El paraíso hippy de Europa

En el parque natural de Sierra Nevada está el valle de Beneficio, donde se asienta la comunidad hippy más antigua de la Península y la más grande de Europa. “Beneficio es una terapia y una escuela de vida”, la define Kalpeshwar Giri, uno de sus habitantes más emblemáticos.

La italiana Moona conversa con una amiga en el mercadillo dominical de Órgiva

Son los nietos de quienes asistieron al festival de Woodstock de 1969. Sólo que ya no entonan baladas de Joan Baez, ni se encajan coronas de flores, ni predican la paz con una brumosa sonrisa de beatitud lisérgica. Por eso, hoy, la mayoría prefiere el nombre de alternativos y el de rainbow family (la familia del arcoíris). Coinciden, sin embargo, en la misma pretensión de sus mayores: encontrar un lugar en el que caerse vivos junto a la naturaleza. Con cierto orgullo, proclaman que no se han dejado envenenar por las ilusiones de Babilonia, personificación para ellos del dinero, la urbe, la deshumanización, el consumismo.

“No me siento libre con un trabajo fijo”, admite Moona. “Y por encima de todo yo valoro la libertad”, precisa. Moona es una italiana veinteañera que afirma identificarse con los valores de la rainbow family: paz, amor, libertad, espiritualidad y respeto a la naturaleza. “Por eso he venido a Beneficio –expone–. Llevo aquí tres meses”.

 La comunidad cumple 35 años. Se fundó después de que una pareja comprara un cortijo y unas tierras; ahora reúne a unas 250 personas de manera fija

Aislados entre montañas, sin agua corriente ni luz eléctrica (pocos tienen en sus viviendas paneles solares), estos ermitaños modernos decidieron un día recrear su versión del paraíso. De modo que adquirieron algunas tierras en propiedad y construyeron casas. Fue así como el valle de Beneficio, dentro del parque natural de Sierra Nevada, daría origen a la comunidad alternativa más antigua de la Península y a la más grande de Europa, una comunidad abierta a todo el mundo en que no se juzga ni discrimina a nadie.

Así lo ratifica Kalpeshwar Giri, un sadhu alemán al que en Beneficio todos llaman baba, “padre” en hindi, y que es, además, el sanador de la colectividad. Este monje shivaíta –que ha permanecido largas temporadas en India– estudió diez años Indología (idiomas, historia y culturas de India) en la Universidad de Tubinga y habla cinco lenguas modernas, aparte de sánscrito, hindi, pali y védico. Ha estado meditando durante dos años. “Me alimentaba sólo de té. No hemos nacido para comer, sino para ser”, razona. Baba indica que en Beneficio no se cobra a nadie por entrar, algo que sí ocurre en otras comunidades, como en la portuguesa de Tâmera, ni tampoco se expulsa a nadie, salvo que causen problemas muy graves. “Esto distingue también Beneficio de Matavenero, en León, donde hay otra comunidad alternativa, ­mucho más pequeña que Beneficio, y donde viví una temporada –dice–. Allí sólo puedes estar 15 días; luego tienes que irte. Si quieres quedarte más, alguien de dentro tiene que apadrinarte. En cambio, Beneficio no tiene muros ni derechos de admisión”.

En el 2015 se cumplen 35 años de su fundación. John e Yvonne, una pareja de ingleses, fueron los primeros en asentarse aquí “tras un encuentro internacional rainbow”, recuerda Stefania, una italiana de gesticulación caudalosa. Esta es la versión más difundida, pero Marco, concertista alemán y el integrante más antiguo de la comunidad, se siente autorizado a corregirla: “John e Yvonne vendrían después. Quienes de verdad fundaron Beneficio fueron una pareja de catalanes que compraron el antiguo cortijo del mismo nombre y las tierras de alrededor –rememora–. Yo estuve con ellos el día de la inauguración, por decirlo así. Éramos cinco. Nos pasamos toda la noche cantando. Ahora en Beneficio somos más de 250 personas fijas”.

