Los números de la brecha de género

El discurso feminista es imparable y está cambiando España incluso en un contexto de reacción tóxica del patriarcado y la ultraderecha. Con todo,El discurso feminista es imparable y está cambiando España incluso en un contexto de reacción tóxica del patriarcado y la ultraderecha. Con todo, las cifras del sexismo en el trabajo, en el hogar y en las cúpulas de poder público y privado, reflejan un panorama que apenas cambia. Las conciencias se mueven, la realidad se resiste.a. Las conciencias se mueven, la realidad se resiste

En capítulos anteriores, este suplemento ha analizado el declive y la obsolescencia programada del macho tóxico; la larga carrera de la mujer hacia la equiparación a todos los niveles o la robotización de la economía que ya ha enterrado cientos de oficios “sólo para hombres”. En la última entrega incluso trazó cuáles podrían ser los rasgos de la masculinidad del futuro a partir de los adolescentes de hoy en día. Entre el modelo caduco de un hombre autoritario postindustrial y desubicado que se resiste a desaparecer y el mañana de un perfil aún borroso al que aún le faltan unos años por despuntar, queda un presente en el que el camino hacia la igualdad que ansía no sólo la mujer, sino buena parte de la sociedad, se puede hacer muy largo.

Los deseos de un país más justo e igualitario flotan en el ambiente, pero las cifras hablan de otra cosa, de una realidad en la que las mujeres españolas están en clarísima desventaja en prácticamente todos los aspectos de la vida profesional y personal. Es cierto que una poderosa serie de campañas, denuncias, discursos y manifestaciones han propulsado al movimiento feminista en un país donde, sin embargo, la realidad, las tendencias son menos entusiastas que sus lemas y reivindicaciones y donde ha surgido una reacción del patriarcado, y no sólo del de extrema derecha, que ve peligrar su status quo milenario. El debate está sobre la mesa, los avances no tanto. El cambio se intuye, está brotando, pero aún le falta impulso y éste, asumen todos los expertos, no enraizará por una mera cuestión de tiempo.

En casi todos los indicadores, la presencia de la mujer en los órganos de poder retrocede o avanza poco, y su trabajo no pagado, el doble del hombre, no disminuye

“Hemos progresado a nivel social y respecto a las actitudes de las personas para alcanzar la igualdad, pero en la práctica tanto las empresas y el sector privado como los organismos públicos van por detrás. Los ideales sociales se tienen que corresponder con unas políticas adecuadas”, resume Marta Seiz, doctora en Ciencias Políticas y Sociales e investigadora en la UNED, especialista en conciliación y familia.

Se mire por donde se mire, sea el aspecto que sea, las cifras de la desigualdad en España están a la orden del día y en muchos casos no parecen remitir. En ocasiones, la desigualdad se mide en ausencia de mujeres, en otros casos, en su falta de presencia en las esferas de poder aun cuando son amplia mayoría en ese sector concreto. Sea en los puestos directivos de las empresas (el primer caso) o en el ámbito universitario y de la justicia (el segundo), en la industria y, sobre todo, en el hogar, donde la idea de conciliación se ve como una trampa y el ideal más equitativo de corresponsabilidad de tareas más que flaquear, aún balbucea.

En las aulas de estudios superiores y según un estudio reciente de la Fundación Conocimiento y Desarrollo, las universitarias españolas aprueban el 84% de los créditos (74% los alumnos), representan el 60% del total de graduados, el 54% del alumnado, pero los porcentajes bajan en picado cuando los puestos son de mayor responsabilidad: el 40,9% son profesoras, el 20,9% catedráticas y sólo un 14% ejercen de rectoras. Fuera de la universidad, el 93% de las directoras de colegios infantiles son mujeres, en los de primaria el porcentaje baja al 61% y en los institutos no alcanza el 40% (36,4%).

En el terreno judicial, las mujeres (que no tuvieron acceso a esta profesión hasta 1966) son amplia mayoría entre jueces y magistrados (53%), pero su representación en la cúpula de los principales órganos es mucho menor (27%). En algunos de ellos, no hay ninguna, como es el caso de la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo. En el Constitucional la proporción es de 10 hombres y dos mujeres, exactamente la misma que desde el año 2001. Como en la realidad universitaria, y aún siendo importantes, en los organismos inferiores en el escalafón de la carrera judicial, como el Consejo General del Poder Judicial (43%) o la Audiencia Nacional (39%), la presencia femenina aumenta hasta porcentajes casi equivalentes a la paridad. En cambio, en los órganos inferiores el porcentaje de mujeres juez y magistradas, en los juzgados de primera instancia, de instrucción o de lo social, rozan o superan el 60%.

