Nepal, un año después del terremoto

Poco más de un año después del terremoto en Nepal, el patrimonio cultural del país continúa amenazado. La burocracia y las disputas políticas retrasan su recuperación mientras Gobierno y Unesco debaten sobre reconstruir los templos hundidos o preservar primero los dañados y qué técnicas utilizar para conseguirlo.

Estado actual de la zona de la plaza Durbar, en el centro histórico de Katmandú, la más dañada por el terremoto

Decenas de nepalíes se encaraman cada día a las escalinatas de las plazas Durbar en los distritos de Katmandú o Patan, en el valle de Katmandú. Allí charlan. O se tumban, algunos a dormitar. O simplemente echan la tarde viendo pulular a las palomas y a la gente, a los vendedores de bisutería o a los turistas esporádicos de paso por la ciudad, camino del Himalaya. La escena parece completa. Repetida durante años. Pero sus posturas corporales confunden. En la fotografía no aparecen todos los elementos. Esas escalinatas sobre las que se reclinan están en realidad huérfanas. Muchos de los templos que completaban la estampa ya no existen.

Faltan esos monumentos de ladrillo y madera, con toldos burdeos y forma de pagoda, considerados desde 1979 patrimonio de la humanidad por la Unesco, que se derrumbaron el año pasado, el 25 de abril al mediodía, cuando un terremoto de magnitud 7,8 sacudió el país. Otros sí resistieron la sacudida y las decenas de réplicas posteriores. Pero hoy muestran sus heridas en estas postales de vida cotidiana. Desde muros con profundas grietas hasta paredes hundidas o vigas de madera exteriores que aspiran a mantenerlos apuntalados al suelo con un cuestionable ­juego de fuerzas y equilibro. La vida rutinaria sigue en Nepal. Solo que ahora junto a esos mercaderes de recuerdos o esos fieles que ofrendan flores, dinero y refrescos a la temida diosa Kali en Durbar, en Katmandú, hay también murallas de ladrillos, edificios acordonados y, en los patios interiores, montañas apiladas de maderas y ­escombros.

El retraso de las obras preocupa porque los templos corren riesgo de colapso con el monzón, pero inquieta más la diferencia de criterio a la hora de reconstruir entre los nepalíes y la Unesco

Nepal trabaja contra el reloj para recuperar y salvar su preciado patrimonio cultural. Casi un año después del seísmo se ha avanzado poco. “La maldita burocracia”, se quejan en privado desde la Unesco. La lentitud en la toma de decisiones y las disputas políticas, que impidieron que hasta finales de enero se formase la división del Gobierno responsable de la ­reconstrucción del país y de la gestión de los fondos para ­hacerlo, son una cuenta atrás para todos esos templos hoy precariamente sostenidos. Pero el mayor enemigo del país no es el calendario, sino el propio país.

Durante los primeros meses tras la tragedia se hizo recuento de daños. El Gobierno estimó que una cuarta parte del patrimonio cultural se había hundido, sobre todo en zonas como la plaza Durbar de Katmandú, donde una decena de sus templos, incluidos los de Kasthamandap o Magu Dega, se vinieron abajo, o en la antigua ciudad de Bhaktapur, también parte del valle, con la mayor parte de su patrimonio desaparecido, incluida su famosa torre Dharahara. El Gobierno estimó en 150 millones de euros el destrozo y en 200 millones la cantidad necesaria para la reconstrucción. Unas cifras a las que, sin embargo, desde la Unesco no se les da validez.

“El Gobierno tenía que poner algo y puso eso. La cifra no es real. Aunque no importa la cantidad, que sean 200 o 500 millones, porque no habrá fondos suficientes. Lo importante es cómo se trabaje con lo que haya disponible”, explica el austriaco Thomas Schrom, arquitecto y asesor de la Unesco, que vive en Nepal desde hace dos décadas. Sentado ante una taza de café en el plácido patio interior del museo de Patan, Schrom trata de mantener la diplomacia que le exige el puesto, entre suspiros y una confesa frustración. “El problema de Nepal ha sido siempre la falta de mantenimiento y la baja calidad de las reparaciones que se han hecho. Por eso ahora hay que aprovechar esta oportunidad: hacerlo bien para que no se derrumbe de nuevo”, asegura.

Pero un año después del terremoto, prácticamente el único trabajo realizado en el valle de Katmandú ha sido recopilar todos los restos de esos monumentos hundidos para poder separarlos por templos y usarlos después en la reconstrucción de estos. Y ni siquiera en todas las zonas se ha terminado esta fase. En Durbar, en la capital, aún se prolongará al menos hasta después del verano. “Es demasiado tiempo”, se lamentaba a finales de enero Christian Manhart, máximo responsable de la Unesco en Nepal, a los responsables del Gobierno nepalí, durante una visita privada a la zona dañada a la que asistió Magazine. “Va más lento de lo que querríamos, pero al menos hay buena relación con el Departamento de Arqueología. El problema es que se retrasa la toma de decisiones en el Gobierno porque nadie se atreve a decidir si hay que demoler un templo o un edificio. Nadie quiere ser culpado. Y eso ralentiza todo”, explicaba el alemán después de la visita.

