“ No sé si el cáncer me dejará escribir más”

El escritor viaja en su nueva novela a la Barcelona del modernismo, cuando se estaban construyendo los edificios que hoy identifican a la ciudad. Ildefonso Falcones compaginó la escritura de la obra con la lucha contra la enfermedad.

Ildefonso Falcones, en una de las salas del hospital de Sant Pau, obra de Lluís Domènech i Montaner, que es a la vez escenario de su novela y el lugar donde murió su padre

Cualquier barcelonés tiene el modernismo grabado en su interior -comenta Ildefonso Falcones, en el patio interior de la Casa Batlló-. Basta pasearse por la ciudad. Pero no había una novela que tratara la época del modernismo en general. Hay muchas sobre la Sagrada Família, casi todo es sobre Gaudí, pero yo quería reivindicar otras figuras tan importantes como él, Lluís Domènech i Montaner, Josep Puig i Cadafalch, Josep Maria Jujol… Sí, Dan Brown hace aparecer la Pedrera en su última novela, pero de una forma tan esotérica que no tiene nada que ver con la realidad, hay que darle a esta arquitectura el enfoque que merece”.

“Dan Brown saca La Pedrera en su novela, pero de una forma tan esotérica que no tiene nada que ver con la realidad, hay que darle a esta arquitectura el enfoque que merece”

El pasado jueves, 29 de agosto, se puso a la venta El pintor de almas (Grijalbo/Rosa dels Vents), la nueva novela de Falcones, protagonizada por el joven Dalmau, que aspira a ser artista en una ciudad que, a principios del siglo XX, parecía una especie de Champions de la arquitectura en cuyas calles competían los Cristiano y los Messi de la disciplina, erigiendo los grandes edificios que, todavía hoy, visitan con admiración los turistas. “Fue un movimiento que duró 20 o 30 años, no más -explica-. Hoy nos parecen preciosos, pero durante mucho tiempo se criticaron sus ‘excesos decorativos’. El plan urbanístico de Ildefons Cerdà promovió edificios monótonos, oscuros, que lo único que buscaban era la funcionalidad. Eso generó una reacción de algunos arquitectos, que aprovecharon el impulso de la Exposición Universal y las nuevas ordenanzas municipales, que permitieron más altura, voladizos, el lujo… para levantar una ciudad magnífica. Tras esta etapa de imaginación exuberante, saltamos a un racionalismo estricto, el noucentisme exigió reflejar los ‘valores de orden’ de los catalanes. Es que hasta  se plantearon cargarse el Palau de la Música, la obra magna del movimiento, decían que ahí no se podía escuchar música”.

Trece años después de La catedral del mar, Falcones se ha enfrentado a su desafío más duro, por motivos extraliterarios. “He escrito El pintor de almas con cáncer. La empecé sano y la he terminado en quimioterapia. Cuando tecleaba, y me sigue pasando, sentía como mil alfileres clavados en las yemas de los dedos, es un secuela de la quimio, un hormigueo permanente, en las manos y en los pies. Es tremendo que escribir te dé esos calambrazos”. ¿Cómo ha cambiado su vida? “Ha entrado una variable que antes no considerabas: la muerte o la invalidez. Sin dejar de luchar, es una posibilidad que tienes que asumir. Me empezó en el colon, el tratamiento funcionó y luego han aparecido unos minúsculos nódulos en algún otro sitio”. 

El protagonista del libro, Dalmau, es “un joven de familia obrera, anarquista, anticlerical, que aprende cerámica en la Llotja, que era entonces una escuela gratuita de artes y oficios. Lo apadrina Manuel Bello, un constructor ultrarreligioso que lo tiene trabajando para él, lo que le pone en contacto con la Barcelona del lujo y la opulencia. Su novia, Emma, es cocinera, ambos representan el envés de la moneda, aquella ciudad tremendamente pobre cuyas autoridades admitían que el suelo y el agua eran tan insalubres que llevaban a la gente humilde a contraer unas fiebres tifoideas que se hicieron endémicas”. 

“Las niñas empezaban ¡a los 10 años! a prostituirse, en una ciudad ultracatólica como era Barcelona. Había prostíbulos por todas partes, uno de ellos compuesto únicamente por carniceras”

