Nuevos colonos rurales

En las últimas décadas ha enraizado un fenómeno insólito. Mientras crece el número de pueblos fantasma, cada vez más urbanitas emigran al campo. Representan ya un 17% de la población rural. Pero ni la adaptación ni la convivencia son siempre fáciles entre repobladores y lugareños. Historias de Granada a León y de Palencia a Guadalajara.

Ferreirola Granada. Localidad de la Taha granadina con 81 habitantes censados de los que casi la mitad (37) son extranjeros. En esta localidad se rodaron escenas de la película Al sur de Granada, de Fernando Colomo

"Vivo de vivir” podría ser el lema de estos nostálgicos de la edad de oro que se afanan en los mismos ideales de sus antepasados. Todos ellos comparten, en efecto, un propósito similar al que indujo al escritor H.D. Thoreau a retirarse a los bosques: es posible existir con muy poco al lado de la naturaleza, lejos del mundanal ruido. En Francia, constituyen un 2% de la población adulta. Y en nuestro país, por primera vez en las últimas décadas, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), son más los que han emprendido el éxodo de las ciudades al campo que al revés. Y su número sigue creciendo, hasta representar ya el 17% de la población rural.

¿Las razones de esta emigración? Para unos, la crisis económica. Para la mayoría, un cambio de paradigma social que apuesta por un modelo más solidario, humano, natural, sostenible. Y es que estos profetas de la sencillez están convencidos de que la vida en el campo es preferible a la que impone la urbe. Seguidores del beatus ille, se enorgullecen, además, de impedir que los pueblos mueran.

“Nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos, de la gente, del trabajo; en el campo te sientes más equilibrado, coger la azada es mi forma de hacer yoga”

Así lo cree Cat Jary, londinense de nacimiento y granadina de adopción, violonchelista y profesora de la Alexander Music School, quien coordina, además, el proyecto Música en las Montañas, una iniciativa que reúne cada año, en la Alpujarra granadina, a los concertistas internacionales más selectos. Cat lleva más de una década viviendo y enseñando música en Ferreirola, un pequeño municipio en el que, de sus 81 habitantes censados, 37 son extranjeros. “Llegué por primera vez en diciembre del 2002 para celebrar mi trigésimo quinto cumpleaños”, relata Cat en perfecto castellano. “Estuve sólo un fin de semana, pero supe que tenía que volver”. Al año siguiente se instaló definitivamente en Ferreirola. “Me gustó esta casa, una vivienda típica alpujarreña, y me la compré. Por cierto, aquí se rodaron algunas escenas de Al sur de Granada, la película de Fernando Colomo. Se podría decir que vivo en una casa de cine”, bromea. La relación con los lugareños es buena. “Gracias a los extranjeros, vuelve a haber niños en estos pueblos”, agradece una anciana.

Según las estadísticas, España es el país con más lugares despoblados de Europa. “Amayuelas podría haber sido uno de ellos”, asegura Melitón López, salmantino, maestro de 63 años ya jubilado y uno de los artífices de la repoblación de Amayuelas de Abajo, un municipio ecológico en la Tierra de Campos palentina donde también se fabrican y comercializan adobes. Un falansterio, en fin, que aúna iniciativas individuales y colectivas. “La influencia de Amayuelas es amplia”, valora López. “Ha venido mucha gente a nuestros cursos para luego ­montar su propio proyecto ­ecológico”.

Amayuelas estaba condenado a engrosar la lista de los casi 3.000 pueblos fantasma que hay en España hasta que un grupo de urbanitas decidió instalarse allí. “Empezamos en 1992 a rehabilitar la casona del siglo XVIII que hoy es el albergue y a finales de esa década creamos una cooperativa de viviendas, al no encontrar gente que nos quisiera vender sus casas. Fue así como construimos diez edificios en un terreno que compramos a las afueras del pueblo”.

Y suspicacia fue lo que encontraron en los amayueleros. “Nos insultaban llamándonos hippies”, recuerda Melitón. Hoy viven en Amayuelas, de forma estable, una veintena de personas. “Todos repobladores, excepto un pastor, de aquí”.

“La vida del campo está idealizada y puede ser muy dura si no te gusta; si no tienes una relación sólida con tu pareja, puedes acabar deprimiéndote o marchándote” 

Ellos mismos producen electricidad y agua caliente mediante las placas solares instaladas en los tejados de sus viviendas. “El excedente de energía lo vendemos a la red”, explica Melitón mientras prepara el barro con el que enlucirá un palomar rehabilitado. “Este será el nuevo museo de semillas”, declara. “Lo hacemos para conservar las semillas autóctonas, pero también porque estamos en contra de las grandes multinacionales que las patentan”, interviene Cristina Sancho, ingeniera técnica agrícola y vallisoletana de 37 años. “Porque, si patentas las semillas, estás patentando también la vida”. Cristina gestiona una granja de pollos ecológica. “Tengo también 15 ovejas entre churras y castellanas. Aquí vivo bien porque hago lo que me gusta. ¿La ciudad? No, gracias”, sonríe.

En el 2009 Ángel Poyato abandonó la capital. “En Madrid dejé un trabajo que me estresaba”, confiesa en la cocina ­donde almuerzan los repobladores, que se turnan a diario para preparar la comida. Cierra la sala un enorme frigorífico ­donde cada cual almacena sus alimentos, “lo que nos permite reducir gastos individuales”, dice María José Garre, zaragozana de 49 años, antaño maestra de educación especial y hoy panadera, quien entra en el comedor abrazada a un par de hogazas.

