Las mujeres lideran el cambio birmano

Birmania está en el camino de alcanzar una verdadera democracia. Las primeras elecciones democráticas en 25 años, celebradas el día 8, son la llave para lograrlo. Una mujer, Aung San Suu Kyi, guía al pueblo en el camino hacia la libertad, pese a estar vetada como futura presidenta por la actual Constitución. Tras medio siglo de terror bajo la dictadura más férrea del planeta, en el país menos desarrollado de Asia se vislumbra una esperanza. Y junto a la Nobel de la Paz, mujeres de todos los ámbitos se han unido a la causa de construir un nuevo país.

Chicas birmanas caminan frente a la pagoda Sule en el centro de Rangún. Los jóvenes tienen las claves para transformar el país

"Amanece una nueva era en Birmania” titulaba el día 9, el posterior a las elecciones, The New Light of Myanmar, el periódico oficial de la nación asiática. Los 53 años de terror impuesto por los militares parecen haber llegado a su fin, y el pueblo birmano aún no daba crédito. Tras las elecciones, la actividad era frenética en la sede del Partido de la Liga Nacional para la Democracia (NLD en inglés) en Rangún, la capital del país. El NLD es el partido comandado por Aung San Suu Kyi, la líder espiritual birmana que ha conquistado la mayoría parlamentaria en las primeras elecciones libres tras 25 años, según los datos que aún no eran oficiales al cerrar este reportaje.

Al fondo de la pequeña oficina del partido en Rangún, sobre una larga mesa, el día siguiente de las elecciones, varios comités se reúnen para ultimar los detalles de los resultados electorales. Casi todos los presentes son mujeres. “Las mujeres son el pilar de la sociedad birmana, somos grandes luchadoras”, dice Mya Thida, de 22 años, que trabaja en el departamento de comunicación del partido. Thida estaba estudiando un máster en Michigan (EE.UU.), pero decidió dejarlo todo y volver junto a su pueblo. “Quiero formar parte de esta nueva Birmania, todos los jóvenes tenemos que estar unidos en la lucha, es el momento”, señala, y añade que ahora “todos juntos podemos lograr que en nuestro país se termine con la violación sistemática de los derechos humanos”.

Las mujeres son las que más sufren las pocas garantías de derechos democráticos, dice Jin Lay, activista en defensa de la mujer

Fue en marzo del 2011 cuando la junta militar que llevaba desde 1962 al mando cedió por primera vez el poder a un gobierno civil liderado por la mayoría militar y presidido por Thein Sein, el cual puso en marcha una serie de reformas políticas y económicas encaminadas a restaurar la democracia. “Pero el ejercicio de esa democracia ha distado mucho de ser real hasta ahora”, señala Jin Lay, la fundadora de Triangle Women Support Group, la primera oenegé local enfocada a la mujer birmana.

“Las mujeres son las que más sufren este tipo de abusos de sus derechos”, señala. “En nuestra asociación estamos intentando formarlas, sobre todo a las que viven en el ámbito rural. Ellas permanecían sumidas en la ignorancia, no tenían formación de ningún tipo, y así no podían luchar para defenderse”, agrega. Hace unos años, crear una organización como esta la habría llevado a la cárcel.

La activista denuncia que en la cultura tradicional birmana los hombres son considerados superiores a las mujeres y la sociedad siempre ha esperado que ellas mantengan sus pensamientos, sus sentimientos y sus opiniones para sí mismas. “El resultado de esto es que muchos abusos que se cometen contra ellas nunca son denunciados. Muchas mujeres ignoran sus derechos e incluso su capacidad potencial para desarrollar una actividad”, añade la directora de la oenegé. La figura de la Dama –apunta Jin Lay refiriéndose a Aung San Suu Kyi–, es un revulsivo importante para el colectivo femenino: “Muchas se inspiran en ella para luchar por los cambios de su país, se ven reflejadas en ella”.

Un estudio de la Asian Foundation publicado el año pasado señalaba que el porcentaje de mujeres en los puestos importantes es en Birmania inferior al resto de los países asiáticos. “Por supuesto que es así –comenta la activista–; hemos vivido bajo la anulación durante más de 50 años, ahora, las mujeres son conscientes de su potencial y su fuerza y en lugares como esta oenegé les estamos dando las herramientas para construir este nuevo futuro”.

