NY, en busca del cielo

Nueva York vive una fiebre en la construcción de edificios altos, muchos de los cuales son paraísos con vistas sólo al alcance de superricos.

Un obrero trabaja en la construcción de un rascacielos más en el Midtown 

El discurso ultrapatriótico de Gary LaBarbera, presidente del consejo de sindicatos de la construcción en Nueva York y con cierto parecido al actor John Goodman antes de perder 30 kilos, acaba con un encendido elogio al patrón. El más grande, el mejor, un héroe, un ejemplo de tenacidad.

“Y, ahora, a por la Torre Dos, que significa otros miles de puestos de trabajo”, proclama LaBarbera con el estilo grandilocuente de su sosias Goodman interpretando a Walter Sobchak, el colega de El gran Lebowski. Bajo el improvisado entarimado, entre tipos con casco, trajeados o vestidos de faena, el patrón Larry Silverstein suelta una sonrisa para encajar el hiperbólico halago.

Silverstein cuenta con un lugar en la historia del skyline más admirado del atlas. En el 2000 apostó por hacerse con la gestión del World Trade Center (WTC), en el bajo Manhattan. En julio del 2001 firmó el arrendamiento.

Patapum.

Ni dos meses después, los atentados del 11-S convirtieron en cenizas el emblema del recinto, las Torres Gemelas, y del icónico enclave empresarial, financiero y comercial salió la zona cero. Un gran agujero físico y psicológico. Nada más que cenizas, desolación y muerte.

Ya no hay zona cero. En noviembre del 2013 se inauguró la Torre Cuatro –un diseño de Fumihiko Maki de 298 metros de altura– y en el mismo mes del 2014, la Torre Uno, antes llamada de la Libertad, ideada por David Childs y que es la cumbre máxima de la ciudad y del hemisferio occidental, con 104 plantas y 546 metros.La línea del horizonte de la Gran Manzana se expande de nuevo. Trepa hacia las nubes. La ciudad vuelve a ser un escenario en construcción por todos sus rincones. Se ha de sacar de nuevo la fotografía.

Ahora, en este acto del 2016, se conmemora que se ha coronado la Torre Tres, un proyecto liderado por Richard Rogers, de 329 metros y 80 plantas y que se prevé que entre en servicio en el 2018.

“Hay que mirar 15 años atrás y ver dónde estamos hoy”, dice Silverstein. “Es excitante observar cómo hemos regresado, pero no es suficiente”, añade.

 –¿Y la Torre Dos?

 –Pronto. Eres más joven que yo y la verás. ¡Y yo, también!

A sus 85 años, este promotor se mantiene ágil. Tiene una misión. La falta de una compañía que haga de ancla, que se comprometa a establecerse, ha frenado la edificación del último edificio del recinto. Inicialmente se atribuyó al arquitecto Norman Foster. Luego le sustituyó Bjarke Ingels, aunque el asunto sigue entre dudas. Debe alcanzar los 410 metros con 81 pisos (el Empire State llega a 380). Silverstein remarca el “pronto” en su promesa de que sacará adelante la Torre Dos.

Gracias a su ausencia se divisa ahí cerca el edificio de Tribeca, de 250 metros, que sus autores, los suizos Herzog & De Meuron, califican de “casas apiladas en el cielo”. Este es uno de los trazos del actual desarrollo urbanístico. Las cimas no son para las oficinas, o no son sólo para los espacios de negocios, sino que se expanden los rascacielos residenciales. Los ricos del universo apuestan por los apartamentos con vistas. El destino del famoso 1%.

“El skyline es dinámico, y sus cambios reflejan lo que ha pasado en esta última década y media”, sostiene Catherine McVay Hugues, presidenta de la junta de la comunidad Uno de Manhattan, una de las invitadas a la ceremonia de la Torre Tres del WTC. “Hay demanda, todo el mundo quiere vivir y trabajar en Nueva York”, insiste. En este enclave de la metrópoli, la población era de poco más de 20.000 residentes en la época pre 11-S. Hoy suman más de 70.000.

Gente rica de todo el planeta ve los inmuebles neoyorquinos como una inversión segura dadas las incertidumbres de la economía mundial

A John Mollenkopf no le sorprende tanta actividad en el sector del ladrillo, el acero y el cristal subiendo a lo grande. “Es algo cíclico que toma un largo periodo de tiempo”, afirma este profesor de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY) y director del Center for Urban Research.

