Norte de Camerún, África esencial

De acceso complicado e infraestructuras muy básicas, el norte de Camerún atesora los paisajes más singulares de un país que, de por sí, no atrae multitudes. Y, sin embargo ofrece una franca acogida por las etnias que lo habitan. Viajar por esta región evoca de forma inevitable la época de las grandes exploraciones.

El tren se detiene en mitad de la noche, en ninguna parte. No es la primera ni la última vez que lo hará a lo largo de las 19 horas que va a durar el viaje entre Yaundé, la capital de Camerún, y Ngaoundere. De la oscuridad brotan voces apresuradas, ansiosas, ya que la venta se tiene que concretar ahora o nunca. Bebidas frías con sabor a pomelo, mangos, muslos de pollo con mucha piel y poca carne… tal es la oferta que se pregona sin importar la hora, el calor o la lluvia. En Yaundé el menú incluye además todas las declinaciones del pan y la bollería a la francesa, herencia colonial que ha seguido bien arraigada en la vida cotidiana del país. Por lo demás, la ciudad exhibe algunos edificios modernos que no entusiasman al visitante, incluida la masiva catedral de Notre Dame, una pirámide capaz de acoger a mil fieles.

Lo mismo sucede en la costa con Douala, la mayor ciudad del país, con una herencia histórica deslucida y donde lo más entretenido es elegir un pescado para asar al momento en la costanera, escondida tras los tinglados del puerto industrial. Entonces, ¿qué tiene Camerún? Una de las paletas más coloridas de las etnias del continente, una inmersión de primera en la idiosincrasia africana.

Ciudades como Yaundé o Douala, con escaso interés turístico, quedan deslucidas ante los paisajes naturales que se pueden observar en la región norte

Un ejemplo de su singularidad son los Lamidat o jefaturas tradicionales musulmanas, cuyo origen se remonta al siglo XVI, cuando los pastores nómadas peul, desde el imperio de Macina (el Malí actual), emigraron hacia el lago Chad. En sus alforjas trajeron el islam, además de un sistema de organización teocrática. La autoridad moral y espiritual del lamido sigue vigente en el norte del país y la garantiza la constitución camerunesa, aunque sólo ejerce los viernes tras la plegaria. El Lamidat de Ngaoundere es uno de los más bellos en su interior, gracias a su decoración multicolor de aire naíf. Desde fuera aparenta ser una gran cabaña de barro y techo de paja. Cuando no está activo, los vecinos atajan entre calles pasando por dentro del edificio, sin mayor ceremonia.

En cuanto se sale de la ciudad, hacia el norte, y se superan la cascada de Vina y el lago de Ngoundaba, el agua empieza a escasear y se va imponiendo el paisaje propio del Sahel, donde los pocos árboles de la ruta atraen a docenas de personas que esperan a su sombra y durante horas la llegada del taxi-brousse, el transporte colectivo que parece regirse por la regla “cuanta más gente amontonada, mejor”.

La falta de agua parece contradecir la historia del país, ya que cuando el portugués Fernando Poo llegó a la costa, el río Wouri tuvo un papel primordial porque era navegable. Fue rebautizado como río de los camarones. La corrupción del nombre por parte de sucesivas oleadas de colonos alemanes, franceses e ingleses acabó convirtiendo los camaroes originales en Camerún.

Del crustáceo no queda ni rastro en el escaso cauce del Mayo Farda, a la entrada de Poli, donde un grupo de mujeres intenta lavar la ropa. Todas son altas y van vestidas con ropas de vivos colores que las envuelven acentuando su esbeltez. Hay vergüenza, pero también francas sonrisas en sus rostros, muchos de ellos tatuados o con escarificaciones. Esta va a ser la tónica del viaje por el norte camerunés, además de la sorpresa de ver a un blanco paseando por allí. El turismo cayó en picado después de unos episodios puntuales de secuestros en el 2013 y el 2014, ejecutados por facciones de Boko Haram que llegaron de la frontera nigeriana, al oeste. Hoy la situación se presenta pacífica, con un ligero repunte del turismo. Pero la escasez de visitantes y el deplorable estado de las pistas de montaña del interior hacen dudar de la rentabilidad de tales incursiones.

Para llegar al norte hay que pasar varios ‘peajes’, donde la ‘tarifa’ son unos mil francos locales, 1,5 euros

Los poblados bororo que envuelven Poli son de adobe, como la mayoría de los que se ven en el país, donde por fortuna el techo de zinc no se ha impuesto sobre la construcción tradicional, mucho más fresca. Las casas de planta redonda las habitan los animistas. Las cuadradas, los cristianos. Las mujeres de una misma familia visten con telas del mismo diseño, para diferenciarse de sus vecinas. Los hombres llevan camisetas de equipos de fútbol europeos, única señal de modernidad en lugares donde la principal ocupación sigue siendo la ganadería.

Los animales se pueden comprar vivos o muertos en los grandes mercados de la región, puntos de encuentro que ocupan extensiones increíbles y donde el caos circula entre áreas temáticas perfectamente delimitadas: Aquí se vende pescado desecado; allí, cestas de mimbre; más allá, botellas de bebidas recicladas como contenedores de gasolina… De los muchos mercados que ver, sin duda el de Pitoa es uno de los más dinámicos, situado a pocos kilómetros de Garoua. Para llegar a él hay que cruzar varios peajes de carretera donde el saludo cordial se acompaña de una propina, entregada con discreción. Si no se acierta con la cantidad, se corre el peligro de pasar el día sentado en la cuneta, a la espera de una negociación. El truco está en no perder la calma, ya que el tiempo es lo único que sobra en África. A estos controles los locales los llaman manger-mille, ya que mil francos CFA (1,5 € al cambio) es la cantidad estándar que se paga por pasar. 

