Los defensores de Doñana

El incendio del mes pasado recordó la fragilidad del parque nacional, que es el mayor humedal de Europa. Pero el fuego no es la única de las amenazas que se ciernen sobre Doñana. Guardas, biólogos y otras personas que viven en el parque y para el parque se preocupan cada día de cuidar su ecosistema y urgen a preservar este valioso espacio natural.

Los latidos de Doñana se ralentizan cada vez que un desastre asola su espacio. El lince ibérico, el águila imperial o los seis millones de pájaros que cada año pasan por esta tierra deben contener la respiración una vez más y preguntarse: ¿habrá suerte esta vez? Definitivamente, Doñana es un superviviente. El mayor humedal de Europa, declarado por la Unesco patrimonio de la humanidad y hogar de especies en vías extinción, ha vuelto a tener suerte (al menos, hasta el cierre de este reportaje). Ha logrado seguir vivo pese a las amenazas que le acosan constantemente y que, como el incendio del pasado 24 de junio, le acortan la vida cada vez que su nivel de fortuna desciende. Recientemente ha sido el fuego, pero las amenazas existen cada día, según denuncian los ecologistas: los cultivos ilegales secan el parque, el proyecto del dragado del río Guadalquivir aún no ha sido cancelado, el almacén de gas bajo el parque no ha sido evaluado apropiadamente, y la posible reapertura de la mina de Aznalcóllar forma parte de una larga lista.

La Unesco, el pasado día 5, ha dicho basta a que Doñana dependa tan sólo de la suerte. El Comité de Patrimonio de la Humanidad, que se reunió en Cracovia, ha instado al Gobierno español a tomar medidas urgentes para que el parque nacional no dependa de la fortuna y sí de la protección que merece este paraje único.

A principios de este mes, el Comité de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco instó al Gobierno a aumentar la protección del parque 

Doñana no está sola en su apuesta por sobrevivir. Hay personas que la defienden y cada día se levantan con un único cometido: conservar lo que aman. Son el corazón humano de un espacio natural que lucha por seguir vivo pese a las amenazas. “Yo he nacido aquí, me he criado aquí, soy la cuarta generación de guardas de Doñana”, relata Álvaro Robles mientras acaricia uno de los caballos con los que cada día recorre el parque nacional. Una pequeña casa encalada en el centro de Doñana ha sido el hogar de su familia durante generaciones: “Aquí mi hermano y yo jugábamos a indios y vaqueros montados a caballo”, señala Robles. Hoy, su sueño sería que su hija Alba siguiera sus pasos.

Amanece sobre la laguna Santa Olalla, el alma acuática del parque. El sonido de los flamencos que comienzan a desperezarse se mezcla con el aleteo de las garcetas y las avocetas. “Este es mi hogar –suspira el guarda emocionado–, no lo cambiaría por nada”. Su hija le acompaña hoy en su paseo. Ambos se acercan al agua y Robles le va enseñando: “Ese es un pato cuchara, aquel es un flamenco...”. Con nueve años, Alba ya sabe distinguir numerosos habitantes del parque, y cada día en el colegio cuenta a sus amigos cómo su padre cuida de Doñana. “Es muy importante la educación –afirma Robles–; si desde pequeños aprendemos a amar nuestro entorno, al crecer lo cuidaremos y protegeremos porque formará parte de nuestra vida, no será algo lejano”.

En casa, sobre la mesa de madera donde tantas veces la familia ha compartido el almuerzo, Álvaro esparce unas fotos en blanco y negro que retratan la historia de Doñana. El guarda no puede evitar que los ojos se le humedezcan al recordar sus primeros paseos a caballo cuando apenas tenía cinco años. Sus padres, sus abuelos, todos están en esas fotos viviendo dentro del parque, incluidos los otros guardas a los que considera parte de su familia. Una a una va pasando las imágenes y un solo deseo sale de sus labios: “Hay que enseñar a la gente que no conoce esto el tesoro que hay aquí, enseñarles a cuidarlo, a transmitírselo a sus hijos, es lo que tenemos. Si se nos va esto, nos vamos todos”.

El fuego que se declaró hace unas semanas en Moguer, a sólo cinco kilómetros del parque, ha sido la amenaza más reciente, pero desgraciadamente hay que sumarla a otras que asedian este espacio. El incendio, del que aún no se han esclarecido las causas, asoló 8.486 hectáreas de matorral y arbolado, de las que 6.761 están dentro del parque natural. Se evacuó a la población local y no hubo que lamentar víctimas humanas. Álvaro Robles, entre otros muchos habitantes de la zona, tuvo que salir de su casa y esperar: “No sabíamos si el viento cambiaría de dirección y nos dejaría sin Doñana para siempre”, dice días después.

“Hay que enseñar a la gente el tesoro que hay aquí; si se nos va esto, nos vamos todos”, urge el guarda, uno de los que tuvieron que salir de casa en el último incendio

El Centro de Cría del Lince Ibérico El Acebuche tuvo que ser desalojado al ver que las llamas estaban acercándose. En el traslado, una de las “lincesas”, como cariñosamente llama Robles a la hembra del lince, murió como consecuencia del estrés, según un comunicado del centro. El hábitat del lince se ha visto seriamente dañado en una de las zonas y se está evaluando el impacto. La efectiva acción de los bomberos y el cambio de dirección del viento salvaron el parque milagrosamente.

