Los placeres estivales

El escritor, editor y traductor zamorano José C. Vales, que ganó el premio Nadal con una novela sobre la investigación de un crimen en el Biarritz de los años veinte, reconstruye para Magazine la invención del turismo junto al mar durante la belle époque.

En Inglaterra, a mediados del siglo XVIII, el debate consistía en decidir si las aguas de los balnearios (como Bath, por ejemplo) eran más o menos saludables que las aguas marinas. Frente al balneario tradicional, los ayuntamientos costeros aseguraban que sus aguas eran infalibles contra la apoplejía, la melancolía o la flatulencia. 
El doctor Richard Russell, llamado “el inventor del mar”, recomendaba beber y bañarse en las aguas cercanas a un pueblo llamado Brighthelmston. Tras instalar allí su afamada consulta, el pueblo creció hasta convertirse en el actual Brighton.

La reina María Cristina bajaba a la caseta de baños de la Concha donostiarra a las diez de la mañana. ¡Bañarse por la tarde era cosa de pobres!

La inmersión en el mar se consideraba en Biarritz (Francia) un asunto peligroso: el baño de pies y pantorrillas era lo más común

A finales del siglo XIX el Grand Hôtel de Biarritz ofrecía cenas de 20 platos, más vinos, champán y café

Otro personaje estrafalario, Tobias Smollett, escritor mediano y médico sospechoso, obsesionado con la suciedad, las enfermedades y los olores nauseabundos, abrió despacho en la pequeña población de Niza, junto al Mediterráneo, y solía adentrarse en el salutífero mar ante la mirada atónita de les niçois.

Pero aún tuvo que transcurrir un siglo y medio antes de que la mentalidad occidental comenzara a superar el tradicional pavor que inspiraba el mar entre la población común: hasta el siglo XX, el océano sólo era un abismo peligroso y temible.

La salud fue, por tanto, el primer objetivo de las ciudades balnearias costeras. A cambio de la salud, naturalmente, estas poblaciones obtuvieron ciertos beneficios económicos: así surgieron los destinos vacacionales a finales del siglo XIX y principios del XX. Además, los visitantes –con sus dolencias reales o fingidas– precisaban entretenimientos y distracciones, así que hubo que construir casinos y restaurantes, y organizar actividades deportivas, bailes y fiestas. Con las preceptivas restricciones morales e indumentarias, fueron los victorianos quienes inventaron los entretenimientos veraniegos.

San Sebastián y Biarritz: la belle époque cantábrica. Fue precisamente una recomendación médica la que marcó para siempre el futuro de Donostia. En 1845, los doctores aconsejaron a Isabel II que tomara baños de agua de mar para curar cierto herpes, y señalaron en el mapa la ciudad de San Sebastián. Años después, las visitas de Alfonso XII y María Cristina decidieron el destino turístico de la ciudad. La playa de la Concha ostenta el título de Real desde 1887.

La presencia continuada de monarcas y cortesanos en la ciudad guipuzcoana determinó también su diseño urbanístico. Por aquel entonces comenzaron a construirse los grandes hoteles (el María Cristina) el teatro Victoria Eugenia, el balneario, el paseo Nuevo, el hipódromo, etcétera. El centro de la actividad estival era, naturalmente, el Gran Casino (desde 1887), donde se reunía la flor y nata de la diplomacia y la nobleza europea en los alegres años de la belle époque y durante la Primera Guerra Mundial.

Aparte de los paseos por Miraconcha, los conciertos en la terraza del casino o el teatro, la gran atracción popular era “tomar las aguas”, y desde muy pronto comenzaron las trifulcas y los escándalos a cuenta de los trajes de baño: los novedosos une-pièce provocaban el sonrojo de los donostiarras más estrictos. Aunque poco a poco se fueron relajando las costumbres playeras, a finales del siglo XIX las zonas de baño aún estaban separadas; los bañistas más elegantes se cambiaban en unos carromatos que, posteriormente, se trasladaban hasta el agua para que pudieran remojarse sin tener que pasear sus anatomías por la arena.