Siempre hacia el norte, la tierra roja aplastada por el sol se aparta para dejar que asomen grandes rocas de basalto, por las que corretean los babuinos. En Kola incluso imitan un mar, una sucesión de olas de piedra que se hunden diez o doce metros en la tierra, protegiendo un riachuelo de las llamas que caen del cielo. Sin embargo, la apoteosis llega en Rhumsiki, donde los montes Mandara parecen dedos que brotan del suelo, separados unos de otros por algún baobab solitario y dibujando un paisaje de belleza primigenia.

Las agujas que cubren el altiplano de Kapsiki son antiguas chimeneas volcánicas que se alzan en vertical hasta alturas que superan los mil metros. La más famosa es la de Mchirgué, situada de forma escenográfica frente al pueblo de Rhumsiki, que se encarama en la ladera de enfrente para tener mejor vista. Las parejas que tienen problemas de fertilidad acuden al Mchirgué, que el marido escala mientras la mujer espera a sus pies. Si regresa sin un rasguño, la descendencia está asegurada. 

Maroua es la ciudad más agradable, con villas pintadas de ocre y unos peculiares barrios de curtidores y forjadores

Muchas veces es el Brujo de los Cangrejos el que recomienda tal tratamiento. El oficio de adivino pasa de padres a hijos y necesita la ayuda de un cangrejo de río; éste, al moverse dentro de un recipiente desplaza unas piezas de calabaza que, según su posición, revelan el destino. Menos populares, pero quizá más necesarios son los miembros del clan herero que viven extramuros, en el valle: son los encargados de dar sepultura a los muertos. Es posible ver muchas casas protegidas con muros de piedra seca y largos montones de leña apiladas frente a la entrada. El número equivale al de las esposas de quien habita allí. Es importante que todas dispongan de la misma cantidad de madera, para no favorecer a nadie. La leña es un bien escaso y, por tanto, valioso.

Una pista infernal de tierra, castigada por decenios de abandono, pero por la que no dudan en pasar camiones de cuatro ejes, desemboca en Mokolo, y luego, en Maroua. Es la ciudad más agradable del país, con villas que guardan la privacidad tras muros pintados de ocre y grandes avenidas sombreadas por acacias. Ejerce de capital de la provincia del Extremo Norte y la habita una mayoría de foulbé, pueblo de artesanos. Impresiona la visita al barrio de los curtidores, cerca del río Kaliao, con sus pozos coloridos donde se curan pieles entre olores indescriptibles, pero aún más el de los forjadores. Ahogados entre hierros retorcidos y planchas de metal, de la que se cortan con punzón y martillo porciones que se convertirán en azadas o bielas, a demanda, trabajan en medio de un fragor de batalla. En otro lugar, esto sería un desguace. Aquí, cada resto es la oportunidad de reparar algo.

También son creativos los anzuelos que se emplean en el lago Maga, al este, en la frontera con el Chad. Llano como una hoja de papel de carta e igual de blanco, merece la visita por la localidad de Pouss, el único lugar donde aún se conservan las viviendas de adobe mousgoum. Los franceses las llaman “casas obús” por su característica forma de cúpula, que les brinda una gran solidez. Casi erradicadas por el colonialismo francés, por una vez, el interés turístico parece ser su tabla de salvación. 

Una ruta poco turística

Yaundé
Capital del país. El centro moderno es compacto y ofrece algunas comodidades occidentales, como el emporio del brioche y el pan de Viena de Achropolis. Es el necesario punto de inicio o de fin de toda ruta.

Ngaoundere
Una de las grandes estaciones ferroviarias de acceso al norte, según el trazado iniciado por los alemanes y terminado por los franceses. La ciudad creció alrededor del palacio del Lamido, de una gran influencia en la región.

Poli
De camino a los montes Alantica – donde Alá no pudo llegar –, es un reducto de la vida rural bororo. Una verdadera inmersión en la vida del campo en una época que parece medieval.

Rhumsiki
La puso de moda en los años cincuenta del siglo XX el viajero y escritor suizo René Gardi y con razón: es uno de los paisajes más espectaculares de todo Camerún, con sus agujas de lava basáltica de más de mil metros de altura y una pintoresca población donde apetece quedarse.

Maroua
Caótica en las cercanías del puente sobre el río Kaliao, que la divide en dos, la ciudad se extiende  en amplias avenidas, más relajadas que en otros lugares. Los distintos mercados y barrios de artesanos son únicos.

Pouss
A orillas del lago Maga, que ejerce de frontera natural con el Chad y donde se pueden avistar hipopótamos, conserva los últimos edificios de arquitectura tradicional mousgoum, de una belleza intemporal. Varios se conservan a modo de museo al aire libre.

Guía práctica

Cómo llegar: No abundan las opciones para volar a Camerún, de manera que el vuelo que ofrece Turkish Airlines de entrar o salir del país por Douala o Yaounde, indistintamente, es todo un lujo. 
(www.turkishairlines.com).

Visado: Es fácil de conseguir por anticipado y sólo incluye como requisito el disponer de un plan de viaje concreto, normalmente una reserva de vuelos.

En el destino: En Camerún hay musulmanes, pero también cristianos y animistas. La religión no es algo que el visitante percibe como una imposición en forma de normas, pero conviene observar las mínimas reglas de decoro que dicta el sentido común.

Clima: El país goza de un clima ecuatorial húmedo al sur y tropical de muy tórrido a pre sahariano al norte. La temperatura media anual es de 250C, pero no es raro ver el termómetro rondando los 400C.