El choque entre los expertos de la Unesco y el Gobierno nepalí no está, sin embargo, en esos tiempos. Preocupa el retraso, sobre todo por el riesgo de colapso de mucho de los templos y la amenaza que supone una nueva temporada de monzones. Pero inquieta más la diferencia de criterios, la hoja de ruta divergente entre unos y otros sobre cómo trabajar una vez completado ese recuento real de daños.

Oficialmente, el plan del Gobierno nepalí tiene tres fases. En la primera, que empezó en enero, se decidirá si se demuelen o reparan los monumentos más vulnerables, como el edificio neoclásico Gaddi Baithak, en Katmandú, cuya estructura apenas se sostiene. Además, en esta primera fase se ha decidido reconstruir el templo hindú de Kasthamandap, de tres plantas y originario del siglo XII, “porque está muy conectado con el sentimiento de la gente”, como justifica Suresh S. Srestha, uno de los responsables del Departamento de Arqueología del Gobierno. En una segunda fase, sin plazos previstos todavía, se estabilizarán los templos dañados que no corren riesgo. Y será en la tercera, igualmente sin fecha, cuando se empiece a reconstruir la treintena larga de monumentos hundidos en todo el valle.

Pero esta es la versión más oficial del plan de trabajo. Extraoficialmente hay una pugna entre los objetivos el Gobierno y los de la Unesco, porque el primero, ante todo, quiere reconstruir, levantar las estructuras caídas; y el segundo, como prioridad, aspira a que se preserven todos esos templos gravemente dañados. Ese es uno de los frentes abiertos. Aunque Manhart, paciente, diplomático y elegante, envuelto en su fular y abrigo gris en el invierno de Katmandú, esquive la controversia con un elocuente “hay que ser flexibles…”. Pero no es el único motivo de fricción. El otro es cómo deben reconstruirse y repararse los templos.

La mayoría de ellos fueron levantados con ladrillos cocidos a mano, barro y estructuras de madera, con techos cubiertos de placas de terracota y adornados con placas de latón dorado y marcos de puertas y ventanas minuciosamente tallados a mano. Algunos expertos nepalíes ensalzan la técnica tradicional y recurren a las fábulas centenarias para defenderla. Un árbol, dice una de ellas, se mantiene firme frente a la tormenta, pero cede si las fuerzas son demasiado fuertes. Al junco lo mueve hasta la brisa suave, pero la tormenta más violenta no podrá quebrarlo.

La reconstrucción de algunos templos no dependerá tanto de la burocracia, ni de los ingenieros o las lluvias como de la presión 
de los fieles en función de la importancia religiosa del edificio

“Estoy en contra de las tecnologías modernas si no son estrictamente necesarias. Tenemos que preservar nuestra técnica tradicional y local, porque si no, dentro de tres generaciones se habrá perdido para siempre. Esa es la técnica que ha hecho que estos templos hayan sobrevivido hasta 400 años, y debemos aprovechar esta oportunidad para enseñar a las nuevas generaciones cómo hacerlo”, afirma Mukunda Raj Aryal, profesor de Arte de la Universidad de Nepal y uno de los directores del trabajo de reconstrucción de la plaza de Durbar de Katmandú. Frente a quienes abogan por construir como se hizo en el pasado están aquellos que, preocupados además por la falta de mano de obra cualificada, instan a aprovechar la oportunidad y utilizar la ingeniería moderna, como el arquitecto austriaco Thomas Schrom. “El Gobierno quiere hacerlo como se ha hecho siempre. Dicen que si se vuelven a derrumbar ya se levantarán otra vez”, se queja. Él defiende que se contrarresten los precarios materiales nepalíes, por ejemplo, con estructuras internas de hierro y suelos oscilantes que resistan la tensión de un futuro terremoto, o con techos impermeables que eviten la corrosión de la madera. Porque es cuestión de décadas, como ha demostrado la historia, que otro gran terremoto, como sucedió ya en 1934 y ocurrió el año pasado, vuelva a sacudir el país y sus templos.

Mientras tanto, sin embargo, a pesar de los tiempos y los debates, no serán la burocracia, ni los ingenieros ni los monzones quienes decidan el futuro inmediato del patrimonio. Uno de los factores más determinantes es la presión de los propios nepalíes según la importancia religiosa que le den a un templo. Y paradójicamente, mientras que los monumentos del valle se convertían en patrimonio de la humanidad, dejaban de serlo de la comunidad más local. Las grandes zonas de Katmandú o Patan han perdido esa conexión con los habitantes de la ciudad, salvo excepciones como ese templo de Kasthamandap que sí se erigirá de nuevo y a cuya parcela hoy yerma aún acuden decenas de personas a rendir plegaria a la solitaria estatua de Gorakhnath.

Aunque el mejor ejemplo de esta presión es la estupa budista de Boudhanath, uno de los símbolos de Nepal. Después del terremoto, y tras haber quedado descolgada y muy dañada su cúspide –la base, la escalinata y el pináculo que representan la iluminación de Buda–, la comunidad local se volcó, protegió la zona y donó dinero, como también llegaron fondos del extranjero. Suficientes para que hoy una treintena de trabajadores se afanen en su reconstrucción, al margen del Gobierno y de la Unesco. La nueva Boudahantah, prevista para dentro de dos años, simbolizará de nuevo la elevación de Buda. Ahora, también sobre la burocracia.