Payasos en la cuerda floja

Una incipiente generación de clowns se ha puesto a revisar un oficio que se arriesga a quedar descabalgado de un mundo que galopa a velocidad de gigabyte. Para frenar su declive, los artistas están conquistando nuevos públicos y escenarios, feminizando su discurso y explorando otras vías para hacer reír. ¿Lo lograrán?

Bambalinas del Circ Cric en Cornellà (Barcelona) en el pasado festival internacional de payasos. Cristi Garbo (izquierda) habla con Coral Ros en presencia de Lola González, de la compañía Lolita & Corina

Recuerdos, libros, risas, muecas. El payaso está ordenando su vida esparcida por el carromato-biblioteca. El álbum de fotos que heredó de su padre, souvenirs de giras por cuatro continentes, recortes de diarios que cuentan que aterrizó fuera de la red a 80 km/h. Fue el hombre bala más famoso del planeta. “Regreso estruendoso de Luis”, titularon después del hospital. En una carpetita duerme su primer pasaporte, expedido en 1955, y con el que no se podía viajar a “las zonas de influencia soviética”. A sus 74 años, Lluís Raluy Tomás, Lluiset, referente circense donde los haya, sigue pintándose la cara de nácar, las orejas de rojo y la nariz con una mota de carmín. El del payaso es un oficio cargado de pasado que revolotea buscando su supervivencia en un mundo cada vez más hostil… ¿Dónde sonríe su futuro? En el caso de Raluy, la respuesta tiene la cara de sus hijas, dedicadas al oficio. Quién sabe si lo harán sus nietos que, fuera del carromato, corretean entre cuerdas que apuntalan la carpa.

“No sé si en un futuro cercano seguiremos, igual que tampoco sé si en 10 años habrá curas. Hace un tiempo era más optimista”, confiesa el showman Leo Bassi, que forma parte de una familia de clowns que lleva 170 años actuando de manera ininterrumpida 

Desde hace casi dos siglos, los payasos preguntan al público el clásico “¿Cómo están ustedes?”. Ahora ha llegado el momento de preguntarles eso mismo a ellos. Subida al alambre, una incipiente generación de clowns está revisando la tradición, conquistando otros públicos y escenarios, cortejando artes alternativas, feminizándose y hasta cargando las tintas políticas. Y todo, para no caerse de un mundo desatado. Payasos de todas las edades y los orígenes analizan aquí el estado de su profesión. Unos creen que presenta pronóstico reservado, otros son algo más optimistas...

“Yo he conocido la decadencia de un arte que lucha por sobrevivir. Como todos los trabajos artesanos, este está en peligro. No sé si dentro de un tiempo seguiremos en esto, del mismo modo que no sé si en 10 años habrá curas o en 20 periodistas. Si me hubieran preguntado hace cinco años, habría sido más optimista, ahora no lo sé”. La reflexión es de Leo Bassi, el actor-bufón italoamericano afincado en Madrid, que nació por casualidad en Nueva York (los payasos nacen donde pueden) y que forma parte de una familia subida a los escenarios desde hace 170 años.

A su juicio, hay varios tipos de payaso: “El que hace fiestas de cumpleaños para niños, ahí hay un mercado. El clown con una función social y política; después está el contemporáneo que se acerca a la performance, como Slava Polunin, y, por último, quedamos los más clásicos. Yo prefiero estar ahí –admite– que en el club de la comedia, como los monologuistas arrodillados al poder”, suelta en uno de sus latigazos marca de la casa.

En la actualidad, Bassi es uno de los carapintadas más famosos de España con permiso de, por citar unos pocos, Pepe Viyuela, Pepa Plana o Jaume Mateu, alias Tortell Poltrona, renovador histórico del género y director de la Fira Internacional de Pallassos que se celebra cada dos años en Cornellà, Barcelona.

“Desde siempre –analiza Tortell–, cualquier tipo de actividad cultural requería de talento y esfuerzo, hasta que llegó Berlusconi con Telecinque y una cultura consumista. Eso ha obligado al clown a posicionarse, a buscar otros escenarios, incluidos los hospitales y los campos de refugiados. Yo soy optimista de cara al futuro”.

