Mesías del siglo XXI

Jonas Bendiksen ha documentado en un libro las vidas de siete hombres que aseguran ser el nuevo Jesús de Nazaret. Es un trabajo que va más allá de la anécdota y aborda cuestiones como el poder de la religión y los límites entre la fe y la locura.

En 1988, Serguéi Torop, un policía de tráfico de la pequeña ciudad rusa de Minusink, perdió su trabajo. Poco después, dijo haber experimentado una revelación divina: ya no era Serguéi, sino el nuevo Jesucristo. En pleno derrumbe de la Unión Soviética, cambió su nombre a Vissarion y fundó la Iglesia del Último Testamento. Junto a un grupo de discípulos se instaló en un remoto bosque siberiano, donde han construido una auténtica ecoaldea, a la que han llamado Morada del Amanecer. Hoy, la localidad tiene más de 5.000 residentes y una estructura social propia, donde Vissarion de Siberia ostenta el escalafón más alto.

A muchos kilómetros de ahí, en África, también viven dos mesías de este siglo: en las afueras de Durban, en Sudáfrica, reside Moisés Hlongwane: “Rey de reyes” o “Jesús”, a secas, para sus seguidores. En 1992 este exvendedor de bisutería tuvo un sueño en el que Dios le revelaba que él era el elegido. Desde entonces, no ha parado: ha predicado por las principales ciudades del país y dice haberse enfrentado al diablo en más de una ocasión. Está convencido de que el día del Juicio Final está al caer.

El fotógrafo cuenta que eligió a varias personas “que llevaran tiempo ‘sabiendo’ que eran Jesús y manteniendo una vida de acuerdo con esa revelación”

En Zambia, otro supuesto nuevo Jesús, Bupete Chibue Chisimba, trabajaba como taxista cuando Dios le reveló quién era realmente. Casi veinte años después, combina el taxi con la prédica, acompañado siempre de sus dos hermanos. En Middlesborough, una ciudad industrial al norte de Inglaterra, David Shayler el Cristo ha pasado de trabajar en el servicio de inteligencia británico a considerarse el representante de Dios en la tierra. Lo hace tanto en calidad de David como travestido como su alter ego, Dolores Kane, que encarna los aspectos femeninos de la divinidad. En Brasilia, INRI, el mesías local, lleva tres décadas ejerciendo como tal. Rodeado de sus doce discípulos –nueve de ellos, mujeres–, las nuevas tecnologías son sus principales aliadas a la hora de diseminar su mensaje. En Filipinas, Apollo Quiloboy, quien se autodenomina Hijo de Dios, ha creado un imperio eclesiástico integrado por seis millones de seguidores. Y en Japón, Jesús Matayoshi, también conocido como el Único Dios, aspira a entrar en política para poder así instituir la ley divina, primero en Japón y, más adelante, en el mundo.

Estos son, a grandes rasgos, los siete mesías que el noruego Jonas Bendiksen ha escogido para su último libro, The Last Testament (Aperture/Gost), de reciente publicación. En él, este joven fotógrafo de la agencia Magnum aborda un tema que le interesa desde hace tiempo: el poder de la fe y de la religión. “Aunque crecí en una casa donde no se creía, siempre me han parecido unas fuerzas misteriosas –explica a Magazine–, sólo hay que abrir un diario para comprobar que la religión continúa teniendo mucho peso, pese a los que anunciaban su final”.

Bendiksen detectó a su primer mesías en Rusia, donde ha vivido y trabajado extensi­vamente como fotorreportero. “Leí sobre Vissarion y su Iglesia del Último Testamento en la prensa local, y esa información se me quedó en la cabeza”, ­cuenta. Empezó a investigar sobre los autoproclamados “salvadores” y pronto descubrió que había otros que reivindicaban lo mismo. “Pensé que había una historia y que tenía que descubrirla. Soy una persona muy científica y racional, pero el ir a conocer a Jesús y hablar con él me pareció una oportunidad irresistible”, señala Bendiksen.

El autor del libro se preguntó más de una vez si están locos, estos mesías, aunque no usa términos como “cultos” o “sectas” por considerarlos peyorativos 

Antes de emprender el proyecto, sin embargo, tuvo que seleccionar entre un abanico de mesías a los que hoy se accede vía Google. “Puedes ir a cualquier institución mental y te encontrarás con mucha gente que se considera el nuevo Jesús, así que me impuse dos criterios: tenían que ser personas que ya fueran conocidas y que contaran con una teología consistente. Es decir, que llevaran tiempo sabiendo que eran Jesús y manteniendo una vida de acuerdo con esa revelación”, dice.

Y así empezaron sus viajes. En Zambia fue testimonio de las tumultuosas prédicas de Bupete Chibue Chisimba –“Soy el Rey de reyes. He venido a juzgar al mundo”, le dijo este a modo de presentación–. En Sudáfrica, Moisés Hlonguane, el otro Rey de reyes africano, le invitó a tenderse en su cama tamaño queen-size después de anunciarle que era inmortal (“Me entraron dudas”, escribe Bendiksen).

