El legado de Rodríguez de la Fuente

Fue el primer gran divulgador de la naturaleza en España, tuvo una enorme fama, pero el recuerdo de Félix Rodríguez de la Fuente, que este año habría cumplido 90, casi cae en el olvido.

Jacques Cousteau, Carl Sagan, David Attenborough... ¿alguien puede imaginar que poco después de abandonar su actividad casi nadie se acordara de estos divulgadores de la naturaleza? Es lo que ha ocurrido en España con Félix Rodríguez de la Fuente”, dice el arqueólogo y naturalista Jordi Serrallonga, que ha seguido el rastro del memorable comunicador en Tanzania, donde el burgalés iba a relajarse mientras estudiaba a los carnívoros.

También en África, en la biblioteca de un diminuto pueblo del Cabo de Buena Esperanza, Benigno Varillas, periodista y naturalista, se entusiasmó con un libro sobre el mundo marino. “Envidié el alto nivel de los anglosajones, por los gráficos, esquemas y método expositivo, así como el estilo divulgativo. Al buscar el autor de la obra descubrí que tenía en las manos la traducción ¡del tomo diez de la enciclopedia Fauna! El nombre de Rodríguez de la Fuente apenas se veía”, explica. Era 1999. Habían transcurrido 19 años desde la muerte del mito. Poco después, Varillas decidió escribir la biografía de aquel portento tan extrañamente silenciado. La pregunta seguía siendo: ¿por qué? 

Félix Rodríguez de la Fuente nació en 1928 en Poza de la Sal y cuentan que, quizás influido por la cantidad de vencejos, pronto pidió al rey Baltasar un pájaro. Se lo trajo. Metálico. La decepción se vio mitigada cuando, con ocho años, le regalaron un zorro... que al crecer mató a varias gallinas buscándose su propio sacrificio. El pequeño Félix detectó que al sacar al animal de su hábitat le había condenado. Siguió aprendiendo del “perfil recio y violento de los pastores, semidioses de mi infancia”; de los cazadores, a los que acompañó por primera vez con 11 años, en busca de un lobo que causaba estragos. 

“Creó escuela; pero cuando falleció, esa escuela se perdió, nadie la siguió en TVE”, se lamenta su hija Odile, que está al frente de la fundación que recuerda al divulgador

A los 13, él y un amigo escribieron al narrador conservacionista James Oliver Curwood ofreciéndose para acompañarle en sus expediciones como pinches de cocina, aunque fue en el deporte donde canalizó tanto ímpetu. Además de batir el récord universitario de España en los 400 metros lisos, practicó la lucha grecorromana y se adiestró en el tiro con arco. Mientras, España padecía un duro bloqueo económico que azuzó el ganado extensivo y convirtió en alimaña a casi todo animal no comestible. La Junta de Extinción de Animales Dañinos estimuló matanzas impresionantes a la vez que se disparaba la construcción de embalses (287 entre 1940 y 1963) en un periodo que podríamos definir como de Estado contra naturaleza. Otro hito fue la liquidación de 200.000 hectáreas de encinar y enormes alteraciones medioambientales en las dehesas extremeñas. 

UN REFERENTE
Por aquella época, Félix Rodríguez de la Fuente se había adentrado en el mundo de las aves adiestrando a un cernícalo con el que compartía habitación en la residencia de estudiantes. Conocer al biólogo José Antonio Valverde le demostró que era posible ganarse la vida investigando la naturaleza, aunque buena parte de los ingresos de aquel científico veinteañero provinieran de su labor taxidermista. Probablemente esta haya sido la amistad más emblemática del ecologismo en España. 
Junto a Valverde, interiorizó la importancia de proteger un espacio como Doñana y los esfuerzos que esa lucha implicaría en un país cuyas publicaciones de fauna autóctona debían muchísimo a los naturalistas extranjeros, desde los hermanos alemanes Alfred y Reinhold Brehm, descubridores del águila imperial ibérica, hasta, sobre todo, los exploradores ingleses que, partiendo de Gibraltar, habían remontado la Península registrando las especies incluidas en obras como España agreste (escrita en 1893 y traducida en España en 1963) o La España inexplorada (de 1910 y en español en 1989), ambas de Abel Chapman y Walter J. Buck. 

La estación biológica de Doñana (fundada por Valverde), la Sociedad Española de Ornitología (SEO) o la Sociedad de Ciencias Naturales Aranzadi de San Sebastián emergieron en los años cincuenta, una ­primera reacción social en pro de la naturaleza que tuvo en Rodríguez de la Fuente un apoyo constante. Como su conexión con las rapaces era asombrosamente inusual, hacía exhibiciones cetreras con cernícalos, halcones... mientras ultimaba su carrera de odontólogo para satisfacer la expectativa paterna.