En su última edición, Cornellà reunió a popes como el estadounidense Jango Edwards o el argentino Chacovachi, pero también a clowns más jóvenes. Payasos que en lo artístico son trapecistas, siempre buscando el triple mortal de la risa, y en lo económico, malabaristas.

“Cuando me vine a Dinamarca hace unos años, en España se pagaba mejor, luego vinieron los recortes. Aquí no pagan tanto, pero todo es más estable”, cuenta Marta Carbayo, clown de Albacete afincada en Aarhus, que arranca risas con cualquier cosa, incluido su apellido real, Sánchez… “Lo de Marta Sánchez de nombre artís­tico no funcionaba, la gente veía el cartel y decía: ‘Ah qué viene la cantante’, y me veían y claro…”, ríe. Su aspecto es menos despampanante y tiene un aire entre Charlot y Lina Morgan, dos de sus referentes artísticos. “Yo iba para escenógrafa –revela–. Estudié Bellas Artes en Valencia. Mi padre, médico, me decía: ‘Cinco años de carrera para acabar de tirititera…’”.

El nuevo payaso apuesta por ser un trapecista en lo artístico, buscando el triple mortal de la risa, y a la vez, un malabarista que hace equilibrios económicos para llegar a fin de mes

“Yo iba para actriz, soy actriz, pero el clown me ha absorbido”, tercia Cristi Garbo, payasa y vedette que ya ha dejado huella en varios shows junto a Jango Edwards. “Te gusta tanto lo que haces que no te importa que haya tiempos malos, tiras adelante”, cuenta mientras hace las maletas para actuar en París.

Los que le vieron actuar en Cornellà aún se acuerdan de Gorka Ganso y su estrafalario personaje de Aníbal Maldonado, un hortera, idiota rematado, con el que no se puede parar de reír. “Al final, buscamos cualquier excusa para trabajar y estar con el público. La gente igual cree que el oficio está muerto porque algunos ya no vamos con la cara pintada o los zapatones, pero no es así”, cuenta este clown vasco. Ganso estrenó recientemente un espectáculo en su Durango natal como compañía residente, fórmula imaginativa para dinamizar la cultura de ciudades pequeñas y medianas.

Lola González es Lolita. Coral Ros es Corina. Juntas forman compañía y llevan de aquí para allá su espectáculo Las gallegas, una reflexión cómica sobre la muerte, un paso más en el repertorio del clown moderno. “Los actores tenemos que dedicarnos a serlo todo el tiempo”, expone Corina. “Nuestro futuro es incierto, igual que todas las profesiones culturales. Nos dedicamos en cuerpo y alma, pero a veces –reconoce Lola– estás meses sin bolos. Esto es una profesión de resistencia y hay momentos en que tienes ganas de tirar la toalla”.

“En cualquier país, cuesta ganarse la vida como payasa, aunque en Francia tenemos el estatuto de artistas intermitentes con el que obtenemos una indemnización los días que no actuamos”, cuenta Caroline Obin, alias Proserpine, una artista que ha roto moldes con su estilo y una estética clásica a la que le ha dado un leve pero radical giro. “Todos los elementos están ahí, la pintura de tres colores, la nariz, los zapatones… luego una pone su personalidad. El futuro –augura– pasa por tener un pie en el mundo contemporáneo y otro en la tradición”. Proserpine ahonda en su show sobre la incomunicación. En él, intenta dar una conferencia sobre la risa, pero pierde los papeles, se traba la lengua, tropieza. El público se monda. “¡Atensión!”, se desgañita. “Esto es muy segggio”, insiste. Los espectadores ríen aún más.

Cada clown ha elegido un camino. La multipremiada Pepa Plana siempre puso el acento en la feminidad y en la poesía de sus proyectos, en los que personajes como la Penélope de Homero o la Julieta de Shakespeare toman el papel central. Relecturas feministas en un mundo en el que la ­payasa, casi invisible hace 25 años, ha adquirido luz propia. “Los primeros referentes femeninos llegan en los sesenta con Annie Fratellini, que adopta un papel de payaso masculino que va feminizando, o con Mary Santpere, que se acercó al género”, ilustra.

Plana cree que el payaso es una figura que siempre será amada porque, de algún modo, funciona como un espejo del público. “Se ríen porque ven tu personaje como frágil, patético y tonto, pero en el fondo detectan algo de ellos en ti”, aventura. “Se suele decir –tercia Cristi Garbo– que el público admira al héroe, anhela ser como él, pero quiere al payaso, al imperfecto, al que falla”.

