Lujo sobre raíles

Sí, el avión es más práctico, pero el halo de romanticismo que tiene viajar sobre raíles no es comparable, sobre todo a bordo de los expresos con pedigrí que transportan a esa época en la que por un gran viaje se entendía un gran viaje en tren.

Una pasajera sube al mítico Orient Express, inmortalizado en la literatura y el cine y que aún recorre Europa y, una vez al año, completa su viaje original hasta Estambul

Pertenecen a una especie en extinción. Si siguen vivos es gracias a los nostálgicos que no los dejaron en vía muerta y a los forofos de los viajes de época que pagan fortunas por subir en ellos. Desde lo alto del Olimpo ferroviario mira con condescendencia a los demás de su clase el Orient Express, sucesor del “tren de los reyes y rey de los trenes”, como definió un cronista al expreso original que, el 4 de octubre de 1883, partió por primera vez de París a Estambul, que aún se llamaba Constantinopla.

El Orient Express ha inspirado desde entonces casi una decena de películas, más del doble de novelas y hasta un foxtrot. Entre los personajes que aliñaron de glamur su andadura están nada menos que Mata Hari, Lawrence de Arabia, Lev Tolstói o Agatha Christie –quien sólo después de rebautizar su Asesinato en el coche de Calais como Asesinato en el Orient Express lo convertiría en un best seller–, amén de un ecléctico elenco de aristócratas, diplomáticos, traficantes, coristas y bon vivants.

Aunque suspendidos temporalmente por la contienda, los varios trenes que llegó a sumar la línea Orient Express no sólo sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial, sino que gozaron de sus días de mayor gloria en los años veinte y treinta del siglo XX. La Segunda Guerra Mundial, ya sí, vino a dar la puntilla a esta extravagancia que, entre ostras, champán y terciopelos, transitaba por el Viejo Continente con la flor y nata del momento, emperifollada en sus salones. Las fronteras hostiles del telón de acero y la Europa devastada que asomaba del otro lado de las ventanillas daban poco pie a la frivolidad, y sus cada vez más ajados vagones acabaron unidos a otros anodinos como si fuera un tren más.

Con el último trayecto a Estambul en 1977 se habría puesto punto y final a su leyenda, de no ser por el norteamericano James Sherwood. El empresario, en una subasta en Montecarlo, se hacía poco después con un par de los viejos coches con la idea de acicalarlos para organizar en ellos viajes para unos pocos elegidos. El proyecto, sin embargo, fue a más. Sherwood y su esposa, Shirley, se em­barcaron en la búsqueda de otros vagones con solera con los que poder armar de nuevo el tren. Desde 1982, el renacido Venice Simplon-Orient-Express vuelve a enfilar por una decena de rutas a través de Centroeuropa. Ya sólo una vez al año lo hace hasta Estambul.

Apenas algún coche de los que hoy integran este exquisito Frankenstein sobre raíles perteneció a la línea mítica. El más antiguo, el 3309, que exhibe unas deliciosas marqueterías art déco de René Prou, es uno de los que quedaron atrapados durante diez días en la nieve en el invierno de 1929, dejando a su ilustre pasaje a merced de unos aldeanos turcos y obligando a los caballeros a disparar a los lobos que amenazaban por las vías para que el chef tuviera con qué hacerles la cena.

La mayoría de los vagones procede, sin embargo, de otros expresos con pedigrí, como el 3425, que formó parte del convoy que usaba para sus amoríos clandestinos el rey Carol de Rumanía, o el 3544, varado durante la guerra en Limoges, donde acabó sirviendo de burdel. Cada vagón es un pedazo de historia y, casi sin excepción, todos los que hoy suben a ellos tienen algo que celebrar. Las bodas de oro y hasta las peticiones de mano se han convertido en un clásico. Y es que la experiencia de viajar en un mito (así como sus precios) es de esas de una vez en la vida.

Envuelto igualmente en la atmósfera de la belle époque, en los ochenta se puso en marcha en España el Al Ándalus, cuyos salones de los años veinte y treinta son otras piezas de museo con poco que envidiar a los del Orient. De hecho, algunos de sus vagones eran los que utilizaba la familia real inglesa para desplazarse en verano a la Costa Azul. Aunque en ocasiones pone rumbo hacia Extremadura e incluso al camino de Santiago, su itinerario emblemático recala por lo más granado de Andalucía, completando la semana a bordo con iconos tan de esta tierra como la visita a una bodega en Jerez, el ballet ecuestre de los caballos andaluces o un espectáculo flamenco. Todo muy del gusto de los extranjeros, aunque Renfe asegura al final de cada temporada que cerca de la mitad del pasaje es español.

