Las dos caras de la España más seca

Los desiertos españoles no son espejismos, sino territorios áridos y mágicos por sus condiciones climáticas. En otras ocasiones, áreas que el ser humano está erosionando a fuerza de abusos y negligencias.

Las dehesas de Extremadura y el desierto de Tabernas, en Almería, parecen tener poco en común a primera vista. Las primeras hacen pensar en parajes verdes, arbolados, con cerdos campando a sus anchas. El segundo transporta a las numerosas películas del Oeste que allí se rodaron, a parajes amarillos y solitarios, a arena, a un sol inmisericorde. Pero algo comparten. Las dehesas se están desertificando. El año pasado, expertos de la Estación Experimental de Zonas Áridas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) aseguraban que “el 20% del territo­rio español se ha desertificado”. ¿Qué significa exactamente este dato?

Como explica Jaime Martínez-Valderrama, uno de los investigadores del citado estudio, quiere decir que “ese 20% se ha erosionado y ha perdido su fertilidad natural”, es decir, ya no puede sustentar la flora y la fauna que le son propias.

Para entender qué es la desertificación, el elemento clave es que “siempre se produce por la mano del ser humano, por la sobreexplotación del terreno, por un uso abusivo del agua o una degradación de la vegetación, por ejemplo”, añade Martínez-Valderrama.

Así que las dehesas se están secando, mientras que el desierto de Tabernas es seco por naturaleza. En este reportaje, proponemos un recorrido por las dos caras de la España más seca. La cara amable de los parajes secos porque así lo quiere la naturaleza, y la cara crispada de los paisajes que se desertifican por culpa del ser humano.

 

La cara amable de la España más seca

Bardenas Reales. Parque natural y reserva de la biosfera por la Unesco, situado entre Navarra y Aragón, la erosión ha creado insólitas formas que han seducido a numerosos directores de cine y de series de televisión. Aquí se ha rodado, por ejemplo, Juego de tronos. Se trata de un paraje semidesértico que comprende unas 42.500 hectáreas. Las lluvias escasas, y fundamentalmente torrenciales, así como los materiales blandos del terreno (sobre todo arcillas, areniscas y limos), explican las caprichosas formas, barrancos, laderas y terrazas. A pesar de su aspecto, no es una zona especialmente calurosa; la temperatura media es de unos 6°C en invierno y de 24°C en verano. Más que el calor, por tanto, al visitante le debe preocupar el cierzo, el viento duro y frío que llega del norte.

Desierto de Tabernas. El paisaje del desierto de Tabernas (Almería) es tan hipnótico que engaña. El visitante se olvida de que no es un desierto (está clasificado como subdesierto) mientras disfruta de la belleza de un ecosistema seco por naturaleza, poblado de arbustos y piedras, en el que la mano del ser humano no ha fastidiado apenas nada, sino que ha inyectado arte, pues aquí se rodaron algunos de los spaghetti western más famosos de la historia, como Por un puñado de dólares, con Clint Eastwood.

La desertificación se produce “por la sobreexplotación del terreno, un uso abusivo del agua o una degradación de la vegetación”, explica Jaime Martínez-Valderrama, del CSIC

Así que el desierto de Tabernas no es tal, ya que no reúne las “condiciones climáticas estrictas para definirlo así”, apunta Martínez-Valderrama. Eso sí, es seco, pues las precipitaciones son escasas (200 mm por año) y tan torrenciales que el suelo apenas puede retener humedad. El paisaje tan aparentemente desértico tiene su origen en la denominada “erosión remontante” que se inició centenares de miles de años atrás. Una serie de movimientos tectónicos causó que esta zona se elevara con respecto al nivel del mar, por lo que se generó un importante desnivel entre la desembocadura y el origen de los ríos. Como antes llovía ­mucho más, el agua bajaba con fuerza aprovechando el desnivel creado. El regalo de esos mo­vimientos tectónicos y las lluvias son las famosas cárcavas, que testimonian que el agua ha dado unos buenos hachazos a la ­tierra.

Cabo de Gata. En un rincón de Almería está la zona más árida de Europa. Si esta provincia ya es seca, este regalo de la naturaleza que es Cabo de Gata, arrinconado en el sudeste de Almería, vence por goleada en cuanto a aridez. “Lo que ocurre es que está rodeado por el norte por unas montañas que impiden que las lluvias que llegan de esa dirección descarguen agua. Así que sólo llueve cuando llegan nubes del sur, lo que es muy infrecuente”, señala Juan Puigdefábregas, profesor ad honorem del CSIC en la Estación Experimental de Zonas Áridas de Almería. Además, este área también la visitan las masas de aire cálido que se generan en el Sáhara. Cabo de Gata es un paisaje apenas alterado por la mano del ser humano que alberga una rica flora y fauna, macizos montañosos de origen volcánico, playas que, a su manera, son paradisiacas y rincones cuasidesérticos que demuestran que la aridez es bella.