Las cifras que se disparan son las negativas: el 2017 marcó un récord en lo que a denuncias de violencia machista se refiere: 166.620, 19 cada hora durante los 365 días del año

Justo hace un año, la escritora Nuria Varela, autora de Feminismo para principiantes (Ediciones B), ya convertido en manual, analizaba para Magazine la eclosión feminista heredera de los #MeToo, #TimesUp y #Yosítecreo y, con un punto pesimista, expresaba opiniones  que con el paso de los meses se convirtieron en premoniciones que se han cumplido. Dijo entonces: “Vivimos un momento de falsa igualdad, porque la brecha entre la igualdad formal y la real está aumentando. El patriarcado no sólo goza de buena salud sino que sigue ostentando el poder, el 100% del poder religioso y militar, el 95% del económico, el 70% del político…”. Y concluía: “Tanto el abuso del patriarcado como la reacción feminista se están tensando”.    

Un año después, la autora reconoce avances en la lucha feminista, pero si el año pasado era crítica, esta vez parece serlo más. “En el último año se ha hablado mucho de feminismo, pero no de patriarcado. Una parte importante de la sociedad sí habla, pero hay muchos medios ciegos o reacios a ello. Hablar de feminismo no cambia las cosas, ni contrarresta la desigualdad. Seguimos donde estábamos”, sentencia.

En realidad en los últimos meses, y en vez de seguir avanzando, el feminismo ha tenido que rebatir datos en mano, los ataques de sectores de la extrema derecha y del patriarcado que ve peligrar el statu quo. “Esa reacción patriarcal profunda ya nos la esperábamos, sucede así desde hace tres siglos. Han cambiado cosas, pero no ciertos discursos”, apunta Varela que analiza el actual ambiente político: “La reacción contra el feminismo –agrega– va mucho más allá del discurso de Vox, que es verbalmente violento, muy descalificador y que provoca un efecto altavoz, efecto del que no disfruta el feminismo. Ese discurso nos obliga –insiste– a gastar tiempo en rebatir mentiras, en vez de construir. Cualquiera puede mentir y no es inteligente entrar a debatir ciertas afirmaciones cuando la realidad de la violencia de género es obvia. La violencia existe, la desigualdad existe…”.

Desde el 2003 ha habido 984 mujeres en España asesinados por sus maridos o parejas (desde el 2013 se contabilizan 206 huérfanos). Son muchas más que las víctimas de ETA (cerca de 860, hay recuentos divergentes) o más de mitad que las víctimas civiles del IRA (1.800). Por primera vez en la historia, la lacra de la violencia de género se ha aupado al podio de los problemas más acuciantes de los españoles. En la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de este mes de enero, la violencia contra la mujer se ha convertido, según un 7% de los encuestados, en uno de los tres principales problemas del país. Desde el año 2000, que se pregunta sobre la violencia machista, el porcentaje más alto al respecto había sido del 4,5% en el 2001.

“Hemos progresado a nivel social, pero tanto las empresas como los organismos públicos van por detrás. Los ideales sociales tienen que conllevar unas políticas adecuadas”, propone la sociólogaMarta Seiz

Con datos del Consejo General del Poder Judicial, en España y en el 2017, se contabilizaron 166.620 denuncias por violencia de género, 24.000 más que en el 2016 (142.893) y más de 30.000 más que en el 2009, primer año de crisis económica plena. Hasta la fecha, el 2017 es el año con más denuncias a la espera del recuento final del 2018, año en que en el tercer trimestre del año, con 126.128 reclamaciones legales, iba a ritmo de récord. Hay que señalar que, según los expertos, las cifras representarían sólo un 30% de los casos reales. De todas las denuncias presentadas, entre un 0,01% y un 0,001% (dependiendo del año) resultaron ser falsas, datos que Vox había puesto en duda.

“Lo de Vox es vergonzante, pero las reacciones no sólo son de ese partido, también son de empresarios reacios a los cambios. Ahora con tanta alarma, no estamos educando en la igualdad y necesitamos caminar hacia los cambios estructurales”, cuenta Varela.

Esos cambios pasan en buena parte por el trabajo y por el hogar, los dos campos de batalla donde la mujer, generalmente, siempre pierde. En el primero, porque es víctima de la brecha salarial, a igual trabajo que un hombre menos paga. En el segundo, porque es donde trabaja mucho más que el hombre… sin cobrar nada. Con los últimos datos completos del INE, referentes al 2016, y viendo el salario más frecuente, la mujer gana un 23% menos que el hombre a igual trabajo. En el mejor de los casos, en el apartado de contratos a tiempo parcial, ellas sólo cobran un 6,6% menos.

