Lola Montes, una reina en la sombra

Aventurera, cortesana y bailarina, fue una de las mujeres más fascinantes del siglo XIX. Lola Montes (1821-1861) ni se llamaba así ni era española como decía ser, pero cautivó al rey Luis I de Baviera (1786-1868), quien se enamoró de ella y la hizo condesa de Landsfeld. Gracias al acceso a documentos inéditos y a la correspondencia entre ella y el rey, la autora Cristina Morató ha reconstruido su vida y la escandalosa historia de amor que cambió el rumbo de la historia. El resultado es 'Divina Lola', biografía de una mujer marcada por el escándalo y que tuvo el mundo a sus pies.

Una imagen de Lola Montas posando con un cigarrillo en la mano

Luis I de Baviera nunca olvidó el día que conoció a Lola Montes, la hermosa bailarina española que irrumpió en su vida como un torbellino. Era una luminosa mañana de otoño de 1846, y el monarca se enamoró de ella al instante. La joven tenía 24 años y se encontraba en la plenitud de su belleza. Había llegado a Munich con el propósito de actuar en los escenarios del Teatro de la Corte y consiguió una audiencia con el rey para solicitarle un permiso como artista invitada. Dispuesta a ofrecer al monarca la imagen de una autentica dama de la nobleza andaluza, preparó a conciencia la puesta en escena. Eligió un sobrio vestido de terciopelo negro y recatado cuello de ­encaje, recogió su cabello con un sencillo moño y cubrió su cabeza con una larga mantilla. No se olvidó de su inseparable abanico ni de perfumarse con unas gotas de esencia de jazmín, su fragancia preferida. El rey, a sus 60 años, quedó cautivado por su gracia, ingenio y arre­batadora belleza. La audiencia se prolongó más allá de lo habitual.

Luis era un apasionado de España, país que nunca había visitado, pero que despertaba en su corazón todo tipo de pasiones. Para él era la encarnación de un sueño romántico: una tierra de poesía, serenatas de guitarra, ardientes mujeres y amores prohibidos. El monarca le confesó que era un lector habitual de Cervantes y Calderón de la Barca, y que su libro favorito era El Quijote. Cuando Lola abandonó el gabinete de palacio, el rey no imaginaba que aquel encuentro cambiaría para siempre su destino y el curso de la historia. Y que esa joven morena, de piel aterciopelada, magníficos ojos azules y larga melena rizada que acababa de conocer sellaría su destino.

A las pocas semanas de conocerla, Luis se entregó a Lola Montes con devoción, sin importarle el rechazo que provocaba en la corte bávara

Dos días después de su entrevista con el rey de Baviera, la bailarina debutó en el teatro de la Corte interpretando Los boleros de Cádiz. El público recibió con frialdad sus danzas españolas y la prensa deploró su escasa formación académica. En lo que todos coincidían era en su notable poder de seducción y exótica belleza. Su fiasco como artista se vio recompensado con el amor incondicional del rey. En las semanas siguientes, Luis se entregó a ella con una devoción enfermiza, sin importarle el escándalo ni la mala fama que la precedían. En la corte se rumoreaba que el anciano monarca había perdido literalmente la cabeza por una mujer de turbio pasado.

El rey Luis era un hombre culto, inteligente y adicto al trabajo muy querido por su pueblo. Pertenecía a la casa de Wittelsbach, una antigua y poderosa dinastía alemana que gobernó Baviera durante siete siglos. Un monarca enamorado de la belleza y el mundo clásico que desde su juventud soñaba con edificar una urbe perfecta y monumental inspirada en la Roma y la Grecia antiguas. Otra de sus pasiones era la poesía, y desde muy joven escribía sonetos, odas y poemas en los que plasmaba sus más íntimos sentimientos. El rey estaba casado con Teresa de Sajonia y tenía nueve hijos. Una esposa devota y abnegada dedicada en cuerpo y alma a hacerle feliz, que aceptaba con resignación sus continuas infidelidades.