Habla de una “tendencia global” en el interés por instalarse en esta ciudad, “con una considerable demanda de propietarios no residentes, gente rica de todo el planeta, que creen que esta es una inversión segura dadas otras incertidumbres en la economía internacional”.

“El skyline siempre es una expresión de la economía de la ciudad, en él se refleja el ­registro de la prosperidad de un tiempo particular”, señala Carol Willis, profesora en la Universiad de Columbia y fundadora, directo­ra y cuidadora del Museo de los Rascacielos de Nueva York. “La ciudad se ha reinventado, y lo más extraordinario es que lo ha realizado tras sufrir dos fenomenales y gigantescos golpes en su crecimiento”, remarca.

Alude a que la Gran Manzana, que padeció un deterioro social en los años ochenta y la crisis económica de los noventa, se despertó al traspasar el umbral del siglo XXI. El año 2000 amaneció con esperanzas, y la industria de los edificios altos se reactivó. Después de un periodo de perder población, la confianza retornó a Nueva York. Pero explotó el 11-S, y se entró en coma.

Parecía que el hundimiento del doble emblema haría imposible que los ciudadanos quisieran volver a colonizar las alturas. El impacto emocional pasaría factura, se dijo. Sin embargo, en cuatro o cinco años, los neoyorquinos perdieron el miedo. Otra vez se recuperó la estrategia de los rascacielos en una ciudad famosa por esa circunstancia. Y entonces, la gran recesión del 2008, simbolizada por otra caída, la del banco Leh­man Brothers, que puso la economía mundial al borde del precipicio y cuyas consecuencias todavía muchos están sufriendo. Y pagando. La brecha de la desigualdad social todavía ha ido a más.

La ciudad, hundida por el 11-S, recuperó la actividad unos años después, pero la crisis del 2008 supuso otro frenazo; en el 2011 se reactivó 

Las obras se pararon. A partir del 2011 se empezó a recuperar el fuelle, progresivamente, hasta este 2016 en el que los buenos operarios de grúas cobran salarios de ingenieros. “Existe una confluencia de fuerzas que marcan este renacimiento”, comenta Jason Barr, profesor asociado en la Universidad Rutgers de Newark (Nueva Jersey) especializado en urbanismo. Especifica: “La economía de Nueva York va bien, el crecimiento laboral es fuerte, diversos sectores funcionan muy bien, pero, además, la ciudad triunfa por su estabilidad, lo que la hace atractiva para las inversiones”. Matiza que el Brexit, la victoria del no de Reino Unido a continuar en la Unión Europea, no es más que otra variable negativa para la confianza en el Viejo Continente.

“Cualquier cosa que crea incertidumbre –añade– es mala para el mercado financiero y el inmobiliario. Si la comparas a Londres (ciudad que compite en las nubes), Nueva York ofrece hoy más certezas, nada va a cambiar en el futuro próximo”. Los inmuebles neoyorquinos emergen como un refugio seguro para los inversores, pese a que muchos de estos pisos están vacíos gran parte del tiempo.

Así que, a pesar de que a Mollenkopf no le sorprenda, algunos sostienen que Manhattan se halla en un boom sin precedentes. A mediados del pasado decenio, la isla contaba con 28 rascacielos de 215 metros de altura o más. Desde entonces, se han añadido 13 más, otros 15 se encuentran en construcción y al menos constan 19 propuestas, lo que da un total de 47 en un horizonte que va poco más allá del 2020.

Junto a la actividad en la parte baja, en el Downtown, el área de influencia del WTC, el mapa registra otros dos polos esenciales. Uno es Hudson Yards, en el Midtown, lo que llaman “el lejano oeste”, por ubicarse en ese extremo geográfico, y donde se combinan pisos de lujo, oficinas y comercios, a la vera del parque elevado de la High Line. Otros lo califican como “Hong Kong en el Hudson”, tanto por la proliferación de edificios previstos entre las calles 30 y 34 –uno abrió en junio, otros cinco están en construcción y cabe la posibilidad de incluir otros tantos– como porque por su hormigón corre el capital chino.