“Los comienzos fueron duros”, prosigue Ángel. “Y aunque mis compañeros me ayudaban, al final eres tú quien tiene que buscarse la vida”. Este madrileño no oculta las dificultades de vivir en el pueblo. “Tener un huertecillo está muy bien, pero los recibos no los pagas con tomates. Yo soy animador sociocultural y ahora me dedico a la construcción. Hay que agarrarse a lo que sea para sacar unos 400 € al mes. Si no eres caprichoso, con eso vives”.

Casi el triple es lo que cobra como bombero en Sepúlveda (Segovia) Rafael Sánchez, un sevillano de 30 años que, junto con su mujer, Ana Romalde, de 27, y su hija Leonor, de pocos meses, son los únicos habitantes —y repobladores— de Castiltierra. Hay algo en estas soledades mesetarias que sugiere confinamiento o destierro. “Es verdad”, asiente Rafael. “Los primeros meses nos costó. Pero después de año y medio aquí, ya estamos acostumbrados a estar solos”. En Castiltierra no hay bares ni tiendas de ultramarinos. “Vamos a Aranda de Duero al pediatra y a hacer la compra del mes, a Riaza”, cuenta Ana.

Rafael Sánchez fue guardia real durante seis años, cuerpo del que no forma parte desde el 2012 “por los recortes. Luego llegó un momento en que se nos acabaron los ahorros”. Fue entonces cuando conoció la fundación Abraza la Tierra, dedicada a fijar población en el medio rural y a atraer allí a nuevos habitantes. En poco tiempo les consiguieron una vivienda, “por la que pagamos 150 € al mes de alquiler”, y un empleo. “Seguiremos en Castiltierra mientras nos vaya bien”.

Pasa el silencio de la mañana por encima de los montes leoneses. A ambos lados de la carretera se amontona el siguiente pueblo. Las puertas y las ventanas del caserío están pintadas de un azul ingenuo. Al lado se extienden las manchitas verdes de las huertas, acurrucadas entre los castaños. Nos encontramos en el último municipio de la Maragatería. “Cuando nos asentamos en Bonillos, que sólo tenía dos habitantes, triplicamos su población de un día para otro”, se presenta María Cornejo, madrileña de 43 años y arquitecta en ejercicio (trabaja en el pueblo gracias a las nuevas tecnologías).

Desde el 2009 vive en esta localidad leonesa con su marido, funcionario en León, y sus dos hijos, que acuden al colegio en Astorga. Esta profesional se ocupa también de la gestión de La Casa del Arcipreste, un hotel rural, y de la conservación de la arquitectura vernácula. Algo que no ha sido fácil. “Hasta hace unos diez años, éramos los únicos interesados en preservar paredes de piedra, cubiertas de teja y paja y cuadras sin ventanas. Eso de ver la belleza de lo antiguo quedaba para los que veníamos de la ciudad y no sabíamos en qué gastar el tiempo libre. Así pensaban los lugareños. Por suerte, eso ha cambiado”.

María perseguía inútilmente en Madrid un ideal de vida más natural. Cada día, sin embargo, era una repetición del vacío del anterior. Apenas disfrutaba de su familia, por los horarios laborales. “Nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos, de los demás, del trabajo… Un buen día dijimos basta y nos vinimos aquí –describe–. En el campo te sientes más equilibrado. Cuando no trabajo, leo y voy a la huerta. La azada es mi forma de hacer yoga. El día de mañana, mis hijos decidirán si prefieren el campo o la ciudad. No los puedes aislar”.

A menos de un kilómetro de Bonillos está Requejo de Pradorrey, con unos 25 repobladores de distintos países que conviven con los cinco lugareños que quedan. “Gracias a ellos el pueblo no se ha caído. ¿Cómo no vamos a estar contentos?”, exclama Hermelinda, una octogenaria. “Llegamos hace 15 años con una caravana, cuatro niños y un puesto de artesanía”, recuerda Paula Castro, portuguesa de 49 años. Hobo Meibner, su pareja, artesano alemán, completa: “Esto era una ruina. Levantamos la casa donde vivimos con nuestras propias manos”.

Paula introduce en el horno una bandeja con pastas y, mientras se frota las manos en el mandil, pensativa, confiesa: “La vida en el campo está idealizada. Puede ser muy dura si no te gusta. Todos los días ves a las mismas personas. Todos los días hablas de lo mismo. Todos los días haces las mismas cosas. Si no tienes una relación muy sólida con tu pareja, terminas deprimiéndote o marchándote”.

Eso es lo que está sucediendo en Arbancón, un pequeño municipio de Guadalajara. “Para evitar la despoblación y atraer nuevos vecinos –cuenta Gonzalo Bravo, su joven alcalde– ofrecimos en subasta pública la gestión de una tienda de ultramarinos propiedad del Ayuntamiento”. Entre las más de 800 solicitudes recibidas estaba la de su actual gerente, Toñi Pérez, una madrileña de 51 años dueña, junto con su marido, de una empresa de transportes en Madrid, ahora inactiva.

“Yo llevo casada 27 años, pero hasta que nos hemos venido a vivir a Arbancón, no he descubierto que también tenía ­marido –explica Toñi detrás del mostrador–. ­Antes, por culpa de los horarios laborales de ambos en Madrid, casi ni nos veíamos. ¿Y era vida eso?”, se pregunta.

El antropólogo Luis Díaz Viana arguye que el fenómeno de la repoblación rural va más allá de la mera vuelta al campo: “No se busca tanto la naturaleza como el tiempo perdido y añorado. No tanto un espacio como una identidad”, explica.

Quizá el estilo de vida de estos nuevos colonos rurales pueda parecer anodino a más de uno, pero precisamente esa sencillez es lo que lo hace tan valioso en estos tiempos de, quizás, excesivas o inútiles complejidades.