El Japón íntimo y tradicional de Adolphe de Meyer

Cuando Occidente admiraba desde la distancia el exotismo japonés, Adolphe de Meyer, considerado el primer fotógrafo de moda, viajó al milenario imperio oriental para descubrir y retratar una cultura y unos paisajes detenidos en el tiempo. Louis Vuitton le dedica uno de los libros de su colección Fashion Eye Book, dedicados a la fotografía de viajes.

Cuando Europa descubría Japón a través de su imaginería y los artistas europeos se extasiaban en su exotismo, Adolphe de Meyer, un joven acaudalado de origen alemán que alternaba los círculos artísticos de finales del siglo XIX de París y Londres entregado al nuevo arte de la fotografía, decidió coger su cámara y emprender un largo viaje al entonces Lejano Oriente con el objetivo de llegar a Japón y retratar aquel desconocido y fascinante mundo.

Eran los años en que la cultura japonesa llegaba a Europa y a América gracias al periodo de esplendor que trajo consigo la restauración Meiji, que devolvió todo el poder político y militar al emperador, quien además de trasladar la capital de Kioto a Tokio se vio forzado a su vez a abrir el imperio al mundo ante la presión de un incipiente comercio internacional en el Pacífico, especialmente entre China y Estados Unidos. Eso trajo consigo la primera Exposición de Artes y Manufacturas que acogió Kioto en 1872 y el posterior desembarco de Japón en las Exposiciones Universales de París en 1878 y de Barcelona en 1888.

Mientras Rubén Darío, Ramon Casas y Picasso explotaban 
el exotismo japonés, De Meyer se trajo
de allí una visión intimista

Las sedas, pinturas, grabados en madera, abanicos, lacas,   muebles y, sobre todo, una iconografía desconocida en Occidente suscitaron tanto interés como curiosidad y atrajeron desde artistas y coleccionistas hasta el público en general. En Barcelona, la delegación japonesa incluso construyó una casa tradicional en el parque de la Ciutadella.

Ya en el cambio de siglo, la gira de la actriz y geisha Sadayakko por las principales capitales de Estados Unidos y Europa –incluidas Madrid y Barcelona– avivó el interés por la cultura japonesa. Los retratos que de ella hicieron Ramon Casas y Pablo Picasso la convirtieron en un icono del Modernismo coincidiendo con la fascinación japonesista de Rubén Darío en su Prosas profanas.

Ese Japón idealizado fue el que se aventuró a descubrir De Meyer en un viaje que emprendió en 1900, antes de convertirse en el primer fotógrafo de moda y firmar imágenes que hoy son iconos de la moda y del retrato. Aunque durante su largo periplo perdió la mayor parte de su trabajo, una selección de imágenes, conservadas en el Metropolitan de Nueva York, han llegado a nuestros días para ofrecer una visión muy personal e intimista de las calles, templos y gentes del antiguo Kioto justo en el inicio de su larga decadencia.

El artista visitó y fotografió también las estatuas gigantes de Buda, deteniéndose en el Buda Vairocana de Nara; el santuario de Shinto Toshogu en Nikko, construido en 1617, durante la era Edo, con su puerta Yomeimon, bañada en oro, y su bosque de cedros, y el jardín Ueno de Tokio, construido donde se encontraba el templo Kan’eiji, destruido durante la guerra Boshin que devolvió el poder al emperador, antes de que este lo abriese a la población de la nueva capital.

El fotógrafo se dejó  contagiar por la mirada contemplativa
de la belleza del entorno natural
y también la reflejó en sus instantáneas

De Meyer se dejó pronto contagiar por la contemplación japonesa de la belleza del entorno natural y también la reflejó en sus instantáneas de la misma manera que los tesoros arquitectónicos y artísticos que encontró a su paso, en lo que fue otra innovación en ese incipiente arte de la fotografía al ampliar su entonces limitado campo temático, además de reflejar numerosos interiores que más adelante explotaría en la moda, convirtiéndose también en un pionero en la iluminación artificial de sus escenas.

Su visión intimista de la vida, el patrimonio y los paisajes contrastan con el japonismo de su tiempo. Fue, no obstante, un paréntesis en una trayectoria marcada por sus trabajos para Vogue y Harper’s Bazaar y retratos que forman parte de la historia de la fotografía, como los de Josephine Baker y Vátslav Nizhinski.