La mano de obra del mañana

La cuarta revolución industrial cambiará para siempre la forma de vivir y de trabajar. Nadie sabe con certeza qué nos deparará el mañana, pero sí cómo es el presente. Optimistas y pesimistas debaten sobre nuestras perspectivas laborales.

Si un Marty McFly de mediados del siglo XX nos visitase en un DeLorean, le sorprenderían los drones, los móviles y muchos artilugios. Pero quizá la mayor seña de identidad del nuevo mundo sería tan evidente que no la vería, como cuando los árboles tapan el bosque. La cuarta revolución industrial es ese bosque, que ya ha arraigado. Sus ramas cambiarán para siempre nuestra forma de vivir y de trabajar.

El exministro francés Benoît Hamon denuncia que “los empleados salen de la oficina, pero siguen trabajando porque se les amarra como a perros”. Su correa son los mensajes del teléfono móvil

La velocidad y la profundidad de las transformaciones que se avecinan “no se parecen a nada que la humanidad haya experimentado antes”, en palabras del economista Klaus Schwab.

Albert Einstein decía que no se podía predecir el futuro, pero que tendríamos el que nos mereciéramos. Los sindicatos tampoco pueden vaticinar el futuro, pero sí analizar el presente.

Y no es halagüeño, dicen.

“Para predecir el mañana lo más seguro es reflexionar sobre la actualidad”, asegura la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que celebró en una reciente reunión en Madrid su primer siglo de vida. Algunos análisis no fueron gratos: “El empleo en el mundo, y en España en particular, está muy precarizado, y existe el peligro de que empeore aún más”. El horizonte se oscurece con los nubarrones de la reducción de salarios y la irrupción de contextos laborales no tradicionales.

O, dicho de otro modo, adiós a los contratos indefinidos y hola a la movilidad laboral. Los traba­jadores vinculados de por vida a una firma serán cosa del pleisto­ceno. No se cambiará sólo de empresa, sino incluso de profesión. Daremos la bienvenida a los trabajos parciales, la externa­lización de las tareas y la contrata­ción por servicios en perjuicio de la contratación tradicional. Las filas de los autónomos (o de los falsos autónomos) crecerán. Unos trabajos desaparecerán, y nacerán otros aún sin nombre…

Antes de seguir, aclaremos qué es el trabajo decente o de calidad. No es un concepto moral. ¿O sí? La OIT, un organismo de la ONU que reúne a los representantes de los gobiernos, sindicatos y empresarios de 187 países, lo explica. Es el empleo con contrato, seguridad social, salario y horarios regulados. Los principales sindicatos de España, CC.OO. y UGT, temen que la cuarta revolución industrial cree un caldo de cultivo idóneo para el otro trabajo. El indecente.

Según la mayor intersindical europea, las nuevas reglas de juego agravan las condiciones laborales, conllevan más inestabilidad y convierten los salarios mínimos en papel mojado

La primera revolución industrial fue la del motor de vapor. La segunda, la de la electricidad y las cadenas de montaje. La tercera, la de los ordenadores, nació en 1960 y eclosionó en el siglo XXI con la I+D+i (investigación, desarrollo e innovación). La cuarta revolución o revolución 4.0 le ha tomado ahora el relevo con la tecnología digital, la inteligencia artificial, la globalización y la hiperconectividad.

La OIT prevé que la automatización de la producción tendrá dos inconvenientes, al menos a corto plazo: la pérdida de empleos poco cualificados y la sustitución de trabajos estables por otros precarios y peor remunerados. Las nuevas tecnologías permiten trabajar desde casi cualquier lugar. El correo electrónico y los móviles mantienen las plantillas disponibles las 24 horas del día, los siete días de la semana. Benoît Hamon, exministro de Educación de Francia, defiende el derecho a la desconexión porque “los empleados salen de la oficina, pero no dejan de trabajar. Están amarrados por una correa electrónica, como perros. Los mensajes y los correos invaden su vida”. Y todo esto irá a más. La firma belga de informática NewFusion ha implantado un chip a varios de sus empleados para abrir puertas o acceder a los ordenadores de la empresa.

