El milagro del Eccehomo de Borja

Érase una vez una ciudad poco turística hasta que, hace siete años, un hada madrina con pincel y sin varita mágica repintó un Cristo doliente con mejor intención que acierto. Su archifamoso Eccehomo, que incluso ha inspirado una ópera, ha revitalizado la economía y ha reescrito el cuento del patito feo.

Esta historia comenzó en el 2012 en un lugar donde las desgracias se transforman en venturas y los objetos cobran vida. Un Eccehomo restaurado es el principal de estos portentos, pero no el único. Hasta el contestador del Ayuntamiento se crece, como un futbolista a la hora de lanzar un penalti con parandinha: “Bienvenido a... la ciudad de Borja”. Y si empleara letras en vez de un audio, utilizaría mayúsculas: CIUDAD.

En 1438 el rey Alfonso V concedió el título urbano a este municipio de Zaragoza, de 107 km2 y 5.000 habitantes. Los lugareños no encajan bien que se les degrade. Se cuenta una anécdota de hace mucho, cuando un visitante obsequioso sacó de quicio al alcalde de entonces.

Legiones de turistas visitan este icono pop que creó sin querer una mujer a la que Rubén Blades podría cantar: “Si naciste ‘pa’ martillo, del cielo te caen los clavos”

–¡Qué pueblo más bonito!

–¿Pueblo? ¿Es que yo le he faltado a usted o qué?

Grande o no, esta maravilla podría ser conocida por su conjunto histórico monumental, sus museos y sus tesoros vinícolas. Pero se ha hecho un hueco en el mapamundi de la fama gracias al Eccehomo del santuario de la Misericordia, a cinco kilómetros de la localidad.

“Es nuestro principal reclamo turístico”, admite el alcalde, Eduardo Arilla. Al menos 220.000 personas han acudido desde el 2012 a ver este “icono pop”, como lo califica el alcalde. La pintura ha desatado una locura en Estados Unidos y Japón. Los hechos son tan archiconocidos que los resumiremos a vuelapluma. A vuelapincel, si fuera posible. Si usted es una rara avis y aún no sabe de qué hablamos, se hará una idea si le decimos que aquí se ha reescrito el cuento del patito feo.

El final feliz ya no incluye un cisne, ni falta que hace: vuelos chárter desde la otra punta del planeta, piezas de teatro, libros, tesis, documentales, películas, cómics... Y, ahora, una ópera bufa, Behold the man (He aquí el hombre). La obra recorre los escenarios de Estados Unidos desde el 2018 y este mes se ha representado en el festival Frontiers, de Fort Worth (Texas).

Sus creadores, el músico Paul Fowler y el libretista Andrew Flack, afirman que el Eccehomo “ha sido un revulsivo para la economía de Borja”. No exageran, pero –¡ay!– según ellos todo pasa en un village. Alfonso V se debe de revolver en el más allá. Y también Felipe V, que en 1708 añadió al título de la ciudad el elogio de “siempre fidelísima”.

¿Recuerdan aquel chiste cruel de un niño que pide a su padre que lo lleve al circo? “No, si quieren verte, que vengan a casa”. Salvando las distancias, Borja ha hecho lo mismo con los productos del Eccehomo. “Podríamos comercializar más en Amazon –confiesa el alcalde–, pero nos hemos negado porque preferimos que las ventas se hagan en el santuario: quien quiera recuerdos, tiene que visitarnos”.

Todos los cuentos empiezan mal y acaban bien. Este, que no es una excepción, también tiene una moraleja. Y ya se puede adelantar. Es una pintada en un muro, junto a la señal de tráfico de la carretera que conduce al santuario y a los pueblos de El Buste y Cunchillos. “El amor no es amor sin locura”, reza.

Consumado el naufragio, Cecilia se fue de vacaciones pensando que podría arreglarlo a la vuelta, pero a los pocos días la llamaron: “¡Hablan de ti en la  tele!”

Lo que no tiene esta fábula son villanos, pero sí un hada madrina: Cecilia Giménez Zueco, que ejecutó –según los maledicentes, en sentido literal– el repintado del Eccehomo. Cuántas personas ajenas a la obra de Bertolt Brecht la llamarían madre coraje por lo que ha sufrido.

