Italia lucha contra el derrumbe

La conservación del patrimonio es un desafío permanente para Italia, el país del mundo que más tesoros culturales alberga. Pompeya se está salvando gracias a los fondos europeos. En otros casos, como el Coliseo o la Fontana di Trevi, en Roma, actúan patrocinadores privados, atraídos por el valor de imagen y los beneficios fiscales de su mecenazgo. En Nápoles, sin embargo, se busca todavía ayuda para restaurar y reabrir 200 iglesias que están dañadas.

Maria Sabino trabaja de rodillas. Esta profesional de la restauración revisa con infinita paciencia cada pieza del enorme mosaico. Pega las piedrecitas que están sueltas y las limpia. Poco a poco, el atrio de la casa de Paquio Próculo, un burgués de gustos refinados, recupera el soberbio aspecto que debía de tener hace casi 2.000 años. Destacan los dibujos de animales y de instrumentos militares. En el centro, el impluvio, el agujero cuadrado que recogía el agua de la lluvia. Maria, que es sordomuda, se concentra en su tarea del mosaico con devoción casi religiosa. “Es muy importante para mí mantener con vida un lugar como este –explica–. Me enorgullece poder dar a los turistas la oportunidad de ver cómo era antes de ser destruido, en el año 79 después de Cristo”.

Las ruinas de Pompeya son el símbolo titánico de Italia para salvar su amenazado patrimonio. Sólo aquí hay que cuidar de 44 hectáreas excavadas y otras 22 ni se han excavado aún

Después de la Segunda Guerra Mundial se reconstruyeron con cemento armado algunas estructuras dañadas, lo que produjo una sobrecarga de peso que causó derrumbes

El Vesubio parece aún más cercano a Pompeya en esta jornada fresca y luminosa. Las ruinas de la ciudad romana sepultada por la lava del volcán son el símbolo de la lucha titánica de Italia por salvar su amenazado patrimonio. No hay en el mundo un país con tanta riqueza cultural y de periodos tan diversos. Conservar el legado se adivina una tarea de Sísifo. Por más que este se esforzaba, una y otra vez, en llevar la gran roca a lo alto de la montaña, volvía a rodar hacia abajo. Lo mismo le ocurre a Italia con el mantenimiento de su patrimonio: derrumbe y reconstrucción forman parte de un ciclo interminable.

La última alarma sobre Pompeya llegó en marzo del 2011, después de que se desmoronara la Casa de los Gladiadores. A grandes males, grandes remedios. Aquel percance de eco internacional, sumado a otros derrumbes, hizo que se aprobara, con carácter urgente, el Gran Proyecto Pompeya. La Unión Europea (UE) aportó 105 millones de euros a un ambicioso plan de conservación, seguridad y mejora de la gestión. Se colocó al frente un general de los carabineros, Giovanni Nistri, con larga experiencia en la tutela de los bienes culturales. No es nada fácil preservar un área de 44 hectáreas excavadas y de otras 22 aún por excavar. Se trata de 1.500 edificios, 17.000 metros cuadrados de frescos y pinturas, 12.000 metros cuadrados de pavimentos y dos millones de metros cúbicos de muros y paredes.

La casa de Paquio Próculo, en la que trabaja una decena de personas, y otra vivienda adyacente, cuyo dueño era un sacerdote llamado Amandus, desvelan el talento constructor de los romanos y su sensibilidad artística. “Lo que más me impresiona es cómo organizaban la vida hacia el centro de la vivienda, su sentido de la privacidad”, comenta la arquitecta que coordina las obras, Vega Ingravallo.

La restauración en un ambiente abierto, expuesto a las inclemencias meteorológicas, exige ir con sumo cuidado al elegir los materiales. Tienen que ser, además, compatibles con los antiguos desde el punto de vista estético. Después de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, se reconstruyeron con cemento armado algunas estructuras dañadas, y eso produjo una sobrecarga de peso que causó derrumbes años después. Ahora se intenta usar madera.

La visita de este periodista a las obras en curso permite saborear uno de esos instantes mágicos de la arqueología: descubrir en una de las estancias un fresco sobre el episodio mitológico en el que Euristeo encarga a Heracles que robe las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Es una lección de mitología griega ante una pintura de hace 2.000 años que el público aún no ha podido admirar. Después, en la vía de la Abundancia, se puede ver una inscripción electoral en la casa de Numerio Popidio Rufo, que fue candidato a edil. La inscripción apareció hace unos años al caerse el enlucido de la pared. “La lluvia destructora puede aportar también algo cultural –observa el guía oficial de Pompeya, Mattia Buondonno–. En este caso nos mostró esta candidatura electoral anterior al 79 después de Cristo”.