La Confederación Europea de Sindicatos denuncia que la economía digital “basa su negocio y sus beneficios en la reducción de los costes y en la ausencia de responsabilidades en materia de seguridad social”. Las nuevas reglas de juego, agrega esta organización, que representa a 45 millones de trabajadores de 39 países, “facilitan las posibilidades de eludir los salarios mínimos y de soslayar la regulación sobre los horarios y las vacaciones”. Ello se traduce en “inestabilidad, incertidumbre y peores condiciones laborales”.

El movimiento ahora puesto en marcha no se detendrá. Sólo el tiempo dirá si las cosas han ido a peor o a mejor. “En nuestra mano está cambiar el futuro, un dios Jano con dos caras: la de la riqueza mal repartida o la del crecimiento equilibrado”, asegura Antón Costas, un observador atento y escéptico que considera que “el pesimismo está sobrevalorado”. Catedrático de Política Económica, fue alumno de Fabián Estapé y Ernest Lluch, que dirigieron su tesis doctoral.

“El centro de trabajo está ahora donde esté cualquier trabajador que pueda ser geolocalizado”, explica el juez Aramendi, que ha fallado a favor de un repartidor de la empresa Glovo

Las tecnologías, sostiene el doctor Costas, son “como un potro: si lo dejas solo, te puede destrozar un prado; pero si lo ensillas y embridas, te ayudará. Nada está predeterminado. La prueba se halla en Estados Unidos, sometido a continuos cambios tecnológicos y con un paro casi inexistente, de sólo el 3,8%, que ya quisiéramos nosotros”.

 La revolución laboral traerá “un cambio sísmico en nuestras relaciones con las máquinas y los algoritmos”. Así opina el Foro Económico Mundial, una institución internacional que fomenta la colaboración entre los sectores público y privado. Cada año celebra una reunión de jefes de gobierno, empresarios, banqueros, científicos y representantes de la sociedad civil en Davos (Suiza). Su última radiografía, El futuro de los empleos, asegura que la robotización trastocará el mercado laboral.

Ese documento recalca que en el 2017 los humanos fueron responsables del 71% de las horas trabajadas, y las máquinas, del 29% restante. Los porcentajes se equilibrarán en el 2022 (humanos, 58%; máquinas, 42%) y se invertirán en el 2025 (humanos, 48%; máquinas, 52%).

La solución para compensar el paro provocado por los robots será exigirles contraprestaciones. ¿Cuáles? Punto final, el último cómic de Carlos Giménez, da pistas: “Trabajamos mejor y más rápido. Somos más económicos. No hacemos huelgas... y pagamos impuestos”, dice un robot.

El miedo al paro tecnológico, un concepto que acuñó John Maynard Keynes, no es nuevo. ¿Qué será más rápido? ¿La capacidad de crear empleo o la de destruirlo? “No haga conjeturas sin conocer antes todos los datos”, advertía Sherlock Holmes al doctor Watson. “La automatización tendrá una enorme repercusión en la calidad, ubicación, formato y duración del trabajo”, admiten los expertos de Davos.

El Foro de Davos es el paladín del tecnooptimismo, pero casi el 50% de las empresas que consultó para su último informe esperan a corto plazo reducciones de plantilla debido a la automatización

“El centro de trabajo está ahora potencialmente donde esté cualquier trabajador que pueda ser geolocalizado”, dice José Pablo Aramendi, titular del juzgado de lo social número 33 de Madrid. “Es incuestionable que la robótica y las tecnologías han incidido significativamente en el trabajo y han alterado nuestras conductas personales y hábitos sociales”, explica este magistrado en una reciente sentencia, favorable a un repartidor de Glovo, uno de los heraldos de las empresas 4.0, como Deliveroo, Cabify, Airbnb y tantas otras.

Cada vez se exigirán contratos más flexibles, un eufemismo que exaspera a Luis Burgos Díaz. Este miembro de la Confederación Intersindical Galega (CIG) denuncia la uberización de la economía: “Un empleado bancario puede crear beneficios de 400.000 euros al año. Uno de Amazon, ¡millones! ¿Pero dónde y cómo cotiza esa riqueza? ¡Necesitamos regularizaciones globales y las necesitamos ya, porque el futuro empezó ayer!”.