Es de este milagro del que hablaba Eva Hernández, responsable de aguas y agricultura de la organización ecologista WWF España, el pasado día 5 en Polonia, frente al comité de la Unesco que evaluaba la situación del parque nacional y la posibilidad de dejarlo en la antesala de la lista negra de patrimonio amenazado de la humanidad. “Queremos un futuro para Doñana y no queremos que dependa de la buena suerte”, cerraba Hernández un discurso que acompañaba con 150.000 firmas recogidas en una reciente campaña para salvar el parque. Ahora es el turno del Gobierno para atender las peticiones de la decisión de la Unesco, que reclama de él una acción “urgente y efectiva”.

El agua es la vida de Doñana, y nadie como Carmen Díaz Paniagua lo sabe. Esta sevillana se enamoró de Doñana cuando hacía su tesis doctoral sobre anfibios en las lagunas del parque. “Antes poca gente prestaba atención a los anfibios, pero ahora son la imagen de salud del planeta”, señala la investigadora de la estación biológica.

Carmen Díaz y sus ayudantes se dirigen a recoger muestras en una de las lagunas del centro del parque. Varios galápagos aparecen entre las redes, y sus caparazones están cubiertos de una especie de arena “¡no es arena, son huevos! –exclama Carmen–; hay tan poca agua que se concentran aquí gran cantidad de bichos que quieren poner huevos y no pueden, y tienen que ponerlos sobre los galápagos”.

“Doñana se está secando”, afirma la bióloga. Las lagunas del parque dependen básicamente del freático. “Y en los últimos años han bajado mucho los niveles de las aguas subterráneas”, explica.

A diferencia de otras grandes reservas naturales, ubicadas en zonas despobladas, Doñana comparte el espacio con más de 200.000 personas en la provincia de Huelva. La presión sobre el hábitat natural es muy grande y, según WWF, existen actualmente “tres mil hectáreas de cultivos ilegales que sobreexplotan el acuífero con más de mil pozos ilegales” que le estarían quitando el agua. Díaz afirma que si se sigue extrayendo el agua en los niveles en que se está haciendo, “finalmente nos acabaremos quedando sin Doñana”. Y señala la importancia de denunciar que ya se han secado dos de las grandes lagunas. La bióloga afirma que los turistas de la urbanización de la playa de Matalascañas “no saben que están provocando la desecación de las grandes lagunas de Doñana”. “La única manera de hacer que esto funcione, si no nos queremos cargar también la estructura social que depende de Doñana, es hacerlo sostenible”, dice Díaz Paniagua. Añade que “salvar Doñana significa mantenerla con agua, y esto depende de todos los que la habitamos dentro y en los alrededores”.

“Salvar Doñana significa mantenerla con agua, y esto depende de todos los que habitamos dentro y en los alrededores”, dice la investigadora de la estación biológica

Los orígenes de la protección del parque se remontan a 1963, cuando se cerró la compra por WWF de más de 6.700 hectáreas del antiguo coto por 33 millones de pesetas (198.000 euros). El terreno se cedió al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y se creó la Estación Biológica de Doñana. Fue en 1969 cuando se declaró parque nacional, bajo la dictadura de Franco. Más de 50 años lleva Doñana soportando las amenazas relacionadas con el hombre y la sobreexplotación del medio. Ahora es la Unesco la que ha vuelto a poner el punto de mira en las medidas urgentes que tomar para no perder el mayor humedal de Europa.

A las 5 de la mañana en el puerto de Chipiona, Juan Camacho y su hijo se embarcan como cada día para ir a pescar a la zona de la reserva de pesca de Doñana. “Cuando voy en la proa, el respirar ese aire tan puro, la belleza que tiene cuando sale el sol por el coto o cuando se está ocultando el sol, ¡que eso es para verlo!”, afirma Juan. El amor del pescador por la mar va más allá del trabajo: “Es mi vida”.

Cuando habla del proyecto del dragado del Guadalquivir –que permitiría la entrada al puerto de Sevilla de buques de más calado que en la actualidad–, su ­semblante cambia. Su rostro se endurece y una ­sombra de miedo cruza sus ojos. “Si tú mueves el fondo, es como cuando hay un montón de moscas y le echas insecticida: o las matas todas o las echas a todas. Es lo mismo que le pasaría al río si lo dragaran”, comenta. Todo forma parte de una cadena, continúa: “Si al langostino le quitas la comida de ahí, no come, no se cría; yo que trabajo del langostino, pues… nada, no como; el bocadillo me lo comeré si es que me lo da alguien”.

