La noche del Oscar busca una leyenda

Bob Hope fue quien creó el puesto de presentador animador de la gala de los Oscar en 1940, papel que representó en 17 ocasiones. Es un trabajo que reporta mayor protagonismo que ganar alguna de las estatuillas, y de la elección del presentador depende en buena medida una audiencia multitudinaria para la gala. La academia no siempre ha acertado.

La vista de la platea desde el escenario del teatro Dolby, en pleno corazón de Hollywood, es ciertamente sobrecogedora. Construido para la ceremonia del Oscar poco más de una década atrás y usado entre gala y gala hasta hace poco por un espectáculo del Cirque du Soleil, que ayudó a recuperar el coste, el sitio, conocido originariamente como Kodak Theatre, puede dar cabida a 3.332 espectadores, divididos en cinco pisos.

Puede ser tanto una bendición como una pesadilla, algo que ciertamente saben Anne Hathaway y James Franco, protagonistas de la peor entrega del Oscar de todos los tiempos, cuando en el 2011 intentaron hacer realidad los sueños de la academia de apelar a la audiencia más joven.

Eso explica por qué, cuando los productores Craig Zaidan y Neil Meron salieron a buscar a quien sería el conductor de la ceremonia que tendrá lugar el domingo 22 por la noche, se encontraron con mucha más resistencia de la que podían imaginar. Lo ideal para ellos hubiera sido lograr que Ellen DeGeneres, quien retornó a presentar la gala el año pasado después de haberlo hecho con mucho éxito en el 2007, hubiese completado una trilogía, nada mal, teniendo en cuenta que con su presencia los ratings habían subido un 8% con respecto al año anterior.

Dueña de un contagioso sentido del humor y llena de buenas ideas, la simpática rubia logró un contundente récord cuando se tomó una autofoto junto a todas las estrellas que pudo reunir frente a su cámara y la colgó de inmediato en su cuenta de Twitter. En media hora, la imagen se repitió casi 800.000 veces, demostrando el poder del Oscar y la capacidad de innovar de la conductora. Sin embargo, no alcanzaron los ruegos y las promesas de Zaidan y Meron para que DeGeneres se moviera de su firme negativa a repetir y, después de unos meses, los productores se dieron por vencidos y pasaron a un plan B.

 

Hicieron una propuesta formal a Chris Rock, quien, cuando condujo la gala en el 2004, no perdonó a ninguna de las estrellas presentes y se atrevió a llevar un equipo televisivo a un vecindario afroamericano para preguntar a la gente cuáles eran sus gustos cinematográficos. Pero no llegaron a un acuerdo económico (algo que Rock nunca quiso reconocer oficialmente). La tercera opción fue Julia Louis-Dreyfuss, protagonista de una de las comedias más populares de la televisión. Respondió con un no rotundo.

Entonces tomaron en cuenta a quien llevaba años esperando la gran oportunidad: Neil Patrick Harris nunca ocultó sus sueños de conducir algún día la noche más importante del cine, simplemente como un corolario de una carrera paralela que le ha visto entretener a las audiencias del Emmy y del Tony. Si hay alguien que se ha especializado en trabajar frente a una audiencia en vivo, es este hombre delgadito y con rostro de niño que parece ser capaz de hacerlo todo.
 

Sin miedo escénico

Convertido en actor por casualidad cuando a los 15 años fue invitado a participar en una película, Neil Patrick Harris nunca se conformó con una sola cosa y exploró todas las avenidas posibles para su creatividad. Fue protagonista de series de televisión, astro de Broadway, figura del cine y mago profesional. A los 41 años tiene un currículum que ocupa muchas páginas y no parece interesado en bajar la marcha. En Perdida, de David Fincher, sorprendió con uno de los personajes más revulsivos de los últimos tiempos, pero también publicó recientemente un libro de memorias y se pasó buena parte del año pasado protagonizando en Broadway el musical Hedwig and the Angry Inch.