Madre amantísima le cuadra más. Tiene 88 años, aunque se quita diez. No es coquetería. La memoria le juega malas pasadas. Al libro de sus recuerdos ya le faltan páginas. Va en silla de ruedas y vive en uno de los dos geriátricos de Borja. Olvida muchas cosas, pero no que ama y ha amado con todas sus fuerzas. Su marido, José Montorio Flores, falleció en 1994. Su hijo José Antonio, de 61 años, vive con ella en la residencia: necesita ayuda las 24 horas del día porque nació con parálisis cerebral y graves problemas de movilidad.

“La mala suerte no se hereda: puedes volver a ser madre”, le dijeron. Y entonces vino al mundo Jesús –“mi Jesusín”–, que murió en 1984, a los 20 años, a raíz de una distrofia muscular degenerativa. “Si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos”, sentencia Rubén Blades.

El matrimonio Montorio Giménez regentó un restaurante, el Moka, en la plaza de Santo Domingo. Lo cerraron cuando ella tuvo que dedicarse en cuerpo y alma a sus hijos. A estas alturas del relato, el lector podría preguntarse si es feliz. Antes de contestar o de ahogarse en un vaso de agua, debería pensar en personas como Cecilia, que se considera “la madre más dichosa del mundo”.

Vivía la mitad del año en Borja, cerca del arco de San Francisco. Y los otros seis meses, los de más calor, en su casita del santuario de la Misericordia. El ferragosto da un respiro en esta loma de las afueras, rodeada de un pinar y a 670 metros sobre el nivel del mar. Siempre ha sido el santuario, pero podría haber sido el sanatorio. No es un edificio de la Iglesia, sino un conjunto de casas que se construyeron aquí por la proximidad de una ermita y la fama salutífera de sus manantiales.

La joya de la corona es el caserón, del siglo XVI y considerado con justicia uno de los hospedajes más antiguos de España. Aquí se rodaron escenas de Nobleza baturra, de 1935 y protagonizada por Imperio Argentina. Sus 36 habitaciones se alquilan por largas temporadas y tienen lista de espera.

Uno de sus más eximios veraneantes, cuando la montaña aún no había sido desbancada por la playa, era un artista y fundador de una estirpe de artistas. Elías García Martínez (1858-1934) fue un pintor y catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza, cuya maestría se reflejó en los techos originales del Liceu de Barcelona.

Usar su nombre  como sinónimo de chapuza es injusto porque esta ciudad protege sus tesoros y  no es cuna de artistas excéntricos, sino de artistas, y punto

En 1930 –o 1933, según las fuentes– dedicó “dos horas de devoción a la Virgen” para pintar al óleo un Eccehomo. Su regalo adornó una de las columnas de la capilla particular anexa al caserón. Pese a su delicada belleza y valor sentimental, el trabajo nunca estuvo catalogado. Y nació condenado por la falta de una capa de imprimante, algo imprescindible cuando el lienzo es una pared de yeso.

Casi 80 años después, sólo una persona parecía sufrir con el creciente deterioro del Eccehomo. Cecilia era el alma mater y factótum del santuario. Si había que arrodillarse para fregar, se arrodillaba. Si tenía que llevarse a casa los tapetes para lavarlos, se los llevaba. Y todo, sin pedir nada a cambio. Un día se quedó mirando la pintura y se preguntó: “¿Qué podría hacer por ti, Dios mío?”.

Lo recuerda mientras la acaricia su sobrina Marisa, que la quiere como a una segunda madre. Sus sonrisas iluminan  el jardín de la residencia del  Instituto Aragonés de Servicios Sociales. De pronto, esta señora en silla de ruedas es una niña del colegio de monjas de Santa Ana, a quien la hermana María Cerrada enseñaba a dibujar.

Parpadea y pasa la vida. Suplía con su entusiasmo la falta de conocimientos técnicos. Su afición creció a medida que entablaba amistad con otros pintores locales, como José Pasamar, autor de un peculiar cuadro de Juan Carlos I con  el torso desnudo, que se expone en el restaurante Gabás. O como Cecilio Almenara y Pedro Portero, que viajaban desde Zaragoza en busca de escenarios naturales.

