Los rostros del poder: James Comey El director de FBI que investiga al presidente Trump

James Comey ha hecho bandera de la independencia desde que empezó su carrera en el servicio público, en la Fiscalía de EE.UU. Ahora, como director del FBI, sigue mostrando que no se arredra ni ante aquellos que lo han elegido para el cargo, aunque le critiquen por exceso de soberbia. En la mirilla tiene ahora a Trump.

James Comey, el actual director del FBI, tiene un sentido de la independencia tan notorio como su ­capacidad para sorprender a los presidentes de su país. Se cuenta que Barack Obama lo nombró para el cargo, en el 2013, por el temple que demostró en uno de los hechos que han labrado la leyenda de justiciero de este abogado de 56 años: en el 2004, ­cuando era el adjunto al fiscal ­general John Ashcroft, este delegó en él sus ­funcio­nes por una enfermedad grave mientras estuvo hospitalizado. Comey tuvo tiempo de negar a la Casa Blanca su firma para autorizar un programa de escuchas, y dos funcionarios del gobierno quisieron ­puentearlo con una visita a su superior, convaleciente; pero Comey se enteró, corrió al estilo Hollywood al centro de salud, amenazó con dimitir y obligó al presidente Bush a ceder.

Esa parece ser la muesca en su culata que le aupó al cargo actual. Aunque no fue su primera muestra de arrojo ni el debut en los cara a cara con mandatarios de su país, un papel que ha asumido con frecuencia; la última vez, veremos, hace pocos días.

Sus decididas actuaciones ante el poder le han dado reputación de justiciero

James Brien Comey jr., casado con Patrice Failor y padre de cinco hijos, nació en 1960 en Yonkers, Nueva York, en una fami­lia de origen irlandés y católica, aunque él profesa el rito metodista. Abogado por la Universidad de Chicago, militó en el partido republicano hasta el 2016, cuando por razón de su cargo se declaró ­políticamente independiente. Fue fiscal federal del distrito sur de Nueva York en el 2002 y el 2003 –una oficina que ya conocía, pues trabajó en ella de 1987 a 1993–; y del 2004 a agosto del 2005, adjunto al fiscal general Ashcroft, es decir, la segunda persona más importante del Departamento de Justicia. Desde entonces hasta que Obama lo llamó a dirigir el FBI, Comey se dedicó al sector privado: la contratista de defensa Lockheed Martin, la firma de inversiones Bridgewater Asociados, la escuela de Derecho Columbia de Nueva York y el banco británico HSBC.

En varias ocasiones ha lidiado con los Clinton: en 1996 fue nombrado adjunto a la comisión Whitewater del Senado, que investigó intereses inmobiliarios en Arkansas de la pareja presidencial; aunque no se pudo presentar ­cargos contra ellos, se dieron hechos históricos, como la primera declaración ante un gran jurado de una primera dama de EE.UU. También, mientras ejerció como fiscal federal en Nueva York, investigó los motivos del ya expresidente Clinton para incluir a Marc Rich, presunto defraudador y fugitivo de la justicia, entre los perdonados en su último día de mandato. La medida era sospechosa por el importe de las donaciones que la exesposa del financiero había hecho al partido demócrata. Clinton salió indemne otra vez.

Pero más tarde, ya desde el puesto que ahora ejerce, Comey investigó las acusaciones que se lanzaron contra Hillary Clinton por vulnerar la seguridad nacional, al usar cuentas de correo electrónico no oficiales y un servidor privado cuando ocupó el cargo de secretaria de Estado, del 2009 al 2013. La primera indagación federal se cerró en julio del 2016 con un reproche por imprudencia para Clinton, pero sin acusación. La bomba estalló en octubre, en plena campaña electoral, cuando en un portátil ajeno a la entonces candidata demócrata aparecieron más correos, y Comey reabrió el caso en plan exprés; por más que puso una legión de agentes a trabajar y concluyó su tarea el 6 de noviembre, dos días antes de la votación –de nuevo, sin cargos para Clinton–, no pudo evitar el daño a la imagen de la exsenadora por Nueva York y a la suya propia. Hubo quien lo comparó con el denostado J. Edgar Hoover, fundador del FBI, que en su día fue acusado de intoxicar informativamente la campaña electoral de 1948, que enfrentó a Harry Truman y Thomas Dewey. Por su lado, los defensores de Comey denunciaron la exageración de esta comparación y achacaron su comportamiento, como máximo, a una suerte de soberbia, un deseo de hacer bien visible su incorruptibilidad y rectitud.

Pero a diferencia de Hoover, que ­actuaba en las sombras con un poder omnímodo para imponer su visión de América, Comey actúa convencido de que cuanta más información da, más viva está la democracia; eso no quita que cada vez que da publicidad a sus actuaciones contra políticos entra en sus carreras como elefante en cacharrería, aunque luego sus pesquisas den en nada.

Su hiperactiva imparcialidad en el caso Clinton le valió que Donald Trump lo confirmase en el cargo a poco de jurar el suyo propio. Debería haber escarmentado en cabeza ajena, porque el muy independiente e incómodo Comey ha seguido dando muestras de su carácter en las más recientes controversias que afectan al presidente: sobre sus acusaciones contra Obama de haber ordenado escuchas en la torre Trump, Comey manifestó el lunes 20 de marzo, ante la Cámara de Representantes, que el FBI no ha encontrado indicios que las avalen. En cambio, en el mismo acto confirmó que la agencia mantiene las investigaciones sobre la conexión del equipo de campaña de Trump con el Gobierno de Rusia “para interferir en la elección presidencial del 2016”. Quizá Trump, que vía Twitter trolea­ba la sesión con sus habituales comentarios vacuos, acabe saliendo de esto indemne, como los Clinton, o quizá lo pague con un juicio ­político e incluso la destitución. En cualquier caso, Comey ya luce otra cabe­llera presidencial en su colección de damnificados, otro capítulo en su leyenda.