La diferencia de salarios entre mujeres y varones no se origina necesariamente en el sueldo base, porque a mismo trabajo debe aplicarse un mismo sueldo. Lo contrario sería claramentee discriminatorio. Es a la hora de aplicar complementos personales, o de revisar los salarios al alza, donde pueden empezar a verse mayores diferencias que se originen en penalizaciones derivadas de una mayor dedicación femenina a la crianza, el haberse acogido a ciertas medidas de conciliación...”, explica. Según el INE, si la jornada laboral semanal de un varón ronda las 42 horas y la de las mujer las 39, la situación es radicalmente opuesta cuando se trata de trabajo no remunerado. A la semana, ellas trabajan más de 25 horas sin cobrar, ellos no llegan a las 14. Como trabajo no remunerado se incluyen los cuidados y educación de los hijos, cocinar y realizar tareas domesticas, cuidados a los mayores… En los últimos meses, varios equipos de sociólogos han constatado que las mujeres que trabajan y tienen una categoría profesional similar a la de la pareja han dejado de hacer tareas del hogar, cocinan más fácil, limpian menos o no tan a fondo.

Con todo, la brecha doméstica aún es insalvable.

Por si había dudas, las madres con hijos suman más horas de trabajo no remunerado hasta el punto que ante la falta de ayudas familiares, que se centran en las numerosas (tres o más hijos), el índice de natalidad sigue muy bajo. Marta Seiz ha investigado sobre eso. También colegas de otros países que han concluido que, en Estados Unidos por ejemplo, el peaje salarial que pagan las madres es de un 4% menos en la nómina por cada hijo. En otro estudio sobre el impacto de la maternidad en Alemania, publicado en el 2017, concluye que las madres acumulan menos ingresos que otras mujeres sin niños. En cambio, hombres de las misma características sociales y de edad muestran unos ingresos superiores tengan hijos o no.

“En el último año se habló de feminismo y no de patriarcado, pero hablar no contrarresta la desigualdad. Seguimos donde estábamos”, analiza la escritora Nuria Varela

La doctora Seiz matiza que “se va avanzando hacia la corresponsabilidad en el hogar y el trabajo no remunerado, pero aún queda mucho trabajo por hacer para alcanzar un reparto de responsabilidades verdaderamente equilibrado , sobre todo en el ámbito de la crianza de los hijo”. A su juicio, y al de muchas voces que defienden la igualdad, el término conciliación debería replantearse. “Los debates sobre conciliación deben avanzar y dejar de estar orientados fundamentalmente hacia las mujeres para pasar a centrarse en la corresponsabilidad”.

¿Qué hay que hacer para caminar hacia la corresponsabilidad? Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional y estudioso de la vieja y la nueva masculinidad, sugiere que ir a las aulas, a la base, a cambiar mentalidades. Algo que comparte Núria Varela, que subraya la necesidad de dar más fondos a las políticas sociales. Marta Seiz también pone el acento en las políticas públicas. “Estas son clave –apunta la socióloga– para disminuir la brecha salarial, mantener las carreras profesionales y la independencia económica de la mujer, elevar las cifras de fecundidad, rebajar el riesgo de pobreza. Estamos muy por detrás de los países escandinavos o de Francia. El permiso de maternidad de 16 semanas es insuficiente”, espeta.

A partir de sus estudios recientes, la investigadora de la UNED también señala las disfuncionalidades del sector privado que “castiga”, en distinta intensidad, a hombres y ­mujeres. “A ellas se las penaliza por ­optar por la reducción de jornada, por si se cogen una excedencia, por si  se quedan embarazadas. Pero a ellos, las empresas los penalizan más si se piden algún permiso porque se supone que los hombres son los perpetuos disponibles para trabajar y ­hacer muchas horas”. En ese sentido, aún existe una cultura laboral en la que está bien visto echar muchas horas y hacerlo presen­cialmente, es decir el modelo japonés, que no menos horas y más aprovechadas. “Hace falta un cambio cultural y de concienciación que propiciará que los trabajadores sean más felices y productivos”, constata Marta Seiz, que señala como un avance “los permisos de paternidad intransferibles de un mes”.

Durante años, el progreso profesional de la mujer se medía con el número de altas ejecutivas en empresas importantes. Ahora ese indicador está en cuarentena porque las cifras se han estancado. El reciente estudio Women in Business de Grant Thornton (octubre del 2018) constata que el porcentaje de directivas en las empresas españolas ni avanza ni retrocede y se estanca en el 27%. Desde el 2011 la proporción apenas ha aumentado en un 5%. De ello se podría concluir que, una vez roto el techo de cristal de los altos ejecutivos, las empresas se conforman con tener un porcentaje mínimo de mujeres en sus puestos decisorios.

¿Alguna noticia positiva?

