La madre de todas las crisis

La democracia liberal está en crisis, y se ha abierto un abanico de cambios políticos. Este es el panorama que analiza el sociólogo y experto en la sociedad de la información Manuel Castells en su libro Ruptura.

Vivimos en un mundo en crisis. Crisis de todo tipo, en una transición histórica, cultural y tecnológica marcada por la confusión y el temor. El cambio climático, que se va haciendo irreversible ante la pasividad de gobiernos, empresas y personas, amenaza la habitabilidad del planeta azul en tres o cuatro generaciones, o sea que podemos vislumbrar los rostros de nuestros hijos, nietos y bisnietos paralizados por el horror de catástrofes continuas. La propia convivencia entre los humanos es cada vez más difícil, corroída por la xenofobia, el racismo y los fundamentalismos identitarios. La economía global por donde transitan nuestros ahorros está sometida a la volatilidad especulativa de flujos financieros incontrolados. La revolución tecnológica multiplica la capacidad destructiva de nuestros instintos bélicos en nuevas guerras en que se enfrentan robots voladores con individuos armados con camiones y cuchillos. Empieza a asentarse un estado de emergencia permanente en donde la libertad es lentamente estrangulada en aras de la seguridad. 

Pero, aun con todo esto, la crisis más grave de nuestro tiempo es nuestra incapacidad de confiar en instituciones que puedan resolver estas diversas crisis pensando en el bien común. Se puede hablar de la crisis de la gestión de las crisis. Y ello es así porque, con los datos en la mano, observamos que se ha desplomado la confianza de los ciudadanos en sus representantes y en sus instituciones. La gran mayoría de las personas, en el mundo en general y en casi todos los países, no confían en los políticos, en los partidos políticos, en las instituciones representativas o en los gobiernos. Y esto, cualquiera que sea la ideología o la política de los partidos. Asimismo, se desconfía de los medios de comunicación en su conjunto, de las instituciones financieras y, en nuestro contexto, de las instituciones religiosas tradicionales.

“Entre las causas de esta crisis sugiero la formación de una clase política que acapara todo el poder institucional y crea reglas para preservarlo dentro de su estamento”


Estas tendencias se han acentuado en la última década, en particular a partir de la crisis económica del 2008-2010 y de la gestión política de la crisis basada en ayudar a los bancos a costa de los servicios sociales, del empleo y de los salarios. Y la crisis de confianza se ha expresado en una transformación del sistema político. En España, el voto por los dos grandes partidos, PP y PSOE, cayó del 73,3% en el 2011, para los dos partidos juntos, al 50,7% en el 2015. Y continuaron bajando en el 2016, donde el PSOE cayó al 22,6%, perdiendo más de millón y medio de votos, mientras que el PP perdió casi tres millones de votos con relación al 2011 y siguió cayendo en el 2017 hasta situarse muy por debajo del 30%, según momentos. En cambio, nuevas fuerzas políticas, de izquierda y derecha, Podemos y Ciudadanos, tomaron parcialmente el relevo, aun con subidas y bajadas de unos y otros según la coyuntura, hasta transformar el sistema político del bipartidismo imperfecto que dio estabilidad a la democracia al cuatripartidismo imperfecto en movimiento constante. En particular en Catalunya, donde el movimiento social independentista acabó por desintegrar el partido que gobernó durante 23 años y derivó en un conflicto constitucional de largo alcance con el Estado español, con consecuencias dramáticas para mucha gente y con rupturas profundas en la sociedad catalana y entre España y Catalunya.

Fenómenos altamente significativos se produjeron en el conjunto de Europa. En el Reino Unido, la movilización popular contra las élites políticas, conservadoras o laboristas, resultó en el Brexit y abrió una brecha fundamental en la Unión Europea. En Francia, tanto el partido socialista (gobernante hasta el 2017) como los conservadores desaparecieron prácticamente, sumergidos por la abstención de la mitad de la población y la elección, por un 16% de los electores, de un político, Macron, que se situó por encima de los partidos. La ola antiestablishment político se expresó con fuerza en las elecciones y en la calle cada vez que los ciudadanos pudieron hacerlo, en particular con una crítica nacionalista de derecha a sus gobiernos y a la Unión Europea. El voto antisistema en tiempos recientes fue del 21,3% en Francia (Le Pen), 21,1% en Dinamarca, 20,9% en Austria, 29,4% en Suiza y en torno al 13% en Alemania, Suecia, Grecia y Holanda. Mientras que partidos xenófobos y nacionalistas gobiernan, solos o en coalición, en Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Austria, Noruega y Finlandia. Y en Italia, la elección esta primavera anuncia el retroceso del centrismo de Renzi y el ascenso como fuerzas dominantes del Movimiento 5 Estrellas por la izquierda y del neoberlusconismo por la derecha, ambos contra la actual Unión Europea.

