Mingong: la generación desarraigada

Los mingong son los obreros de origen rural que desde los ochenta han contribuido al desarrollo urbano chino. Los padres construyeron megalópolis como la de Chongqing (14 millones de habitantes), y sus hijos las habitan. Son peluqueros, vendedores, taxistas que viven mejor, pero que han tenido que crearse una nueva identidad en una sociedad que los ignora.

Algunos tímidos rayos matutinos de sol atraviesan la niebla y los edificios en construcción del barrio de Shibati, en la ciudad de Chongqing, sudoeste de China. Un hombre de unos 40 años, con la respiración entrecortada, sube a gran velocidad escaleras negras con un palo grande de bambú a la espalda para transportar dos enormes bolsas de mercancía. En su paso apurado se cruza con un joven con un corte de pelo rockero ­decolorado que manda mensajes en su iPhone y con un obrero que  va a trabajar. Al lado de la escalera, una prostituta que termina su cigarrillo los mira furtivamente y observa sin saberlo a dos generaciones de chinos mingong, cuyos estilos de vida son diametralmente opuestos.

En la pared donde se apoya, unos caracteres chinos escritos con pintura roja, y con un tono bastante irónico, denuncian que China no es tanto un país como una obra gigantesca. A lo lejos, se pueden escuchar los pesados martilleos y gritos de los obreros. Estos mingong, chinos de origen rural que trabajan en una gran ciudad, destruyen un edificio símbolo de la China antigua para levantar otro resplandeciente de 30 pisos. Estas escenas de vida cotidiana eran típicas del emblemático barrio mingong de Shibati. Hoy ya no existe. Fue destruido. Tanto en Chongqing como en todo el país los estigmas de la humilde China pasada tienen que desaparecer para dejar lugar a la China urbana moderna. A la orilla de la principal fuente de agua del país, el río Yangtsé, Chongqing fue creada en 1998 para ser el Chicago chino. Hoy, su estación de tren conecta China con Europa en la nueva ruta de la seda. Cada año, y desde hace 20, el Gobierno invierte 17.000 millones de euros para asegurar su desarrollo. Esta continua lluvia de dinero explica el gran éxodo urbano del pueblo chino.

Cobran unos 13 euros al día (364 al mes); es poco en relación con el sueldo medio de Chongqing, de 700, pero da para comer fideos, mandar dinero a la familia y hacerse una casa cuando se jubilen 

Al contrario que Mao, que obligaba a los chinos a instalarse en los campos, en los ochenta el presidente Deng Xiaoping incitó a los paisanos a vivir en la ciudad. Mientras que menos del 20% de los chinos vivían en núcleos urbanos hace 30 años, hoy representan más del 53%, o sea, alrededor de 700 millones.

El señor Yang es un mingong de 50 años. Trabaja como demoledor en las obras de Shibati desde finales de los noventa. Él y su mujer compartían un piso en el barrio de Shibati con otros mingong que provenían del mismo pueblo. Es un báo góngtóu, un contratista que organiza tanto el trabajo de los obreros como el viaje anual al pueblo durante el Festival del Verano, el Año Nuevo chino. Trabajan todos los días del amanecer a la puesta del sol salvo los de lluvia. Cobran alrededor de 13 euros al día (364 euros al mes) sin gastos de alojamiento. Es poco en relación con el sueldo medio de Chongqing, de 700 euros mensuales, pero más que suficiente para comer un plato de fideos (0,90 céntimos de euros), mandar dinero a la familia que se quedó en el pueblo y construirse una casa cuando se jubilen. No se podría entender el estilo de vida y la diferente perspectiva de la nueva generación de mingong en China sin pasar por el sacrificio de sus padres.

Son ellos los que con su trabajo en las obras de construcción permitieron el desarrollo económico de sus localidades y aseguraron una educación básica a sus hijos. El hijo del señor Yang pertenece al ejército chino. Terminó secundaria gracias al apoyo económico de sus padre. Yao Zhongjian, de 45 años, está plenamente satisfecho de su vida de obrero. “Ahora, trabajando como mingong no pasamos hambre”, cuenta este obrero de manera tosca entre dos tragos de cerveza en plena partida de mah-jong en una sala del edificio en proceso de de­molición que comparte con 15 paisanos.

Yang y su esposa están orgullosos de su procedencia rural, no se sienten inferiores, pero sí discriminados por parte de los naturales de Chongqing. Un desprecio mutuo, porque los mingongs les consideran perezosos. Este sistema de redes hace que los venidos del campo vivan y evolucionen juntos. Es difícil ascender socialmente sin los contactos adecuados.

Por ejemplo, Li Wenyin, que trabaja como bang bang, actividad ingrata que históricamente permitió el desarrollo de Chongqing transportando mercancía desde el río hasta esta ciudad encastrada en la montaña. Su hijo, en cambio, es taxista de noche y odia su trabajo. “Me jode este curro”, grita Li Xin dándole una calada a su pitillo. Le gustaría cambiar, pero siendo hijo de mingong es difícil salir de su círculo para crear una nueva red de contactos y poder encontrar algo mejor. Es uno de los síndromes de esta nueva generación, no se enfrentan a la pobreza sino al aburrimiento de la vida cómoda y de consumo. 

Pero, a pesar de que la nueva generación esté más adaptada a la vida moderna urbana que sus progenitores, siguen siendo discriminados y no aceptados por sus orígenes. Las bodas entre gente de la ciudad y mingongs son poco comunes.

Zhanghan es una joven que estudia inglés en la universidad. Sus padres son dueños de un restaurante en el barrio de Shapingba donde muchos obreros mingong comen. “Soy consciente de que vivimos en la misma ciudad, pero no podría relacionarme con ellos”, dice Zhanghan antes de bajar en su parada del metro de Chongqing.