Moderno, aunque más caro aún, el gancho del Transcantábri­co es la combinación de gastronomía y paisaje. Por la cornisa de la España verde, sus coches discurren entre el mar y la montaña haciendo continuos altos para visitar –con guías multilin­gües, al igual que el Al Ándalus– los pueblos y las ciudades más bonitos entre Santiago y San Sebastián; su legado románico, sus playas y parques naturales, el Guggenheim o la neocueva de Altamira. Y, sin falta, algunos de los mejores restaurantes del norte. Tanto su convoy Gran Lujo como el Clásico son dos trenes no aptos para vegetarianos, adictos a las dietas e inapetentes de cualquier condición.

Miembro de la selecta familia de expresos europeos, el Royal Scotsman apenas acoge a 36 huéspedes mientras sus ­coches de esplendor eduar­diano serpentean entre las brumas y los castillos de Escocia, sus campos de golf y las destile­rías del mejor whisky de malta.

Pero también otras latitudes atesoran algún digno ejemplar de estos trenes únicos que son el capricho de aquellos a quienes no les importa tanto el cuándo como el de qué manera llegar. Desde los entarimados de teca y barandillas doradas del coche-observatorio del Eastern & Oriental se verá desfilar los arrozales y las junglas que ­separan Singapur de Bangkok. Se cuenta que esta versión asiática del Orient ­Express la concibieron un par de amigos mientras veían el clásico de los años treinta El expreso de Shanghai. Claro que aquellos dos ya estaban ganados para la causa y algo entendían de trenes: eran James Sherwood y el decorador Gérard Gallet, responsable directo de haberle devuelto el lustre a su hermano mayor europeo.

En la última punta de África, el Rovos Rail no tiene una historia tan cinematográfica, pero de la peripecia de su creador sí que se podría sacar una buena película. Se promociona como el tren más lujoso del mundo y, si bien tiene un puñado de serios competidores, lo que nadie le puede negar a este expreso es que sus compartimentos son más grandes que los de cualquier otro tren-hotel del globo. Cuatro de sus suites, con bañera y todo, alcanzan los 16 metros cuadrados.

Aunque, una vez más, el tamaño es casi lo de menos. Lo realmente asombroso es que semejante tren se abra paso por tales escenarios. Además ofrece desde un safari por el parque Hwange de Zimbabue hasta la visita a las cataratas Victoria.

El millonario sudafricano Rohan Voss –de ahí el nombre Rovos–, en principio, sólo pretendía acondicionar unos viejos vagones para viajar por el país con la familia sin renunciar al lujo. Diseñó los camarotes a su gusto y, cuando unos años después el ocio se convirtió en negocio, se tomaron como modelo aquellos primeros coches.

La idea de comercializar el convoy se la dio la propia compañía de trenes sudafricana. Cuando Voss se les quejó de lo caro que le iba a salir el permiso para que sus recién remozados vagones transitaran por sus vías, con una lógica aplastante le espetaron: “Pues haga como nosotros, venda billetes”.

VENICE SIMPLON-ORIENT EXPRESS
 8.559 € cuesta su trayecto mítico de París a Estambul. Se recorre en seis días, y el tren sólo lo emprende una vez al año. Sus otras rutas, de 1-5 noches entre ciudades europeas, pueden verse en www.belmond.com

 

TRANSCANTÁBRICO
4.575 €. Trayecto de ocho días entre Santiago y San Sebastián. El Clásico, en lugar de llegar a San Sebastián dobla en Bilbao rumbo a León y acorta el viaje. www.renfe.com/trenesturisticos

 

EASTERN & ORIENTAL EXPRESS
2.232 €. Tres días de viaje entre Singapur y Bangkok, a través de la jungla (degustando el cóctel propio, Shanghai Express), con opción de acortar el recorrido desde Kuala Lumpur o ampliarlo. Belmond.com 

 

AL ÁNDALUS
3.500 €. Viaje de una semana con salida y llegada a Sevilla, recalando en Jerez, Cádiz, Ronda, Granada, Úbeda, Baeza y Córdoba (con opción de reducir la ruta a tresa o cinco noches). Como el Transcantábrico, incluye todas las comidas y visitas con guías. www.renfe.com/trenesturisticos

 

ROVOS RAIL
1.300 €. Tres noches entre Pretoria y las cataratas Victoria, con parada para hacer un safari en todoterreno. Propone más rutas por Sudáfrica y Namibia, en algunas de las cuales se combinana safaris y golf, así como un recorrido de dos semanas hasta Tanzania a través de Botsuana, Zimbabue y Zambia. www.rovos.com

 

ROYAL SCOTSMAN
6.318 €. Quizá su circuito más señero sea The Classic Journey, de cinco días por las Highlands. Pero hace otras rutas, enfocadas al whisky, el golf o a mansiones y jardines históricos. Y sale de Escocia para emprender recorridos más largos (y que duplican el precio). www.belmond.com