Se le recriminó entregar animales a sus depredadores para lograr escenas violentas, más espectaculares, o beneficiarse de un régimen que puso a su disposición a todos los guardias forestales

En 1958 obtuvo el título. Su trabajo de segundo de doctorado comparó las semejanzas de las técnicas empleadas por los halconeros de la edad media para hacer implantes en los picos de las rapaces con las de los dentistas que tratan a humanos. Semejante devoción por lo salvaje le valió el reconocimiento de un alto cargo franquista fan del deporte y la naturaleza, Jaime de Foxá, que puso a su disposición el Centro de Cetrería de la Casa de Campo y le ayudó a divulgar sus ideas. 
En 1961, tras enseñar a actores de la película El Cid cómo volar un halcón, Rodríguez de la Fuente fundó Natura Films. Había comprendido que la televisión era el medio clave para proyectar los mensajes que quería, aún más disponiendo de su talento comunicador. No tardó en abandonar la carrera médica para volcarse en las rapaces. Los tecnócratas del Opus Dei aterrizados con la misión de modernizar la economía consideraron que De Foxá apoyaba causas demasiado románticas y conminaron a su protegido a abandonar la Casa de Campo. Un activista contra la Junta de Extinción de Alimañas no merecía favores en un país con el objetivo de multiplicar sus rebaños y rentabilizarlo todo. 

DOS HALCONES
Rodríguez de la Fuente sabía que Franco simpatizaba con sus asuntos. Intentó recurrir a él, pero desmontaron el centro cetrero y le retiraron las licencias para caza científica. Y entonces apareció Saúd, rey de Arabia. Franco tenía una cita con el monarca y decidió regalarle dos halcones. El Ministerio de Asuntos Exteriores pidió a Rodríguez de la Fuente que preparara el obsequio en 15 días. Los efectos del regalo en Saúd y su hermano, el príncipe Faisal, devolvieron al naturalista las facilidades para trabajar en España. 

Su actividad siempre resultó anómala en un país donde, por ejemplo, el inspector general del Cuerpo de Ingenieros de Montes podía escribir un artículo titulado “Un libro peligroso” cargando contra Primavera silenciosa, donde Rachel Carson llamaba al control del uso de insecticidas en cultivos. El ­imperio de lo aparentemente productivo estigmatizaba la disidencia naturalista, pero Rodríguez de la Fuente perseveró entendiendo que sólo la educación activaría un cambio de mentalidad. Así emprendió la operación Halcón-77 implicando a las escuelas en el contagio de la pasión por la naturaleza. 

AMIGO DE LOBOS
En 1965 le regalaron dos lobeznos, a los que llamó Remo y Sibila. Valverde le animó a criar una manada, y ahí despega la leyenda del amigo de los lobos. Hay imágenes de uno de estos depredadores lengüeteando el rostro del hombre que tres años más tarde hizo sonar tamtames en la cortinilla musical del primer gran programa televisivo de naturaleza en España: Fauna. Funcionó. Sus carismáticas locuciones, marcadas por una voz de cuentacuentos adulto, y el entusiasmo de unas narraciones graves que, aseguran, hilvanaba sin guion gracias a una prodigiosa memoria, le auparon al top de las audiencias. De pronto, aquel país renqueante de territorios en apariencia inservibles y aburridos cobró un valor espectacular para los ciudadanos, entusiasmados por los secretos a su alcance.

“Estaba en la brecha del documental de naturaleza a escala mundial –afirma Odile Rodríguez de la Fuente, hoy al frente de la fundación que recuerda a su padre–. Sólo la BBC ofrecía una calidad técnica a esa altura, ni siquiera National Geographic. Creó escuela. Pero cuando falleció, esa escuela se perdió, nadie la siguió en TVE”.

Le pidieron una enciclopedia sobre fauna mundial. Contrató a los biólogos Cosme Morillo y Miguel Delibes –hijo del escritor– y continuó conquistando simpatizantes para una causa naturalista que multiplicó asociaciones y grupos en su defensa. Tras recibir el Nobel, Konrad Lorenz, padre de la etología, le aseguró que admiraba su trabajo y prologó la Enciclopedia. Las formidables ventas y audiencias le permitieron solicitar la preservación de espacios naturales o impulsar el Club de los Linces para seguir alimentando en los niños el interés por lo salvaje. Se crearon la asociación Adena, el instituto público Icona y las bases para un movimiento medioambientalista que aún es ejemplar, excepto por el número de asociados. 

MÁS QUE EL FÚTBOL
Cuando en 1973 partió hacia Venezuela para filmar los primeros episodios de una nueva serie, gozaba ya de una fama extraordinaria. La emisión de El Hombre y la Tierra lo elevó a un eslabón insólito. 

“Resulta difícil explicar lo que supuso mi padre a quien no lo haya vivido –dice Odile Rodríguez de la Fuente–. Tenía más audiencia que un partido de fútbol. Fue la persona más popular... junto a Franco”.

Quizá ese sea un quid de su posterior olvido. La mayoría de los movimientos conservacionistas se identificaban ideológi­camente con la izquierda y, con Franco en las últimas, arreciaron los ataques contra Rodríguez de la Fuente y el lobo. Juan Cueto, adalid del progresismo de la época, le atizó duro alegando que “el país no está precisamente para regresos a la naturaleza, sino todo lo contrario”, además de criticar sus “alardes aventureros” o el “tono épico por no decir decididamente heroico”. 