Buondonno, nacido y criado en Pompeya, hijo de un técnico restaurador, reconoce que, cuando él era niño, la gente del lugar no era consciente de que vivía al lado de un tesoro. “Ni siquiera se hablaba de las ruinas en el colegio –rememora el guía–. Al contrario, alguno se preguntaba: ‘¿Para qué sirven estas piedras?’”. Según Buondonno, la situación ha cambiado y hoy los escolares italianos visitan Pompeya con más conocimiento previo e interés. El guía está especialmente impresionado por el nivel que exhiben los alumnos franceses y por lo bien documentados que llegan los turistas alemanes e ingleses.

A Pompeya llegan a menudo paquetes de ladrones arrepentidos que devuelven los restos arqueológicos que se llevaron hace 20, 30 o hasta 50 años 

El ministro de Cultura dice que “se necesita una cantidad de recursos que quizás otros países no precisan” y señala que una vía pueden ser las nuevas desgravaciones fiscales

Pompeya recibe 2,5 millones de visitantes al año. Una de las tareas del general Nistri es que el perímetro esté bien controlado y se evite el expolio. Se da la circunstancia curiosa de que a la superintendencia llegan a menudo paquetes enviados por ladrones arrepentidos, por ­personas que hace 20, 30 y hasta 50 años se llevaron algún objeto, un pedazo de fresco o de mosaico, y a las que la mala conciencia ha empujado a devolverlo.

No está previsto que Pompeya abra nuevas excavaciones en un futuro próximo. Lo único que se hace en las 22 hectáreas que siguen vírgenes es evitar el riesgo hidrogeológico, la erosión descontrolada del terreno. “Hay tanto ya que proteger (de las ruinas al descubierto) que nos parece inútil excavar la parte no excavada –afirma el superintendente, Massimo Osanna–. Esa la dejamos a las próximas generaciones, que quizás dispondrán de técnicas más refinadas que las nuestras de excavación y conservación”. 

Osanna está convencido de que los avances tecnológicos serán cruciales en el futuro en lugares como Pompeya. “La arqueología, más que otros campos de la cultura, depende de las nuevas tecnologías para la conservación y, en especial, de los enfoques interdisciplinarios”, agrega el superintendente.

El ministro de Cultura, Dario Franceschini, se pone en guardia al ser preguntado por la preservación de patrimonio y por los problemas habidos en Pompeya. “Ya se sabe que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”, advierte Franceschini al Magazine. “Vosotros os concentráis en el árbol que cae, pero sobre el bosque que crece no escribís ni una línea”, agrega, con cierta displicencia. 

“Hay que dejar claro que Italia tiene un patrimonio tan inmenso, arqueológico y monumental, que se necesita una cantidad de recursos que quizás otros países no precisan –puntualiza el ministro–, y todo esto se produce en un momento de recorte de gasto público. Así que el objetivo es defender los recursos que tenemos e intentar aumentarlos progresivamente”. Franceschini pone mucho énfasis en las nuevas desgravaciones fiscales, que pueden llegar al 65% del capital invertido, cuando personas particulares y empresas colaboran en la recuperación del patrimonio. “No hay ningún tope, ni abajo ni arriba, vale para quien gasta un euro y para quien invierte un millón”, recalca. En Italia incluso se ofrece a los morosos con Hacienda la posibilidad de saldar sus deudas entregando al Estado obras de arte.

El patrocinio y el mecenazgo quieren ser potenciados para contribuir a la conservación de monumentos de gran prestigio y visibilidad. En Roma hay varios ejemplos de relieve, como el Coliseo y la Fontana di Trevi. La restauración del anfiteatro romano por excelencia la financia la firma de moda Tod’s con 25 millones de euros. El lavado de cara de la fuente lo costea otra marca de lujo, Fendi.

“La crisis ha hecho disminuir la especulación inmobiliaria y evita que se repitan muchos horrores del pasado”, subraya el exministro Antonio Paolucci, que dirige los Museos Vaticanos

“La única esperanza es que Europa considere que el patrimonio de Italia le pertenece; bajo la jurisdicción italiana, el problema no se resolverá”, dice Edoardo Parlato, de la curia de Nápoles

A Franceschini le gusta repetir a menudo que el patrimonio cultural, paisajístico y enogastronómico es el recurso número uno de Italia. “Eso lo saben en todo el mundo –subraya el ministro–. El patrimonio de arquitectura, de arte, de historia, de belleza, así como el talento, la creatividad y la fantasía son un arma formidable en la globalización y en la era digital, no sólo porque hacen bien a las mentes y a las almas sino también porque hacen bien a la economía”.

Es cierto que la vastedad del patrimonio italiano dificulta su conservación. A ello se suma la vulnerabilidad a catástrofes naturales como inundaciones y terremotos. El bellísimo centro histórico de L’Aquila, devastado en el terremoto del 2009, aún está en reconstrucción. Otro tanto ocurre con las iglesias y otros edificios de alto valor dañados en el seísmo de Emilia Romana, en el 2012.