Y aunque esta Arcadia hippy –cuya lingua franca es el inglés– no figuró ni entonces ni ahora en los mapas, pertenece al término municipal de Cáñar (Granada). Precisamente antes de llegar a esta localidad se dibuja un camino de tierra que en seguida se retuerce entre baches y malezas hasta transformarse en una llanura pedregosa, en cuyos extremos se ven furgonetas y caravanas de muy diversa procedencia. Son los new age travellers, los nuevos viajeros, y constituyen el prólogo de Beneficio.

No se permiten el alcohol, las drogas duras, las armas, los perros en las zonas comunes, el papel higiénico, el maltrato a la naturaleza ni construir sin permiso de los vecinos

En esta explanada hay que estacionar el coche, porque dentro de la comunidad, en pleno bosque, están prohibidos los vehículos. Otras pocas normas más rigen la conducta de esta rainbow family integrada por 15 nacionalidades –aparte de los fijos, ha llegado a acoger a 300 personas más–. “No se permiten el alcohol, las drogas duras, las armas, los perros en las zonas comunes, el papel higiénico, el maltrato a la naturaleza, ni construir casas sin permiso de los vecinos”, recita de un tirón Stefania.

Esta italiana es otra de las veteranas: “Llegué hace 11 años para parir a mi segundo hijo debajo de un árbol. Hoy van a las escuelas de los pueblos próximos”. Stefania elabora piezas de artesanía, fundamentalmente chilos, pipas para fumar marihuana, uno de los más aireados atributos de la cultura hippy. “Bueno, no somos exactamente hippies –sonríe–, pero entiendo que de alguna manera tienen que llamarnos”.

Como al alemán Marco, muchos la consideran la jefa, algo que ella rechaza: “Aquí somos todos iguales y tomamos las decisiones por consenso”. En breve abandonará la comunidad para cuidar de su madre, ya anciana, y confiesa no sentir miedo de volver a un mundo cuyos valores no comparte. “Si cambias de vida una vez, los cambios ya no te asustan”, dice.

Justamente el cambio es la única constante en Beneficio. Por ejemplo, dependiendo de la estación del año, la población aumenta o disminuye. Lo único que parece que no ha variado nunca es la dificultad de llegar hasta este pequeño valle erizado de eucaliptos, pinos y chumberas, entre los que menudea un sarpullido de casas de paja, de cabañas de madera, de tiendas de campaña, de tipis indios y de yurtas mongolas.

“Aquí hay muchos que van y vienen, gente de todo tipo, desde el más espiritual hasta el menos”, puntualiza Silvia, una barcelonesa de 29 años que dejó novio, piso y trabajo por Beneficio, donde afirma ser feliz, a pesar de que a veces no es fácil la vida en el valle. “Se dan las dificultades de toda convivencia”, acota.

Una francesa del Mayo del 68 y que dejó la comuna de Ibiza “cuando se pervirtieron sus ideales” se queja de que “queda poco de aquellos tiempos” del auge hippy

Aprovechando un calvero en el centro del valle, han erigido un enorme tipi –vivienda que imita las tiendas de los indios norteamericanos, pero con el interior decorado con motivos religiosos orientales– donde se tocan instrumentos musicales, se canta y se come asambleariamente, pero sólo alimentos vegetarianos, porque aquí la carne y el alcohol están prohibidos. Este lugar se llama The Big Lodge, el gran tipi, y es el sancta sanctórum de la comunidad, al que hay que acceder descalzos. Dentro, sus miembros se sientan en alfombras dispuestas en círculo alrededor del fuego sagrado y, si hay algo que dirimir, se van cediendo el talking stick, el “bastón de la palabra”, para que cada cual emita su opinión sobre el asunto que los ha reunido. “Así se les dice que se marchen a los pocos que dan problemas”, remata Silvia.

“Acogemos a todo el mundo y a nadie se le impone nada. Sólo pedimos respeto a quien venga”, tercia Peter, el compañero de casa de Silvia, un eslovaco de 24 años que ha construido su vivienda con pacas de paja. “Me ha costado 200 euros y no tengo que pagar hipoteca”, se ufana.

