Luther King: 39 años de vida, 50 de influencia

Hace justo medio siglo, un buscavidas tiroteaba mortalmente a la gran esperanza negra de EE.UU., un hombre que, más allá de sus discursos, marcó el destino de generaciones de afroamericanos que siguen intentando huir de la pobreza en pos de la justicia y la igualdad.

Martin Luther King se había convertido en un cliente del motel Lorraine de Memphis, uno de los epicentros del movimiento por los derechos civiles y tenía previsto cenar algo el 4 de abril de 1968 antes de acudir a un mitin de apoyo a la huelga de un millar de empleados de la limpieza de los sanitarios públicos, en su mayoría negros. Un alojamiento modesto, pero con pedigrí y una inusual buena acogida a todos los estadounidenses, sin discriminación étnica, de ahí que figurase en la Guía verde, una suerte de guía Michelin para ciudadanos negros hartos de ser ninguneados o, simplemente, rechazados en hoteles y restaurantes. Cuenta The New Yorker que dos canciones legendarias, In the Midnight Hour y Knock on Wood fueron compuestas en el Lorraine, allí donde a las 18.01 horas Luther King fue mortalmente herido por los disparos de un buscavidas con antecedentes por delitos comunes llamado James Earl Ray.

Martin Luther King tenía 39 años. Hizo todo lo que hizo con sólo 39 años. La edad sorprende, con visión actual, quizás porque en el mundo del 2018 todo se ha retrasado: la edad de estudiar, la edad de contraer matrimonio, la edad de reproducirse o la edad de morir.

Vivió 39 años, pero su figura sigue presente medio siglo después del asesinato de Memphis. Es evidente que las balas disparadas por un pobre diablo no terminaron con Martin Luther King, cuyas ideas parecen tener más vigencia incluso que las de otra figura reverenciada con idéntico final, el presidente John F. Kennedy, asesinado en 1963, y ciertamente más recorrido que las de alguien no tan reverenciado, pero con su legión de seguidores en la época como Malcolm X, tiroteado en Manhattan en 1965.

Hay un Luther King que se batió el cobre por la igualdad en el plano legislativo y otro, menos presente, que es el que diagnostica el problema de fondo: la injusticia que dificulta el progreso de los negros


¿Qué ha sido del legado de Martin Luther King? ¿Cuánto le debe el conjunto de la sociedad de Estados Unidos? ¿Han progresado tanto los negros como el resto de los ciudadanos desde aquel 4 de abril de 1968? ¿Influye aún, o la figura de King es solamente el pretexto para un día festivo que se celebra todos los terceros lunes del mes de ­enero?

“No ha habido otro como él. Fue profético”, resume Bernard Lafayette, profesor de Teología de la Universidad Emory de Atlanta. Eso es indiscutible. El movimiento político de la causa afroamericana ha tratado una y otra vez de hallar un relevo, una voz poderosa que tuviese la capacidad de influir en la política que tuvo Luther King. Quizás esa esperanza blanca, disculpen la paradoja, fue el reverendo y activista Jesse Jackson, que aspiró en dos ocasiones –sin éxito– a la nominación a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata. Porque Barack Obama no fue –y su presidencia lo demuestra– un activista negro sino un presidente demócrata cuyas políticas fueron ajenas al color de su piel y que se saldaron sin el esperado y especial efecto en la comunidad negra, castigada duramente por una serie de brutalidades policiales durante la era Obama.

Describir el panorama actual para establecer un veredicto tiene una gran complicación: la lucha de Martin Luther King tuvo dos frentes. Uno, el inicial, obtuvo resultados y consecuencias; el otro, menos. Hay un Luther King primerizo que se batió el cobre por la igualdad en el plano legislativo. Por terminar con la discriminación pura y dura, aquella consagrada en textos legales. Y hay otro menos presente, más difuminado, que es el Luther King que diagnostica un problema de fondo: la injusticia económica, las barreras invisibles y no necesariamente escritas que podían dificultar en el futuro el progreso de los negros. Ahí es donde la realidad del siglo XXI se impone: tenía razón –era un visionario, de ahí la vigencia de muchas de sus ideas–, pero le llegó la muerte y, con ella, la imposibilidad de impulsar su cruzada no ya por la abolición de leyes sino contra los obstáculos relacionados con las clases sociales, la riqueza y la pobreza.

“Recordamos muchos sus primeros tiempos. En cambio, hemos olvidado la lucha de sus últimos tres años. King reclamaba una mayor redistribución de la riqueza cuando la mayoría de la gente pensaba que con otorgar el derecho al voto o a la igualdad civil ya era bastante. Gran parte de la América blanca creía que ya había sido lo suficientemente generosa y el problema estaba resuelto. Pero King tenía otra visión sobre lo que hubiésemos tenido que hacer en estos últimos cincuenta años. Y esta es la parte incompleta, el unfinished business de la década de los sesenta”, argumenta Clayborne Carson, profesor de Historia de la Universidad de Stanford y director del Martin Luther King Research and Educacion Institute, en una entrevista en el USA Today. Hay que tener presente que el presidente Lindon B. Jonhson aprobó la ley de la Igualdad de los Derechos Civiles en 1964, culminando la iniciativa del presidente Kennedy de junio de 1963, la joya de este asunto, zanjado entonces a ojos de muchos estadounidenses.