Lo que para Louis-Dreyfuss puede haber parecido una perspectiva escalofriante, para Harris es un contexto ideal. Cuando se enciendan las cámaras en el Kodak no sólo tendrá a la crema y nata de Hollywood mirándole en vivo, sino que por lo menos 43 millones de personas en Estados Unidos lo seguirán desde sus hogares. Aunque desde que en 1985 el presidente de la academia, Robert Wise, aseguró que la ceremonia es presenciada en directo por mil millones de personas, la realidad es que ese número es un mito, tanto como la afirmación de la entidad organizadora de que se emitirá en más de 200 países, cuando las Naciones Unidas sólo cuentan con 193 miembros.

Lo que es indiscutible es que Neil no querrá desaprovechar la oportunidad y buscará la forma de que haya un antes y un después. Puede sonar ­demasiado ambicioso, pero basta buscar en YouTube el número de apertura de la ceremonia del Tony que preparó en el 2013 para sospechar que intentará doblar la apuesta. En esa ocasión, comenzó solo en el escenario con una guitarra haciéndose pasar por un músico debutante, pero enseguida dejó claro que su intención era representar Broadway a lo grande, con decenas de bailarines en escena, numerosos cambios de vestuario, acrobacias, la presencia del mismísimo Mike Tyson en el escenario y hasta un número de magia, todo mientras cantaba y bailaba durante siete espectaculares minutos, en los que homenajeó todas las obras que competían por los premios mas importantes del teatro norteamericano.

Como la sorpresa es una parte fundamental de una exitosa gala del Oscar, Harris ha tratado de mantener la boca cerrada sobre cuáles son sus planes para el número de apertura y los gags con los que tendrá que mantener el entusiasmo del público a lo largo de un show que suele durar de promedio cuatro horas. Sin embargo, poco después de aceptar la misión confesó que le encantaría compartir números musicales con Lady Gaga, Adele e incluso con Pink, y reconoció que no estaba en sus planes hacer chistes fáciles a costa de las celebridades presentes, un recurso utilizado en exceso por sus antecesores con resultados discutibles.

En una entrevista concedida al programa de radio de Entertainment Weekly, explicó que su intención era tratar de que el show sea entretenido y a la vez mantener su reputación de grandeza, sin volverse pesado y aburrido. Harris señaló en esa ocasión: “Espero poder lograr que sea un programa inteligente. A mí siempre me ha encantado la entrega del Oscar, tengo un gran respeto por su historia y sé que debe ser una ceremonia con clase”.

El actor, cantante, bailarín y mago seguramente hará algo muy diferente a sus experiencias previas en la entrega del Emmy y el Tony, no sólo porque aquí podrá explorar su pasión por el cine, sino también porque contará con un presupuesto mucho más vasto que en las otras entregas de premios. La academia, este año, se ha gastado en publicidad cuatro millones y medio de euros más que para entregas anteriores, sólo para tratar de atraer a la audiencia joven, una obsesión que desde hace años parece guiar esta entrega de premios. Y es que, aunque aparentemente es sólo una gala, también es un gran ­negocio.

La poderosa cadena ABC, propiedad de Disney, que transmite tradicionalmente la entrega del Oscar, ya había vendido en octubre todos los spots de 30 segundos que se verán en Estados Unidos, por la nada despreciable cifra de 1,6 millones de euros cada uno. Como comparación, la cadena NBC cotizó a 300.000 euros ese mismo segmento durante la emisión en vivo de Peter Pan en diciembre, ya de por sí una cifra muy superior a lo que se paga cuando lo que se transmite es una serie o un noticiario.
 

Una larga historia

Cuando los premios de la academia fueron entregados por primera vez en 1929, el conductor de la ceremonia fue el legendario Douglas Fairbanks. Claro que en aquel entonces, lo suyo sólo pasó por anunciar los nombres de los ganadores en un acto que apenas duró 15 minutos, y la razón de que fuese elegido tuvo menos que ver con su condición de estrella de cine que con el hecho de que era el presidente de la institución. Si bien a partir del año siguiente la entrega de los premios comenzaría a ser transmitida en directo por la radio, pasarían décadas hasta adquirir las características de gran acontecimiento que tiene hoy, ya que inicialmente era algo reservado para la industria.

