Los mundos de Cervantes y de Shakespeare

Vidas paralelas que nunca se tocaron y, sin embargo, el Manco de Lepanto y el Bardo de Avon están unidos por su huella literaria, por la fecha de su muerte –separados por un día y dos calendarios– y por los paisajes que ambos recrean en sus obras: Cervantes lo hizo como testigo directo, y Shakespeare, con su imaginación.

Retrato de Cervantes de Juan de Jáuregui y Aguilar; y retrato de Shakespeare pintado alrededor de 1610

Las azarosas aventuras de Cervantes...

La vida de Miguel de Cervantes fue casi tan azarosa y novelesca como las creaciones que brotaron de su pluma, circunstancia que le permitió ambientar con conocimiento de causa los escenarios de sus obras. Se podría decir que coincidió en Italia con Shakespeare sobre el papel, pero mientras el dramaturgo inglés sólo la visitó en compañía de las musas, el autor de la primera novela moderna la recorrió al servicio del cardenal Giulio Acquaviva. Cervantes hace referencia en una de sus Novelas ejemplares, El licenciado Vidriera. En la obra destaca Génova, ciudad a la que llegan sus protagonistas y donde hacen poco más que probar todos los vinos italianos. Poco podía sospechar el autor que el centro histórico sería siglos más tarde patrimonio de la humanidad. Cuando la pisó Cervantes, la hoy Via Garibaldi proyectada por Galeazzo Alessi era un buen ejemplo de barrio mercantil del siglo XVI; hoy concentra sus pinacotecas en los palacios Rosso, Bianco y Spinola, antiguas residencias de las grandes familias. Pero Génova es, sobre todo, la señora del mar –como dijo Petrarca–, de manera que no hay que perderse su extensa fachada marítima, remodelada por Renzo Piano, donde conviven un acuario y un centro de convenciones con las tabernas más concurridas.

El otro amor italiano del Manco de Lepanto fue Roma, donde vivió dos años. En El licenciado Vidriera la evoca a través de los muchos puentes que cruzan el Tíber –si bien no colgó ningún candado en el Ponte Milvio, como hacen ahora tantos turistas, hasta el punto de hacerlo peligrar por el peso–. Lo que no pudo hacer Cervantes es disfrutar del espectáculo de luz y sonido en los foros de Augusto y de César, una proyección sobre las ruinas que recrea el aspecto que tuvieron. La experiencia tuvo tanto éxito el año pasado que vuelve entre el 25 de abril y el 1 de noviembre de este.

Cervantes viajó a Italia al servicio de un cardenal, luego pasó un tiempo en Argel, pero no por gusto, sino cautivo

Tras su etapa italiana, Cervantes pasó un tiempo en Argel, pero no por gusto, sino como cautivo. De aquella estancia nacieron cuatro obras de teatro: Los baños de Argel, Los tratos de Argel, La gran sultana y El gallardo español, donde el autor denunciaba la situación de los soldados españoles que acababan en el país magrebí. El contexto actual de Argelia tampoco es como para plantearse una visita turística, pero quien se encuentre en situación de viajar hasta allí comprobará la fascinación de la kasba del siglo XVII, de la zona portuaria que tanto recuerda a Marsella y la excelencia de los platos servidos en el barrio de Draria, donde en el libro de visitas de uno de los restaurantes más renombrados comparten página don Juan Carlos I y un conocido etarra.

Pero está claro que los escenarios principales de la obra de Cervantes son los de Castilla-La Mancha y en particular las provincias de Toledo y Ciudad Real, que no sólo aparecen en El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, sino también en La Galatea y varias de sus Novelas ejemplares. Para muchos, la ruta cervantina arranca en El Toboso –por Dulcinea–, cuya parte antigua concentra un conjunto de bellas casonas castellanas, además de un convento de clarisas de estilo herreriano donde venden unos dulces llamados pelusas. De ahí, directos a Campo de Criptana para ver los molinos con los que luchó Quijano. Se conservan diez de estos gigantes, restaurados gracias a la contribución de particulares y asociaciones, como el consagrado a Sara Montiel, que funciona como tienda de vinos. El Barrio Alto de la población llega hasta los pies de los molinos y se lo conoce como el Albaicín de Criptana por sus muchas callejuelas laberínticas, escaleras y casas excavadas en cuevas. A pesar de la fama de Criptana, resulta más evocador el conjunto de molinos de Consuegra, alineados de forma escenográfica en lo alto de una colina, junto a un castillo de la orden de San Juan, la misma que tuvo una fuerte presencia en Alcázar de San Juan. De fundación romana y nombre árabe, este es un importante centro vinícola que atesora una inesperada colección de casas modernistas, visibles en la plaza de España, en la calle Santa Quiteria o en la avenida Cervera. El contrapunto natural lo ponen las lagunas de Ruidera y la cueva de Montesinos, escenarios de los momentos más surrealistas de El Quijote. La carretera que bordea los espejos de agua permite observar las aves a lo largo de 15 kilómetros e incluso tomar un baño. De este modo se llega hasta Argamasilla de Alba y Villanueva de los Infantes, aspirantes a que las reconozcan como el famoso “lugar de La Mancha”.