También se le recriminó entregar animales a sus depredadores para conseguir escenas espectacularmente violentas. “Mis cachorros están empezando a enseñarme los dientes”, dice Rodríguez de la Fuente en un documental codirigido por Odile, quien asegura que su padre encajó los ataques como “ley de vida”. “He oído barbaridades sobre Félix, pero faltan pruebas –comenta Javier Pérez de Albéniz, autor de un reciente libro sobre el lobo en España–. Por ejemplo, que quitaba los ojos a las palomas para que un halcón las cazara más fácil. Cualquiera que sepa de cetrería sabe que bastaría con darles unas gotitas de una sustancia debilitante para allanar el camino al halcón. De todas formas, era otra época, no se le puede juzgar desde este tiempo. Lo que yo recuerdo son imágenes que me daban miedo y me transmitían conocimiento”.

“Los programas de Félix introducían una crítica al sistema más decisiva a largo plazo que ciertas posturas radicales a corto”, afirma Varillas, su biógrafo. Y ahí está el propio Cueto, quien al visionar El Hombre y la Tierra acabó por reconocer los valores del comunicador: “Me rindo. Nos rendimos casi incondicionalmente frente a los capítulos del águila perdicera, el macho montés, el azor y lo que venga”. 

La rendición de Cueto no fue compartida por otros detractores. Algunos le reprocharon usar a los animales para hacer apología de la violencia o haberse beneficiado de un régimen que puso a su disposición a todos los guardias forestales. “¿Cómo iba a filmar si no? Era lo que había –dice Odile–. De mi padre dijeron que era muy famoso; muy rico, nada más lejos de la realidad; de derechas; y que maltrataba a los animales. Lo cierto es que siempre fue apolítico. Incluso le ofrecieron formar parte de un partido y dijo que no. Pero los movimientos políticos son conmigo o contra mí, es un mundo muy sectario”. 

“Al iniciarse la transición a la democracia, los militantes clandestinos del PCE y el PSOE dejaron en la estacada a los naturalistas para dedicarse a sus partidos”, recuerda Varillas. El ecologismo se había consolidado, pero debía prepararse para un futuro lejos de unos nuevos gobernantes poco receptivos a lo que no sonara a dinero. Rodríguez de la Fuente seguía a lo suyo. Planificó una serie planetaria que quería llevar a la gran pantalla. En eso trabajaba en Alaska cuando se estrelló el helicóptero en el que viajaba.

14 DE MARZO DE 1980
Miles de personas han declarado recordar dónde estaban al recibir la noticia. “Mi padre me castigaba sin ver El Hombre y la Tierra”, rememora un guarda forestal. La influencia del divulgador suele ser indeleble entre los que asistieron a su espectáculo. En el 2000, El Hombre y la Tierra fue elegida mejor serie de la historia de TVE. En el 2018, menudean los treintañeros que desconocen casi todo de ese hombre que este año habría cumplido los 90. Sí, murió el mismo día que nació. Un molde exacto e irrepetible. 

Su hija asocia el olvido “a un luto que quizás se ha prolongado un poco”. Y a que “en España se instaló la idea desarrollista de que todo iba bien”, y como la naturaleza no parecía aportar gran cosa al alud de beneficios, las instituciones no interiorizaron la necesidad de proyectar el medio ambiente como sí han hecho naciones donde Cousteau, Attenborough o Goodall son apellidos “reivindicados desde lo público”, dice. “En los países de religión protestante –añade– es más fácil. La católica casi se ha limitado a mirar a la naturaleza para explotarla, de un modo utilitarista. Ahora nos quitamos ese yugo y puede haber llegado la hora de recuperar su figura”.

Otra evidencia es que la defensa de grandes espacios dedicados a la fauna salvaje era y sigue siendo una incomodidad para los que buscan rentabilizar el territorio. Así que, al margen de su éxito, Rodríguez de la Fuente aún resulta un engorro. Proyectar el ecologismo a gran escala no convenía (ni conviene) a unos gobernantes concentrados en explotar al máximo cada hectárea, y el amigo de los lobos ganaba adeptos sin parar, de modo que cuando EE.UU. informó de que el accidente de helicóptero fue por motivos no aclarados, los más proclives a las teorías conspiratorias abrieron un gran interrogante. 

En cualquier caso, al margen de algún biólogo sumido en los celos, de los intelectuales de izquierda más ortodoxos y de varios extremistas religiosos que le acusaron de fomentar el ateísmo, el arrinconamiento de la memoria de Rodríguez de la Fuente puede asociarse a cómo nos separamos de la naturaleza en un país que lleva décadas volcado en una especie de prosperidad fantasma, que a veces está y a menudo no.

El país con más reservas de la biosfera del mundo (47) padece la casi absoluta ausencia de un pensamiento natural autóctono. La necesidad de repensar el espacio, en un país tan ultraurbanizado en la costa como vacío en el interior, tiene carácter de urgencia. Rodríguez de la Fuente señaló un camino que aún no se ha borrado y, al margen de ideologías, envidias y otros lastres que nos determinan, valdría la pena seguir la huella que dejó.