Llegan los robots sociales... y son buenos

En una época en que los robots tienen muy mala prensa porque se teme que roben puestos de trabajo o, en las peores distopías, que lleguen a controlar el mundo, se abren paso otro de tipo de ingenios, dotados de inteligencia emocional y capacidad de aprendizaje, los llamados robots sociales. Son máquinas pensadas para ayudar a niños con problemas de salud y a ancianos con necesidades asistenciales.

Unos niños juegan con un robot que prueba una guardería francesa (Getty Images)

Una de las propuestas del departamento de Educación de Estados Unidos para que en los colegios e institutos se aborde el bullying o acoso escolar es utilizar pequeñas obras teatrales. En ellas, los estudiantes se deben repartir el rol de acosador y acosado y representar una situación de maltrato físico o psicológico deliberado, que debe instigar un debate posterior en clase.

Y sin embargo, a pesar de los supuestos beneficios en la empatía que podría generar este programa, profesores y alumnos se niegan a ponerlo en práctica. Nadie quiere interpretar el papel de abusador, y los maestros temen que la situación se pudiera reproducir fuera del aula.

A Iolanda Leite, una ingeniera computacional portuguesa, se le ocurrió una idea para solventar el problema: ¿y si cambiaba los actores de carne y hueso por otros de cables y chips? Por entonces, en el 2013, realizaba un posdoctorado en el laboratorio de robótica social de la Universidad de Yale (Estados Unidos) e investigaba de qué manera emplear robots para enseñar habilidades sociales y emocionales a niños.

“En Silicon Valley crean tecnologías que sean adictivas y nos aíslan socialmente. Nosotros las diseñamos para la empatía”, dice Cynthia Breazeal, ‘madre’ del primer robot social

“Fue un éxito rotundo. Pusimos robots a interpretar el papel de acosadores y acosados. Los chavales miraban con atención la obra, luego discutían en clase con los profesores sobre lo que había pasado y entre todos buscaban soluciones y decidían qué es lo que debería ocurrir a continuación”, explica Brian Scassellati, director del laboratorio de robótica social de Yale en el que estaba Leite.

“Llevamos los robots anti-bullying a un montón de colegios. Los alumnos trabajaban el material, aprendían muy rápido y eran capaces de recordarlo mucho tiempo después de que los robots hubieran salido de las clases”, apostilla. Scassellati es uno de los principales expertos mundiales en robótica social, una disciplina con apenas dos décadas de existencia y que tiene como objetivo crear una nueva generación de robots pensados para ser compañeros de los humanos, capaces de entender dinámicas sociales, normas morales, aprender de las relaciones que establecen con las personas y generar una teoría robótica de la mente humana.

No son promesas de futuro, sino que ya hay inteligencias artificiales de este tipo que trabajan con niños fomentando su aprendizaje o con chicos con autismo enseñándoles a descifrar emociones. Acompañan a personas en residencias de la tercera edad e incluso empiezan a estar presentes en aeropuertos, orientando a turistas despistados.
“Los robots sociales incluyen nuestro pensamiento social, nuestra inteligencia social y emocional, además de la inteligencia cognitiva”, asegura Cynthia Breazeal, científica computacional. Ella es la creadora del primer robot social de la historia, Kismet, a finales de los años noventa. No era más que una cabeza robótica que podía reconocer y simular emociones básicas y que ahora ­puede verse en el museo del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Boston. Breazeal es también la madre del, hasta el momento, robot más sofisticado y social que existe, Jibo, diseñado para ser “no un ‘algo’ sino un ‘alguien’”, dice.

Desde su despacho, en la tercera planta del futurista edificio del Media Lab del MIT y rodeada de todo tipo de seres con cara simpática, ojos saltones, peludos y robóticamente empáticos, Breazeal explica que “somos humanos, aprendemos a través de la interacción con otros humanos; y esa interacción social es como una danza en que ambas partes se regulan y adaptan continuamente, intercambiando pistas comunicativas. Queríamos saber si eso se podía conseguir con un robot”. Y a lo largo de 20 años ha ido demostrando que sí, que se puede, a través de personajes como Tega, Leonardo, Nexi y ahora Jibo.