 

 

...y los viajes imaginarios de Shakespeare

Poco se sabe de la vida del gran renovador del teatro europeo, si bien hay un dato cierto: toda transcurrió entre la paz bucólica de Strattford-upon-Avon y el desordenado ambiente teatral de Londres. El sedentarismo del Bardo de Avon contrasta con los muchos lugares que ambientan su producción dramática, hasta el punto de que en su testamento teatral, La tempestad, la acción transcurre en una isla desconocida a la que arriba un náufrago; muchos han visto en la peripecia el reflejo de los viajes al Nuevo Mundo iniciados en época de Isabel I. Las primeras obras de Shakespeare ya miraban mas allá del Reino Unido, ambientadas en la antigüedad clásica como Tito Andrónico o Julio César. Verona es el escenario de Romeo y Julieta, pero también de algunas de sus comedias. Esta ciudad alberga el anfiteatro Arena, uno de los mayores y mejor conservados, que en verano acoge representaciones de ópera, en competición con el teatro romano, situado tras cruzar el puente de piedra sobre el río Adigio. Otros restos son menos evidentes, como pasa en la Piazza delle Erbe, que mantiene la planta del foro donde aún hoy se monta el mercado de verduras. Pero el monumento más visitado es, sin duda, la Casa de Julieta en Via Capello; aunque nunca la habitó Julieta alguna, todos se fotografían en el balcón que da a la plaza y dejan mensajes de amor en las grietas de la fachada. Muy distinta es la visita al castillo de Kronborg, cerca de Elsinor (Dinamarca), puesto que allí acontece Hamlet, donde el fantasma del rey pide a su hijo que vengue su asesinato. El castillo renacentista más grande del norte de Europa controlaba en el siglo XVI el paso de Øresund, entre Dinamarca y Suecia, aprovechando para cobrar aranceles. Lo irónico es que en la actualidad los suecos cruzan con entusiasmo el estrecho para abastecerse de alcohol, ya que los impuestos que lo gravan son mucho más bajos, y la permisividad danesa, más alta. No todos los países nórdicos son iguales. Por eso se dice que en las casamatas de Kronborg duerme el héroe Holger Danske, quien despertará el día que Dinamarca corra peligro. Hasta la fecha, sigue roncando.

En las grietas de la fachada de la Casa de Julieta en Verona los visitantes dejan mensajes de amor

Más allá de veleidades europeístas, la mayor parte de la producción de Shakespeare tiene por escenario Gran Bretaña. Sus tensos dramas históricos, que repasan uno por uno todos los reyes ingleses desde Eduardo III hasta Enrique VIII, son buenos ejemplos. De entre todos destaca Vida y muerte del rey Ricardo III, la pieza más larga que compuso, después de Hamlet. La guerra de las Dos Rosas, entre las casas de York y de Lancaster, es el telón de fondo. La frase más repetida en los castings de las escuelas de actores de Inglaterra es la del inicio de la obra: “Ahora el invierno de nuestro descontento se vuelve verano con este sol de York”. Sin embargo, llueve bastante en Leicester, la capital de las East Midlands, ­donde se encuentra enterrado Ricardo III. La ciudad, con sus edificios victorianos y eduardianos, es una de las más antiguas del país y una de las más diversas étnicamente. No sorprende por nada en particular, pero gusta en conjunto. Los fans de William pagarán tributo al desdichado rey de la obra visitando la catedral, anteriormente iglesia de St. Martin, así como el King Richard the Third Visitor Center, exploración interactiva de la vida y la época del último Plantagenet. Y todo ello, antes de dirigirse hacia el norte, para seguir el rastro de otra de las historias más populares de Shakespeare: Macbeth. Escocia pone el paisaje dramático adecuado a esta tragedia llena traición y codicia desmedida. Y en concreto lo hace con los castillos de Glamis y Cawdor, uno cercano a Edimburgo y el otro a Inverness. El primero está muy relacionado con la actual familia real británica, ya que fue la residencia de soltera de Isabel, futura esposa de Jorge VI. Construido en el XV y remodelado docenas de veces, es famoso por el Duncan’s Hall, lugar donde Macbeth asesinó al rey Duncan, si bien el famoso dramaturgo decidió situar la acción en otra fortaleza, la de Cawdor. Así tendremos la excusa para visitar tanto los rascacielos medievales de la Royal Mile de Edimburgo como los grises muros de Inverness, que espejean con la lluvia. En cuanto a Cawdor en sí, se encuentra en medio de un gran parque de gusto muy británico. Dentro, en una mazmorra, hay un acebo alrededor del cual se edificó el castillo; el pobre murió por falta de luz en 1372. En cualquier caso, Shakespeare nunca estuvo allí, tampoco lo hizo en España. No obstante, de algún modo conoció a Cervantes, puesto que llegó a escribir una comedia llamada Cardenio inspirada en un episodio de El Quijote. Por desgracia, el manuscrito desapareció en un incendio: nunca sabremos las localizaciones que William eligió para la trama.