Luis Burgos Díaz representa a la CIG en el Consejo Económico y Social. Este órgano consultivo, en el que también participan otros sindicatos y empresarios, asesora al Gobierno en materia socioeconómica y laboral. Su más reciente investigación, El futuro del trabajo, reconoce que “sólo se fomentará el crecimiento y el empleo si los cambios se canalizan de manera eficiente y equitativa”.

Aunque a la larga se pueden crear oportunidades, “casi todos los estudios coinciden en señalar que se producirá lo contrario en el corto y medio plazo, y que la digitalización puede aumentar la propensión al autoempleo o al empleo atípico”. Un actor poco sospechoso de veleidades anticapitalistas sostiene que “la inteligencia artificial plantea desafíos legales y éticos”. Se trata del Credit Suisse Research Institut, vinculado a una de las entidades estrella de la banca suiza.

La presidenta del Banco Santander, Ana Botín, niega que la tecnología destruya empleo; todo lo contrario, “creará millones de puestos de trabajo para quienes tengan la formación y las capacidades adecuadas”

“Saltar al mundo digital, al mundo de las máquinas, la inteligencia artificial, los robots, sin antes invertir en las personas es un fracaso. Primero, las personas; después, la tecnología”, reclama el argentino Andy Stalman, autor del superventas Humanoffon, cuyo subtítulo es: ¿Está internet cambiándonos como seres humanos? El título de otro analista argentino, Andrés Oppenheimer, también es revelador: ¡Sálvese quien pueda! La guerra entre apocalípticos e integrados enfrenta a quienes ven peligros o ventajas en las transformaciones. Nunca tuvo más razón Campoamor: “Nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

El Foro Económico Mundial, paladín de los optimistas, espera “que de aquí al 2022 los puestos de trabajo creados superarán de largo a los desplazados”. De nuevo los eufemismos: desplazados, no destruidos o volatilizados. Pero incluso los exégetas de la era 4.0 dan señales de alarma: casi el 50% de las empresas consultadas por los expertos de Davos “esperan reducir la plantilla a raíz de la automatización”.

El 47% de los trabajos actuales corre el riesgo de quedarse obsoletos en los próximos 20 años debido a la robotización, concluyen los investigadores a quienes da voz Andrés Oppenheimer. Del blanco al negro, opina este autor, hay una amplia gama de grises. Entre el alarmismo de quienes ven al Anticristo en la revolución 4.0 o la complacencia acrítica de quienes la aplauden sin reservas, él opta por la vía intermedia. La automatización no provocará necesariamente un desempleo masivo, dice, “pero sí cambiará nuestro concepto de empleo”.

“Estoy convencida de que la tecnología no destruye empleo”, argumenta Ana Botín, presidenta del Banco Santander y una de las fijas en Davos. “Esta revolución dará lugar a millones de empleos para quienes tengan la formación y las capacidades adecuadas”. Para ello, es prioritario que los gobiernos y las empresas “formen la fuerza laboral del futuro y, al mismo tiempo, ayuden a los trabajadores de hoy a hacer esta transición”.

La literatura sobre el futuro laboral tiene su biblia en La cuarta revolución industrial, de Klaus Schwab y prologado por Ana Botín. La tesis del libro, que va por su cuarta edición en castella­no, es clara: los cambios alumbra­rán promesas y potenciales peli­gros si no se gestionan bien. Schwab, fundador del Foro de Davos, admite que este terreno es propicio a los maniqueísmos entre tecnooptimistas y tecnopesimistas. Él se declara un “optimista pragmáti­co”. En breve afrontaremos, añade, “una transición crítica”. Los trabajos con menos riesgo de automatización serán los que exijan “ideas novedosas y capaci­da­des creativas”. Los otros se podrían convertir en “trabajos redundantes”.

Manuel Castells explica que todas las grandes transformaciones tecnológicas causan vértigo. Debió de pasar con el fuego, con el telégrafo, con la máquina de vapor, con… “A menudo las personas, las empresas y las instituciones se sienten abrumadas, más que por los cambios en sí, por la ignorancia sobre los efectos de estos cambios”, argumenta este sociólogo y economista.