La mayoría de los mingongs emigra buscando un sueño, pero a algunos la fría realidad de la urbe les hace anhelar la vida 
del campo. A Leo le gusta Chongqing, pero de vez en cuando 
se plantea la posibilidad de volver

En un centro comercial del barrio Ji Fan Beig, una de las zonas más exclusivas de Chong­qing, se encuentra el salón de peluquería de He Long, un mingong hijo de obreros paisanos que se instaló aquí con su mujer cuando tenía apenas 17 años. Esbelto, lleva una camiseta deba­jo de un chaleco y un corte de pelo al estilo Sex Pistols, He Long arregla como todos los días el peinado de un amigo mingong que trabaja en una discoteca. En su peluquería todo parece brillar para ser reconocido en una sociedad que no los mira: los cortes de pelos exuberantes multicolores, la vestimenta chula, las paredes recubiertas de dorado que hacen pensar en lingotes de oro… 

He Long trabaja 15 horas al día de lunes a sábado y la mayoría de sus clientes son mingong. También lo es un empleado suyo, que lava el pelo de una clienta agarrada a su bolso Louis Vuitton falso mientras otro corta el cabello de un policía muy serio en su uniforme verde. Son todos mingong, no llegan a los 30 años y se alojan en el piso de He Long y de su mujer, que trabaja también en la peluquería como cajera. Se conocieron en el instituto de su pueblo y tuvieron una hija, educada por sus abuelos, que ven una vez al año, para el Año Nuevo chino. Para ellos, la hija es como una desconocida. Comparten muy pocas cosas y no saben qué decirse. El peluquero también pasó por lo mismo de niño. Sus padres lo dejaron con sus abuelos para ir a la ciudad. He Long y su mujer no pudieron llevar a su hija a la ciudad porque no hicieron la transferencia de su hukou de su pueblo a Chongqing. Este es un documento de identidad que cada ciudadano chino recibe al nacer y que diferencia al ciudadano rural del urbano. Se estima que cada año se efectúan entre 17 y 20 millones de transferencias de hukou para los mingong. Los de la ciudad son los más pedidos porque dan muchas más ventajas que los rurales para el acceso a la salud, a la jubilación y a la educación pública. Numerosos escándalos estallaron con la existencia de escuelas privadas para hijos de mingongs. Las autoridades tuvieron que cerrar varias de esas escuelas que empleaban a profesores improvisados sin experiencia y sin ningún título. 

El trauma de los hijos que no pueden vivir con sus padres está muy presente en la mente de los mingong de segunda generación. “No quiero que mi hija viva apartada de mí, aunque la vida en el pueblo tiene sus ventajas” dice Shuai Shumin, una joven vendedora de móviles que pasó por lo mismo siendo niña. Cuando sus padres la visitaban una vez al año en su pueblo natal le traían los últimos zapatos a la moda y le cortaron el pelo al estilo carré. Un corte de ciudadanos modernos. “Era la estrella de la escuela”, recuerda con cariño esta mujer tímida de 30 años que tuvo que abandonar un acento típico de pueblo por el de la megalópoli de Chongqing. 

Para que su hijo pudiese entrar en una escuela pública del barrio sin el hukou de Chong­qing, su marido y ella se endeudaron veinte años comprando un piso. Un sacrificio necesario para que su hijo pueda relacionarse con los chicos de la ciudad lo más pronto posible. 

“Es la mejor forma de asimilación”, cuenta Hu Chengliang un trabajador de la oenegé Green Leaf, en su oficina del vigésimo quinto piso de una torre moderna. Hu es una persona especial. Educado, exemprendedor de una empresa de servicios informáticos, parece ser el típico ciudadano de clase media alta de Chongqing, pero fue también un mingong. Transfirió su hukou a Chongqing para formar parte de esta China moderna. Es consciente de lo que representan los problemas de integración para las familias de los pueblos y es justamente parte de su misión dentro de esta oenegé el ayudarlos. Cuando millones de mingong vuelven a sus pueblos para el Festival de Primavera, la migración más importante del mundo, Hu Chengliang y otros empleados de su organización les echan una mano en las estaciones de trenes de Chongqing. 

“Reservar por internet o simplemente coger un tren es el típico problema con el que tienen que enfrentarse. Les ayudamos con eso”, dice orgulloso este hombre de 35 años ajustando sus gafas. Para Hu, la mitad de la población de Chongqing son mingongs y son cada vez más visibles. Debido a esta migración que no se detiene, paradójicamente, la mujer de Hu piensa que las autoridades deberían frenar la llegada de mingongs. Los urbanos deben el desarrollo económico a estos mingong, y sin embargo son difícilmente aceptados en la sociedad. En Pekín, las autoridades decidieron expulsar en noviembre del 2017 a muchos de ellos con el pretexto de evitar problemas de contaminación y de conflictos sociales.

La gran mayoría de los mingongs emigran a la ciudad impulsados por sus sueños individualistas, pero a algunos, la fría realidad de la urbe les hace anhelar la vida del campo. Leo, de nombre occidental, trabaja en el famoso bar Nuts. Le gusta su vida en Chongqing, pero a veces se plantea la posibilidad de volver a su localidad. “Soy un mingong, pero todavía me siento campesino”, dice gritando Leo bajo la pesada música rock del bar. Leo no quiere transferir su hukou. Antes, la gente quería abandonar el campo por las pésimas condiciones de vida, pero ahora gracias a los mingongs los pueblos se desarrollan. “Si tuviese hijos, me gustaría darles una educación más tradicional, basada en los valores del campo, en un lugar sin aire contaminado”. 

Regresar al pueblo para volver a echar raíces e intentar hallar el equilibrio. Es el gran dilema de esta generación china perdida entre dos mundos.