Las diosas mortales de Nepal

Lo que más me gustaba era hacer feliz a la gente y salir durante los festivales”, cuenta la joven exdiosa Unika, de 11 años, en el piso donde vive con su familia en Patán, Katmandú. Hace unos meses era una diosa de Nepal. Al tener su primera menstruación fue reemplazada y ahora es sólo una mortal.

En este montañoso país de 29 millones de habitantes, no todos son considerados mortales. Unika formaba parte de una tradición nepalí de más de 300 años de antigüedad. Perteneciente al grupo étnico newar, fue seleccionada por un sacerdote cuando tenía cinco años y fue confinada en un templo. A partir de ese día, la única ropa que vestiría sería de color rojo y sería llamada diosa viviente o kumari (princesa o chica que no está casada). Así, Unika pasó de ser una simple niña a ser la reencarnación de las diosas Taleju y Devi, venerada por hindúes y budistas respectivamente.

Las diosas viven recluidas en los templos y sólo pueden hablar con sus familiares; cada día reciben a devotos que buscan su bendición

Hay varias kumaris en el país, pero las dos más importantes son las de Katmandú y Patán. Viven recluidas en dos templos de la capital, al servicio de los devotos. “Cuando era diosa no podía hablar con nadie que no fuera mi familia. Tampoco podía pisar el suelo de la calle y sólo podía salir 18 veces al año, para los festivales, siempre llevada a hombros de algún familiar”, explica Unika.

Antiguamente, estas diosas eran las consejeras de la realeza. Nepal es una república desde el 2008 pero, aun así, el presidente tiene que visitarlas como mínimo una vez al año. La función de estas niñas está tan ligada al servicio del país que incluso reciben una dotación económica, a veces de por vida, del gobierno.

A las seis de la mañana ya se escucha el tintineo de campanas, el fuego baila en las velas de aceite y flota el incienso en los templos de las kumari. El familiar de más edad es el encargado de rociar con flores y arroz los dioses de piedra que presiden la entrada. “Cada mañana, realizamos una puja (rezo a los dioses) y preparamos la entrada y el cuarto de plegarias”, explica el padre de la recién seleccionada Kumari de Patán con orgullo. “En Patán, la kumari se muda con toda su familia a una pequeña residencia dentro del templo –prosigue– y somos nosotros los encargados de su educación. En Katmandú, la diosa vive con una familia de cuidadores”.

Más tarde, la joven diosa de seis años toma un desayuno ligero en una de las modestas habitaciones del templo, muchas veces distraída por los dibujos animados de una pequeña televisión. Ya lleva su vestido rojo y el negro decora sus ojos de almendra. Su hermana pequeña, con ayuda de su madre, se prepara para ir a la escuela. A las ocho es  cuando los templos abren sus puertas a ciudadanos expectantes por entregar sus ofrendas y recibir a cambio bendiciones de la pequeña diosa. Todos ellos salen con marcas rojas (tikka) en sus frentes, bendiciones de arroz y polvo rojo mezclado con yogur y agua, que la kumari ha puesto en ellos como símbolo de poder y protección.

Cuando alguien nuevo llega al templo, llama a la puerta. Algún familiar se asoma por la ventana. ¿Quién es? Entonces la pequeña diosa se prepara para recibirle en la sala de ofrendas. Los visitantes esperan. Dentro de la sala, no hay nada por azar. Al lado de su trono hay una caja que contiene reliquias y dioses que la protegen. A sus pies, campanas, ofrendas, frutas y arroz.

Ya está lista. “Namaskar, namaskar”, saludan los visitantes respetuosos y expectantes. Entran descalzos. Al verla, se arrodillan frente a ella y ponen sus frentes en los pies desnudos de la kumari como símbolo de respeto y veneración. Después, le entregan dinero, flores o dulces. Ella, en su trono, y sin decir palabra, con un gesto que parece venir de otro mundo, los bendice. Ver a una diosa se considera una señal de buen augurio. Algunas veces, hay peticiones especiales y se hacen rezos personalizados. Tres veces por semana, un profesor privado visita a la niña para mantener su educación.

