Madidi, la jungla amenazada

Capibaras, jaguares, monos... La enorme biodiversidad del parque Madidi, en la Amazonia boliviana, está en riesgo por un megaproyecto hidroeléctrico que se está convirtiendo en una piedra en el zapato de su impulsor, el polémico Evo Morales.

El trayecto entre La Paz y Rurrenabaque es capaz de quitar el miedo a volar definitivamente. O todo lo contrario. Los aparatos que utiliza la compañía Amazonas parecen de juguete, y una siente que lo son cuando pasan, se diría que casi rozando, a través de los picos de 6.000 metros camino al corazón de la selva. Al Madidi, el área protegida con mayor biodiversidad del planeta y en la que se perdió en los años ochenta un grupo de aventureros. Estos días se ha estrenado en Estados Unidos Jungle, la película que narra la odisea del superviviente, y una no puede evitar pensar que por muchos peligros que encierre la jungla, los que la amenazan a ella son mucho más dañinos. Y vienen, como era de esperar, de la mano del hombre. De una presa cuya construcción alteraría para siempre uno de los escasos espacios vírgenes que todavía quedan.

Con la construcción de las represas El Bala-Chapete el gobierno quiere convertir el país en gran exportador de energía

Bolivia no es un país rico en dólares, pero lo es en el mayor recurso natural, que es la propia naturaleza. Contra la imagen que se suele tener desde fuera, la mayor parte de la superficie del Estado no la ocupa el Altiplano, sino la Amazonia, un 70% del territorio. Aquí se encuentra el parque nacional Madidi, una superficie del tamaño de El Salvador que va de las nieves perpetuas de las cumbres a la sabana, la selva seca y la tropical en el nordeste boliviano, haciendo frontera con Perú y Brasil; esta franja de altura que va de los 180 a los 6.000 metros le proporciona una veintena de diferentes hábitats, la razón de su biodiversidad de otro mundo: se han censado más de 8.244 especies de plantas superiores, 1.100 especies de aves (el 11% de todo el planeta), diez de primates, cinco de gatos, 279 de peces, 182 de mamíferos, 110 de anfibios, 96 de reptiles… Según los últimos cálculos, porque se siguen haciendo descubrimientos en este santuario: el año pasado entraron en el registro tres especies nuevas, entre ellas la lagartija Liolaemus, que vive en el lugar más alto del Madidi, un antiguo glacial a 5.000 metros de altura. Aquí nadan las nutrias gigantes y los delfines rosas, persiguen a sus presas los jaguares y los ocelotes, y los caimanes iluminan con sus ojos la noche. Aquí también, en las orillas del Beni o del Tuichí, dos de los ríos que serpentean por el área protegida, toman el sol las capibaras, unos roedores acuáticos a medio camino entre el hipopótamo y la rata gigante, con su más de metro de largo, y tortugas casi planas hacen equilibrio sobre los troncos caídos en el agua. 

Ovidio Valdez es uno de los guías del Chalalán, el ecolodge que las comunidades tacana y quechua crearon en 1995 para hacer del turismo sostenible un recurso que no sólo ayude a preservar esta riqueza medioambiental, sino que también posibilite que sus miembros puedan seguir viviendo allí, en sus tierras ancestrales, con y de su cultura, en vez de tener que emigrar a las barriadas de La Paz, El Alto o Cochabamba. Ovidio está ahí desde el principio, entre los que creyeron que el turismo bien gestionado podía ser su salvación y construyeron con sus manos las cabañas donde duermen los visitantes, desbrozaron la selva y abrieron los senderos desde los que una se retuerce el cuello de tanto mirar hacia arriba, a las copas de los árboles, esperan­do ver saltar a los monos capuchinos u observar el vuelo del serere, el pájaro de cresta amari­lla cuyo graznido suena a risa. Mientras muestra una pisada reciente de jaguar –“tranquilos, a esta hora seguro que ya está a varios kilómetros de aquí”–, se queja por el riesgo que corre el proyecto al que ha dedi­cado su vida. La represa de El Bala.