El proyecto del dragado ha sido detenido, pero aún no cancelado. Camacho está preocupado. No es el único. Todos los pescadores del puerto están a la expectativa. Luchan por defender un entorno natural y convivir con un parque que saben que les da la vida. Sus familias dependen del estado de la mar: “No quisiera nunca pensar que tuviera que vender mi barco por culpa de que no se pueda comer por malas gestiones –dice Juan con los ojos arrasados de lágrimas–. Es mi vida y la de mis hijos”.

Contra esas “malas gestiones” de las que habla el pescador también luchan los arroceros. “La peor agresión es el dragado –señala Julián Borja, arrocero de Isla Mayor–. Si se dragara el río, este ganaría velocidad. Y si ganara velocidad el agua, buena, dulce, bajaría hacia el mar a mucha velocidad, y al contrario, cuando cambiara la marea, el agua salada del mar invadiría el estuario”. Borja da un ultimátum al Gobierno: “Señores, el dragado es una ruina y no lo vamos a dejar en el limbo. No se debe hacer y no se va a hacer”.

“El lince ibérico como especie y Doñana están ligados. Por mucho que digan: ‘Yo vengo aquí a ver tortugas…’. No, no, tú quieres ver un lince”, dice entre risas Antonio Rivas, el coordinador del Centro de Cría del Lince Ibérico El Acebuche. Tiene en la pantalla del ordenador unas fabulosas fotografías de los primeros cachorros que nacieron en el centro. “Mi primer contacto con un lince fue con Brezo y Brisa –explica–; esa fue la primera vez que yo vi un lince ibérico, eran unos cachorrillos”.

Pero su relación con Doñana viene desde que nació. Estudió en Huelva y desde pequeño correteaba por las dunas. “El lince siempre ha sido un emblema, los niños sabíamos que había que cuidarlo –comenta Rivas–, pero jamás pensé que tendría la oportunidad de trabajar día a día a su lado”. Hoy, el centro que coordina ha conseguido que el felino más amenazado del mundo pase de estar al borde de la extinción a haber triplicado su número y poder volver a territorios donde había desaparecido.

“En el centro de cría se trabaja 24 horas –señala– con un equipo humano que está pendiente, a través de las cámaras, de cualquier situación que necesite su ayuda”. El objetivo del centro es que los cachorros que nacen al año puedan ser liberados al medio natural y sean animales salvajes que vuelvan a los sitios donde se extinguieron hace muchos años. “Este es un trabajo pasional. Los partos son maravillosos; en la sala de cámaras nos reunimos como una familia, y en el momento que llega el cachorro, te abrazas, saltas de alegría. Es un momento mágico”, comenta.

Antonio Rivas ha notado que “a escala local” hay un gran cambio de mentalidad y que la gente ve que los trabajos de conservación están dando resultados, además de oportunidades de trabajo. “Creo que la gente de la zona quiere al parque. Sabemos que forma parte de nuestras vidas”, dice.

Conservación es la palabra que define la vida de Beltrán Ceballos, el fundador de la reserva natural de la Dehesa de Abajo. Este naturalista se recuerda a sí mismo como amante de los pájaros desde que tenía uso de razón y está dedicado en cuerpo y alma a mejorar los ecosistemas donde habitan. Su primer paso por Doñana fue a los 14 años y sintió que había encontrado “la meca”, el destino de su vida. Ha restaurado la hermosa reserva natural de la Dehesa de Abajo. Ha conseguido con este proyecto que la gente se enamore de su propio humedal: “Esto ha sido el auténtico triunfo del proyecto, no sólo que venga gente de toda Europa a ver los pájaros sino que la gente de Puebla del Río lo considere uno de sus grandes valores”. Ceballos subraya que lo realmente importante es que la población local forme parte de todo: “La gente se está dando cuenta de que Doñana, además de su alto valor ecológico, también puede ser una gran salida profesional”.

José María Galán trabaja, por ejemplo, en Doñana desde 1992. Su curiosidad por el rastreo le ha llevado a Sudáfrica para conocer de primera mano los secretos de los bosquimanos; también ha investigado en India o Yellowstone (EE.UU.), pero afirma que, aunque ha recorrido medio mundo, “los flashes de cosas potentes que he visto en la naturaleza los tengo de aquí, de Doñana”. Para él, este parque es, en pleno siglo XXI, uno de los mejores lugares del mundo para rastrear. “Mi cosmos es Doñana, yo nací aquí y me he desarrollado aquí y, sobre todo, he salido de aquí para valorar esto. No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos”.

Galán habla de la conexión con la naturaleza y de la importancia de abrirse a ­nuevas miradas: “Cuando rompemos ideas precon­cebidas empieza una manera de enamorarte; al fin y al cabo, a través del conocimiento llega el enamoramiento, y a partir de ahí, a la necesidad de conservar lo que se quiere”. “Necesitamos más Doñana, no sólo por el parque –concluye–, sino para nosotros”. Todos los defensores del parque nacional hablan de la importancia de integrar la naturaleza en la vida. Eva Hernández, de WWF, llama a “sacar los parques de sus vallas”, que formen parte de nosotros. “Somos naturaleza, formamos parte de ella y es conociéndola como nunca dejaremos de amarla y conservarla”, dice.