En Brasil, escuchó los sermones del ya anciano INRI y le preguntó por sus nueve discípulas: “Hace 2.000 años todos mis discípulos me abandonaron o traicionaron. En mi crucifixión sólo estuvieron junto a mí mujeres, a excepción de Juan”, le respondió el mesías brasileño.

A Vissarion de Siberia sólo lo vio en persona durante una hora, el tiempo que tuvo para entrevistarlo y hacerle el retrato que aparece en estas páginas. “Vive muy recluido: no le conocí hasta la tercera vez que fui”, comenta. Tampoco pudo hablar con Jesús Matayoshi, pero sí fotografiarlo, ya que estaba en plena campaña electoral. A lo largo de esta, el mesías japonés amenazó más de una vez a sus rivales con las llamas del infierno.

¿Están locos, estos mesías? Bendiksen, rotundo, responde que no. “A medida que me adentraba en sus historias, encontré más y más difícil separar la frontera entre fe y delirio. Ellos creen realmente ser quien creen que son. Al final, concluí que no podía juzgarlos”. De todos modos, puntualiza que a lo largo de todo el proyecto tuvo que hacerse esta pregunta “una y otra vez”. Llegó, incluso, a formulársela a algunos de ellos: “Y me dieron unas respuestas muy buenas, como que me preguntara si sus mensajes eran menos plausibles que los de cualquiera de los cultos oficiales”.

David Shayler, el Cristo inglés, le contó que tras su iluminación, en el 2007, pensó que se estaba volviendo tarumba, pero fue durante un periodo muy corto: “Yo diría que las verdaderas locuras son cosas como invadir Afganistán o Irak”, le dijo al autor.

El llamado “delirio mesiánico” o mesianismo está contemplado por la medicina. “Sí, es un trastorno del contenido del pensamiento, una distorsión de la realidad: uno tiene la creencia de que ha sido escogido o, directamente, cree que es Dios. Se considera síntoma de enfermedad”, explica la psiquiatra y médico forense Esperanza Gómez-Durán. Aunque es poco frecuente, esta especialista añade que “casi todos los psiquiatras hemos visto algún caso a lo largo de nuestra carrera”.

El mesianismo se puede confundir con otro delirio más habitual: el megalómano o delirio de grandeza. Consiste en creerse un personaje histórico importante, como Napoleón o, más recientemente, explica Gómez-Durán, Steve Jobs, fundador de Apple. Sus causas son una combinación de factores biológicos y ambientales: “Hay factores genéticos que nos predisponen a padecer algún tipo de síntoma psicótico, y hay desencadenantes más ambientales, como el consumo de drogas, que pueden hacer que se desarrolle una enfermedad mental”, explica. 

El delirio implica que la persona pierde el contacto con la realidad, de manera que es muy difícil que se maneje con normalidad en la sociedad. Sin embargo, la psiquiatra señala que “hay situaciones en las que alrededor de un personaje de este tipo se forma una subcultura que normaliza determinados patrones de conducta”. En este caso, al ser algo compartido por un grupo de personas, ya sería más discutible si hay o no patología: “La enfermedad mental tiene mucho de cultural, lo que la sociedad acepta como ‘bueno’ o como ‘normal’ no se considera patología”, explica. “Asimismo –añade–, la psiquiatría ha sido utilizada a veces para etiquetar como enfermedad cosas (como por ejemplo, la homosexualidad) que afortunadamente hoy en día sabemos que no lo son”. 

Para Jonas Bendiksen, el mejor ejemplo para ilustrar la normalización de estas conductas sería el caso de Vissarion de Siberia, cuya comunidad le dejó un tanto fascinado: “Me pareció que se había conseguido un tipo de sociedad remarcable”, recuerda. “Me encantaron tanto el lugar como la gente: tienen recursos, son autosuficientes, viven en auténtica armonía con la naturaleza, los hijos se van a estudiar fuera... ¡Creo que, si no tuviera otras cosas, podría perfectamente ir a vivir allá y tener una buena vida!”. 

Quizás debido a esta fascinación, el autor omite en sus textos las palabras “culto” o “secta”, los considera términos con sentido peyorativo: “Implican que son organizaciones basadas en el miedo o dirigidas por locos. Yo no vi nada así”, repite. Para Esperanza Gómez-Durán, las líneas rojas entre normalidad y patología se marcan midiendo si esa persona o esa situación generan sufrimiento o a ella o a su entorno. “Si esto no ocurre, entonces puede considerarse algo respetable. Ahora, si el individuo que lo vive no es capaz de flexibilizar, de ver las cosas de otra manera, entonces sí que estamos ha­blando de un delirio y sería susceptible de tratamiento”, puntualiza.

Los más de tres años que Bendiksen ha dedicado a su libro no han cambiado su visión racionalista de la vida: “La gente que he conocido ve signos de Dios en cada cosa, tienen como una especie de significado cósmico en todo lo que les pasa que supera al mío. Ha sido un privi­legio poder observarlos de ­cerca, pero yo todavía no puedo ­habitar en ese mundo”. La fe, “que veo que para algunos es algo muy agradable”, dice Jonas, sigue siendo para él un misterio.