Los frentes de Europa

La UE está amenazada por los cuatro puntos cardinales y enzarzada en sus miedos. El proyecto de fraternidad surgido tras la Segunda Guerra Mundial peligra por la falta de soluciones y respuestas firmes ante losas como el terrorismo yihadista, la amenaza del Brexit o la lacerante crisis de los refugiados.

1 Los refugiados de Idomeni. GRECIA. La crisis de los refugiados ha dejado al desnudo las carencias de las autoridades comunitarias a la hora de aplicar una política común coordinada. Ante la emergencia, cada Estado ha optado por unas medidas u otras. Idomeni es el símbolo de un “no pasarán” del siglo XXI. La solución de la UE a los que llaman a su puerta ha sido acudir a Turquía y subcontratarla para que se quede a los recién llegados.

Sostiene un dicho polaco que “cuando los hombres hacen planes, Dios se ríe de ellos”. “Así que si me preguntan dónde estará Europa y cuál será su lugar en el mundo y la economía global en 25 o 50 años, les diré honestamente que no tengo ni idea”, reconocía recientemente Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, en un discurso en Bruselas. Lo que es indudable, añadió el líder de origen polaco, es que “Dios debe de haberse reído a carcajadas” con quienes predijeron dónde estaría hoy la Unión Europea, el singular experimento político y económico levantado sobre las cenizas de un continente arrasado por las guerras.

No se han alcanzado las previsiones catastróficas que hicieron algunos descreídos, cierto, pero tampoco se ha cumplido plenamente la promesa de prosperidad económica que figuraba en los planes oficiales del euro. Más necesaria que nunca por la naturaleza global de los retos a los que se enfrenta, la Unión Europea se ha demostrado sin embargo incapaz en los últimos años de resolver el creciente número de crisis que se ciernen sobre ella. La precariedad laboral en algunos países con salarios propios de los años ochenta, como critica el Banco Central Europeo, está empujando a muchos votantes hacia partidos populistas que apuestan por acabar con la UE y recuperar soberanía para los estados nación, infectando la agenda política del resto. Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Beppe Grillo en Italia, sus réplicas en Dinamarca, Suecia y los países del Este… La posible mortalidad del proyecto europeo se ha convertido en tema frecuente de discusión entre analistas y filósofos.

En el norte triunfa el discurso del sur holgazán como explicación de sus apuros económicos sin reconocer que no todos pueden ser Alemania. En el sur se ha hecho poca autocrítica y se ha relacionado a Europa con políticas asfixiantes

Los frentes son múltiples y han sorprendido a Europa falta de fuerzas después de cinco años luchando para evitar la ruptura del euro. La crisis de Grecia, dolorosamente aplacada con un acuerdo impuesto bajo la amenaza de expulsión, sigue ahí. La zona Schengen se resquebraja al calor de la crisis de refugiados y los temores por la seguridad. La imagen de Europa como faro mundial de valores se difumina con la firma de un acuerdo de dudosa legalidad con Turquía para subcontratar las obligaciones con el asilo. La ruptura del club es una posibilidad real: el Reino Unido decidirá en las urnas el próximo 23 de junio si dice bye bye y abandona el barco (una posible salida que se conoce como Brexit), con consecuencias imposibles de predecir para el resto. Y, por si fueran pocos los problemas, Holanda acaba de rechazar en referéndum la ratificación del acuerdo de asociación de la Unión Europea con Ucrania, un acuerdo que enfureció a Moscú y por el que algunos ucranianos dieron la vida.

“Ser europeo, al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial, era más fácil, aunque los tiempos fueran más difíciles. De Churchill a Schuman, de Monnet a De Gasperi, todos los dirigentes europeos tenían un objetivo común: evitar otra guerra franco-alemana, es decir, europea”, escribió en el 2005 el periodista Xavier Batalla. Una década después, ser europeo es aún más difícil. Europa es más real, más palpable que nunca. Pero la gran crisis ha cambiado la imagen que muchos ciudadanos tenían de ella. En el norte triunfa el discurso del sur holgazán como explicación de sus apuros económicos, sin reconocer que no todos pueden ser Alemania. En el sur se ha hecho poca autocrítica y se relaciona a Europa con políticas económicas asfixiantes e intromisiones en la soberanía sin base democrática. Si con la crisis, la imagen de las instituciones nacionales ha caído en casi todos los países, la de la Unión Europea se ha desplomado.