Ahí está, de nuevo, el conflicto social, las desigualdades, un rasgo de la literatura de Falcones, quien en su vida normal pasa por ser un hombre de orden, pero que se transforma casi en un revolucionario cuando se pone a escribir. “Hombre, no causa la misma impresión aquel hombre que pide allí -comenta, a la salida del hospital de Sant Pau-, con su teléfono móvil, al que por supuesto tiene derecho, que aquella época. Cuando profundizas, te das cuenta de que no era todo tan maravilloso como nos parece hoy, que en la construcción de La Pedrera, la Sagrada Família, el Palau de la Música… participaron miles de personas que trabajaban en unas condiciones opresivas e injustas, no tenían derecho a la vivienda, ni siquiera al descanso dominical. La paradoja es que, durante la edad media, debido a que la Iglesia mandaba mucho, al menos se descansaba el día del Señor”. La novela retrata un ejército de menores viviendo en la calle, pero el autor se resiste al paralelismo con los menas actuales: “Hoy en día cualquier chaval puede encontrar ayuda en los servicios sociales, come cada día y tiene la sanidad garantizada, pero aquellos no tenían nada, se  habla de 10.000 chicos abandonados en la calle por familias que no podían alimentarlos,  vivían y morían allí, al raso, iluminados por una luz de gas que empezaba a compaginarse con la eléctrica”. Entonces, “la caridad dependía de la Iglesia, que no era como la Cáritas actual, que ayuda a todo el mundo, sino que exigía a los muchos pobres ateos que abjuraran de sus ideas para recibir una ayuda. La Iglesia reclamaba conversiones, primaba a los necesitados católicos”. Es una Barcelona turbia y sacudida por la picaresca, donde hay hambre y se vende carne podrida, pollos enfermos, se falsifica el vino… “Hubo una catástrofe que nos dejó sin viñedos y se falsificaba el producto con alcohol etílico procedente de Alemania”.

“Empecé la novela sano y la he terminado en quimioterapia. Cuando tecleaba, sentía como mil alfileres clavados en las yemas de los dedos, es un secuela de la quimio”

Dalmau tiene cosas de Falcones, “esa lucha por salir adelante o establecerse, a los 16 años me quedé huérfano, como es él. Mi padre murió de cáncer y el suyo, por las bombas del Corpus. Yo trabajé en un bingo mientras estudiaba Derecho, vendiendo cartones. Dalmau es artista, también, y sufre las inseguridades de todo creador”. Aunque su personaje cae en las garras de la adicción, un tema muy contemporáneo pero “común en la época. La primera ley antidrogas es de los años veinte del siglo XX, hasta esa época en las farmacias se vendía cocaína, morfina... absolutamente de todo. La heroína se llama así porque supuestamente servía para quitar el hábito de la morfina, hasta que se dieron cuenta de que era mucho más potente que la otra”. En la prensa de la época, “se publicaban informes de los servicios sanitarios diciendo que han detenido a 40 personas en estado etílico, de las cuales cuatro con morfina, tres víctimas de cuchilladas... Los barceloneses combatían la adicción a la morfina con métodos religiosos porque médicamente no existía nada adecuado, y a los ricos se la trataban... con champán”.

El lector asiste asimismo a los grandes cambios en el vestuario femenino. “Es una época en que, al compás de la moda francesa, la mujer va desprendiéndose de una serie de corsés, los físicos y los mentales, se empezó a dar paso al sujetador, hasta entonces iban oprimidas”. En paralelo, “mujeres y edificios van desprendiéndose de su porte rígido y se vuelven serpeantes y seductores, ellas se paseaban por las mismas calles principales donde reinaban los nuevos edificios”, vías en las que convivían “los primeros coches (para los pudientes) con las mulas, más asequibles”.

Aunque es una novela “para entretener”, quien quiera encontrará mensajes en clave actual. Una crisis económica feroz y las desigualdades propalan el mensaje del odio, la gente se enfrenta por grupos sociales e ideológicos. “Es increíble la explosión de la Setmana Tràgica en Barcelona. Los ricos son los que siempre sacan provecho de las guerras y de las crisis. Lo curioso es que consiguieron desviar a la masa obrera al enfrentamiento con la Iglesia. Yo no entiendo por qué no atacaron a los verdaderos responsables de lo que les pasaba, por qué esa gente injustamente tratada, que se lanza a la calle enardecida, no fue primero a las casas de sus opresores, los ricos comerciantes, por qué no asaltaron las viviendas burguesas en vez de las iglesias. Es realmente curioso cómo los responsables de todos sus males no sufren ningún daño, ya no físico sino ni siquiera patrimonial”. Hay escenas dignas de la caída del imperio romano, con Barcelona en llamas vista desde la azotea de la Pedrera “porque las iglesias ardían mientras los burgueses estaban de fiesta”.

Dalmau frecuenta a los artistas de la época y hay cameos de Ramón Casas y muchos otros. “Básicamente, se dividían en dos grupos, los bohemios y los integrados. Había una escuela incluso que seguía estrictamente los principios religiosos hasta el punto de que prohibían representar el desnudo femenino y que las modelos posaran sin ropa”. Aparecen anécdotas inspiradas en casos reales, “como que tiraron a la basura una estatua de Rodin porque la consideraron provocativa”.

