¿Pero aún hay gente que se casa?

Las uniones matrimoniales caen drásticamente en España porque cada vez menos parejas formalizan legalmente su situación. La tendencia llega a tal punto que empieza a ser pertinente preguntarse por qué aún hay quien se casa –“pasar por la vícaría”, se decía antes, hoy ya no–. Aunque muchos lo hacen por amor o religiosidad, son muy numerosos los que lo hacen por la fiscalidad o para garantizar derechos.

Sara Mansanet sonríe cuando recuerda el día de su reciente boda, de su peculiar boda. La celebró en un camping de Contreras, en las Hoces del Cabriel, acompañada por más de un centenar de amigos, además de sus cuatro hijos. “Fue una gran fiesta”, recuerda entre risas, “llevaba unas Martens de color fucsia”. Un evento muy diferente al que organizó con su primer novio, cuando sólo tenía 21 años. En aquella ocasión se casó porque era “lo que tocaba, pero no estaba convencida”.  “Mi familia y la de él eran muy religiosas”, añade. Fue una boda clásica, de manual; ella vestida de blanco, él de chaqueta oscura, convite en salón de banquetes, ceremonia religiosa extensa con toda su liturgia y una sospechosa convicción de que aquello no iba a ser para toda la vida. Doce años después se confirmaron los peores pronósticos, y el matrimonio fracasó.

El número de bodas hoy es un 20% inferior a hace una década y la mitad que a mediados de los años sesenta; por cada diez parejas que contraen matrimonio hay seis que se divorcian

Fue un proceso, recuerda Sara, duro, con dos familias muy religiosas a las que les costaba comprender la separación; se llegaron a plantear la nulidad matrimonial. “Aquello era un lío, al final no se hizo”. De aquella experiencia esta mujer, de 39 años y responsable del Aula de Cine de la Universitat de València, concluyó que nunca más se casaría. Pero las convicciones son moldeables según circunstancias y unos años después de su divorcio conoció a Jorge. “Tomando cervezas entre amigos, poco a poco nos conocimos y mira cómo hemos acabado”. Pero Sara, graduada en Historia del Arte, razona con detalle por qué se abrazaron al matrimonio a pesar de que ninguno de los dos deseaba casarse: “Un día hubo una tragedia de un familiar de Jorge, una persona muy importante para él; aquel suceso nos hizo pensar en lo efímero de la vida, y en la muerte, y que sería precioso que en algún sitio pusiera que habíamos estado juntos, que nuestra relación transcendiera, que nos habíamos querido, que algo privado se hiciera público, y muy emocionados decidimos casarnos”. Esta vez, eso sí, el deseo de rubricar su relación era total. “Ahora me he casado por amor”.

Al matrimonio se acogen las parejas por más motivos de los que creemos. En principio, el motor de cualquier boda cristiana o civil es el amor, el deseo de rubricar en un documento un compromiso de convivencia, como es el caso de Sara Mansanet. Pero no es la única razón, como así atestiguan las diferentes parejas entrevistadas en este reportaje, porque también existen razones pragmáticas, dirigidas a garantizar derechos o incluso a aliviar cargas fiscales.

Pese a ello, el matrimonio, como institución, atraviesa una crisis muy profunda, como confirman los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). En el 2018 se celebraron 163.430 bodas, un 5,9% menos que el año anterior, pero casi un 20% menos que en el 2007 y –atención– la mitad que en los años sesenta. En términos relativos, la tasa de nupcialidad, esto es, el número de bodas por cada mil habitantes, ha pasado de en torno a siete a mediados de los 70, a unos 3,5 en la actualidad, y, por otra parte, el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio se acerca hoy al 50%.