“Creo que la sociedad nos necesita porque tiene que reír y más cuando la risa es atacada por los poderes autoritarios, que carecen de humor”, afirma Proserpine, célebre payasa francesa

Es fácil ponerle cara a esa idea si se piensa en payasos (sin nariz roja) como Charlie Chaplin o Buster Keaton, referentes citados una y otra vez. Gorka Ganso y Marta Carbayo añaden a la lista a Rowan Atkinson (Mr. Bean), clown televisivo mordaz y desesperante. Cristi Garbo destaca la gracia de Fred Astaire. Jacques Tati también es un referente. Sus películas Mi tío, Las vacaciones del señor Hulot o Día de fiesta son tres cimas del clown cinematográfico. Jean-Philippe Kikolas, joven comediante de Burgos que responde al nombre de Quique Méndez, ha bebido de Tati para su premiado espectáculo Sin remite, en el que, además de homenajear al cómico francés, añade juegos de malabares, equilibrismo y una nostalgia que, curiosamente, no siempre conecta con los niños, pero sí con los padres.

Hay más referentes artísticos. Leo Bassi cita a los Hermanos Marx, tal vez el modelo definitivo de cuadrilla de payasos subversivos, delirantes y muy locuaces (Harpo incluido) cuya vigencia es eterna. Bassi recuerda con orgullo que conoció a Groucho cuando era un niño. “‘Este señor es muy importante’, me dijeron mientras le estrechaba la mano”. Quién sabe qué poderes traspasó ese día el bigotudo Groucho a Bassi.

El talento y la chispa siguen siendo cruciales, pero el clown sabe que, además, debe adaptarse a los tiempos y competir con nuevas formas de ocio. “Te tienes que sofisticar, ampliar los códigos, mezclar humor con la danza o la improvisación para ser artistas más completos”, apunta Gorka Ganso.

“Hay que hacerse a la idea de que nuestros espectáculos tienen que ser versátiles, que funcionen en la carpa, en sala o en la calle. Luego está mi caso –relata Marta Carbayo–, que es el hospital, donde tienes que conectar con el niño”. La payasa manchego-danesa está a punto para debutar en la ópera, otro escenario donde los payasos protagonizaban intermedios en el siglo XIX, pero poco habitual en el pasado. Carbayo participará en unas semanas en el estreno de Cenicienta, ópera cómica de Rossini, dirigida por Eva Maria Vistje, que servirá para celebrar los 70 años de la Ópera de Aarhus, capital de la cultura europea en el 2017.

Otra vía de salvación del payaso contemporáneo es, curiosamente, regresar a sus orígenes, al inicio del 1800, cuando se actuaba para un público adulto. Es lo que suelen hacer Cristi Garbo o Leo Bassi. Otros, como Gorka Ganso o Jean-Philippe Kikolas, se esfuerzan mucho a la hora de adaptar sus números en función de la audiencia, pero también en función del escenario. También Proserpine: “Hay que conquistar todos los espacios. Hace 20 años que disfruto saltando de uno a otro y siempre soy yo misma –cuenta la artista francesa–. En cada escenario, el público espera algo distinto, sea la poesía, la filosofía, la inocencia, la risa”.

Una maestra de la versatilidad es Maku Fanchulini, clown argentina que ha actuado recientemente en España con un espectáculo que mezcla trucos de payaso, malabares y magia. Un tipo de show muy ingenioso, pero que en la calle, a la luz del día, no siempre gusta a todos. “Vámonos, mamá, esto es una mierda”, se queja un niño al que no le interesa lo que ve. Se tiene que quedar hasta el final porque a su madre le encanta. Entre el público, grabando la actuación, está Chacovachi. Ambos comparten una historia que empezó cuando Maku, ya enamorada del oficio de clown, tenía 8 años.