¿Qué nos pasa, doctor, cómo hemos llegado hasta aquí? “Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, los nuevos líderes de Europa no podían resucitar a los millones de muertos, todo lo que podían hacer era prometer una vida más humana a los supervivientes y sus hijos. La idea de un Estado del bienestar generoso fue la respuesta moral a la devastación de dos guerras mundiales”, afirma el analista y escritor estadounidense Robert Kaplan. “Esa respuesta moral”, que unió a todos los países en un mismo destino económico mediante una moneda común, “es en parte la causa de la crisis actual”, sostiene Kaplan ya que, “excepto en los lugares más dinámicos y disciplinados del norte de Europa, ese Estado del bienestar es insostenible si no se hacen reformas serias”.

El problema, agravado por la falta de control al sector financiero, saltó por su eslabón más débil, Grecia, y arrastró a Irlanda, Portugal, Chipre y España. A excepción de Grecia, la crisis está oficialmente superada, aunque con elevadas tasas de paro. Pero el precio que pagar ha sido alto. A diferencia del resto del planeta, la zona euro sigue sin haber recuperado los niveles de riqueza previos a la crisis. En el sur, la situación es aún más grave. La crisis ha engullido los avances en la convergencia realizados en los noventa para entrar en el euro en España, Grecia, Portugal y especialmente Italia, lo que explica la creciente impaciencia de su primer ministro, Matteo Renzi, con las políticas europeas.

La cura de austeridad se aplicó sin instrumentos de solidaridad europeos para mitigar el golpe sencillamente porque no los había; los creadores del euro dejaron la unión política para la siguiente generación. Pero cuando llegó la crisis, las recetas para afrontarla han sido europeas, pero la factura, nacional. La situación ha empezado a corregirse con la creación de un fondo de rescate, otro de resolución bancaria o la propuesta para un seguro de desempleo comunitario lanzada por la Comisión Europea, pero ninguna de estas medidas tiene el alcance que la propia UE considera imprescindible en una auténtica unión monetaria. La falta de acuerdo con Francia, históricamente más reticente a la integración política europea que Alemania, por temor a verse dominada por esta, explica los titubeos de los últimos años.

El panorama en Grecia, a pesar de la firma en julio de un tercer rescate (y van más de 300.000 millones de euros), sigue siendo preocupante. “La situación económica no es mejor que entonces, la deuda sigue siendo muy alta, y Europa ha desperdiciado la oportunidad de la crisis de refugiados para ofrecerle algún alivio de la deuda. Mucho me temo que en cualquier momento volveremos a tener una crisis griega. Hasta ahora lo único que se ha hecho es dar patadas hacia delante al problema. Es triste que las autoridades del norte de Europa, que son quienes mandan, no estén dispuestas a asumir su responsabilidad”, lamenta el economista belga Paul De Grauwe, profesor en la Universidad Católica de Lovaina y de la London School of Economics.

La precariedad laboral en algunos países, con salarios de los ochenta, está empujando a muchos votantes hacia partidos populistas que apuestan por acabar con la UE y recuperar soberanía para el Estado nación, infectando la agenda del resto de los socios

De Grauwe califica de “desastroso” el acuerdo con el que se zanjó la crisis abierta con la llegada al poder de Alexis Tsipras y su negativa a seguir aplicando las recetas económicas de Bruselas y Berlín, que considera corresponsables de la ruina de su país. “Algunos países usaron su poder de la forma más ruda para imponer unas condiciones que sabían que no se podrían cumplir. Humillaron a todo un país. El daño fue muy severo. No es ninguna sorpresa que más y más gente en Europa sea escéptica hacia toda esta construcción”. “La Comisión y los países del norte podrían permitir que se lanzara un programa de inversiones sin preocuparse por las reglas presupuestarias, pero no lo hacen. Actúan como meros contables, unos contables grises y malos. Y eso, claro, no entusiasma a nadie”, opina De Grauwe.

Sin haber superado la gran crisis, llegó a Europa el mayor éxodo de personas visto desde la Segunda Guerra Mundial. La anarquía en Libia y la larga guerra de Siria propiciaron que el año pasado la UE recibiera la cifra récord de 1.255.640 peticiones de asilo, según Eurostat, más del doble que en el 2014, aunque la cifra sólo refleja las completadas y no las que están en tramitación (Alemania sola recibió más de un millón). En agosto, con Grecia desbordada y miles de personas llegando cada día a Alemania, la canciller Angela Merkel tomó la decisión más arriesgada de su carrera política: abrir las puertas de par en par a los refugiados sirios.

“Wir schaffen das” (lo lograremos), decía en los primeros días de septiembre, llenos de imágenes felices de la llegada de refugiados que se hacían selfies con ella, encantada en su papel de mutti Merkel (mamá Merkel). El alivio para quien había sido identificada durante años como la madrastra de Europa fue efímero. Pasado el impacto emocional de algunas imágenes, la riada humana hacia El Dorado europeo desbordó a los países de tránsito de la ruta de los Balcanes, a los que Berlín nunca consultó cuando abrió sus puertas y, a falta de acuerdo sobre soluciones europeas, se impusieron las respuestas nacionales.

