Novísimas conquistadoras

De la mano de la renovación de los discursos y los modos del cine español, ha desembarcado una generación de nuevas actrices dispuesta a tomar las pantallas.

Toda renovación necesita rostros para encarnarse, caras a las que asociar sus discursos y valores. En la literatura, el deporte, la ciencia o la música, pero más aún en la política o el cine, pues son disciplinas subordinadas a la imagen que proyectan de sí mismas. En el proceso de brutal salto adelante que el cine español ha dado en sus peores horas –en un marco de reducción del número de rodajes y de sus presupuestos–, ha desembarcado una nueva generación de rostros femeninos, venidos de la televisión, del teatro o debutando, que han puesto cara y ojos a personajes hijos de un mundo diferente, ajeno y a menudo incomprensible a sus mayores. Nada más llegar, candidaturas y premios han sancionado sus valores, en lo que sólo cabe entender como una rendición incondicional al fragoroso impulso de lo nuevo. Así es con Ingrid García Jonsson, lanzada por Hermosa juventud (2014), de Jaime Rosales, y premiada como mejor actriz en Lisboa, Toulouse y los Sant Jordi, y Natalia de Molina, Goya por Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), de David Trueba y premiada también en Berlín y en Málaga. Ambas aparecieron en la pantalla como salidas de la nada, demostraron instinto y cinegenia, y desde entonces han entrado en un ciclo estajanovista de rodajes. A su lado, Irene Escolar, a la que este año esperan tres estrenos –Un otoño sin Berlín, La corona partida y Altamira–, parece abocada a dar un salto al cine tras las muchas tablas teatrales pisadas –la tradición familiar manda (su abuela es Irene Gutiérrez Caba)– y muchas horas televisivas ocupadas. Charlotte Vega y Ana Fernández, en cambio, son rostros popularizados por la televisión, y por tanto actrices que aprendieron antes a bregar con la fama que a encabezar carteleras. Todas ellas, tan disímiles, sirven a la causa común de la consolidación del nuevo audiovisual español, al que ensanchan con su talento –atrás quedaron los días en que a los debutantes había que perdonarles su ­bisoña destreza y verbo– y su belleza. Al tiempo, son una impugna­ción de aquel consolador argumento que estimaba que belleza e inteligencia conforma­ban un sistema cerrado con valor constante en el que, por tanto, una sólo podía crecer en detrimento de la otra. Pues no. Feos, consuélense con otra cosa. Estas cinco jóvenes explican cómo y por qué llegaron aquí.

 


NATALIA DE MOLINA (Linares, 1989)
La tímida intrépida

La tradición familiar –su tío, Pepe Quero, es actor y director teatral, y su hermana mayor, Celia de Molina, actriz– la empujaba y a la vez la frenaba: quería ser actriz, pero estaba convencida de que su carácter retraído, en contraste con el de su hermana, “que es extravertida y tiene todas las virtudes que se atribuirían a una actriz”, era un obstáculo. No se lo decía a nadie, y repetía que quería estudiar filosofía. “Hasta que aprobé selectividad y pensé que no podía seguir engañando a todos. Así que dije a mis padres y mi hermana que iba a hacer las pruebas de la Escuela de Arte Dramático y que si no me cogían, estudiaría filosofía”. Durante años creyó que su timidez era un baldón para el oficio, pero ya en el instituto, en el grupo de teatro, había descubierto que, subida a las tablas, su vergüenza desaparecía. Había ido a muchas audiciones, pero la de Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba, sería a la postre la que le cambiara la vida. “Fue un desastre, me quedé dormida e iba muy nerviosa. Intenté neutralizar el acento porque me habían dicho que era un problema”. Fue muy bien, pero como estaban buscando a una andaluza la dejaron en la nevera. “Al final, David, cuando supo que era de Jaén, me pidió que hiciera la prueba en andaluz”. Desde entonces ha enlazado un papel con otro en un no parar. Este otoño estrena Techo y comida, de Juan Miguel del Castillo, una película que descansa íntegra sobre sus hombros y que puede colocarla otra vez en las quinielas de premio.

 


CHARLOTTE VEGA (Madrid, 1994)
La belleza celta

Criada en Sitges (Barcelona), esta rubia de padres ingleses (su progenitor es andaluz pero criado en Inglaterra) se estrenó en el cine con la película de la Escac (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya) Los inocentes. “No siempre he deseado ser actriz. Desde los cinco años he querido ser de veterinaria a sirenita. Con trece, después de ver una película que no recuerdo, decidí que quería ser actriz”. Su madre había estudiado arte dramático y, con un carácter mucho más abierto que el de Charlotte –“yo era muy vergonzosa”–, habló con una amiga modelo que sugirió que la apuntara a una agencia. “Se trataba de ir viendo si perdía la vergüenza, si me sentía a gusto haciendo pruebas, rodeada de gente y cámaras…”. Hizo miles de audiciones, pero también un curso de interpretación en verano que acabó por convencerla. Eso la llevó a apuntarse a una academia más formal en Barcelona. Una figuración especial en [REC]3: Génesis le sirvió para descubrir un rodaje por dentro, uno especialmente divertido, por otra parte, y experimentar la fascinación por el cine. En Panda Eyes, de Isabel Coixet, tuvo su primer papel importante y allí descubrió el trabajo con un elenco profesional. La serie El secreto de Puente Viejo le dio la fama con 19 años y le hizo mudarse a Madrid. Rodar 190 episodios en nueve meses fue una escuela intensiva, un aprendizaje feroz con un rígido horario de ensayos y rodaje. Cuando la mataron (a Rita Aranda, se entiende), se fue un mes a desconectar cuidando una casa y un perro en Ibiza, y a la vuelta le salió El club de los incomprendidos, película basada en la novela superventas de Blue Jeans, con vocación de banderín de enganche generacional. Y de ahí, por su condición bilingüe, llegó Refugiados, la ambiciosa serie de A3Media que ha terminado de situarla en el mapa de lo incipiente, lo venidero. 