“No era todo tan maravilloso como parece hoy, en la construcción de La Pedrera, la Sagrada Família, el Palau de la Música… participaron miles de personas que trabajaban en condiciones infrahumanas”

A través sobre todo del personaje de Emma, le ha salido una historia muy feminista. “Es una realidad que te encuentras al investigar -reconoce-, yo la desconocía, el papel de la mujer fue clave, sobre todo sorprendentemente en las acciones violentas, que encabezaban decididamente, iban a las marchas con sus hijos para que la policía tuviera más compasión. Pese a ello, después las organizaciones a las que ayudaban no las reconocieron, ni por supuesto tenían derecho a voto”. Las violaciones se prodigaban y la indefensión podía ser absoluta si no se tenía un novio o hermano fuerte. “Las niñas empezaban ¡a los 10 años! a prostituirse, en una ciudad ultracatólica como Barcelona. Había prostíbulos por todas partes, uno de ellos compuesto únicamente por carniceras”. Los métodos anticonceptivos parecen extraídos del realismo mágico pero él asegura que eran reales: “Eran los inicios del preservativo, pero muchos no lo usaban y, tras el coito, se daban duchas vaginales para no quedarse embarazadas. Otro método era un artilugio de goma con que las propias mujeres se bombeaban”.

Entre los escenarios, aparte de un pequeño guiño a “la catedral del mar” -que aparece en plena procesión del Corpus- hay otros, como un efervescente Paralelo, lleno de antros de perdición, los lavaderos públicos de Rec Comtal, o un paseo de la Bonanova y una plaza Catalunya que son grandes solares. Lo que hoy es la plaza emblemática del centro de la ciudad “no estaba urbanizada, la cruzaban en aspa dos vías, el tren a Sarrià iba por encima, por la calle Balmes, cortando la ciudad en dos”. El barrio de Pekín (actualmente La Mina) “se llamaba así porque lo fundaron, si mal no recuerdo, los expatriados filipinos de 1898, la gente volvió de allá sin recursos, y se establecieron en la misma playa”. La construcción de la Via Laietana es otro de los trasfondos: “Llevó a la ruina a miles de personas, mandadas a las barracas de la playa y detrás de Montjuïc. Barcelona estaba llena de infraviviendas, en cualquier sitio, sobre todo en los pasillos de acceso a los interiores de manzana, donde se cobraban barbaridades por espacios de diez metros cuadrados sin agua, luz ni retretes”.

Otro lugar curioso es la Casa del Pueblo de la calle Aragón, “que hizo construir Alejandro Lerroux, era un centro republicano. Lerroux era un populista enorme, prometía de todo, exacerbaba a la sociedad, excitaba los ánimos de los obreros injustamente tratados en provecho propio, hoy también encontraríamos algunos ejemplos. A la vez que hacía eso, ofrecía servicios de educación, médicos, ayudas… le hacía la competencia a la Iglesia”.

“Lerroux era un populista enorme, prometía de todo, exacerbaba a la sociedad, excitaba los ánimos de los obreros injustamente tratados en provecho propio, hoy también encontraríamos ejemplos”

Las manifestaciones contra las guerras en África (la de Melilla, la del Rif…) son otro aspecto del libro, con sus cargas de la guardia civil a caballo y todo. “Los ricos no iban al ejército porque pagaban. Las compañías de seguros te garantizaban, pagando una póliza, que si tú, en el sorteo de los quintos, salías elegido para ir al ejército, ellos te pagaban la prima de redención y te librabas. Si no, había gente que se empeñaba hasta ocho años para poder abonar ese dinero. El caso es que, si se mandaban soldados de las quintas a la guerra del Rif, hubiera supuesto un gran desembolso para las aseguradoras, así que se decidió enviar a los reservistas. Las empresas no pagaron, pero la ciudadanía se encontró que mandaron a la guerra a los padres de familia, por puros intereses económicos”.

Mientras Falcones sigue luchando contra la enfermedad, espera con ilusión la nueva serie que se va a hacer sobre su novela Los herederos de la tierra, tras el éxito de audiencia cosechado por La catedral del mar en España e Iberoamérica. Le preguntamos por sus problemas con Hacienda y le cambia el semblante: “Todavía siguen. Dos años antes de salir mi primer libro, vendí los derechos por 3.000 euros a una empresa participada por mi hermano. La editorial me pagó 5.000 euros, de los que 1.000 eran para mi agente. Yo, entonces, no sabía siquiera ni si me la iban a publicar. Hacienda dice que ideé todo eso para eludir impuestos cuando yo ni podía imaginar la dimensión que iba a tomar todo. Es cansino. Llevo siete años de martirio. No culpo a nadie pero mi enfermedad también deriva de una situación extremadamente estresante. El riesgo de cáncer se multiplica con el estrés, mi hermano lo tiene también”.

Sobre sus proyectos, sonríe: “Tengo ideas pero no sé si puedo plantearme un proyecto tan avanzado como acabar un nuevo libro, no sé si el cáncer me lo permitirá. Si me dices: ¿te vas a morir?, te respondo: todavía no. Me he decidido a contarlo porque tal vez puede ayudar a la gente ver que puedes escribir un libro, seguir desarrollándote como persona. Pero lo del hormigueo en los dedos cuando tecleo, eso ya seguiré toda mi vida con él”.