“Si me dedico a hacer robots sociales es porque vi La guerra de las galaxias de niña”, confiesa entre risas, a la vez que señala a su espalda merchandising de la saga. Mientras conversa con Magazine, sobre su escritorio, un Jibo sigue a la periodista con la mirada y en un momento dado en que detecta una pausa en la conversación, advierte discreto a Breazeal que tiene otra cita en media hora. 
“Podemos diseñar tecnología más humanista, sistemas que refuercen nuestras capacidades humanas, que nos empoderen, ayuden a potenciar la vida de la gente, que nos ayuden a aprender, a desarrollarnos. En Silicon Valley crean tecnologías para que sean adictivas y nos aíslan socialmente. Nosotros diseñamos para la empatía”, asegura.

Profesores y entrenadores personales.

Y con esa premisa lleva dos décadas trabajando en la intersección entre la psicología, las ciencias computacionales y la ingeniería, para lograr máquinas inteligentes que puedan interactuar con los humanos de forma más natural percibiendo y emulando emociones. 
Breazeal no es la única in­geniera que diseña robots empáticos. En el Reino Unido, Kerstin Dautenhahn, en la Uni­versidad de Hertfordshire, comenzó en 1998 a investigar de qué manera podía utilizarlos para tratar a niños con autismo. Numerosos trabajos científicos apuntan que estos chavales sienten verdadera fascinación por los juguetes mecánicos, por lo que decidió aprovechar esa ventana de oportunidad para atraer su atención y trabajar con ellos junto a los psicólogos. En el 2002 se unió al equipo Ben Robins y juntos crearon a Kaspar, un robot humanoide con pinta (aunque algo rara) de niño.
“El problema de las personas con autismo es que tienen dificultades en comprender cuáles son las intenciones de otras personas, porque son incapaces de descifrar sus expresiones. Con los robots puedes simplificarlas y hacerlas comprensibles”, explica Robins. Recuerda cómo en las primeras experiencias en que usaron a Kaspar con niños, en el 2006, les sorprendió lo rápido que los pequeños se sentían atraídos por el robot, lo miraban, lo tocaban, lo abrazaban. Exploraban con sus manos la cara, los ojos... “Se atrevían a hacer todo aquello que no harían jamás con una persona”, comenta el investigador.
Kaspar tiene características humanas, como una nariz, ojos que se mueven y pestañean, párpados, y es capaz de expresar algunas emociones básicas, muy simplificadas, con la boca, como felicidad o tristeza. Lo interesante es que permite que los niños generalicen la experiencia, sean capaces de transferirla a otros contextos, lo que resulta de extrema importancia en chavales con autismo.

“El robot nunca sustituye la parte humana. Ni al terapeuta, ni al profesor, ni a los amigos, ni a los padres, ni a nadie. Es un mediador que facilita la interacción con otras personas”, argumenta Jordi Albó, experto en robótica social de Everis NTT Data e investigador asociado de la Universidad Tufts y del MIT –donde colabora con Cynthia Breazeal–, ambas en Boston. 

El robot nunca sustituye al terapeuta, al profesor, a los amigos, a los padres ni a nadie. Es un mediador que facilita la interacción”, afirma el experto en robótica Jordi Albó

“Muchos niños con autismo tienen problemas cognitivos, porque no han establecido una comunicación correcta con el mundo exterior. Es como si no les entrara información. Por tanto, si queremos incluirlos en la sociedad, tenemos que lograr que entiendan las reglas de la mayoría para que puedan convivir. Y eso lo conseguimos con robots”, explica.

Albó, que trajo por primera vez a España la First Lego League (una competición para que los jóvenes se inicien en ciencia, tecnología, matemáticas...), fue pionero en comenzar a utilizar aquí robots sociales en terapias con niños con autismo. Entonces era profesor e investigador en el campus de La Salle, en Barcelona (Universitat Ramon Llull) y, tras asistir durante meses a sesiones con críos de entre seis y ocho años de todos los niveles del espectro autista en el hospital infantil Sant Joan de Déu, programó robots –customizados con forma de Bob Esponja o del coche protagonista del filme Cars– que fueron validados como herramientas terapéuticas por el servicio médico del centro.