“Era el verano de 1988 en la playa de Necochea de Buenos Aires. Veraneaba con mi familia. Vi a un payaso trabajando en una plaza con un perrito... muchos años después supe que ese payaso era él”. Ocho años más tarde volvieron a cruzarse. Ella estaba aprendiendo el oficio, él dirigía un circo con su nombre, el Vachi. Ella se acordaba de él. En septiembre del 2001 volvieron a coincidir en la feria de teatro de Tàrrega (Lleida), pero él nunca se acuerda de quién es ella. Se conocieron de verdad en el 2002, en la playa de San Bernardo de Buenos Aires y se enamoraron. Hoy tienen dos hijos. El mayor se llama Ringo, como el venerado boxeador argentino Ringo Bonavena.

“El nuevo payaso ocupa cualquier espacio con el fin de provocar, denunciar o delirar. Los espacios ya fueron descubiertos, ahora sólo queda transitarlos”, recuerda el cómico argentino, gran renovador de la profesión. “La calle es difícil, tienes que calcular qué tipo de público tienes y adaptar el show”, ilustra Fanchulini. “Actuar en la calle es como saltar al ruedo, y a veces, pocas, te pilla el toro”, certifica Cristi Garbo. Lolita y Corina no suelen actuar fuera del teatro: sus espectáculos son a media luz y para un público adulto. “En su origen, el payaso no está dirigido a los niños, el acercamiento se produce en la segunda mitad del siglo XX”, apunta Proserpine. “Ese binomio niños-clowns va disipándose, y los espectáculos para adultos tienen más aceptación”, aporta Manuel González, director de la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo (Salamanca), que suele programar espectáculos de clown, aunque no haya muchas salas que lo hagan regularmente. Alfil en Madrid o Almazén en Barcelona son excepciones.

El porvenir del payaso no se mide por las luces tenues de las bombillas de colores en la pista del circo. Ni siquiera por la iluminación lánguida de los flexos que ayudan a los artistas a maquillarse en la semipenumbra antes de la función. El futuro pasa, en opinión de Pepa Plana, por “acceder a canales de difusión que muestren nuestro trabajo. Si no lo conseguimos –advierte–, sí nos arriesgamos a la decadencia”, reflexiona, admitiendo que el payaso de hoy en día “no acaba de encajar en la tele actual”.

Manuel González subraya que cuesta más programar espectáculos de payasos, aunque el colectivo se ha diversificado para compensarlo. Leo Bassi reflexiona sobre el mañana de su oficio: “Si el futuro son los niños, estos están cazando Pokémons ahora mismo”, ironiza. Su humor sigue gustando a unos y cabreando a otros. “De cada diez, igual te ganas siete admiradores y tres enemigos”, reflexiona. “Es evidente que esta es una profesión de riesgo –recuerda Tortell Poltrona– en la que no te puedes dormir en los laureles. El payaso siempre está en movimiento, sólo puede hacer reír si conoce la realidad, y hay que hacer reír –remacha–para que el mundo sea más tolerante”.

“Hay días que te preguntas: ‘Con la edad que tengo, ¿cómo me sigo dedicando a esto?’, pero sé que no sería feliz si hiciera otra cosa”, confiesa Lola González. “El contacto con el público es insustituible –añade Gorka Ganso–, y en eso se basa el espectáculo de clown”. ¿Sobrevivirá el oficio?, se pregunta Caroline Obin-Proserpine: “Creo que la sociedad nos necesita igual que necesita reír, y más cuando la risa es atacada sin cesar por los poderes autoritarios, carentes de humor. No va a ser fácil, pero el clown retomará su lugar ancestral en la sociedad”, vaticina.

De momento, los payasos mantiene el equilibrio en la cuerda floja, braceando para no caer en un mundo en el que ya no hay redes de seguridad para casi nadie.

EL ESTIGMA DE LOS PAYASOS ASESINOS

Los clowns se han dado de bruces con una realidad chocante e incómoda: la aparición de personas que no son payasos, pero se pintan como tales, aterrorizan a la gente y dan una imagen terrorífica del oficio. Un reciente estudio de la Universidad de Sheffield desvela que los motivos relacionados con los payasos pueden asustar a los niños. “Es un fenómeno que me produce una tristeza increíble y que pone en entredicho el papel de los medios por convertirlo en tendencia”, afirma la payasa Proserpine. “Para mí no es una anécdota, hay que evitar que esto suponga la derrota de los payasos”, advierte Leo Bassi. “Corremos el riesgo de que nos estigmaticen y nos comparen”, explica Tortell Poltrona, crítico con quienes niegan que el mundo del circo y los payasos ha evolucionado.