“¿Qué puedo hacer por ti, Dios mío?”. Ya había adecentado –arreglado, dice ella– un cuadro de un Santo Cristo en el monasterio de clausura de Santa Clara. ¿Lo recuerdan? “El amor no es amor sin locura”. A finales de julio del 2012 se decidió. También lo arreglaría. Pero  esta vez algo no iba bien. Los trazos originales se levantaban con cada retoque. La túnica quedó fatal, y el naufragio se consumó con el rostro. Algunos vieron en el borrón resultante El grito, de Edvard Munch. Otros, al hijo de una tonadillera.

“La situación era desesperada, pero no grave”, como ironiza Paul Watzlawick en El arte de amargarse la vida. Cecilia, que tenía previsto pasar unos días de descanso con su hijo José Antonio en Albarracín (Teruel), decidió crear una base con una gruesa capa para tratar de acabar la tarea a su regreso.

No era una restauración, sino un repintado inconcluso. Tampoco fueron unas vacaciones porque se acabaron antes de tiempo. “¿Qué has hecho, Cecilia? ¡La tele está hablando de ti y del Eccehomo!”. En el ínterin, el Centro de Estudios Borjanos, que averiguó lo sucedido, publicó en su blog tres fotos demoledoras: el dibujo de 1933, y el antes y el después del arreglo.

El Heraldo de Aragón recogió la noticia. Fue un tsunami. Cecilia Giménez, Vicente del Bosque y un tal Barack Obama son los personajes más citados en internet aquellos meses. El santuario –que antes no cobraba entrada y ahora sí (a dos euros) y que antes no abría todos los días y ahora sí– tiene mapas de España y del mundo. Un cartel anima a que los visitantes coloquen un alfiler con un papelito en sus ciudades o países de procedencia. Vean la fotografía: apenas quedan huecos.

Otro dato revela la magnitud de este fenómeno mediático global. Es más rápido decir qué países no se han puesto en contacto por este asunto con el Centro de Estudios Borjanos que enumerar los que sí lo han hecho. Manuel Gracia, que dirige con erudición y bonhomía este faro de la cultura de Aragón, ha sido marino y ha dado varias veces la vuelta al mundo. Pero ha tenido que venir el Eccehomo para que descubriera países que no conocía. Sólo 36 estados y territorios siguen oficialmente en la inopia: uno de Europa (San Marino), cinco de Asia, seis de América, otros seis de Oceanía y 18 de África.    

Este peculiar Cristo doliente se ha convertido en una ubicua seña de identidad. Hasta el letrero de un  hotel –el Ciudad de Borja, nada de Borja a secas– ha transformado una o en la efigie del personaje. El dibujo, que ha aparecido en miles de instantáneas y fotomontajes en las redes sociales, ha ilustrado participaciones de lotería, botellas de vino, camisetas, dedales, imanes de nevera, puntos de lectura, llaveros, juguetes, ositos de peluche, bolígrafos...

La venta de recuerdos produce unos 12.000 euros netos al año. Ese dinero y el de las entradas se destina a la fundación Sancti Spiritus, una entidad sin ánimo de lucro cuyo patronato preside el alcalde de turno.

La fundación, dueña del caserón y del santuario, reinvierte los beneficios. Y, sobre todo, sufraga el ingreso de ancianos sin recursos en su geriátrico. Cecilia y su hijo estuvieron allí unos años hasta que obtuvieron plaza en la otra residencia de Borja, del gobierno autonómico y más preparada para personas con sus necesidades.

En su día, hubo un reparto de los derechos de explotación de imagen: un 51% para Sancti Spiritus y un 49% para Cecilia.  Pero esta nunca fue para ella una gallina de los huevos de oro. El Ayuntamiento confirma que la mujer destina hoy todo lo que recibe a ir saldando su deuda con el primer geriátrico.

Cuando estaba alejado de los circuitos turísticos, el municipio podía recibir 3.000 visitantes.  El año del boom, el 2012, fueron más de 80.000. La efervescencia se ha atenuado, pero no se ha apagado. “La media anual es ahora superior a los 16.000 visitantes”, asegura el alcalde. 

El Centro de Estudios Borjanos ha atendido peticiones sorprendentes, como las de las televisiones japonesas que grababan horas de entrevistas y, al terminar, pedían repetirlo todo, “con otra cinta por seguridad”. Unos periodistas argentinos presentaron Borja como un pueblo (sic) con personajes de Luis García Berlanga. “Sólo falta el torero”, dijeron. Falso. No lo descubrieron, pero Ortega Cano eligió el peor momento y lugar para buscar reposo. Agobiado por los problemas legales de uno de sus hijos, se fue al santuario en pleno día D.