“Los niños autistas, que son poco verbales, comenzaban a tocar los robots, les hacía gracia jugar con ellos, pero no sabían cómo funcionaban, así que pedían ayuda al terapeuta. Cuando conseguían que el robot hiciera algo, se lo mostraban al resto de los compañeros. Era increíble, porque muchos de esos niños no se habían comunicado con otras personas nunca”, explica Albó.

También en Sant Joan de Déu y con robots, en este caso dinosaurios, implementó un programa para niños con cáncer en tratamiento y otro para chavales con lesión cerebral adquirida, con los que trabajan su recuperación cognitiva en casa de manera intensiva, mediante ejercicios semanales que programa el médico y cuya dificultad va adaptando el robot en función del progreso del niño.

Estos compañeros robóticos no sólo tienen la capacidad de tratar sino también de realizar diagnósticos tempranos. Por ejemplo, científicos de la Universidad de Yale emplean a Sphero, un robot con forma de esfera, para diagnosticar autismo de forma precoz. “Los niños de dos o tres años cuando el robot actúa como si estuviera triste lo cogen e intentan reconfortarlo. En cambio, la mayoría de los niños que más adelante serán diagnosticados con ­autismo no responden igual: puede que se acerquen al robot o que lo toquen, pero ni lo cogerán ni tratarán de consolarlo”, explica Scassellati, quien defiende que el diagnóstico precoz permite comenzar a trabajar con los pequeños de forma prematura, lo que repercute positivamente en la evolución del trastorno.

Brian Scassellatti, de la Universidad de Yale, ha diseñado unos robots maestros que trabajan con niños sordos y refuerzan el aprendizaje en colegios

Otro ámbito en que cada vez hay más robots es en la gestión de enfermedades crónicas, en que se convierten en una especie de entrenadores personales o coaches muy persuasivos. Y como compañeros de aprendizaje de niños son también muy útiles. En todos los casos, los robots vienen de serie con unas competencias y dotados de inteligencia artificial y aprenden de los humanos y de la interacción con ellos, para adaptarse a cada usuario y evolucionar con él. Son genuinamente únicos, como los humanos.

“No intentamos construir máquinas que sean mejores que las personas, sino que las ayuden a hacer mejor aquello que ya son capaces de hacer”, defiende Scassellati. “Cuando construimos sistemas de tutoría para niños, está claro que los profesores de carne y hueso son los mejores tutores, pero hay cosas que el robot puede hacer y no el humano, como estar disponible 24 horas al día, siete días a la semana”, destaca este investigador que, desde su laboratorio en Yale, ha diseñado un equipo de robots maestros que trabajan con niños sordos y también refuerzan el aprendizaje en colegios.

Robots¿amigos?

Uno de los puntos fuertes de estas inteligencias artificiales, por el que consiguen resultados tan positivos, es que logran establecer un vínculo con los humanos. “La robótica social llevada al extremo es crear máquinas con personalidad e identidad social absoluta para poder tener una relación con ellas, como amigos, el tipo de relación que ves entre robots y humanos en La guerra de las galaxias”, considera Albó. 
Aunque por el momento se está muy lejos de poder mantener una relación como la que tiene Luke Skywalker con los androides R2D2 y C3PO, lo cierto es que “en todos los estudios que hemos realizado en las últimas dos décadas hemos comprobado cómo la gente forma relaciones amigables con los robots, los antropomorfizan e incluso cuando el estudio se acaba, los echan de menos”, cuenta Elizabeth Broadbent, una profesora de psicología de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) a quien le gusta definirse como robopsicóloga.

Tanto es así, que en el trabajo con niños los expertos deben cuidar mucho cómo se deshace ese vínculo. “Los robots están 30 días en casa de los niños y les explican que son en realidad alienígenas, que su nave se ha estrellado en la Tierra y que intentan volver a su casa en un planeta lejano. Cada día, el niño ayuda al robot a reparar una pieza de la nave; a final de mes la nave está reparada y el robot puede regresar a casa. Los niños están muy contentos porque lo han ayudado, pero también se sienten tristes de que se vaya”, cuenta Scassellati.