Saliendo de Rurrenabaque hacia la profundidad de la selva, el río Beni presenta un estrechamiento natural de 72 metros entre dos paredes, en el Angosto de El Bala. Es ahí donde en principio debía situarse la presa destinada a aprovechar el caudal de estos ríos y fabricar una electricidad que vender a los países vecinos aunque sea a costa de inundar amplias zonas del parque. Pan para hoy, hambre para mañana. El proyecto hidroeléctrico Chepete-El Bala tiene angustiadas a las 17 comunidades aglutinadas en una mancomunidad unida para defender su forma de vida. Para llegar al Chalalán son cinco horas largas de navegación río arriba, casi hasta la comunidad de San José de Uchupiamonas, donde viven Ovidio y el resto de los trabajadores del ecolodge, todos indígenas de estas comunidades y copropietarios del establecimiento. En noviembre del pasado año las comunidades formaron una barrera en el estrecho de El Bala para impedir el paso de las empresas que están realizando el estudio para la futura presa: no es sólo este ecolodge el que está en peligro, otros catorce proyectos de turismo sostenible creados y mantenidos por las comunidades indígenas ven muy incierto su futuro.

La idea de construir una hidroeléctrica con dos represas en las áreas protegidas del Madidi y la vecina Pilón Lajas tiene ya mucho recorrido, una primera aproximación viene de 1958 y fue recogida durante la gestión del presidente Hugo Banzer en 1998; entonces y tras varios estudios se llegó a la conclusión de que todo el conjunto era inviable técnica y económicamente, además de que tendría un gran coste medioambiental en el Madidi y la reserva biológica y en Pilón Lajas; esta última goza del doble estatus de área protegida y tierra comunitaria de origen, por sus poblaciones tacana, mossetén, chimán, leco-quechua-apolo y lecos. 

El turismo sostenible permite a las comunidades indígenas permanecer en sus tierras y preservar su cultura, por eso ven la construcción de las represas con recelo o abierta oposición

Sin embargo y pese a todas estas descalificaciones anteriores, el presidente Evo Morales desempolvó el proyecto hace una década, convirtiéndolo en una “prioridad nacional”. La implicación de Morales ha sido decisiva para mantenerlo adelante pese a las protestas y pese a que estas proceden en gran medida de las comunidades indígenas, que habían saludado su elección como presidente en gran parte por el hecho de que él también procede de una comunidad, aunque en este caso del altiplano. Morales ha llegado a decir que “estaba calculando que (con) El Bala, ojalá algunos fundamentalistas y ecologistas no perjudiquen, La Paz puede ser el centro energético con hidroeléctricas” (19 de enero del 2015), unas palabras que fueron inmediatamente contestadas con pancartas como la que aparece reproducida en estas páginas: “No somos una ONG” y con la decisión de interponer una acción popular contra el Gobierno de Morales por entender que este ha vulnerado sus derechos. Una vuelta del destino (y de la política): el presidente que llegó del activismo indigenista encuentra en estos su mayor contestación.

Con Morales se han sucedido los estudios y también las denuncias de las organizaciones medioambientales, comunidades indígenas y medios de comunicación, también las cifras millonarias en megavoltios, contratos y puestos de trabajo que ofrece el Gobierno boliviano, que destaca que, de construirse, la represa de El Bala se convertiría en la cuarta más grande de Sudamérica. “A un coste irreparable”, contesta la periodista Miriam Jemio en un reportaje publicado en La Pública, una plataforma digital de periodismo y participación ciudadana. Según Scientific American, el proyecto requeriría una inversión inicial de más de 6.300 millones de dólares, la más alta en la historia del país, ya que equivale al 20% del PIB boliviano. La revista norteamericana también recoge la preocupación por el impacto de la obra, no sólo directo por la inundación de zonas protegidas, sino por las alteraciones que provocaría en el comportamiento de las diferentes especies. Consciente de la polémica que provoca el proyecto, el ministro de Energía, Rafael Alarcón, afirmó en febrero que la presa, cuyo emplazamiento ha experimentado sucesivos cambios después de cada estudio, situándolo en ocasiones a varios kilómetros del estrecho de El Bala, afectaría únicamente al 1,9% del área protegida, y que el presidente Morales estaba estudiando la posibilidad de someterlo a ­referéndum. 