“Me metieron en una celda tan sólo por acompañar a nuestra líder a la estación”, rememora Ma Phyu Phyu Thinn, parlamentaria y mano derecha de Aung San Suu Kyi 

En la oficina del NLD está Ma Phyu Phyu Thinn, miembro del Parlamento y mano derecha de Suu Kyi. Ma Phyu Phyu es integrante del Gobierno desde las elecciones parciales que tuvieron lugar en el 2012, en las que los militares tan sólo dejaron acceder a un 7% de los escaños del Parlamento. Phyu Phyu, activista por los derechos humanos desde hace más de 25 años, ha sido detenida y torturada en numerosas ocasiones. “Me metieron en una celda de pocos pies junto a cuatro mujeres tan sólo por acompañar a nuestra líder del partido a la estación. Nos despertaban a media noche para torturarnos. Estuve cuatro meses sin saber qué iba a ser de mí y sin que mi familia supiera si yo estaba viva o muerta”, cuenta. Todas las mujeres que compartieron celda con ella eran activistas de los derechos humanos, “muchas de las compañeras sufrieron violaciones y abusos en prisión”, afirma. Ahora las cosas son diferentes, “nuestras voces son escuchadas”, dice. Aquello que comenzó en el 2012 con tan sólo 48 escaños en un Parlamento dominado por los militares ahora se puede convertir en la anhelada democracia real.

Es un hecho que los ciudadanos birmanos han vivido bajo un puño de hierro durante más de medio siglo. Fue en 1988 cuando el mundo entero tomó conciencia del terror en el que vivía sumido el país asiático, ante la masacre de cerca de 3.000 estudiantes, que pedían democracia, por las fuerzas gubernamentales. Aunque fue en el 2007 cuando las imágenes de las matanzas de los monjes a manos de las fuerzas gubernamentales en la llamada revolución azafrán dieron la vuelta al planeta. “Después de 1988, muchos jóvenes fueron a prisión, hubo muchos casos de torturas –recuerda la parlamentaria–, ahora se ha empezado a liberar a los presos políticos, pero aún quedan muchos en las cárceles”.

Las elecciones del pasado día 8, a pesar de haber sido calificadas de “libres”, aún distan bastante de ser democráticas, según afirman varios observadores internacionales. El partido de Suu Kyi necesita dos tercios de los escaños en el Parlamento para gobernar con mayoría. De entrada, los militares tienen asignados un 25% de los escaños, según la Consti­tución redactada por ellos ­mismos.

“Estos proyectos no dejan dinero en nuestro país, son negocios de los militares para explotar nuestros recursos”, critica 
una activista sobre las inversiones extranjeras que ha empezado a haber desde la apertura política en el 2011

Cientos de miles de musulmanes, sobre todo del noroeste del estado de Rakhine, no han podido votar, y además se han denunciado numerosas irregularidades en los censos. A pesar de estos “baches democráticos”, como los denomina la Dama, el NLD ha conquistado la mayoría, aunque esto aún no le da poder para elegir al presidente de la nación. Ahora la Cámara Alta y la Baja tendrán que ponerse de acuerdo para elegir al nuevo presidente. Aung San Suu Kyi, que a los ojos del pueblo y del mundo debería gobernar el país asiático, está vetada para este cargo por esta Constitución por tener lazos familiares no birmanos. El destino de la premio Nobel como presidenta del país ya le fue arrebatado en 1990 cuando venció en los comicios electorales que el gobierno militar decidió anular.

Es mediodía, y el tráfico está detenido en una de las principales plazas de Rangún. Una manifestación bloquea el acceso de los vehículos al centro. Esto era imposible de ver antes del 2011, cuando sólo por escuchar la BBC podías acabar en prisión. En primera línea de la protesta, junto con otras compañeras, está Ma Coai, de 20 años. Es una activista birmana que levanta una desafiante ­pancarta en la que denuncia el expolio y la contaminación de las minas de cobre que los chinos, de acuerdo con el Gobierno, quieren explotar en su país.

Es el tristemente célebre proyecto Letpadaung, que se convirtió en foco de atención internacional en el 2012 cuando la policía de Birmania utilizó fósforo blanco para dispersar a los manifestantes y a los monjes budistas que reclamaban la suspensión de los trabajos. Los habitantes locales denunciaban la contaminación de los acuíferos, los contratos ilegales de los empleados, las reubicaciones forzosas y las confiscaciones ilegales de tierras.