San Sebastián y la cercana Biarritz acogieron a buena parte de los turistas de los años veinte. Biarritz, como la capital guipuzcoana, había adquirido su fama vacacional gracias a la monarquía: a mediados del XIX, Napoleón III construyó para su esposa, la granadina María Eugenia de Montijo, un palacio imperial frente a la Grande Plage (hoy, el lujosísimo Hôtel du Palais).  Desde luego, no tardaron en aparecer los establecimientos balnearios, las villas y el inexcusable casino. Biarritz decayó durante la Gran Guerra, pero cuando esta acabó, procuró recuperar sus antiguos esplendores: con tres playas y una selecta clientela (sobre todo, britá­nica y rusa, pero también española), la ciudad volvió a brillar y a deslumbrar con su oferta festiva y deportiva. 

En las playas, los precavidos y tímidos “baños de pies” eran la actividad más común; pero la década de los alegres años veinte promovió actividades más estrafalarias, como los escandalosos bains de soleil, los saltos de los plongeurs o la natación, con aquellos atrevidos trajes de baño, sólo aptos para las cocottes más desvergonzadas.

Las alegrías atlánticas: Brighton y Deauville. También Brighton adquirió su fama como destino vacacional en los años veinte gracias a la realeza. Jorge IV, siendo aún príncipe de Gales, visitó esta ciudad costera del sur de Inglaterra a finales del siglo XVIII y encargó la construcción de una suntuosa residencia estival. Tras sucesivas ampliaciones, aquel capricho arquitectónico se convirtió en el Royal Pavillion de Brighton, un simulacro del arte indo-islámico que servíría para recordar la fortaleza imperial y se ajustaba a los gustos exóticos de la regencia.

Aunque a la reina Victoria le desagradaba la ostentación del Royal Pavillion, el destino turístico de Brighton estaba ya marcado, sobre todo por la popularidad de la vía férrea que unía Londres y esta localidad.

El Royal Pavillion de Brighton y su espectacular Dome se convirtieron en hospital de soldados indios durante la Primera Guerra Mundial

En el salón Real del hotel Negresco de Niza, de su espléndida cúpula-vidriera desciende una lámpara de 16.300 cristales Baccarat

Las pedregosas playas de Brighton y el dudoso clima estival no impidieron la construcción de suntuosos hoteles, terrazas de estilo regencia, un acuario, el maravilloso tren turístico eléctrico (de 1883 y aún en funcionamiento) y los famosos piers del sur de Inglaterra.

Los pleasure piers eran grandes estructuras, a modo de muelles, que se adentraban en el mar y que originariamente fueron verdaderos amarraderos náuticos; su función fue transformándose a lo largo del siglo XIX, al tiempo que se instalaban sobre ellos divertimentos y atracciones. Del antiguo Chain Pier (1823) y del West Pier (1866), que fue lugar de asueto victoriano, apenas quedan hoy sus esqueléticos restos. El actual Brighton Marine Palace and Pier abrió sus puertas en 1899, acogiendo numerosas actividades recreativas, restaurantes, casino, teatro, etcétera, para solaz de la alegre sociedad eduardiana. Al otro lado del canal se encuentra Deauville. Como ocurrió con Brighton, la presencia nobiliaria y el ferrocarril contribuyeron de manera decisiva al éxito de la villa costera (a finales del siglo XIX sólo se tardaban seis horas desde París hasta Deauville). En realidad, Deauville fue un capricho empresarial: la suntuosa Villa Eugenia que Napoleón III hizo construir en Biarritz despertó los celos de los habitantes de Trouville-sur-Mer, que decidieron acometer un ambicioso plan urbanístico para atraer a la acaudalada burguesía de París.

