¿Nos sienta bien trabajar?

Aunque en su hamaca de vacaciones algunos se hayan olvidado y ahora les asalte la depresión ante el regreso a su puesto laboral, consuélense con este hecho: el trabajo nos sienta bien física y mentalmente. Por diferentes razones.

El 19 de abril de 1906 Pierre Curie, ensimismado en sus investigaciones, cruzaba la calle Dauphine de París. Hacia la mitad, un pesado carro que avanzaba veloz tirado por un caballo se abalanzó hacia él. El científico intentó coger su arnés para detenerlo, pero resbaló y cayó bajo el carruaje. Murió poco tiempo después. 

A algunos, el trabajo les da un sentido vital, a otros les satisfacen los logros o los desafíos que plantea su ocupación y otros sienten que aportan algo a quienes les rodean

La noticia dejó paralizada a Marie Curie durante días. La incansable investigadora se sumió en un estado de shock: dejó de comer y de dormir, apenas se movía. Sólo pudo disipar su pena trabajando, reanudando la actividad a la que había dedicado la mayor parte de su vida conyugal. 

De hecho, consiguió ser la primera persona que ganó dos premios Nobel: tras el primero, en Física, que obtuvo junto con su marido, logró otro en Química en 1911 por el descubrimiento de los elementos radio y polonio. Y siguió investigando sin descanso hasta el final de sus días, sacrificando su salud: murió por haber manipulado toneladas de pechblenda (uno de los minerales del radiactivo uranio) durante sus experimentos. 

Su pasión científica no sólo le ayudó a superar el fallecimiento de Pierre. Toda su vida estuvo teñida por esa motivación: su forma de sentir la maternidad (una de sus hijas fue también premio Nobel de Química), su vida material (nunca disfrutó económicamente de sus descubrimientos porque no quería perder tiempo y energías haciéndolos rentables) y sus hábitos cotidianos estuvieron supeditados a su labor profesional. Su amor por sus investigaciones se trasluce en la forma en que recordaba sus inicios con Pierre en un pobre apartamento de la rue de la Glacière: “A pesar de todo, en aquella miserable barraca pasamos los mejores y más felices años de nuestra vida, consagrados al trabajo. A veces me pasaba todo el día batiendo una masa en ebullición con un agitador de hierro casi tan grande como yo misma. Al llegar la noche estaba rendida de fatiga”.

No todas las personas poseen la pasión por el trabajo que muestra la biografía de Madame Curie. De hecho, es revelador que la palabras trabajo y trabajar procedan de vocablos del latín relativos a formas de castigo y tortura. Por eso, no son de extrañar nuestras frases irónicas (“Algo malo debe de tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado”) y nuestras quejas (“el trabajo es tan malo que nos tienen que pagar para que lo hagamos”). Sin embargo, nos sienta bien trabajar, tanto física como psicológicamente. Lo recordaba el endocrinólogo Gregorio Marañón, pionero de la moderna salud mental: “El trabajo sin prisa es el mayor descanso para el organismo”. 

La psicóloga Sonja Lyubomirsky, profesora de la Universidad de Riverside, en California (EE.UU.) comprobó esta afirmación cuando recopiló decenas de testimonios de personas que habían ganado cuantiosos premios de lotería. Su sorpresa fue descubrir que al poco tiempo, el efecto mágico de esa gran cantidad de dinero se había desvanecido. Los agraciados seguían teniendo el mismo estado de ánimo que antes. Y una de las razones que daban para el bajón emocional que tuvieron a los pocos meses de recibir el premio era haber dejado de trabajar. “No hacer nada es algo que sólo apetece cuando se tiene mucho que hacer”, reza el viejo adagio popular. Parece cierto que ese estado dichoso de ociosidad constante nunca se traduce en felicidad permanente.

Por supuesto que la motivación económica está presente, pero casi siempre trabajamos por algo más que para ganar dinero

El sano humor del sur de Europa nos lleva a ironizar continuamente acerca de nuestro hastío laboral. Pero en realidad, la mayoría de las personas están contentas con su trabajo. Una encuesta publicada en España a principios del 2015 reflejaba que ocho de cada 10 personas (concretamente, el 81,5% de los más de 2.000 encuestados) están satisfechos con su vida laboral. 

Por supuesto, hablamos siempre de bienes­tar relativo: a todos nos molestan ciertas tareas y todos tenemos problemas con determinadas personas. Además, hay muchas diferencias entre unas profesiones y otras. En la encuesta anteriormente citada, los que más disfrutan (deportistas, maestros, psicólogos, científicos y médicos) tienen índices de satisfacción cercanos en torno al 95%. Sin embargo, en otras ­disciplinas el índice es mucho más bajo. Incluso existen labores ingratas en las que nadie es feliz, pero la regla general es que se trata de un fenómeno mucho más ­satisfactorio de lo que solemos reconocer.

Hay razones diversas para que este fenómeno sea positivo para la salud mental. De hecho, el trabajo aporta bienestar a cada persona por un motivo distinto. 