Y así pasan los días de la diosa.

Sólo que esta vida no es eterna. Cuando tienen su primera menstruación, en el caso de Patán, o entran en la edad para tenerla, en el caso de Katmandú, son reemplazadas. Unika fue reemplazada en febrero del 2018 y Matina, exdiosa de Katmandú, en septiembre del año anterior.

Unika vive ahora con su familia en una nueva residencia de Patán, y está empezando a reinsertarse en la sociedad. “Cuando era diosa me sentía como una princesa. Lo que más me gustaba era hacer felices a los demás”, prosigue la joven. Su hermana y padres siguen tratándola aún de “usted”. El día en el que tuvo su primera regla, lo notificaron y la madre de Unika cambió la indumentaria roja de su hija por  ropa normal.
Ahora va de camino al colegio de la mano de su hermana, por las calles sin asfaltar. Llega a la escuela con cierta timidez y juega y estudia con sus nuevas amigas. Las exdiosas suelen ser tratadas con mucho respeto, e incluso, con algo de miedo y superstición por sus poderes anteriores. A la hora del recreo, come sola en una pequeña sala del colegio. “Cuando era kumari no podíamos comer con ella”, comenta su hermana, “así que está habituada a hacerlo de esta forma”.

“Aunque la vuelta a la vida mortal sea muy complicada nos tenemos las unas a las otras”, dice Chamira, una de las exdiosas

La mayoría de exdiosas anhelan su vida anterior, como Unika. Sin embargo, Chanira, que dejó de ser diosa hace ocho años y tiene ahora 23, añade algo más: “El cambio de vida es muy radical. Se tarda al menos un año en adaptarse a una vida más o menos normal. Al principio, simples cosas como coger un autobús o andar por las calles, parecen imposibles. Es muy extraño empezar a hablar con gente que no sea tu familia”, añade. Chanira trabaja como administrativa en una escuela.

La dificultad de readaptarse a una vida normal es uno de los puntos más criticados por activistas de derechos humanos, incluido el Centro de Rehabilitación de Mujeres de Nepal (Worec), que condena la tradición de las kumari por privar a las niñas de una infancia normal. Sin embargo, una sentencia del Tribunal Supremo del país, en el 2008, concluyó que la función que hacen estas niñas no  está considerada trabajo infantil y, por lo tanto, no restringe su libertad de movimiento. Pero el fallo sí introdujo la educación obligatoria para las diosas, a las que se puso un profesor privado.

“Aunque la vuelta a la vida mortal sea complicada, nos tenemos las unas a las otras”, dice Chanira. Samita, otra joven exdiosa que tiene ahora 16 años, le agradece todo a Chanira. “Si no fuera por ella, todo hubiera sido mucho más complicado. Fue ella quien me enseñó a salir a la calle, a coger un autobús o incluso a hablar con las personas”. Samita es también una de las encargadas de enseñar y ayudar a la nueva kumari.

“Aún quiero ir más allá –prosigue Chanira–. Me interesa mucho este intercambio de información entre chicas exdiosas y quiero ayudarlas tanto como pueda”. Chanira planea establecer un grupo de apoyo para exkumaris y ayudarlas con asesoramiento para educación y empleos. “Era feliz siendo kumari. Es una parte importante de nuestra cultura que debe ser respetada, pero necesitamos algunas enmiendas y mejores instalaciones para las niñas que regresan al mundo real”, dice Chanira.

Existe una leyenda alrededor de las kumaris. Se cree que no se pueden casar y que, si lo hacen, la familia del marido será castigada con mala fortuna. Sin embargo, Chanira dice que las antiguas creencias ya no se toman en serio, y la mayoría de las exdiosas están casadas.

Curiosamente, estas chicas podrían volver a tener los atributos de la divinidad, si es que llegan a vivir lo suficiente. Y es que, según la cultura newar, las personas que alcanzan los 77 años se convierten también en dioses.