La mayoría de los expertos consultados para este reportaje coinciden en que se trata de eso. De estar preparados para no abrumarnos. De anteponer los seres humanos a las máquinas. “Innovación es todo cambio (no sólo tecnológico) basado en conocimiento (no sólo científico) que impulsa valor (no sólo económico)”, dice la Fundación Cotec, que promueve el desarrollo socioeconómico. Una investigación de esta entidad y de la Universitat de València, Automatización y mercado de trabajo, concluye con una recomendación. Si los pronósticos de desempleo se cumplieran, habría que replantear “la conveniencia de la renta universal básica”.

Porque puede que haya empleos redundantes, pero no personas redundantes. Y porque nunca tuvo más vigencia el inicio de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada…”.


Los leñadores del hielo

Bep Moll, de 39 años, es el director general de Branded Mamma, una firma especializada en producción de contenidos digitales, mercadotecnia con influencers y fidelización y mejora de la imagen de marcas comerciales. También es un experto en creación de contenidos y nuevos formatos para medios y plataformas de comunicación. Imparte conferencias y cursillos sobre publicidad digital y redes sociales en universidades y escuelas de negocios. Siempre deja boquiabiertos a sus alumnos cuando les explica la parábola de los leñadores del hielo, del estadounidense Guy Kawasaki, un gurú de las nuevas tecnologías. Él ha adaptado el relato y acaba sus clases con esta pregunta: “¿En qué parte del camino estáis dispuestos a saltar?”.
La historia es la siguiente. En el pasado hubo un floreciente negocio, que nació de la necesidad de ayudar a conservar los alimentos. Unos leñadores descubrieron que, en lugar de talar árboles, podían ganar más dinero si cortaban bloques de hielo y los revendían en la ciudad. Era un trabajo muy duro, y la cosa funcionó de maravilla hasta que un empresario avispado descubrió que podía fabricar hielo y ahorrarse el viaje al bosque. Los leñadores que se resistieron a la innovación y se mantuvieron en sus trece descubrieron poco después que ya no podían competir con su nuevo rival…
Como la vida es una continua carrera hacia adelante, otro empresario aún más avispado que el anterior pensó que las industrias de hielo serían innecesarias si todos los hogares disponían de una pequeña fábrica casera.
Así nacieron las neveras, que supusieron el fin del negocio para los vendedores que no supieron o no quisieron adaptarse a los tiempos y siguieron ofreciendo su producto casa por casa, como si todo siguiera igual.
Tenga el empleo que tenga, posiblemente el lector se sienta ahora mismo como un fabricante de neveras. Ha superado a los leñadores y a los vendedores que voceaban sus productos en la calle. Está tranquilo, ¿verdad? Desde que se inventaron, las neveras se han convertido en electrodomésticos indispensables y así seguirán hasta el fin de los días, ¿no? Eso mismo pensaban los leñadores que regresaban a casa en una carreta y que, después de deslomarse en los ventisqueros de la montaña, pasaron junto a una edificio en construcción sin inmutarse. Era una fábrica de hielo.
Los fabricantes de frigoríficos convencionales que no sepan evolucionar también están condenados a la ruina. Las nuevas generaciones de neveras utilizarán internet y enviarán mensajes al teléfono móvil cuando los yogures estén caducados o cuando sea necesario comprar más fruta. Estas innovaciones, que ya son una incipiente realidad, se convertirán en una moneda de uso corriente en un futuro muy cercano. Las neveras de hoy tendrán pronto el aspecto de las televisiones de tubo.
¿Si usted fuera un fabricante de neveras tradicionales, en qué parte del camino estaría dispuesto a saltar?

 

10

empleos muy
propensos a la
automatización


 
1. Contables
2. Cajeros
3. Vendedores
4. Operadores telefónicos
5. Secretarios
6. Información al cliente
7. Grabadores de datos
8. Entregas y mensajería
9. Trabajadores agrícolas
10. Cadenas de montaje


10

empleos poco
propensos a la
automatización


 
1. Analistas de datos y científicos
2. Especialistas en inteligencia artificial
3. Desarrolladores de aplicaciones informáticas
4. Coreógrafos
5. Cirujanos y psicólogos
6. Antropólogos y arqueólogos
7. Gestores de recursos humanos
8. Ingenieros y arquitectos
9. Gerentes de ventas
10. Altos ejecutivos

(Fuente: Foro Económico Mundial )