Tras su fracaso en los escenarios, Lola se convirtió en la amante oficial del rey Luis. Ajeno a las críticas, la colmó de regalos y accedió a todos sus caprichos. Encargó su retrato al gran pintor de la corte ­Joseph Stieler, quien la inmortalizó vestida como “genuina bailarina andaluza”. El cuadro quedó instalado en su célebre pinacoteca real, conocida como “la galería de las bellezas”. También le ofreció a su favorita una generosa pensión anual y le regaló una mansión cercana a palacio donde la dama se rodeó de su propia corte de admiradores. La relación entre el rey y la española despertó un profundo malestar en la conservadora Baviera. La influencia de Lola Montes y sus ideas liberales sobre el querido monarca resultaban intolerables para la mayor parte de la población. Durante los dos años que duró su escandaloso romance la ciudad vivió una auténtica revolución. Lola, tan ambiciosa como excéntrica, no se conformó con ser la amante del rey y exigió que este la nombrara condesa, lo que enfureció a los miembros de la aristocracia.

Sin embargo, para Luis aquella fue la etapa más feliz de su vida. Había encontrado en Lola a su musa y compañera y dio rienda suelta a su amor sin importarle las consecuencias: le escribía poemas, la visitaba a diario en su nido de amor y la complacía en todo. Pero el enfado fue en aumento cuando ella comenzó a interferir seriamente en los asuntos de Estado. La situación se volvió insostenible tras la dimisión en bloque de todo el gobierno. En 1848 estalló una revolución y Lola se vio obligada a abandonar Baviera entre los gritos y los insultos de una muchedumbre que pedía su cabeza. Poco después, el soberano abdicó en su hijo Maximiliano. Había perdido el trono y el respeto de su pueblo. “Sólo soy la sombra de un rey”, confesó apenado tras la huida de su amante. Aunque el monarca confiaba en poder reunirse con ella cuando la situación se calmara, sus caminos se separaron para siempre.

La vida de Lola Montes está marcada por escándalos y su falsa identidad: la andaluza de ojos irresistibles se llamaba Elizabeth Gilbert y era irlandesa

El rey Luis conservó celosamente cientos de cartas que le había escrito a lo largo de su tormentosa relación y los poemas que le inspiró. También guardó como una reliquia el pie de su amada esculpido en mármol que antaño besaba todas noches antes de acostarse. Es cierto que había sido un incorre­gible conquistador, pero Lola, tan distinta a las demás, fue su gran pasión. Aunque por ella lo perdió todo, nunca le guardó ningún rencor. Siempre estuvo al tanto de las aventuras de su amante, quien tras abandonar Alemania retomó su carrera artística y se embarcó rumbo a Estados Unidos, donde vivió la fiebre del oro y actuó para los rudos mineros. Su embajador en París le hacía llegar los recor­tes de la prensa que hablaban de sus excentricidades, de sus amoríos y los éxitos que cosechó en todo el mundo convertida en una celebridad.

La bailarina, aventurera y cortesana Lola Montes llevó una vida marcada por los escándalos y bajo una falsa identidad. En realidad, la hermosa andaluza de ojos irresistibles que tuvo el mundo a sus pies era irlandesa y se llamaba Elizabeth Gilbert. Se casó en tres ocasiones, tuvo una larga lista de amantes y se codeó con los literatos, políticos, músicos y aristócratas más populares de la época, como Alexandre Dumas, Honoré de Balzac, la escritora George Sand o el músico Liszt, con quien vivió un intenso romance. La prensa sensacionalista encontró en ella un auténtico filón. Fue junto a la reina Victoria una de las mujeres más famosas del siglo XIX. Tras su muerte en Nueva York en 1861, a punto de cumplir los 40, se convirtió en una leyenda. Fue una de las femmes-fatales más destacadas de su tiempo, y su vida inspiró a novelistas y directores de cine. En 1930, el famoso director Josep von ­Sternberg le dedicó su particular homenaje en la película El Ángel Azul, donde una jovencísima Marlene Dietrich daba vida a una cabaretera llamada Lola Lola en su recuerdo.

Cuentan que el día en que el rey Luis se enteró de la noticia de su muerte, en 1861, sintió una gran tristeza. A sus 74 años, vivía retirado en Niza, donde llevaba una existencia tranquila. Aunque intentó olvidarla con otras relaciones, no lo consiguió. Lola fue su locura y perdición; una mujer por la que, según sus propias palabras, “un hombre debería estar dispuesto a darlo todo, incluso la vida”.