La arquitecta Antonella Recchia, secretaria general del Ministerio de Cultura, confirma que la prioridad es “intervenir en situaciones de emergencia, en las que se corre el riesgo de perder bienes de gran valor, y prevenir daños irreparables”. Pero, en la medida que los presupuestos nacionales y las ayudas europeas lo permiten, se ponen en marcha proyectos de mayor envergadura. En la actualidad se está ejecutando un plan de renovación de museos como la Academia de Venecia, la Pinacoteca de Breda, los Uffizi de Florencia y los museos arqueológicos de Nápoles, Reggio Calabria y Taranto.

También se están restaurando los palacios reales de Nápoles y de Caserta, además de varias abadías y monasterios. Sobre el patrocinio, Recchia advierte que no siempre el potencial mecenas está atraído por el valor de imagen de su donación. “Es difícil encontrar a alguien que financie un nuevo sistema de aire acondicionado para un archivo de Estado, pese a ser algo muy importante y que puede costar millones de euros”, se lamenta.

Para Antonio Paolucci, director de los Museos Vaticanos y exministro de Cultura italiano, la actual crisis económica ofrece, paradójicamente, una ventaja: “Tenemos suerte de la actual situación económica, y eso vale para Italia y también para España, porque la crisis ha hecho disminuir la especulación inmobiliaria y evita que se repitan muchos horrores del pasado. Es un momento en el que se puede reflexionar sobre la mejor manera de custodiar el patrimonio”.

Paolucci desconfía del proceso de descentralización en la tutela del legado cultural. “Eso es peligroso, porque yo no me fío de los entes locales”, alerta. Según el exministro, Italia no lo ha hecho tan mal en la preservación de su patrimonio artístico, sus museos y sus cascos antiguos; en cambio, “no hemos sabido preservar el territorio, el paisaje, y eso es lo que más me inquieta”.

Pese al juicio benévolo de Paolucci sobre los centros monumentales de las ciudades, Nápoles –a pocos kilómetros de Pompeya– supone un ejemplo muy preocupante de degradación y desidia. En julio pasado, se desprendió un trozo de cornisa de la céntrica Galería Humberto I y cayó sobre un muchacho de 14 años, Salvatore Giordano, que murió al cabo de cinco días. Como consecuencia del trágico suceso y de otros desprendimientos similares, se erigieron andamios de protección en toda la galería y también en el edificio de la ópera, el teatro de San Carlos.

En Nápoles existe además la grave realidad de las 200 iglesias cerradas por problemas de seguridad o insuficiente mantenimiento, entre ellas alguna joya renacentista como la iglesia de Santa María de las Gracias. La mayoría de estos templos pertenece al Estado o al municipio, y no a la archidiócesis o a congregaciones. La agitada historia del siglo XIX y la unificación italiana crearon un marco legal complejo sobre estas propiedades. El terremoto de 1980 aún agravó más la situación. Algunas sufrieron saqueos y vandalismo.

El contencioso jurídico y la falta de dinero hacen que el problema no tenga visos de solución a corto plazo. La alternativa de desacralizar los templos y venderlos para otros usos no gusta a la Iglesia. “No queremos que Nápoles pierda la memoria, no sólo de su propia fe sino de su cultura –explica don Edoardo Parlato en su despacho de la curia arzobispal–. La Iglesia no puede renunciar a una misión evangelizadora que ejerce también por medio del arte y de la cultura”. 

Igual que ocurrió en Pompeya, también la Iglesia napolitana deposita sus esperanzas en la ayuda europea. “Europa es la salvación –destaca Parlato–. La única esperanza es que Europa considere que el patrimonio de Italia le pertenece. Mientras estemos bajo la jurisdicción italiana, el problema no se resolverá. Nuestra esperanza es Europa. Quien en Italia piense que Europa no es la respuesta, se está condenando a muerte”. 

Parlato se deja llevar por ese fatalismo tan propio del sur de Italia. Cae en una cierta contradicción cuando hace compatibles su exagerado orgullo napolitano y, a la vez, la resignación de creer que su ciudad, por sí sola, no saldrá adelante. Pero confiar tanto en la generosidad europea puede ser ilusorio. La factura de adecentar 200 iglesias quizás desborde hasta a los europeístas más convencidos, en especial a los que deberían pagarla. La UE no sólo financia ya la conservación de los muros, los frescos y los mosaicos de Pompeya, sino que también ha costeado modernas infraestructuras como la flamante ampliación del metro de Nápoles. El sur de Italia, el Mezzogiorno, necesita preservar los tesoros de su pasado, pero más aún le urge desarrollarse y acabar con su secular atraso. El esplendor de la antigua Pompeya queda muy lejos.