Del libro a la vida

Hace un par de años, el descubrimiento de que las mujeres de 50 años pueden ser activas y bellas fue visto como el reconocimiento (debido) de una realidad. Las firmas de cosmética, la publicidad, las revistas, Monica Bellucci, la moda, incluso agencias de viajes especializadas... Todo muy positivo. Mona Chollet, periodista y escritora, vino a amargar la fiesta en su libro Brujas. ¿Estigma o fuerza invisible de las mujeres (Penguin Random House); sí, ella casi había caído también en la trampa: ser valoradas e incluso deseables en lugar de mujeres invisibles de mediana edad era una revolución. Pero, ¿quién había concedido ese reconocimiento? ¿Y hasta entonces por qué no había sido así? ¿A qué edad pondrán el listón para dejar de ser una señora interesante? En realidad, reflexiona Chollet, lo único que se había hecho era cambiar la fecha de obsolescencia del atractivo femenino, nada más.

Pienso, luego existo. Parece una obviedad, y seguramente lo es, pero hasta que el filósofo René Descartes no lo sentenció a mediados del siglo XVII a nadie se le había ocurrido verbalizarlo. También es una obviedad que pensamos de una determinada manera individual y colectivamente no por azar, sino que detrás de todos nuestros comportamientos hay siglos, miles de años de discursos que han moldeado nuestra forma de ver el mundo y, por tanto, de actuar. Pero no ha sido hasta que la nueva ola de femenino ha empezado a desenmascarar lo que hay detrás de estos razonamientos cuando nos hemos dado cuenta de hasta qué punto hemos interiorizado lo que se supone que por el género corresponde a las mujeres.
De la lectura de la veintena larga de textos feministas sumamente interesantes surgidos al albur del 8-M y el #MeToo se desprenden ideas que deconstruyen y dan la vuelta a convicciones hasta ahora establecidas, que es el primer paso para cambiar las conductas y hacer, entre otras cosas, que las mujeres no se tengan que sentir agradecidas por que les concedan lo que desde el principio deberían haber tenido: igualdad. Porque idénticos actos han sido vistos y tratados de manera muy diferente en función del sexo de quién los realizara.

Soraya Chemaly también analiza el concepto de ira en su Enfurecidas. Reivindicar el poder de la ira femenina (Paidós): un hombre enfadado es visto como un líder, sus atributos son la valentía, la fuerza, la convicción, mientras que a las mujeres enfurecidas “se le dice que están locas, son irracionales o están poseídas”. En lugar de condenar su enfado, “deberían preguntarse los hombres porqué están así de airadas”. Parafraseando lo de “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, se podría decir que detrás de una mujer indignada hay un motivo. Ni locas, ni histéricas: hartas de esconder la ira y las razones que la provocan.
Mary Beard es catedrática de Clásicas en Cambridge. ¡Quién iba a pensar que estudiar a griegos y romanos iba a servir para el feminismo activo! Beard desmonta en Mujeres y poder (Crítica) aquello tan aceptado de que hombres y mujeres hablan idiomas diferentes: no, no lo hacen, a menos que se les haya enseñado en distintas lenguas, ironiza. De hecho, las mujeres no han hablado durante siglos, y si les han concedido el derecho a hacerlo ha sido para subrayar su condición de víctimas o defender sus hogares y familias, y lo peor es que aún es así: durante siglos se han menospreciado las opiniones femeninas, incluso de formas sutiles: el tono de voz grave se asocia con valentía masculina, la voz aguda con cobardía femenina. Cuando Margaret Thatcher llegó al poder reeducó su voz para hacerla más grave y con ello ganar autoridad. ¿Es esta la solución? La cuestión no es cambiar a las mujeres, sino las estructuras, ir a la base del problema, definir qué entendemos por autoridad. Margaret Thatcher reeducó su voz, sí, pero no renunció a sus bolsos, el accesorio más específicamente femenino, que se acabó convirtiendo en un símbolo de su poder y dio lugar incluso a un verbo, to handbag, golpear con el bolso. 

Quizás sea hora de dejar de adoptar comportamientos o incluso la manera de vestir y hablar masculina para acceder a cuotas de poder. Adiós al traje como uniforme casi neutralizador del género

Los símbolos femeninos pueden invertir su significado, quizás sea el momento de dejar de adoptar comportamientos o incluso la manera de vestir y hablar masculina para acceder a cuotas de poder. Adiós al traje como uniforme casi neutralizador del género.
El mansplaining tampoco es una creación actual en su esencia, el modo en que los hombres explican las cosas a las mujeres dando por hecho que por su género saben más que ellas, pero ha sido también una escritora norteamericana quien al denunciarlo públicamente visibilizó esta actitud.
Rebecca Solnit tuvo que aguantar que un hombre se pasara media fiesta explicándole porqué determinado libro era importante sin saber que ella era la autora, porque en ningún momento le dejó meter baza en la conversación para decírselo. Cuando Solnit publicó Los hombres me explican cosas (Capitán Swing), muchas mujeres pudieron identificar situaciones similares y es importante saberlo para darse cuenta de que el problema no lo tiene quién sufre el mansplaining, sino quien lo practica. No, el género proporciona poder para imponer, pero no información y conocimientos y desde luego no provee de sabiduría para convencer, una máxima que toda mujer debería tener presente en su día a día. 