Este retroceso global, en línea con lo que sucede en los países de Europa Occidental, es especialmente intenso cuando el foco se acerca al tipo de matrimonio: las bodas civiles muestran una tendencia claramente descendente desde el 2016. Pero la caída es espectacular en el caso de los matrimonios por la Iglesia: en el 2008 eran más de 100.000 y el pasado año no llegaron a los 40.000 (un 40% del total en la media del estado, pero en casos como Catalunya apenas supera el 10%). Por si fuera poco, los divorcios se mantienen estables en torno a los 100.000 anuales, es decir, seis de cada diez nuevos matrimonios. Otro dato significativo es cómo la edad de las parejas ha ido aumentando en la última década. Hace diez años, las mujeres se casaban de media a los 31 años y los hombres a los 34 años; pero ahora la edad media de ellas es de 35 años y la de ellos de 38 años.

Algunas personas se casan para reivindicar el sentido tradicional del matromonio, otras, en cambio, se mueven más por motivos económicos o prácticos desde el punto de vista administrativo

En este contexto, ¿por qué hay quien todavía cree en la institución matrimonial? Muchos, porque así pueden confirmar un compromiso de convivencia y de proyecto de vida. Si el caso de Sara Mansanet ejemplifica que siempre puede haber una segunda oportunidad para abrazar el amor tras un primer fracaso, el de Rosa G. Enguix apunta a que aún hay parejas que planifican el matrimonio con una devoción admirable desde la juventud. “Yo quise casarme desde que era pequeña”, afirma esta valenciana de 30 años que se casó en Sevilla por la Iglesia en el verano del 2018 con Pablo Comesaña, sevillano de 31 años, con todos los detalles de una gran boda. No faltó de nada. “Fue un día maravilloso”, señala. Un dato: tuvieron que realizar tres despedidas de soltero, con tanto compromiso adquirido con familiares y amigos, en València y en Sevilla. Se conocieron hace trece años, en una actividad académica en Barcelona en la que coincidieron, y desde entonces desearon construir una relación juntos. No fue fácil, pero tuvieron siempre, reconoce, el apoyo de las familias. Como a muchas otras parejas, la dificultad para encontrar un trabajo y un salario estables fue retrasando el mayor deseo de sus vidas.

“Nos ha costado encontrar la situación económica adecuada”, añade antes de anunciar que “la idea de casarnos fue mía, siempre quise verme vestida de novia, siempre; yo soy creyente, no de ir a misa todos los domingos, pero lo soy, y entendí que casarnos en la Iglesia era la mejor manera de mostrar nuestro amor a Dios y a todo el mundo”. Pero también asume que en el contrato matrimonial existe un elemento práctico que siempre tuvo en cuenta: “De cara a nuestra actividad laboral nos beneficiaba estar casados, y es obvio que hay muchos derechos que se adquieren con la boda para evitar problemas posteriores en el caso de que fallezca uno de los dos”.

Esta mujer, administrativa de profesión, asume que el matrimonio no garantiza el amor eterno, ni que uno debe plantearse nunca aquello de que una vez puestos los anillos hay garantía de convivencia perfecta. “Tengo claro que no tiene que ser para siempre, y que si no estoy bien lo dejaré; pero no puedes vivir ni crear un proyecto de vida con alguien pensando en el futuro; ahora lo que deseaba es esto, casarme y formar un matrimonio, y si puede ser tener hijos, pero los dos tenemos los pies en el suelo, iremos construyendo poco a poco, como hemos hecho siempre”.

En los casos de Sara y Rosa, siendo diferentes, hay un nexo común: el amor sincero. Un sentimiento, siempre complejo de definir, pero que ambas describen por los hechos vividos, con esa ansia apasionada de compartir la vida con alguien. Es evidente que no es necesario casarse para alcanzar este objetivo, nada impide que las personas puedan generar un espacio de convivencia propio, tener hijos y construir un proyecto común sin la necesidad de acudir a la Iglesia o a los juzgados.