En 1937, cuando la academia contrató al famoso maestro de ceremonias George Jessel, la gala comenzó a transformarse en una celebración, algo que sería reforzado al año siguiente, con la llegada del humorista radiofónico Bob Burns. Todo cambiaría en 1940 con Bob Hope, el hombre que realmente creó el puesto de presentador.

En realidad, la idea de que fuese él quien condujese la gala surgió a partir de su participación en la entrega de premios el año anterior, cuando le tocó presentar a los candidatos al mejor cortometraje, deleitando a los presentes en sus pocos minutos en el escenario. A lo largo de 38 años su reinado sería indiscutible: presentó el premio en 17 ocasiones, tanto sólo como acompañado por otras estrellas. Curiosamente, a pesar de haber disfrutado de una de las carreras más extraordinarias de la historia de Hollywood, Hope nunca fue nominado, lo cual se convirtió en una de sus bromas clásicas cada vez que le tocaba pararse en el escenario.

Al menos, la academia le entregó cuatro estatuillas honorarias y también le concedió el premio Jean Hersholt por su labor humanitaria. Fred Astaire, Danny Kaye, Jack Benny, Frank Sinatra, Jerry Lewis y Jack Lemmon, entre muchos otros, tomaron la posta en algún momento, aunque siempre se volvía a Hope, hasta que presentó los premios por última vez en 1968. Su ausencia fue tan sentida que en las tres siguientes ceremonias no hubo un presentador per se y sólo a partir de 1972 la academia intentó buscarle un sustituto.

Tras probar múltiples fórmulas, Hope finalmente aceptó regresar junto a otras estrellas en 1975, y tres años después haría su última gala solo, sin duda una excelente forma de celebrar medio siglo de Oscar.

En 1979, llegaría otro rey, proveniente como su antecesor del mundo de la comedia. John­ny Carson fue durante décadas la estrella indiscutida de las noches televisivas norteamericanas, entrevistando a diario a muchos de los que luego aspirarían a coronar su carrera con una estatuilla dorada. Pero su momento de gloria fue la entrega del Oscar, que presentó en cinco ocasiones. Robin Williams, Richard Pryor y Chevy Chase, entre otros, probarían su suerte en los años sucesivos, pero no habría otra estrella íntimamente asociada con la gala hasta que en 1990 le tocó el turno a Billy Crystal.

Cuando este se cansó, después de cuatro entregas consecutivas, Whoopi Goldberg demostró que los tiempos estaban cambiando al convertirse en la primera afroamericana en plantarse frente a la audiencia en el Dorothy Chandler Pavillion en 1994 y también en la primera mujer en conducirla sola. Tras una desastrosa incursión de otro rey de la noche televisiva, David Letterman, Goldberg retornaría, alternando con Crystal y otro comediante cuyo nombre se volvería sinónimo de Oscar, Steve Martin, hasta completar cuatro presentaciones.
 

Comienzan los problemas

Desde que en 1998 la gala batió un récord histórico al alcanzar los 57 millones de televidentes, no tanto por la presencia de Billy Crystal en la conducción como por el triunfo arrollador de Titanic, los productores del Oscar han estado tratando de empatar esos números, algo que jamás han podido lograr. Los ratings fueron catastróficos en el 2003, con Steve Martin como conductor, cuando apenas lo miraron 33 millones de personas. Cuando al año siguiente Crystal anunció que esa sería la última ocasión que conduciría la gala, en una noche en la que la audiencia se incrementó en 10 millones de espectadores, la academia emprendió lo que ha sido hasta ahora una búsqueda incesante de un conductor que pueda convocar a multitudes y a la vez convertirse en sinónimo de la estatuilla dorada.