Río arriba, el Beni se ensancha o se estrecha dividido en meandros, porque estamos en la estación seca y el caudal es bajo. Es el segundo río más importante de la cuenca amazónica boliviana, pero en algunos tramos el conductor de la barcaza a motor y sus ayudantes han de remangarse y bajar para empujar con palos la embarcación entre los guijarros y las rocas. A ambos lados, la selva levanta sus muros vegetales, impenetrables si el viajero no va acompañado de un guía. Por estas aguas viajan también las canoas de los pobladores, cargadas con pescado o bananas que venden por el camino, o camino de Rurrenabaque a la visita del médico o a comprar en el mercado ropa y zapatos hechos en China, de donde viene todo, también los trabajadores de las carreteras que hieren la selva, y adonde se dirige el comercio ilegal de colmillos de jaguar. Rurrenabaque, y su gemela San Buenaventura, al otro lado del Beni, son el punto de partida de las expediciones turísticas o exploradoras. El aeropuerto luce un pomposo título de “internacional” que no se corresponde con sus dimensiones. Las motocicletas son las reinas de las calles, que recorren una y otra vez conducidas por jóvenes con orgullo de propietario; abundan los alojamientos para mochileros.

Yossi Ghinsberg fue uno de ellos; en 1981, el joven israelí, junto a otros tres compañeros, se internó en la maraña de vegetación que rodea el Beni. Perdidos mientras buscaban un fabuloso (y mítico) botín de oro, los cuatro aventureros se separaron en dos grupos; mientras el compañero de Ghinsberg fue arrastrado por la corriente y recogido por un pescador, Ghinsberg pasó tres semanas angustiosas completamente solo en el Madidi, sobreviviendo a los animales salvajes y a las picadas de los insectos, a las infecciones y al hambre. Cuando finalmente fue rescatado escribió el best seller Lost in the jungle, que ha sido llevado ahora al cine por Greg McLean con Daniel Radcliffe en el papel de Ghinsberg. Los otros dos miembros de la expedición tuvieron menos suerte, ya que nunca se ha vuelto a saber de ellos.

En Chalalán esperan que la publicidad de la película juegue a su favor y en contra del proyecto de represa. Ovidio Valdez conoció al aventurero israelí, quien con su narración popularizó el Madidi en Israel, un país del que procede un buen número de los visitantes del ecolodge. También de Estados Unidos, Italia, Alemania o el Reino Unido. También de Australia, los preferidos de Ovidio, ya que “son sencillos de trato y se adaptan a todo”. Pocos españoles y ahora más periodistas, atraídos tanto por la película como por el peligro que se cierne sobre el parque. El alojamiento está construido junto a una laguna que frecuentan los animales de la zona, tapires, pecaríes (cerdos salvajes), ciervos… Aguas frescas que en el mediodía tropical invitan al baño a pesar de la presencia de caimanes. Las vilipendiadas pirañas no son en realidad tan homicidas como las señala la mitología: de las 30 especies que se encuentran en Sudamérica sólo dos son auténticas comedoras de carne, el resto se alimenta de otros peces e incluso las hay vegetarianas. Una caminata por los senderos permite observar el agujero del que asoma una perezosa (y peluda) tarántula, ranas marrones, serpientes y muchas, muchísimas mariposas, hay más de 200 especies sólo en el Madidi. También tucanes y guacamayos, que en ocasiones cubren paredes enteras en las elevaciones con sus colores rojo y azul. Y también árboles, muchos árboles, de los que se aprovecha todo. Una sabiduría ancestral que los guías comparten gustosos con quienes les preguntan.

Otros ecolodges, como Barraco del Madidi o Madidi Jungle Eco Lodge, al igual que Mapajo, en Pilón Lajas, funcionan de la misma forma comunitaria, proporcionando trabajo y formación a buena parte de los pobladores de las áreas protegidas, unos tres mil indígenas. 
En la estación húmeda, el caudal del río aumenta hasta casi convertirse en un océano, las comunicaciones se vuelven más difíciles y los visitantes se hacen escasos. Las lluvias provocan desperfectos en las cabañas de los viajeros, con sus paredes de palmera chonta y sus techos de hojas de jatata, los mismos materiales que utilizan los indígenas para sus propias construcciones. Cuando deja de llover las reparan. Y esperan que, por muchos años, los políticos y el progreso les permitan seguir haciéndolo.