Se cerraron puertas y se levantaron vallas. También la opinión pública alemana viró tras los asaltos sexuales durante Nochevieja en Colonia. Actualmente, siete países, incluida la céntrica Alemania, han reintroducido los controles fronterizos. Nunca en sus 31 años de historia la zona Schengen había estado tan amenazada. La Unión Europea decidirá en mayo si, excepcionalmente, autoriza suspender la libre circulación por hasta dos años mientras se estabiliza la situación.

La perspectiva inquieta a numerosos sectores económicos, pero el recrudecimiento de la amenaza terrorista yihadista vuelve a hacer atractivo políticamente el cierre de fronteras. Con 132 muertos en las calles de París, Francia decidió el 13 de noviembre reintroducir los controles. La experiencia demuestra que, sin una mayor cooperación entre las policías y los servicios de inteligencia, las fronteras son inútiles. Los controles instaurados por la crisis de refugiados sirvieron para registrar los pasos de los terroristas, pero no para frenarlos: todos los atacantes tenían pasaporte europeo (los que los llevaban sirios han resultado ser falsos), y la información que podía haber sobre sus perfiles de riesgo no se había compartido a escala europea. Lo demostró de nuevo el atentado contra Bruselas, el corazón de Europa, el pasado 22 de marzo (32 víctimas).

La prioridad ahora es restablecer el control de la frontera exterior. Con el cierre del paso entre Macedonia y Grecia, Atenas se ha quedado sola ante el problema: los programas europeos de reparto de refugiados, pensados para 160.000 personas, han sacado a poco más de mil personas del país. En abril, más de 50.000 migrantes seguían varados en un país que ya antes de la crisis no tenía medios suficientes de acogida. El precario campamento surgido en Idomeni es la imagen del fracaso de la política europea de asilo.

Aunque le ha servido para aplacar la presión política interna, Merkel nunca defendió el cierre de fronteras. Volcó sus energías en un acuerdo con Turquía para que readmita a los emigrantes económicos irregulares y acepte recibir de vuelta a potenciales demandantes de asilo, con el argumento de que es un país seguro para los refugiados; a cambio, en un intento de romper el negocio de los traficantes, la UE promete organizar programas humanitarios para traerse a sirios desde Turquía. Acnur, Médicos sin Fronteras o Human Rights Watch han afeado a Europa la firma de un acuerdo que consideran inmoral y al límite de la legalidad. Las llegadas han caído en Grecia, pero van en aumento en Italia.

La crisis afecta esta vez a cuestiones identitarias, y las discusiones han abierto nuevas brechas en Europa. El Este se niegan a aceptar que se le imponga, ni siquiera como contrapartida a los beneficios de la libre circulación, la acogida de refugiados. “El rechazo en estos países se debe a que son los más frágiles desde el punto de vista económico e institucional y, por su historia, los más nacionalistas”, declaró Kaplan a Magazine durante su última gira por Europa. El deterioro de la convivencia en el Consejo Europeo ha hecho saltar chispas en las últimas reuniones. Incluso Polonia ha dado la espalda a Alemania y se ha sumado a la revuelta impulsada por Hungría, enfadada también –como Italia- –or sus planes de construir un nuevo gasoducto hacia Rusia.

En sus 31 años de historia, la zona Schengen nunca había estado tan amenazada. La UE decidirá este mes si autoriza suspender la libre circulación por hasta dos años mientras se estabiliza la situación

La politóloga alemana Ulrike Guérot, fundadora del European Democracy Lab, apunta otra clave para explicar la revuelta actual contra Alemania. “Hemos estado dirigiendo Europa en nuestro beneficio durante cinco años, fastidiando a todos, atacando a los llamados PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España)… ¿Cómo puedes esperar solidaridad en este momento? La mayoría de los alemanes no se ha dado cuenta de lo duros que han sido los años entre el 2010 y el 2015 para muchos países. No sabe que antes de que los migrantes llegaran a Alemania ya estaban en Italia y entonces no la ayudamos”, reflexiona Guérot. “Hay una reacción antialemana sublimada, que no se manifiesta abiertamente sino que surge en forma de populismos”, asegura. “El exministro británico Dennis Mac Shane también relaciona el debate sobre el Brexit y el nacionalismo alemán, disparado desde el 2006”, afirma Guérot, una de las pocas voces críticas en el debate interno alemán.