Cincuenta años después del asesinato, los progresos son incompletos. Hay uno indiscutible, que conviene no perder de vista: existe en Estados Unidos una clase media negra. La mala noticia es que la clase media –en su conjunto y sin distinción de etnias– está perdiendo fuerza. “Finalmente, cuando los buenos empleos se hicieron accesibles a los negros, los buenos empleos han empezado a desaparecer”, resume Michael Klarman, profesor en la facultad de Derecho de Harvard, partidario, no obstante, de no menospreciar los progresos legislativos contra la discriminación laboral o los llamados programas de acción afirmativa que favorecen la contratación de ciudadanos negros en ámbitos de la esfera pública. “Sin ellos, no tendríamos una clase media negra tan exitosa como la que tenemos. Ni hubiésemos tenido un presidente negro. Ni a tantos estudiantes negros matriculados en las facultades de Derecho o Medicina”, añade el profesor Klarman.
 

Su presidencia demuestra que Obama no fue un activista negro sino un presidente cuyas políticas fueron ajenas al color de su piel y se saldaron sin el efecto esperado

Si bien el índice de pobreza de los negros de Estados Unidos ha caído del 40% de los años sesenta del siglo XX al 27%, si bien los ingresos de una familia negra media han pasado de los 23.000 dólares del año 1963 a los 40.000 actuales –hechos los correspondientes ajustes y actualizaciones inflacionarias–, la diferencias entre blancos y negros siguen siendo importantes. Esos 40.000 dólares suponen sólo dos tercios de la media nacional. El patrimonio de un hogar blanco asciende a 800.000 dólares –todos los conceptos incluidos–, por 154.000 dólares de promedio en los hogares negros. Y lo más preocupante para un activista como Luther King, ajeno a las ambiciones de cargos políticos, es que entre la propia comunidad negra se ha creado una fractura enorme entre quienes se han integrado en el pasaje social y viven “como blancos” y quienes parecen sumergidos en los peores índices del país, un segmento de “perdedores” que supone casi la mitad de la población negra.

“La clase social y la pobreza han superado al factor etnia como causa de las desigualdades en Estados Unidos, especialmente en el plano de la educación”, ha declarado al citado diario John Brittain, profesor de Derecho de la Universidad del Distrito de Columbia. Es la pescadilla que se muerde la cola. Y la razón de que no hayan desaparecido en la práctica –aunque sin su nombre peyorativo– los guetos, esos barrios infames y marginados que tienen algo de invisibles.

Un ciudadano que se traslade a vivir a Chicago tendrá la percepción de que es una ciudad segura, en cuyos barrios de extrarradio pueden dejar las bicicletas al alcance de cualquiera siempre y cuando el frío no las haya congelado. ¿Acaso no fue la ciudad que registró 650 homicidios y asesinatos el año pasado (54,1 mensuales) y 771 en el 2016 (64,2 al mes, o dos muertes diarias, todos y cada uno de los días del año)? “Casi todos los asesinados eran negros, tiroteados en callejones y al doblar esquinas por otros hombres negros”, escribió la periodista Dahleen Glanton en el Chicago Tribune. Es decir, en pocas y crudas palabras: los negros pobres se matan entre ellos, y mientras así sea, nadie tiene la percepción de que Chicago es una ciudad insegura, salvo si eres pobre y negro. La delincuencia permite radiografiar un abismo que es más económico y de fracaso escolar o desesperación tras la crisis de las hipotecas que propiamente étnico. Hace un par de años había 486.900 reclusos negros en las prisiones federales, la primera etnia, pero en claro descenso porque en el 2009 ascendían a 584.800: los hispanos, por ejemplo, mantienen una línea estable y pasaron de 341.200 a los 339.300 de hace un par de años. Ciertamente son dos grupos sociales con peores índices de empleo o educación que los estadounidenses blancos. Si el desempleo en la boyante economía de Estados Unidos fue del 3,9% en el último trimestre del 2017 (3,4% entre la población blanca), el índice entre los hispanos fue del 4,7% y entre los negros la proporción se disparó al 7%.

La reaparición de las desigualdades no sólo afecta a unos y no a otros. El triunfo electoral de Donald Trump no se explica sin las bolsas de pobreza surgidas en estados industriales de población blanca. Su malestar y sus problemas no son diferentes a los de los negros, salvo que estos tienen una tradición nefasta que viene de muy lejos y es percibida como algo casi “normal”. La visión y los últimos documentos y discursos de Luther King ya intuían que el problema a la vuelta de los años no sería la prohibición de alojarse en ciertos hoteles exclusivos de blancos u ocupar determinados asientos en los autobuses sino algo más simple y, sin embargo, más difícil de erradicar: la pobreza.
 