El superdelgado edificio del 432 de Park Avenue ha sido criticado por su estética, mientras que otros lo apuntan como una de las nuevas imágenes de la ciudad

El otro punto clave se ubica en la calle 57, donde hay cuatro grandes edificios residenciales, distribuidos de este a oeste, que se caracterizan por las exclusivas vistas a Central Park y los precios astronómicos. Lo han bautizado como “el corredor de los milmillonarios”. El único edificio a pleno funcionamiento, el One57, batió un récord en otoño del 2015. Por primera vez se superó la barrera de los 100 millones de dólares –100,5 en concreto, 90,4 millones de euros– por un apartamento, un penthouse en la cúspide de esta torre de 306 metros y 75 plantas diseñado por el francés Christian de Portzamparc.

Hay dos paraísos más en construcción: el del 111 West se prevé que esté acabado en el 2018, mientras que el del 217 West, o Central Park Tower, tiene fecha para el 2019. El cuarto, del arquitecto uruguayo Rafael Viñoly, se ha convertido en el símbolo, para bien y para mal, de esta reconfigurada línea del cielo. Se le conoce como el 432 de Park Avenue y se encaja con fachadas entre las calles 56 y 57. Todavía en fase de ocupación, su apartamento más caro vale 95 millones de dólares.

Su estampa ha alcanzado el rango de estandarte de la revolución en el skyline neoyorquino. Con sus 426 metros, es el tercer edificio más alto de Estados Unidos, el segundo de la ciudad y la torre residencial de más elevación en el hemisferio occidental. Su esbeltez define esta nueva moda, con la etiqueta made in Manhattan, que Carol Willis define como “desarrollo extraordinariamente innovador”, de inmuebles “superdelgados” que ascienden y que, en la distancia, sobresalen por su altivez imitadora de los lápices. Su ­figura resulta controvertida por diversas cuestiones. Una es la estética. Sun-Sun de Swaan, directora general de inversiones de la inmobiliaria Glocap, re­conoce que en el sector “se ­escuchan muchas quejas sobre su estética, pero alguien la aprobó”. En cambio, Willis la defiende: “El 432 de Park Avenue es un elegante matrimonio de arquitectura e ingeniería en su diseño”.

Vaticina que será una de las “imágenes” de la ciudad y que recibirá la protección de los edificios singulares. No olvida que al acabarse la torre Chrysler en 1930, hoy tan admirada, fue denostada. “Los críticos en arquitectura pensaron que era un desastre, y es un desastre en términos de diseño clásico, ridículo, una decoración de caja de cigarros, que de tan fea resulta hermosa”, apostilla.

Según Willis, este tipo de nuevas edificaciones “son una perfecta expresión del problema matemático de sacar provecho económico en el sector inmobiliario de Nueva York”. La regulación por zonas hace difícil dar con un terreno, lo que lo encarece. Tampoco es barata la construcción. Frente a esto, se produce el llamado “mercado de derechos de aire”. El promotor carece de límites en tirar hacia arriba, siempre que cumpla con las normas de área por planta (FAR). Ese espacio se compra a los edificios contiguos que no hayan trepado en la medida que la ley les permite y que, por tanto, disponen de un excedente de aire.

El 432 de Park Avenue también ha sido estigmatizado como estandarte de la desmedida ­carestía y la ostentación de la riqueza, mientras se denuncia la falta de vivienda asequible. “No tengo soluciones para el problema de la desigualdad ni para el problema de los alquileres estabilizados –subraya Willis–. Pero existe una demanda de apartamentos superlujosos. Desde la perspectiva social, a los que pueden permitirse comprar estos pisos se les ha de poner un impuesto especial y dejar que el mercado libre ­funcione”.

El profesor Barr, que ha publicado Building the Skyline, libro en el que analiza el desarrollo de los rascacielos en la isla neoyorquina, concluye con este párrafo uno de sus trabajos de investigación. “Vemos que la reciente tendencia de acumulación de riqueza y reparto es buena para la línea del cielo de Manhattan, otra cuestión es si esto es bueno para la ciudad en general”.

Preste atención al mirar las cumbres de esta ciudad, no sea que se tropiece con los homeless o los sin techo que se prodigan a ras de suelo. Hay un Nueva York en el cielo y otro en la ­tierra.