Perlas negras, el tesoro de los mares del Sur

Se cultivan en pequeñas granjas marinas desperdigadas principalmente por los archipiélagos polinesios de las islas Tuamotu y Gambier. Sólo en el momento de la cosecha, tras unos cinco años sumergidas en las transparentes lagunas, la naturaleza desvelará el color, el tamaño y el lustre que tenía reservados a cada perla.

Se denominan perlas negras, aunque muy rara vez son del todo de este tono. Los matices de estas gemas que la mitología polinesia identifica con las primeras gotas de luz entregadas al dios de la belleza abarcan del antracita al berenjena, pasando por el gris plata o las irisaciones verdes, azules y hasta doradas. Sólo en contadas ocasiones se originan de forma espontánea, cuando un grano de arena o coral se cuela por accidente dentro de la ostra de labios negros Pinctada margaritifera y el molusco, de no lograr expulsarlo, se protege de ese cuerpo extraño revistiéndolo con capas de nácar. Dicen que habría que abrir cerca de 15.000 ostras para encontrar una perla natural, como las que antaño buscaban los isleños sumergiéndose a pulmón en los mares del Sur. En la pasada década de los años sesenta se dio con la fórmula para multiplicar en ellos el milagro.

Las perlas negras han conquistado las tiendas de lujo alrededor del mundo, aunque se crían en unos modestos viveros de madera de las lagunas de las islas polinesias

Hablar de Robert Wan en la Polinesia Francesa es como hacerlo de Cartier en París o de Tiffany en Nueva York. Este hijo de inmigrantes chinos fue uno de los pioneros en vislumbrar el potencial de las llamadas perlas de Tahití, hoy la segunda fuente de divisas –sólo por detrás del turismo– de este Territorio de Ultramar que Francia conserva en el otro extremo del mundo. Durante un viaje a Japón en 1974, Wan cerró la venta de su primera cosecha con el nieto de Kokichi Mikimoto, el legendario inventor de las perlas cultivadas. El compromiso: que el resultado fuera de una calidad óptima. Casi medio siglo después, da fe de su logro la presencia de las perlas negras en las boutiques de los hoteles de lujo de Tahití, pero también en las mejores calles comerciales de Shanghai, Hong Kong, Dubái o Doha.

Estas hijas del Pacífico nacen, sin embargo, en escenarios humildes. En atolones de postal como Rangiroa, Manihi o Fakarava, los viveros de perlas de las islas Tuamotu o las todavía más remotas Gambier vienen a ser poco más que unos chamizos de madera y chapa sobre las lagunas, las remansadas aguas turquesa que median entre tierra firme y el arrecife de coral que las separa de mar abierto.

Hasta los pasados años noventa, sólo un puñado de cotizadísimos artesanos japoneses dominaba aquí la técnica del cultivo. Hoy, el misterio ha dejado de pertenecerles en exclusiva y muchos se ganan la vida con pequeñas empresas, a menudo familiares, aunque inmersas últimamente en una crisis que hace añorar el boom de esta industria en aquellos días.

Bajo sus pantalanes, las ostras, enhebradas en cordeles y protegidas por unas mallas del apetito de las tortugas y demás predadores, permanecerán sumergidas cerca de tres años antes de alcanzar la madurez para empezar a producir. Entonces se inicia un proceso en el que se pierde cerca del 50% de la producción, pues la mitad de los bivalvos muere o se las apaña para expulsar la diminuta bola de nácar que en cuestión de segundos se le injerta dentro de la concha, con el fin de que la ostra vaya envolviéndola con secreciones de nácar. De ahí que la pericia del cirujano resulte crucial para la cuenta de resultados de estas granjas marinas, como en una bodega lo sería un enólogo de primera.

La perla más bella del museo de Papeete mide 22,5 mm de diámetro; hay otras mayores, más imperfectas

Devueltas las ostras al agua, se necesitarán al menos dos años más para recolectar la primera perla. Este primer fruto generalmente es el de peor calidad de los tres que con suerte llegue a dar a lo largo de su vida cada ostra. Rondará los nueve o diez milímetros de diámetro. De lograr una segunda perla, su grosor suele oscilar entre los once y catorce milímetros, y crece más en las raras ocasiones en las que se consigue la tercera perla.

El Musée de la Perle que Robert Wan abrió en la capital de Tahití, Papeete, exhibe la perla más grande y perfecta jamás hallada, de 22,5 milímetros. Las hay mayores, aunque de las denominadas barrocas, es decir, de hechuras irregulares y, en consecuencia, de precios menos prohibitivos que las perfectamente esféricas.

El proceso es muy artesanal, y la mayoría de las granjas son pequeños negocios familiares

Porque no sólo el tamaño determinará su valor, capaz de ir de unos módicos 30 euros hasta más allá de 25.000. También importa su forma, lo más redonda posible, así como la intensidad de su lustre, la rareza de su color o la menor cantidad de imperfecciones sobre su superficie. Por cada 10.000 ostras cultivadas, sólo se obtendrá una treintena de perlas ideales. Y jamás habrá dos exactas, esa es también su gracia. Aunque el proceso de elaboración sea el mismo para todas, la naturaleza se reserva la última palabra en cuanto al resultado.

A pesar de que en las granjas suele ser posible adquirirlas sin montar –y a buen precio si se dominan las mañas del regateo–, la ley les exige enviar toda su producción a Papeete para clasificar las perlas antes de ponerlas a la venta. En lo más alto de la pirámide, las de categoría A, que al margen de su talla y su brillo sólo podrán lucir algún defecto natural en menos del 10% de su esfera. A las demás se les van permitiendo más taras hasta llegar a la recientemente creada clase E. Por debajo de ahí serán catalogadas como rebuts, algo así como descartes. Pero, como insisten por estos pagos, no hay criterios que valgan si uno se enamora de una perla. Si desde siempre las más redondas y sin mácula han sido las más cotizadas, la irrupción de las perlas barrocas en las pasarelas internacionales habla del viraje del mercado hacia un producto menos ortodoxo. La mejor perla, como el vino, será pues la que más le guste a uno.