DeGeneres se apuntó un tanto en el 2014 al hacerse una "selfie" con algunas de las estrellas de la noche y tuitearla

Los productores lo intentaron con Chris Rock, Jon Stewart y Ellen DeGeneres, cada uno con diferentes estilos pero con una característica común: un humor cada vez más ácido, muy lejos de la elegancia que caracterizaron a Hope, Carson y Crystal. Los ratings, sin embargo, seguían cayendo en picado. En el 2008, Stewart condujo la gala que hoy mantiene el récord de ser la menos vista desde que los números fueron registrados por primera vez: apenas 31 millones de televidentes se tomaron la molestia de sintonizar la ceremonia para ver ganar a No es país para viejos. Quizás obedeció a que Hollywood acababa de salir de una de sus peores pesadillas, la huelga de actores que un par de meses atrás había impedido la realización de los Globos de Oro.

Las autoridades de la academia encontraron brevemente a su salvador en Hugh Jackman, que dio clases de carisma cuando presentó los premios en el 2009. Al año siguiente, Martin regresó acompañado de Alec Baldwin, aunque el encargado de abrir la ceremonia fue, curiosamente, Neil Patrick Harris, cantando y bailando como si se tratara de un filme musical de la década de los cincuenta, en lo que quizás es un indicador del tono que tendrá su incursión como presentador oficial.

El punto de inflexión fue la emisión del Oscar del 2011, cuando Hathaway y Franco protagonizaron su inolvidable papelón. No es que las cosas siempre hayan salido perfectas en las galas. Jerry Lewis tuvo que ponerse a improvisar en 1959 cuando 20 minutos antes del cierre previsto ya se había entregado el último premio, así que puso a bailar a las estrellas presentes. Y en 1973, cuando Charlton Heston no pudo llegar a tiempo al Dorothy Chandler Pavillion porque había pinchado un neumático, Clint Eastwood tuvo que levantarse de su butaca para reemplazarle sin previo aviso.

Hathaway y Franco cumplieron con los tiempos previstos y se ajustaron al horario, pero no conectaron con la audiencia. De él se dijo que parecía en las nubes, y de ella, que se esforzaba demasiado. Lo cierto es que quedó claro que la academia había tocado fondo y que hacía falta un cambio revolucionario.

Fue entonces cuando la academia invitó a Brett Ratner, director de la última X-Men y de la trilogía de Hora punta, para que insistiera con la audiencia juvenil pero elevando el nivel. El director, que acababa de colaborar con Eddie Murphy en Un golpe de altura, logró convencer al célebre comediante para que se redimiera de aquel incidente en el 2007 cuando, tras perder ante Alan Arkin, se marchó de la ceremonia mientras las cámaras todavía estaban grabando.

Sin embargo, el papelón de la academia continuaría. Poco después, Ratner se vio obligado a renunciar tras hacer unos desafortunados comentarios homofóbicos, y Murphy le siguió, creando un vacío que fue resuelto con una última participación de Billy Crystal, que sin dudas no fue la mejor. El recuerdo de lo que hicieron Seth McFarlaine y DeGeneres en las últimas dos ceremonias todavía está muy fresco, pero si algo queda claro es que la noche del Oscar necesita un nuevo líder que le ayude a recuperar el lugar de cita obligatoria para todos los amantes del cine del que gozó alguna vez.

Con galas casi todas las semanas desde la noche en que se entregan los Globos de Oro, es difícil sentir que se trata de una ocasión única e irrepetible como lo era cada vez que Bob Hope se situaba frente al micrófono del Santa Mónica Civic Auditorium. Este año, Neil Patrick Harris tiene la gran oportunidad de convertirse en su sucesor. Será como cuando Messi tiene que chutar un penalti. No habrá medias tintas: o entierra la pelota en el arco y se asegura el lugar para los próximos años, o se suma a la larga lista de presentadores tibios y olvidables.