La delincuencia permite radiografiar un abismo que es  más económico y de fracaso escolar o desesperación tras la crisis de las hipotecas que propiamente étnico
 

Eclipsado por discursos célebres, los centrados en la pobreza tuvieron menos impacto. Es significativo el pronunciado en una iglesia de Atlanta, en 1965, titulado El sueño americano en el que destacó que las divisiones de clases “pueden ser tan atroces y malvadas como un sistema basado en la injusticia racial (…). He visto mi sueño destrozado al caminar por las calles de Chicago y veo a los negros, hombres y mujeres jóvenes, con un sentido de completa desesperanza porque no pueden encontrar ningún trabajo. He visto mi sueño destrozarse al recorrer los Apalaches y ver a mis hermanos blancos junto a los negros vivir en la pobreza. Y me preocupa la ­pobreza de los blancos, como me preocupa la pobreza de los negros”.

“El legado de King para la democracia en América en el 2018 tiene dos caras, como el dios Jano. Su asesinato inspiró la aprobación de una legislación en materia de vivienda más justa que, a pesar de las limitaciones en su implementación, está considerada como el tributo final al sueño de King de una democracia multirracial.

ero la segregación, en la vida y las escuelas públicas, ha empeorado desde su muerte, debido a una serie de leyes locales, estatales y federales que han configurado zonas castigadas que distorsionan la integración racial. Aquel 1968 también fue el inicio de una mayor intervención del Estado federal en la política contra la delincuencia y en favor de la seguridad, un hecho que ha desviado miles de millones de dólares de las campañas contra la pobreza, de asistencia social y los programas educativos y los ha empleado en sistemas de castigo –en la práctica– de los barrios negros más pobres”, diagnostica en un artículo Peniel E. Joseph, experto en estudios sobre etnia y democracia de la Escuela de Asuntos Públicos Lyndon B. Johnson

La consolidación de otras minorías –como los asiáticos– en Estados Unidos y su progreso relativamente rápido ha alimentado teorías racistas: los negros son presentados como perezosos y derrochadores de las ayudas que reciben, a diferencia de los diligentes asiáticos. Olvidan quienes sustentan esta teoría que la comunidad negra arrastra las injusticias del pasado y no todos sus miembros han podido partir de cero y prosperar o han sabido aprovechar las oportunidades abiertas por las reformas legislativas de los años sesenta, el logro indiscutible de Martin Luther King. ¿Qué hubiese sucedido de no haber sido tiroteado a las seis de la tarde de un 4 de abril de hace 50 años? Esto, claro, nunca lo sabremos salvo para quienes le trataron y trabajaron con él por la causa de la igualdad. “Si el doctor King hubiese vivido, habría sido capaz de definir su filosofía con precisión y hubiese trazado una senda de soluciones. Los líderes que le siguieron no tuvieron ni la sofisticación intelectual ni su visión”, afirma Nathaniel Jones, un juez retirado que colaboró con el presidente Johnson en la legislación pro derechos ­civiles.

La botella media llena o media vacía. No hemos hablado de racismo. Que no exista sobre el papel o en las leyes –a diferencia de los tiempos de King– no supone que haya desaparecido por completo y contribuya a mantener los desequilibrios sociales entre blancos y negros. “Racialmente, en este país, Esta­dos Unidos, por cada dos pasos adelante hay uno atrás”, estima la psicóloga Beverly Daniel Batum, presidenta emérita del Spelman College de Atlanta. Las esperanzas depositadas en que la presidencia de Obama aceleraría los cambios en favor de los negros fueron vanas. La paradoja sería que fuesen ahora Donald Trump y su proteccionismo los que mejorasen las condiciones de vida de los blancos pobres (y los negros).

 

43 personas muertas en los diez días de disturbios raciales en EE.UU. tras el asesinato de Martin Luther King (abril de 1968)


40 millones de negros viven en 
EE.UU., un 13% de la población


81% de los negros creen que “el racismo es un gran problema” en EE.UU., por un 52% de los blancos


6% de blancos entre 20 y 24 años están en paro, un 11,2% entre negros de esa franja


800.000 dólares es el patrimonio medio de una familia blanca, por 154.000 dólares de las familias negras


85% de los jóvenes negros se gradúan en los institutos (en 1964, el porcentaje era del 25%)

33% de los presos son negros (el 13% de la población), el 30% son blancos (64% de la población) 
y un 23% son hispanos (el 16% de la población)


52.726 dólares tienen pendiente de devolver de prestamos escolares los negros al cabo de cuatro años de su graduación; 28.606 dólares, 
los graduados blancos


65% de los hogares blancos tiene cuenta de ahorro para la jubilación, por un 40% de los hogares negros y un 25% en los hogares de hispanos


5,22 dólares por hora cobra un trabajador blanco, por 18,49 dólares el trabajador negro