Octavio Salazar, que acaba de publicar  #WETOO, tu lucha mi lucha. Brújula para jóvenes feministas (Planeta) apunta tras su experiencia visitando aulas que “hay un relevo generacional: una juventud, especialmente las chicas, que están muy comprometidas, y que ya no aguantan más de dos tonterías de los chicos. Estos, por el contrario, están muy desubicados. Y el futuro está ahí: los chicos pueden perderse una oportunidad fantástica para cambiar su masculinidad”, apunta. Nuria Varela incide en esa línea: “¿Cómo se cambia la situación? No defendiéndonos ni con discursos, sino entrando en las aulas, el lugar donde se decide qué es lo importante y qué no”.

“Hay amenazas del discurso reaccionario, pero el feminismo  es una ola que pasará por encima de un patriarcado  sin argumentos”, vaticina el catedrático Octavio Salazar

Salazar muestra una visión más esperanzadora: “Vivimos en un momento ambivalente ante las muchas amenazas de un discurso reaccionario, pero se ha normalizado hablar de feminismo, hasta en los bares, se ha convertido en algo positivo, pero no sólo es una ola mediática, sino que sirve para hacer pedagogía. Una ola –insiste– que el hombre tóxico  está viendo acercarse y le va a pasar por encima, porque se está quedando sin argumentos. El machismo se desacredita pronto, en las redes, sus reacciones son insultos. No argumentos”.

El catedrático sostiene que en estos momentos “no hay otro movimiento político y social tan fuerte y amplio como es el feminismo” y que “las respuestas reaccionarias demuestran que el feminismo lo está haciendo bien y está evidenciando la pérdida de privilegios del patriarcado. Hay algunos hombres que están enfadados y reaccionan porque las feministas están poniendo los puntos sobre las íes después de que las mujeres hayan estado ocultas y silenciadas  durante siglos”, concluye.

En esa línea, Nuria Varela acaba sus reflexiones como las empezó, con un deje pesimista. “Hay que ser críticos. Por ejemplo, en Andalucía no había habido demasiado avance en políticas de igualdad, pero lo que vemos ahora es una reacción patriarcal porque la ultraderecha, que se basa en la sumisión, sabe que quien más cuestiona la situación es el feminismo. Pero si se ha puesto en duda hasta la ley del aborto. Es una pesadilla. No nos atacan a nosotras, sino a un modelo de convivencia”.

“Hay que aprobar medidas –concluye la socióloga Marta Seiz– de conciliación a las que puedan acogerse tanto hombres como mujeres, a la vez que acotar el desfase que hay entre horarios laborales y escolares”.
Es muy probable que con una buena financiación de los organismos públicos (para ello se necesitan unos presupuestos, que no habrá de momento, a la espera de las elecciones generales del 28 de abril), un cambio de chip de algunos sectores empresariales y una nueva cultura feminista que emane de los hombres, la igualdad, ahora mismo una quimera, los número cantan, no esté tan lejos como predicen los expertos, allá por el 2190.

¿Igualdad o libertad?

El movimiento feminista en España se va fortaleciendo y ramificando. En las últimas fechas se han publicado libros y trabajos que enriquecen el diálogo y aportaciones desde puntos de vista menos habituales. Durante meses se ha establecido un mantra, el del no es no, a raíz de casos como los de La Manada o de casos posteriores de violaciones grupales. La escritora estadounidense afincada en Catalunya Shaina Joy Machlus le ha dado un giro total a ese concepto y ha publicado La palabra más sexy es sí. Una guía de consentimiento sexual (Vergara) en la que plantea el poder del sí es sí desde una perspectiva que se aleja del binarismo hombre-mujer, que redunda en el diálogo sexual y que rompe esquemas tradicionales. “El no es no pone la responsabilidad en la víctima, tiene pinta de patriarcado, no soluciona el problema, facilita la violencia. El sí es sí se basa en el acuerdo, en la posibilidad de empezar una conversación”, cuenta la autora. Machlus pone sobre la mesa otro debate, auspiciado entre otros organismos internacionales, por la ONU y habitual en el mundo LGBTI, en el que el concepto de igualdad se sustituye por el de libertad. “Yo prefiero reivindicar la libertad en vez de la igualdad, un término que no uso en mi libro, una libertad que vaya más allá de un modelo de personas blancas, heterosexuales…”.

En una línea paralela, Desirée Bela-Lobedde, publicó a finales de año Ser mujer negra en España (Plan B), una suerte de autobiografía en la que relata como el racismo y el machismo se enroscan entre sí contra las mujeres como ella.  “Racismo y machismo van de la mano, tal vez hay más racismo en el sentido que el feminismo está siendo más debatido. Al final, aunque haya activistas que nos acusen de dividir el feminismo, éste es un movimiento de todas. El objetivo es ampliar la base y aceptar a los diferentes dentro de los diferentes”, apunta la autora catalana. “Detecto que el libro es necesario en tanto que la gente negra se ve reflejada y la blanca dice que aprende desde nuevas perspectivas menos normativas”.