Trouville-sur-Mer era conocida desde antaño como destino balneario, pero el duque de Morny se empeñó en adquirir los arenales y terrenos pantanosos del otro lado del río Touques para fundar allí un gran centro turístico estival. Trouville se mantendría como la station balnéaire y la nueva Deauville se convertiría en la ville des plaisirs.

Aunque no se puede afirmar que el clima del canal y de Normandía favoreciera las actividades estivales, el empeño de la société deauvillaise consiguió que, a principios de la belle époque, la ciudad contara ya con una elegante casa de juegos, un Grand Hôtel y varios establecimientos de lujo, como el club de tenis, el hipódromo, la marina deportiva, los cafés, los grandes magasins o algunas exclusivas boutiques (como la de la modernísima Coco Chanel). 

Bajo las inconfundibles sombrillas y casetas de Deauville o desde la promenade (las celebérrimas Planches), la sociedad alegre y vital de los años veinte, cabezas coronadas y grandes fortunas, jóvenes elegantes y divertidas flappers gozaron de los beneficios de la brisa estival.

Los lujos mediterráneos: Niza y Capri. A la hora de pasear sombrillas y canotiers, Les Planches de Deauville sólo tenían un rival en el mundo: la maravillosa Promenade des Anglais de Niza. En la belle saison, Niza contaba con una notable ventaja frente a San Sebastián, Biarritz, Brighton y Deauville: su clima.

Niza –ese pueblecito amarillo de callejuelas estrechas e indiscutible aire mediterráneo– también atrajo las miradas de los londinenses dispuestos a huir de los carboníferos inviernos de la capital inglesa. La afluencia de británicos a la ciudad costera dio como resultado un paseo marítimo repleto de villas y palacios: era la Promenade des Anglais (desde 1822). La pedregosa playa llegó a contar con un pier al estilo inglés. En 1913 se inauguró uno de los hitos del paseo, el hotel Negresco: al acto asistieron, al parecer, doce testas coronadas y admiraron el hall elíptico, las elegantísimas vidrieras o los mármoles de Carrara. El arquitecto era el mismo que había reformado el Hôtel du Palais en Biarritz.

A finales del XIX Niza recibió con alborozo la promesa de una visita de la reina Victoria y emprendió la construcción del espectacular Excelsior Hôtel Regina. La reina pasó tres temporadas en aquel monumento al lujo victoriano (de 1897 a 1899), y ello fomentó la afluencia de nobles y libras esterlinas.

Los ingleses también tuvieron su parte en el redescubrimiento turístico de Capri, en la bahía sorrentina. Desde finales del siglo XIX, en Capri se refugiaron los artistas cuyas vidas no se ajustaban a las convenciones sociales. Muchos de ellos (Sargent, Gissing o Debussy, entre otros) adquirieron pintorescas villas en la isla o pasaron largas temporadas allí. En la primera década del XX, Capri fue también el lugar donde los exiliados de la sociedad convencional pudieron llevar una vida más o menos apacible, entregados al arte y a pasiones consideradas “pecaminosas” o “abominables”. La actividad veraniega de Capri tenía un carácter, digamos, privado.

Sus villas carecían del lujo de los palacios, hôtels particuliers y residencias de Biarritz o Niza; por el contrario, abrazaban un cierto pintoresquismo clasicista y decadente, con antigüedades romanas, mobiliario rural italiano, pérgolas y frescas terrazas frente al Mediterráneo.

El crac del 29 y los inmediatos conflictos bélicos arruinaron para siempre aquellos alegres veranos. El añejo esplendor de estas ciudades aún se puede adivinar aquí y allá, en algunos edificios, en detalles decadentes o en sugerentes recuerdos, pero tras la Segunda Guerra Mundial ya resultó imposible mantener el lujo y la elegancia del viejo modelo social, extinguido para siempre.


Cabaret BIARRITZ
JOSÉ C. VALES
Ed. Destino