Siete años más tarde, todos recuerdan su papel durante este particular desembarco de Normandía. Juan María Ojeda,  entonces el concejal de Turismo y hoy en la oposición, montó en cólera cuando supo qué había pasado, pero el enfado se difuminó en cuanto descubrió quién estaba detrás. “Cecilia es un  amor, un ejemplo de todo lo bueno de una pequeña gran ciudad como la nuestra. No pidió permiso y no tendría que haber hecho lo que hizo, pero ¿de qué la podíamos culpar? ¿De tener buena voluntad?”.

Eduardo Arilla, entonces en la oposición y hoy alcalde, opina igual. Él fue uno de los primeros en intuir las potencialidades de la frase no hay mal que por bien no venga (dicen que eso fue lo que le comentó el general Franco a la viuda de Carrero Blanco). Y no sólo pidió que el nuevo Eccehomo se quedara tal como estaba, sino que además estuviera protegido con una mampara de metacrilato.

Gloria Pilar García, de 73 años, es la más joven de los 23 nietos de Elías García, el pintor del primer Eccehomo. Aunque vive en Córdoba, había decidido volver a pasar el verano en Borja, como en su infancia. “Mis amigos me enviaron al móvil una foto y  me dio un ataque de risa: no me lo creí”. Cuando descubrió que no era una broma, sintió “estupor e indignación”.

Elías García tiene calle en Zaragoza, como dos de sus siete hijos: el escultor Honorio y el también pintor Julio, más virtuoso que él (suyo es el san Francisco de Borja del santuario de la Misericordia). No todos los miembros de esta tercera generación se conocían. La restauración tuvo la virtud de ponerlos en contacto. Llegaron a plantearse demandar a Cecilia, pero Gloria Pilar, en nombre de los 23 nietos, la perdonó cuando se reunió con ella a instancias del Ayuntamiento. “Fue una osadía, pero una osadía de una mujer bienintencionada y que ya había sufrido demasiado”.

Las dos acabaron abrazándose y pidiéndose excusas. La reunión se celebró en el salón de plenos o salón de los Reyes, así llamado por su galería de 19 cuadros de los monarcas que concedieron privilegios a la ciudad. La sala estuvo presidida muchos años por un enorme lienzo de Jacinto del Caso, un Juan Carlos I a caballo que ha sido trasladado al auditorio municipal y sustituido por un singular Felipe VI, de Jorge Andía.

Entre otros efectos colaterales beneficiosos, el Eccehomo ha reavivado la memoria de un semiolvidado pintor y catedrático de Bellas Artes. Borja le ha dedicado exposiciones y ha dignificado su figura en el santuario de la Misericordia. El santuario de Cecilia. Junto al caserón una sala exhibe las obras del concurso pictórico que se celebra cada año, y desde hace tres, en honor de esta mujer...

¿Y colorín colorado?

Otra versión del relato podría obviar el Eccehomo. También se puede hacer el camino de Santiago sin pisar la catedral. Es injusto que Borja se haya convertido en sinónimo de restauración chapucera porque la protección del patrimonio se toma aquí muy en serio, como demuestran sus tres museos y, en especial, el retablo de la colegiata, que elogia con envidia sana el MoMA de Nueva York.

Tampoco Borja es cuna de pintores excéntricos. Si acaso, cuna de pintores, y punto. El principal de todos, Baltasar González, fue fusilado por sus convicciones republicanas en 1936, a los 75 años. Una vez una familia adinerada le encargó un retrato de sus hijas. Él coló de rondón a dos criadas y a una pobre de solemnidad, descalza y cabizbaja. La obra tuvo durante años una admiradora que cada semana iba a contemplarla y que ya ha fallecido. Llegaba a Borja en un Mercedes con un chófer: era la indigente, que con los años se había enriquecido.

“Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas”. El cuento acaba aquí, con ese otro estribillo de Rubén Blades y el adiós a una entrañable hada madrina.

–Ahora me voy al santuario. ¿Quiere que le diga algo a su Cristo, doña Cecilia?

–Sí, dile: “No eres tan feíco, hijo mío, no eres tan feíco”.