También muchas mujeres han podido identificarse con las viñetas en las que la dibujante sueca Liv Strömquist le da un repaso al amor romántico como ideal de relación propuesto actualmente. Los sentimientos del Príncipe Carlos (Reservoir books) recorre el concepto de amor a lo largo de los siglos, una construcción social que ha desembocado en la consideración como algo natural de cosas que no deberían serlo, como la idea de propiedad en una relación. ¿Qué significa amor? Una pregunta que tiene tantas respuestas como personas a quiénes se formule, pero sí está muy claro lo que no debe incluir: posesividad, reproches, manipulación del otro, chantaje emocional… algo que incluso se ha visto como prueba definitiva de enamoramiento: “me quiere tanto que no me puede dejar marchar”, y claro, quienes no pueden marcharse suelen ser las mujeres. Una frase de Strömquist a no olvidar es que “donde existe el poder no hay lugar para el amor”. Y una lección para ellos: “el terrible precio que tienen que pagar los hombres por tener poder sobre nosotras es la pérdida de la capacidad de dar y recibir amor”. Una obviedad, pero alguien tenía que decirlo.

Un hombre enfadado es visto como un líder, sus atributos son la valentía, la fuerza, la convicción; a las mujeres enfurecidas “se le dice que están locas, son irracionales o están poseídas”, señala Soraya Chemaly

Y no olvidemos que uno de los elementos que ha contribuido a elevar el calor del debate sobre cómo el patriarcado aún ejerce su poder ha sido el caso Weinstein, el productor que abusó de centenares de mujeres en el mundo del cine. A partir de ahí, pero no sólo de ello, Shaina Joy Machlus aborda en La palabra más sexy es sí. Una guía del consentimiento sexual (Vergara), lo que también parece una evidencia pero de nuevo es un error: la idea del sexo que aparece por ejemplo en las películas es también una construcción social, y así se da por sentado que los dos miembros de la pareja saben lo que quieren y aceptan al otro, pero la realidad no es así. En demasiadas ocasiones, por vergüenza, por falta de información o de libertad, no se habla de los deseos de la pareja cuando tienen relaciones, lo que se traduce en prácticas no deseadas. El consentimiento no consiste únicamente en acuerdo para practicar sexo, sino que debería incluir el cómo hacerlo, teniendo en cuenta que lo que en un momento puede gustar en otro resultar desagradable. Otra sentencia a tatuarse: “El consentimiento es la base del sexo y no es negociable”.

Durante muchos años el “no” no significó “no”, sino “soy una mujer”. “La fuerza masculina y la reticencia femenina eran parte integrante de lo que se entendía por una sexualidad normal en los siglos XVIII y XIX”, explica la periodista alemana Mithu M. Sanyal en Violación. Aspectos de un crimen de Lucrecia al #MeToo (Reservoir Book), una obra que analiza la violencia ejercida contra la sexualidad de la mujer, pero no sólo eso, sino la manera en que esta violencia era justificada como necesaria, como lo era su aceptación por la mujer. No cabe duda de que algunos hombres, incluso en posiciones de poder, siguen haciendo suyas sentencias como las de intelectuales de aquellos siglos: “Si ella está bien desarrollada mentalmente, y bien educada, su deseo sexual es poco. Si no fuera así, el mundo entero se convertiría en un burdel y el matrimonio y la familia serían algo imposible” (Richard von Kraft-Ebing). Peor aún es una cita de Lord Byron: “Sus hermosos ojos derramaban lágrimas (…)  aunque intentó de nuevo resistirse, diciendo en voz baja que no consentiría jamás… ¡Así fue como ella consintió!”.

Este tipo de pensamientos ampara el desprecio a la voluntad de la mujer y llegan, incluso hoy, a justificar violaciones negando la mayor: ella en realidad quería. Porque la violación, su posibilidad, marca la vida de las mujeres: desde niñas se les enseña a tener cuidado, a comportarse de manera que no puedan dar idea de interés sexual, a evitar vestir de forma provocativa, a no ir por calles oscuras, pero olvidando que muchas veces la violencia es también la dificultad de decir que no cuando el abuso sexual viene de un superior en el trabajo cuando se depende del salario, en situación de pobreza… Como concluye Sanyal, “cada paso que damos para que nuestra sociedad sea más equitativa es un paso adelante en la prevención de la violación”. No todas las decisiones son libres, esa es otra evidencia.

Rebecca Solnit soportó a un hombre que se pasó media fiesta explicándole por qué un libro era importante sin saber que ella era la autora; no le dejó meter baza, un ejemplo de ‘mansplaining’

Como lo es que la decisión de convertirse en madre no ha sido en absoluto libre a lo largo de la historia. Esther Vivas lanza una “mirada feminista a la maternidad” en Mamá desobediente (Capitán Swing). “Las mujeres hemos desaparecido tras la figura de la madre, en una sociedad que identifica feminidad con maternidad”, dice. Sólo en los últimos años se empieza a aceptar que una mujer puede estar perfectamente “completa” sin ser madre ni sentir la necesidad o deseo de serlo. Pero la mujer que decide ser madre también debe sentirse libre sin tener que justificarse. La maternidad vivida como un yugo ha convertido esta cuestión en espinosa para el feminismo, sin embargo las feministas de la última ola también cuestionan el mito del trabajo asalariado “como única vía de realización personal” con preguntas como ¿la maternidad es un yugo y el mercado laboral no? ¿Hay que elegir entre una maternidad patriarcal, sacrificada, o una neoliberal, subordinada al mercado? 

Lo particular es político y la maternidad está condicionada por el contexto socioeconómico: no se puede transformar una sin tocar el otro. Pero, en palabras de la socióloga Betty Martin, “la peor clase de impotencia es no saber que tienes el poder que de verdad tienes”.