Monegros. El aspecto casi desértico y lunar de los Monegros (2.765 kilómetros cuadrados entre Huesca y Zaragoza) obedece al frío tan extremo del invierno y el calor tan inmisericorde del verano, que hace dimitir a la vegetación de casi cualquier intento de prosperar. Salvo algunas excepciones, como la sabina, árbol muy resistente a heladas y sequías. Para entender el singular aspecto de este territorio, hay que echar la vista muy atrás. Los Monegros, enclavados en el valle del Ebro, tienen una tierra muy rica en sales. Juan Puigdefábregas explica que allá por el mioceno (entre 23 y 5 millones de años atrás), el mar Mediterráneo se extendía también al actual valle del Ebro. “Pero se fue secando y quedando en lagos independientes. Uno de ellos quedó sobre lo que es hoy el valle. Así que esa zona ya era salina, por estar debajo del mar, pero como se fue evaporando el agua del lago, se acumuló mucha sal”.

Además de la genética árida de esta zona, el ser humano está empezando a presionar en exceso. Así que no sería de extrañar que en breve hubiera que colocar a los Monegros en la otra lista de este reportaje. “Con la implantación de los regadíos, esa sal sube a la superficie y erosiona el terreno”, añade ­Puigdefábregas. Martínez-Valderrama coincide en que “las infraestructuras de regadío implantadas desde los años sesenta están esparciendo esas sales. Al evaporarse el agua, las sales se quedan en los primeros 20 centímetros del terreno, y, de este modo, un terreno que era fértil deja de serlo”.
 

La cara crispada de la España más seca

Campo de Níjar. Miles de invernaderos que conllevan riqueza económica pero un grave peaje ecológico. Este mar de plástico en la provincia de Almería es un ejemplo en toda regla de lo que significa la desertificación. Jaime Martínez-Valderrama señala que “desde hace más de 30 años se extrae agua de los acuíferos para regar los cultivos”. Los acuíferos son formaciones geológicas en las que se acumula el agua subterránea. Según este experto, “en esta zona se están vaciando, ya que se extrae tanta agua que no da tiempo a que se recarguen”. Como añade Juan Puigdefábregas, “algunas estimaciones sugieren que la extracción de agua es más de tres veces la entrada”. Además, como estos acuíferos están conectados con el mar, se rompe el equilibrio y entra agua de mar, con lo que se saliniza y se estropea la tierra. Una de las zonas más áridas de Europa es, paradójicamente, uno de los mayores huertos del continente… pero con fecha de caducidad.

Olivares en Córdoba, Jaén y Granada. Laderas, laderas y más laderas de olivares. Otra vez, la necesidad de dar un empujón a la economía de la zona. Otra vez, el ser humano desertifica lo que le da de comer. “Las políticas de subvenciones motivaron que se extendieran los olivares a expensas de monte natural en algunas regiones de Andalucía –comenta Gabriel del Barrio, de la Estación Experimental de Zonas Áridas (CSIC)– y esto ha dado lugar a importantes procesos de escorrentía y erosión, y ese suelo ya no se recuperará”. Para plantar miles y miles de olivos, se ha arado la tierra y eliminado la hierba que pueda competir con ellos por el agua. “Y todo ello, en una zona que está muy expuesta a las lluvias torrenciales, tan propias del Mediterráneo, por lo que, cuando llueve, el agua arrastra la tierra y se pierde suelo, nutrientes y capacidad para retener esa agua”, añade Martínez-Valderrama. De rebote, el agua que tiene como destino final las presas, señala el experto, “llega con mucho sedimento, por lo que disminuye la vida útil de estas”.

El cambio climático, el marcado descenso de las lluvias, contribuye la degradación de las dehesas, un paisaje en apariencia verde y sano que “se está desertificando”, cuenta el geógrafo Gabriel del Barrio

Las dehesas. Son una de las paradojas de la desertificación: la palabra dehesa se asocia a paisajes poblados de encinas y alcornoques, pastizales y matorrales. El problema, como explica Jaime Martínez-Val­derrama, es que el cambio ­climático, con su marcado ­descenso de las lluvias, contribuye a su degradación. Y a este factor se le suma la intensa ­actividad socioeconómica. Gabriel del Barrio señala que “hasta hace poco se concedían subsidios en función del número de cabezas de ganado, así que al ganadero le resultaba más rentable tener una cabaña ganadera grande, aunque tuviera que comprar pienso. Pero los rumiantes también necesitan fibra, así que los soltaba en las dehesas y se comían hasta la última hierba. De este modo, la cobertura vegetal se ha debilitado muchísimo, y ya no se observan, por ejemplo, plantones de encina creciendo”.

En muchas dehesas estamos casi ante un espejismo. Un paisaje en apariencia verde y sano que “no tiene regeneración y se está desertificando”, se lamenta Gabriel del Barrio.