 


INGRID GARCÍA JONSSON (Skellefteå, Suecia, 1991)
El desparpajo políglota

La vimos encarnar la tragedia de una generación de españoles en Hermosa juventud, de Jaime Rosales. Llevaba ya unos años en Madrid tratando de sacar la cabeza como actriz, con pequeños trabajos –Investigación policial, Todos tus secretos, Con pelos en la lengua– y, “como todos los que se dedican a esto, poniendo copas”. Tan así que “llegó Hermosa juventud, y para ir a Cannes tuve que pedir el fin de semana libre porque seguía poniendo copas”. Hasta hace sólo unos meses aún trabajaba en bares. En Cannes, esta sevillana nacida en Suecia despachó entrevistas en inglés, francés, sueco y hasta se las apañó con el italiano. No sabe cuándo empezó su vocación, “lo que sí recuerdo es que en Sevilla rodé una película con Tom Cruise y Cameron Díaz, Noche y día, haciendo de doble de Cameron, y después de terminar me dije: ‘Me voy a Madrid, yo quiero seguir haciendo películas’”. No era exactamente la interpretación, “lo mío era hacer pelis, estar en pelis. A veces creo que me gustaba más estar en los rodajes que ser actriz. Luego he ido descubriendo el oficio y a medida que pasa el tiempo me fascina más y más, porque es la primera vez que encuentro algo que me resulta tan difícil de conseguir”. Aprendió el oficio con Fernando Piernas, Macarena Pombo e Iñaki Yerra mientras para ganarse el pan oficiaba tras la barra. “Sobre todo, con Fernando, es un maestro”. Y desde su encuentro con Jaime Rosales no ha parado de trabajar. “Yo aún no me lo creo, pero ahora estoy viviendo de mi trabajo. Creo que sólo diré que soy actriz cuando sea una viejita y haya pasado toda mi vida viviendo de esto”.

 


ANA FERNÁNDEZ (Madrid, 1989)
Estrella de la televisión

El camino de Ana Fernández hasta su recién estrenado protagonismo en la comedia romántica Sólo química, de Alfonso Albacete, ha seguido más bien la senda de la generación precedente, pues gracias a la televisión –Cuestión de sexo, Los protegidos– conoció la fama cuando apenas dejaba de ser adolescente. “Cualquier carrera artística exige una sensibilidad extra que puedes o no desarrollar. Pero soy la única persona de mi familia con esa vocación, nadie más pertenece al mundo cultural”. Desde pequeña, siendo la única niña en la familia –le lleva seis años a su hermana menor–, le encantaba montar minifunciones en casa, “hacer payasadas”, y luego, en la clase de dramatización del instituto se pasaba el día montando imitaciones, “era un poco José Mota, pero adolescente”. Desde los trece o catorce años ya ejercía como modelo para catálogos de moda juvenil, por expreso deseo suyo. “Le dije a mi madre que quería salir en el catálogo de El Corte Inglés”. Nuria Soler, amiga de sus padres, tenía una escuela de interpretación para no profesionales en la que Ana Fernández se metió de cabeza. Y de ahí, pidió a su agencia que, además de para reportajes de moda, la apuntase a audiciones de interpretación. Así empezó en la tele. La singularidad de esa progresión es que sus padres participaban sólo como socios necesarios. “Veía en castings a madres que presionaban a sus hijos y que se lo tomaban muy a pecho. Mi madre en cambio sólo me apuntaba a los que yo le pedía ir”. Con 16 años fue a la audición de Cuestión de sexo, y Eva Leira y Yolanda Serrano, directoras de casting, “fueron las que lucharon por mí”. Y de ahí, todo protagonistas. 

 


IRENE ESCOLAR (Madrid, 1988)
Actriz de estirpe

El caso de Irene Escolar es singular. Su vocación puede leerse como innegociable. Nieta de Irene Gutiérrez Caba –y sobrina nieta por tanto de Emilio y Julia Gutiérrez Caba– e hija del productor teatral José Luis Escolar, se crió en las tablas y debutó con apenas nueve años en Mariana Pineda, de Lorca, bajo las órdenes de Mario Gas. Dos funciones diarias. “Recuerdo que desde que era muy pequeña esto estaba en casa y lo hacía sin darme cuenta, me vestía de las personas que veía cerca, de mi ­profesora, de la farmacéutica, luego iba a ver la función de mi abuela y cuando ellas se cambiaban yo repetía lo que hacían en escena”. Su familia se dedica a esto desde el siglo XIX, recuerda, y es lo que siempre ha visto en casa. Fue en esa primera función de Lorca, mientras estudiaba entre bambalinas para no perder el curso, cuando la interpretación dejó de ser un juego y se convirtió en un oficio precoz. “Yo era feliz”. Una veintena de estrenos teatrales ratifican esa felicidad. “Me lo tomo como una carrera de fondo”. Para Irene, los comienzos son lo fundamen­tal, “y yo he tenido los mejores maestros y los mejores compañeros y eso es lo que me ha marcado”. Su amor al teatro, además de genético, se basa en la “sensación de control” que le proporciona en cada función. Con cuatro películas para estrenar –Gernika, de Koldo Serra; La corona partida, de Jordi Frades; Altamira, de Hugh Hudson, y Un otoño sin Berlín, de Lara Izaguirre–, ­parece que la carrera de Escolar se abre hacia el cine. “Quizá el de Un otoño sin Berlín sea el papel más maduro que he hecho, y además, por primera vez soy la protagonista. Creo que será una película bellísima”.