A algunos, por ejemplo, les proporciona un sentido vital. El psiquiatra Viktor Frankl fue recluido en campos de concentración (Auschwitz y Dachau) junto con personas que habían visto destruidas la mayoría de las cosas que valían la pena en sus vidas y que padecían hambre, frío y la violencia extrema de los que les mantenían encerrados. Sin embargo, algunas conservaban una impresionante fuerza interior. Frankl observó que se trataba de personas para las que la vida merecía la pena porque había algo que proveía de significado todo lo que les ocurría. Para muchas de esas personas, el significado existencial estaba relacionado con su mundo laboral, ya que querían aguantar con vida para seguir su carrera como músicos, hacer muebles en su taller de carpintería o enseñar. Es el ejemplo de madame Curie: siguió adelante tras la muerte de su marido porque se dio cuenta de que su vida tenía una razón de ser que era su consagración a la investigación. 

Otras personas disfrutan del trabajo cuando este satisface su motivación de logro. Son los que disfrutan del placer de medirse, persistir y lograr objetivos concretos: son felices cuando consiguen alcanzar determinadas metas laborales. Incluso aunque no se identifiquen con su profesión, se sienten dichosos cuando afrontan ciertos retos y los culminan con éxito. Ascender en el organigrama, aumentar las ventas, ver reconocidos sus logros, lograr superar a sus rivales o conseguir los objetivos propuestos por sus jefes son, para ellos, motivo de orgullo y satisfacción. De hecho, el sacrificio en sí les proporciona bienestar. El escritor André Gide lo resumió en una frase: “El secreto de mi felicidad está en no esforzarse por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo”.

La motivación de logro caracteriza a aquellos que se sienten desafiados por ciertos objetivos laborales y se desafían a sí mismos para tratar de superarse. Las personas que la tienen disfrutan siendo competentes independientemente de que crean o no en su labor porque eso les hace experimentar orgullo y eleva su autoestima. Y el mejor lugar para desarrollar este tipo de felicidad es el trabajo: a fin de cuentas es la única tarea a la que dedicamos ocho horas (y más) al día.

Hay, también, quienes disfrutan de su vida laboral porque están impulsados por la motivación de poder. Son aquellos que buscan controlar el comportamiento de las demás personas intentando que el mundo se ajuste a sus planes. Las personas así encuentran alegría cuando tienen influencia y control sobre otros individuos. Pero también cuando son famosas, admiradas o adquieren prestigio. Es un tipo de felicidad que se alcanza a través de la mirada de los demás, que cambia cuando se domina el mundo de alrededor. Kirk Douglas afirmaba que “cuando eres famoso no eres tú el que cambias, son los demás”. Y eso es lo que proporciona placer al que tiene motivación de poder.

Un ejemplo son aquellos que tienen un rol de autoridad en su trabajo. Cuando hablamos de personas a las que mueve este acicate tendemos a pensar en cuerpos de seguridad o en militares, pero no hay que olvidar que hay muchas más actividades en las que las diferencias de poder con los usuarios son patentes y hay posibilidades de dominar a los demás. Entre directivos, psicólogos, directores de cine, profesores, periodistas y políticos hay también muchos a los que mueve este poderoso motor. 

Otro ejemplo de motivación laboral es la contribución. Hay quienes son felices en el trabajo porque sienten que aportan algo a los que les rodean. Es un motivo de satisfacción del que suelen hablar los que ayudan a personas que sufren. No sólo se trata de profesiones que trabajan habitualmente con desfavorecidos (trabajo social, enfermería, bomberos, cooperación y ayuda humanitaria…) sino también de labores en las que se tiene la oportunidad de hacer algo de forma puntual. Dar unas indicaciones precisas a alguien que está perdido en un laberinto administrativo, arrancar una sonrisa a alguien estresado o tener un trato amable con una persona que sufre un mal día da sensación de contribución. 

De la importancia del trabajo y de su influencia en el resto de la vida habla una investigación de los psicólogos Salvatore Maddi y Suzanne Kobasa. Cuando empezaron a trabajar con el concepto de resiliencia –capacidad de proyectarse en el futuro a pesar de estar viviendo acontecimientos desestabilizadores– intentaron ver hasta qué punto ciertas profesiones optimizaban esa variable en aquellos que las ejercían. Su constatación es que algunos ámbitos laborales (los de la salud, intervención social, servicios de emergencia...) aumentan mucho el sentido del compromiso, la sensación de control sobre los acontecimientos y la apertura a los cambios vitales. Pero que, en general, la mayoría de las profesiones daban oportunidades puntuales para incrementar estos valores.

Hay más motivaciones que el trabajo satisface: necesidad de exploración y apertura a nuevos mundos, aportación a un equipo, disfrute hedonista… Por supuesto, la motivación económica está siempre ahí. Pero no nos engañemos: casi siempre trabajamos por algo más que para ganar dinero. Woody Allen ironizaba: “El trabajo es una invasión de nuestra privacidad”. Pero también reconocía: “En ocasiones, el sexo es sólo… un sustituto del trabajo”. Hay otras que tienen mejor fama, pero trabajar es una de las actividades del ser humano con más posibilidades de ayudarle a alcanzar la felicidad.