“Robots que te dicen ‘te quiero’, ‘¿puedo ser tu mejor amigo?’, ‘me encantan los macarrones con queso’, que pretenden tener una vida plena psicológica e imaginativa, que pretenden que hay empatía en la relación con el niño…. Pero son sólo máquinas, que te engañan. ¿Qué tipo de relación van a establecer los niños con criaturas que no tienen ninguna relación que ofrecer?”, cuestiona con dureza la psicóloga Sherry Turkle, del MIT, una de las voces más críticas respecto a estos compañeros de cables y chips.

Aún se está lejos de que los humanos puedan tener una relación con su robot asistencial como la de Luke Skywalker con R2D2 o C3PO en ‘La guerra de las galaxias’

“La conexión que forman el robot y el niño es auténtica. Los robots que diseñamos para hospitales y aprendizaje proporcionan valor en el contexto de actividades que tienen relevancia en tiempo real”, le responde Cynthia Breazeal, que argumenta que, a los chavales, establecer una relación con un compañero robot los ayuda a mantenerse interesados en el aprendizaje, los anima a explorar, a ser curiosos; y en pediatría, ayudan al niño a sobrellevar las emociones estresantes.

“Hemos entrevistado a miles de niños, hemos estudiado en profundidad la relación que se establece entre ellos y los robots, y los niños no se sienten confundidos. Saben perfectamente que Tega o Jibo no son como un amigo humano o como los padres”, destaca Breazeal.
Turkle replica con un ejemplo: “En una visita a un geriátrico, una mujer mayor le contaba a un robot que estaba muy triste porque su hijo había muerto. Y el robot le respondía que lo sentía mucho, como si entendiera sus emociones. Los creadores del robot miraban contentos: les parecía un éxito que la mujer hablara con el robot. Pero aquella mujer estaba sola, nadie la escuchaba porque el robot no lo estaba haciendo, no la estaba comprendiendo, no estaba replicando de forma sincera, empática, como haría una persona, únicamente estaba programado para responder”. “La tecnología nos hace olvidar lo que sabemos de la vida”, ­apostilla, enérgica, la psicóloga.

“No es así. Los robots no nos deshumanizan, sino que potencian aquello que nos hace humanos. Puedo, por ejemplo, imaginarme a Jibo leyéndole un cuento a mis hijos antes de que se vayan a dormir. Yo estaré allí, junto a ellos, preguntándole cosas juntos y manteniendo una conversación sobre un tema con mis hijos. Los robots sociales incluyen a toda la familia en una actividad. Esa es la gran diferencia, Jibo no es la cámara sino el fotógrafo”, alega Breazeal.

Un robot en cada hogar

Para la mayoría de los expertos en robótica social, en un futuro próximo, todos tendremos uno de estos compañeros en casa, igual que tenemos ordenador o móvil. Entrenadores personales, profesores de refuerzo, asistentes personales... que plantearán controversias sobre la privacidad y seguridad, el mal uso y los límites entre humanos y máquinas. También, sobre qué tipo de relación queremos establecer con estos robots, que continuamente recogen datos nuestros para aprender de ellos; información que en ocasiones va a la red, en teoría, para hacer los robots aún más inteligentes. Pero ¿de quién serán esos datos y qué uso harán terceros?

“Dejar entrar en casa a robots compañeros nos enciende ciertas alarmas como sociedad porque nos plantea cuestiones acerca de quiénes somos, de nuestras relaciones con los demás, de hasta dónde permitimos que los robots hagan tareas ‘humanas’”, plantea la ingeniera Vanessa Evers, directora científica del DesignLab de la Universidad de Twente (Holanda) y creadora de robots como Spencer, que orienta a turistas despistados en el aeropuerto, o Frog, que sirve de guía turístico.

“Que trabajen en fábricas, acompañen a los astronautas o desactiven bombas no nos genera un dilema ético. Cuidar a bebés es otra cosa”, puntualiza esta experta, quien reclama que el debate acerca de los límites éticos y morales de los robots sea social. “Ahora, estas cuestiones se dejan a los ingenieros y científicos, pero nos atañen a todos. Porque los grandes desafíos de futuro de la humanidad, de la pobreza al cambio climático o las guerras, pasan por los robots”, afirma.