Los habitantes de Beneficio se ganan los garbanzos aparentemente sin ansiedad. Los menos reciben algún dinero de sus familias; muchos visten ropas que les regalan y aceptan las verduras y hortalizas que desechan en las tiendas. La mayoría vive bien con 15 euros a la semana.

Es el caso de Vincent, un belga de 50 años licenciado en Criminología que toca la guitarra española para los turistas de Almuñécar, pueblo donde acampa hasta que reúne el dinero suficiente para sobrevivir durante una temporada. “A veces puedo sacar entre 300 y 500 euros al mes”, se enorgullece. Vincent se queda rasgando la guitarra, mientras muy cerca de allí Uni entona, a la puerta de su casa, una canción india que parece sugerir una nostalgia de las prade­ras. Uni es una francesa que participó en el Mayo del 68, integró la comuna hippy de Ibiza –que dejó “cuando se pervirtieron sus ideales”– y convivió con tribus indígenas del norte y del sur de América. “Queda poco de ­aquellos tiempos –valora a sus 65 años–. El mundo ha cambiado. Pero todavía hay gente que lucha pacíficamente para que todos suframos un poco menos cada día”.

Ese es uno de los ideales de Beneficio, y por eso hay huertos ecológicos comunitarios; letrinas en las que los excrementos se transforman en abono para los frutales –por eso no permiten el uso de papel higiénico–; viviendas levantadas siguiendo los principios de la permacultura; pero, sobre todo, hay agua. Esta proviene de una cascada que se estira al fondo del valle y zigzaguea entre la vegetación hasta una poza, en la que todo el mundo se baña desnudo, y que es nutrida por un caño al que los habitantes de Beneficio arriman las bocas de las garrafas.

“Esta agua es potable. La de los regatos sólo vale para lavar”, diferencia Kalpeshwar Giri, el sadhu, mientras se dispone a fumar una pipa de marihuana. “El cannabis está permitido en el shivaísmo. Es un elemento religioso”, expone antes de la primera larga calada y al tiempo que pronuncia unas palabras rituales en sánscrito. Baba lleva un lustro en la comunidad. A la pregunta de qué es Beneficio, responde: “Es una escuela de vida y una terapia. Aquí aprendes a respetar al otro y a respetarte a ti mismo, porque no tienes excusas a las que agarrarte”.

Fiona, reconoce, penó mucho los primeros meses. “La vida en la naturaleza es muy dura”, apunta. Hija de irlandeses y nacida en Zimbabue hace 54 años, ha sido bailarina profesional de ballet clásico. No echa de menos los aplausos, “pero sí a mis hijos, aunque vienen a verme”. Fiona vive en un pequeño tipi, entre libros y recuerdos. “Me encuentro muy segura en Beneficio. En África tenía que cerrar todas las puertas y ventanas”, se despide.

Aquí, los habitantes sólo las cierran cuando marchan a Órgiva, la capital de la Alpujarra granadina, a unos cinco kilómetros. Van a pie, despachan sus asuntos y visitan el restaurante Baraka, regentado por Qasim Barrio, un musulmán converso. En su local abundan los platos vegetarianos y no se sirve alcohol. “Por eso me gusta venir –dice Helena, una rumana que vende sus cuadros en Órgiva–. Aquí siento una especie de música interior que no he sentido en otros restaurantes del mundo”. En realidad, este peculiar café –donde se congregan profesores, bohemios, extranjeros, budistas, musulmanes y alternativos– es un personaje más de Beneficio. “Los hippies son muy respetuosos –los define Barrio–. No causan problemas y pagan religiosamente. En la terraza alguna vez cantan sus canciones y alegran a la gente, que termina uniéndose a ellos”.

Adán sudó para ganarse el pan cuando abandonó el paraíso. Estos nietos de Woodstock no se han movido de allí. O al menos, aseguran sin excepciones, siguen con un pie dentro.