La presencia de empresas inversoras en Birmania se ha disparado desde que las sanciones internacionales se comenzaron a relajar a raíz de la apertura que iniciaron los militares en el 2011. Ocho grandes almacenes han sido construidos en menos de dos años. Pero esta voracidad capitalista es un arma de doble filo para los birmanos. A pesar de los cambios políticos, Pekín sigue siendo uno de los principales inversores en Birmania y es un socio crucial en su desarrollo económico. Existen acuerdos firmados por más de siete billones de euros que abarcan energía, agricultura y telecomunicaciones. Muchos activistas, como Ma Coai, denuncian que “estos proyectos no dejan dinero en nuestro país, son negocios de los militares para explotar nuestros recursos y llenar los bolsillos de otros que no somos los birmanos”. Su grupo seguirá organizando manifestaciones hasta que la situación realmente cambie para los campesinos que no tienen voz y están sufriendo estos abusos.

Aye Myat Thu tiene cinco años y está infectada con el virus del sida. Está tan débil que no puede casi moverse. Le cuesta respirar, pero ha tenido suerte. Su madre, Than Win, de 39 años, viajó desde el norte del país como pudo hasta aquí con ella cuando ambas comenzaron a sentirse muy mal. Than no sabía que estaban infectadas con el VIH hasta que consiguieron llegar a este centro de Rangún, donde las acogieron. La falta de una educación sobre el sida, junto con las políticas antitratamiento que la férrea dictadura birmana ha tenido, han provocado que el número de infectados esté llegando a unas cifras alarmantes.

“Si los militares tienen la sensación de que sus intereses están amenazados, siempre pueden usar su poder de veto”, subraya un experto

“Tener sida es como ser un apestado, un pecado por algo malo, no te trataban en los hospitales, te dejaban morir como un perro”, declara Lia Kye, una de las mujeres que colaboran en este centro de Rangún. Ella, junto a otros activistas y gentes del lugar, consiguió montar un pequeño chamizo con suelo de madera donde al menos la gente enferma pudiera descansar. El gobierno, durante años, intentó destruirlo, pero ella arriesgó su vida por defenderlo. “Ahora al menos lo toleran”, afirma.

La organización internacional Médicos sin Fronteras (MSF), el mayor proveedor de tratamiento contra el VIH en Birmania, les ayuda con medicinas. Pero “no hay suficientes para todos los pacientes que llegan”, asegura Malika, una profesora del norte que tiene algún conocimiento de medicina y que ha venido a ayudar cuando supo que era seropositiva. Se calcula que hay unas 240.000 personas con VIH en el país, aunque hacer una estadística es prácticamente imposible debido a la política gubernamental de exclusión.

Muchos birmanos no confían en esta nueva era de democracia que parece haber aterrizado por fin. Tienen miedo de que los militares retrocedan y se lo hagan pagar caro. “No sería la primera vez que el gobierno da un golpe en la mesa y todo se desvanece”, señala Lya, quien trabaja en una pequeña peluquería del centro. Tal como declara Jasmin Lorch, del GIGA Institute of Asian Studies en Hamburgo: “Si los militares tienen la sensación de que sus intereses están amenazados, siempre pueden actuar con su poder de veto en el Parlamento y anular las posibles reformas”.

Pero en el fondo, casi todos tienen puesta el alma en el nuevo Gobierno, como los artistas de la galería Lokanat cuyos cuadros estaban prohibidos por el gobierno y que ahora pueden exponer sin preocupación. A la inauguración ha acudido hasta la televisión, la Sky Net TV Myanmar –una de las cadenas privadas que se han instalado desde la apertura política–. Micrófono en mano aparece una joven periodista, Thin Yu, vestida con un hermoso traje tradicional azul. Acaba de empezar a trabajar y sus ojos se iluminan cuando habla de futuro: “Nosotros hemos nacido bajo una dictadura, así que sólo nos queda avanzar”.

La noche después de las elecciones hubo fiesta en la capital de Birmania. Miles de personas conquistaron las principales avenidas con banderas rojas y retratos de su líder para celebrar la victoria del NLD. La nueva Birmania parece resplandecer llena de desbordante energía positiva. Hombres y mujeres nacidos bajo la dictadura bailan con alegría soñando con una nueva era donde la palabra democracia brille por fin con todo su esplendor. Dicen que uno de los libros más leídos en Birmania es el escrito por Hemingway que habla sobre la tenacidad: El viejo y el mar. Y es que la perseverancia de este pueblo, su amor por la vida y su lucha por la democracia han hecho que poco a poco ese rayo de luz que es Aung San Suu Kyi se vaya filtrando por la férrea armadura del terror para dar paso a una nueva vida colmada de luz en el hermoso reino de Birmania.