que agarrarse para sacar a Cuba del hoyo y dejar un legado antes de irse en el 2018, como ha prometido

En febrero, un centenar de empresarios agrícolas estadounidenses visitaron la isla y, animados por el principio de acuerdo entre los presidentes, anunciaron una ofensiva para persuadir a las dos Cámaras de EE.UU. de que levanten el embargo. En nombre de todos, John Blok, exsecretario de Agricultura con el republicano Ronald Reagan, aseguró: “No se trata sólo de vender maíz y soja de EE.UU., sino de ayudar a los agricultores cubanos a desarrollar el sector”. Pero el interés prioritario es vender más. Cuba está a sólo 150 kilómetros y ofrece la gran comodidad de importar a través de una sola empresa: el Estado.

Al poco de lanzarse las conversaciones bilaterales, compañías como American Express, Master Card o Twitter anunciaron planes de implantación en Cuba. Pero cuando se pararon a mirar a qué se enfrentaban, la mayoría echó el freno. Según el diario USA Today, el mayor problema está en la falta de una banca y telecomunicaciones adecuadas. A la vez, las empresas foráneas de estos sectores ven riesgos excesivos en la isla: los antecedentes de corralito a las inversiones extranjeras, la inseguridad jurídica para los negocios, una burocracia temible... Un factor especialmente negativo es la escasa y prohibitiva conectividad a internet: otro cable roto, aunque difícil de mantener así largo tiempo.

Quien más quien menos, en Cuba todo el mundo espera algo bueno del acercamiento con Estados Unidos, proceso que seguramente será lento, con altibajos y tal vez con algún susto o amenaza de ruptura. Otra cosa son los cambios políticos y las reformas estructurales de verdad. Hay quien condiciona toda mejora real a esas grandes modificaciones: “Nadie saca un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo. Es inútil tratar de poner parches a un sistema caduco”, comenta el activista Bernardo Rogelio Arévalo, quien, con un par de frases, resume el también extendido escepticismo sobre las políticas internas: “Ante la opinión internacional hacen ver que posibilitan cambios, pero la vida diaria nos dice que todo es una farsa. Nada, se nos va la vida sin ver resultados”.

Otro conocido disidente, el ingeniero Eliécer Ávila, ofrece la visión más pragmática: “La política sirve para dos cosas: que la gente viva libre y que viva bien. No hay que aplazar una discusión en función de la otra. Debemos avanzar en lo que es posible: si es la economía, pues avanzamos en eso y seguimos defendiendo los derechos humanos”.

Raúl Castro quiere completar su programa de reformas antes de irse en el 2018, como ha prometido. De momento, los cambios que impulsa no dejan de implicar una cierta dosis de capitalismo económico dentro de un comunismo político. Una mezcla peliaguda, sobre todo si se combina lo peor de cada elemento. Y si no, que se lo digan a los rusos y los chinos.