 ¿Sobreviviría la Unión a la salida de un miembro tan relevante en términos económicos y estratégicos como el Reino Unido? Los líderes europeos se han volcado en ayudar al primer ministro británico, David Cameron, para intentar ganar el referéndum del próximo 23 de junio.

El acuerdo firmado para tratar de tranquilizar a la opinión pública británica puede saber a poco a los más euroescépticos, pero es un paso atrás para el resto. Por primera vez la Unión autoriza la discriminación laboral entre europeos en función del pasaporte. Se consideró un precio justo que pagar. La perspectiva de que gane el no a la UE provoca escalofríos. Martin Schulz, presidente de la Eurocámara, teme que lleva a “la implosión de la UE”, a la que ve deslizarse hacia el precipicio.

En Bruselas, los más optimistas piensan que, si ocurre, forzará a la zona euro a dar el salto adelante en integración política que tanto se ha resistido a dar. “Aunque tal vez entonces descubramos que no de acuerdo en adónde queremos llegar”, advierte un veterano embajador partidario de proseguir la integración sólo con los países realmente comprometidos. El profesor De Grauwe va aún más lejos: “No digo que un Brexit fuera a ser fácil, pero mejor que estén fuera que dentro de la Unión. Ahora mismo el Reino Unido ya no se conforma con no integrarse en algunas políticas sino que quiere desmontar la UE. La presión del frente euroescéptico no va a disminuir aunque gane el sí. Quizás otros querrán irse: Holanda, Hungría… Que se vayan. Quedarán los que creen que va en interés mutuo seguir en esa unión. Y, la verdad, no creo que al final a todos les interese irse”.

¿Será mortal la UE, como en su día lo fueron el sacro imperio romano germánico o el imperio austrohúngaro, al que en buena parte sustituyó? “Europa se ha muerto ya varias veces. Puede morir de nuevo si seguimos siendo europeos perezosos, si creemos que no hemos de hacer nada más que dejarnos llevar por la historia para existir. Nada está grabado por siempre en mármol”, afirma el filósofo Bernard-Henry Lévy en Le Monde. El riesgo más real de la Unión es convertirse en “un muerto viviente”, opina en cambio Daniel Cohn-Bendit. Caer en la insignificancia, cuando se está llamado a ser tan relevante, no deja de ser una forma de fenecer.

“Con Europa sumida en semejante desbarajuste económico, Alemania al alza y Rusia volviendo a su normalidad autocrática y militarista, sería tentador predecir que Europa va a volverá a descubrir sus demonios y volver a la desunión”, afirma Kaplan en su último libro (In Europe’s Shadow), que concluye que el continente se reinventará: “Para garantizar un siglo mejor que el pasado, algún tipo de Unión Europea será necesaria”. En su última visita a una Europa desunida y desbordada por la crisis de refugiados, añadió: “La UE va a tener que cambiar y esforzarse mucho si quiere sobrevivir y prosperar”.

 

La UE, de entrada no

Todos los referendos sobre la Unión Europea convocados en los últimos once años, salvo la segunda vuelta de uno, se han saldado con un rotundo no, una trayectoria que hace temer por la consulta que el Reino Unido celebrará el próximo 23 de junio. El rechazo más fuerte hasta la fecha vino de franceses y holandeses en el 2005, contra la Constitución europea, un golpe desde el cual el club no ha vuelto a encontrar el norte. En el 2008, Irlanda dijo no al sustituto de la Carta Magna europea, el tratado de Lisboa; lo repitieron y, entonces sí, ganó el yes. El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, recurrió el año pasado a un referéndum para evidenciar el rechazo de sus ciudadanos a las medidas de ajuste que le pedía la troika; a pesar de las amenazas, ganó el no a la UE. En diciembre del 2015, los daneses rechazaron participar en más medidas europeas sobre justicia y asilo. Y en abril, por si eran pocos los problemas que la UE tiene ante sí, Holanda rechazó en las urnas la ratificación del acuerdo de asociación con Ucrania; votó sólo el 32% del censo, pero el proceso requiere unanimidad y está paralizado mientras La Haya resuelve cómo proceder. El éxito diplomático del Reino Unido, que obtuvo importantes contrapartidas por el temor a que gane el no en el referéndum, ha dado ideas a otros, que sopesan recurrir también a los referendos, o su mera amenaza, como arma de negociación (o de chantaje). El líder húngaro Viktor Orbán planea un referéndum sobre las cuotas europeas de refugiados, a las que su Gobierno se opone. Y en Holanda una plataforma ciudadana está recogiendo firmas para tratar de frenar el potencial acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos. Vista la oposición de buena parte de la opinión pública alemana y francesa, las perspectivas de que algún día llegue a realizarse son escasas. Con Donald Trump en la Casa Blanca, serían directamente nulas.