Allende el océano, la victoria de Trump derrotando a la vez a las élites políticas demócratas y republicanas ha cambiado la política mundial y ocupa las conversaciones cotidianas de las cancillerías. Fue la victoria de un movimiento nacionalista y racista, crítico del orden neo-liberal y partidario del unilateralismo militarista de Estados Unidos. Y si nos adentráramos en América Latina, tendríamos que constatar la descomposición del sistema político brasileño, bajo el impacto de movimientos populares de distintos signos y de la persecución judicial a un sistema político corrupto. Así como destellos de esperanza más allá de la política tradicional en la revolución cultural y social en Bolivia y en el surgimiento de una crítica antisistema en Chile que recogió el 20% del voto. Pero teniendo en cuenta la fragilidad de los embriones alternativos a la democracia liberal, pareciera como si las únicas construcciones durables son China y Rusia (con permiso de India, gobernada por el nacionalismo hindú), precisamente las grandes excepciones mundiales a la democracia liberal que había conquistado su legitimidad en el último medio siglo.

La situación varía según la historia e instituciones de cada país. Sin embargo, al observarse una tendencia semejante en contextos muy diversos, se puede pensar que se trata de la crisis general de un modelo: la democracia liberal que surgió como respuesta a las demandas de libertad política en los dos últimos siglos. 

Entre las causas de esta crisis sugiero la formación de una clase política que acapara todo el poder institucional y crea reglas para preservarlo dentro de su estamento. Reglas tales como una ley electoral favorable a los partidos más poderosos o el nombramiento de los jueces del Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo, Fiscalía del Estado y Consejo General del Poder Judicial, cancelando en la práctica la separación de poderes sobre las que se basaba la democracia liberal, puesto que la separación entre ejecutivo y legislativo está mediatizada por el control del Parlamento por mayorías afines al gobierno. 

“La financiación 
de los partidos, frecuentemente ilegal, influye las decisiones políticas sin conocimiento 
de los ciudadanos y genera corrupción que corrompe el conjunto de las instituciones”


La financiación de los partidos, frecuentemente ilegal, influye las decisiones políticas sin conocimiento de los ciudadanos y en último término genera corrupción que corrompe el conjunto de las instituciones y suscita escepticismo y desconfianza en la sociedad.

La política es esencialmente mediática. Los políticos o programas que no tienen presencia en los medios no existen en la práctica. En la medida en que la imagen mediática más directa es la de una persona en la que se puede confiar (o desconfiar menos que en otros) la personalización de la política resulta en una práctica de ataques a la integridad de los que se postulan al liderazgo mediante informaciones o rumores sobre los escándalos de la persona o de su partido. La ampliación de la comunicación a las redes sociales contribuye a la difusión de la política del escándalo. El resultado de la cotidianidad de los escándalos políticos afecta no sólo a aquellos que son denunciados sino al conjunto de la clase política. 

En la medida en que los ciudadanos no confían en sus representantes y en sus instituciones y puesto que, en términos generales, los partidos tradicionales tratan de mantenerse en el poder por cualquier medio, se debilita extraordinariamente la capacidad de decisión de los políticos y su autonomía con respecto a los poderes fácticos al no poder contar con el apoyo ciudadano. 

¿Qué hacer en esa situación? Qué fórmulas hay para solventar una crisis tan fundamental y que afecta a las bases institucionales de la vida cotidiana? En realidad es difícil proponer medidas de orden general puesto que cada país tiene condiciones específicas de sus instituciones y sistemas políticos. Pero hay algo más, más personal, que me impide aventurarme a dar recetas. Y es que a estas alturas de mi vida, considero que cualquier utilidad social que pueda tener es como analista, distanciándome, en lo posible, de cualquier posición normativa que sesgue mi aportación factual al lector.

Si algo se puede decir sobre como superar esta crisis es que todo depende de lo que hagan las personas, cada una en su ámbito: no se trata de cambiar un partido por otro o una ideología por otra. Porque la observación de procesos recientes señalan una profunda separación entre los ciudadanos y los políticos, pero no una distancia con relación a la política por descubrir. La actitud política más generalizada es el rechazo de la política realmente existente en la actualidad junto con la búsqueda de una nueva politicidad. Por eso concluyo con un poema de Octavio Paz que dice la esencia de lo que yo pienso:

        No lo que pudo ser, 
        es lo que fue.
        Y lo que fue esta muerto.

Manuel Castells
Ruptura. La crisis de la democracia liberal
Alianza Editorial
128 páginas