Era la idea que siempre tuvo Ana Marco, de 54 años y diseñadora gráfica. Mujer luchadora y de profundas convicciones sociales, no dudó hace 20 años en abrazarse a Cayetano Costa, de 47 años y trabajador de una empresa de alimentación. El matrimonio, como objetivo, nunca entró en sus planes, y en estas dos décadas como pareja ningún papel firmado les hizo falta para demostrarse amor, en privado y en público. Pero hace no mucho tiempo sucedió algo que les obligó a replantearse la vida: ella se quedó en el paro, y poco a poco agotó tanto la prestación por desempleo como las ayudas posteriores de la administración. Por desgracia, miles de parejas no casadas alcanzan situaciones similares. Ana Marco recuerda una cena con un amigo abogado en la que este les explicó que si se casaban su compañero podría desgravarse a ella como “carga familiar” así como la hipoteca que ella tenía avalada por Cayetano Costa. “Aquella noche le dimos muchas vueltas a la cabeza, pero lo cierto es que nuestra situación económica no era buena y esa era una salida posible que valía la pena estudiar”.

Isabel y Moni, una pareja lesbiana, decidieron contraer matrimonio con la finalidad de reivindicar el derecho de las personas del mismo sexo a casarse

Ana Marco reconoce que “era muy injusto, porque Hacienda nos castigaba por no haber contraído matrimonio, pero claro, nosotros solos no íbamos a luchar contra el gobierno, así que decidimos casarnos para aliviar nuestra situación económica, y lo hemos logrado”. Tanto es así que hasta la última declaración de renta a Cayetano le tocaba pagar y en la última “ya le han devuelto dinero”. Esta mujer reconoce que una vez tomada la decisión quisieron vivir el momento con la mayor de las alegrías. Se casaron en Paterna, se fueron a comer un “arroz del senyoret” y de viaje de novios a Amsterdam. Las alianzas las compraron un mes después de la boda. “Para nosotros la boda fue un recurso para ahorrar dinero con la administración, pero nuestro amor es sincero, de hecho con matrimonio o sin él nunca me he planteado que esto se pueda acabar”, concluye Ana, que tras la reciente experiencia matrimonial, que nunca quisieron, añade que “entre unas cosas y otras al final nos lo pasamos bien”.

Un caso curioso que sólo por la boda que celebraron el pasado 6 de julio valía la pena citar en este reportaje es el de Isabel Teruel y Moni, una pareja lesbiana que quiso contraer matrimonio por reivindicar el derecho de las personas del mismo sexo a casarse. Porque para Isabel no hacía falta acogerse a esta institución, su amor es sincero. Sólo la ceremonia que realizaron lo confirma: temática Alicia en el País de las Maravillas, todos los invitados con los colores azul y blanco y una fiesta que recordarán ellas y sus amigos toda la vida. Pero Isabel y Moni tienen una fuerte conciencia de su situación, y de la lucha que durante décadas ha desarrollado el colectivo LGTBI para que se les reconociera el derecho al matrimonio. Fue el gobierno Zapatero quien en el 2005 impulsó una de las leyes más avanzadas en el mundo para que las parejas homosexuales pudieran equipararse a las heterosexuales.

“Nos casamos por amor”, insiste Isabel, de 54 años, que tiene un hijo de 17 de una relación anterior con otra mujer. “Ser pareja de hecho no te servía para nada, con la ley de matrimonio la seguridad jurídica estaba hecha y queríamos sumarnos al matrimonio para dar sentido a nuestra reivindicación”. Aunque, vista la boda que realizaron, parece que no sólo fue por rubricar la legalidad de la unión. “Yo iba vestida de frac con bombín, ella de novia toda de blanco, preciosa, y los invitados secundaron la iniciativa”. Una boda que se celebró, además, en uno de los lugares más hermosos de València, en La Albufera. “Es evidente que no hace falta casarte para decirle a la otra persona que la quieres y que quieres compartir con ella su vida, el amor no entiende de papeles, pero la realidad es otra, y el matrimonio te garantiza algunas cosas que son necesarias de cara al futuro”. 

Modesto y Socorro estaban casados pero se divorciaron para que él pudiera acceder a un subsidio destinado a  mayores de 52 años; cuando esta prestación fue suprimida, decidieron volver a casarse

Amor y pragmatismo parecen darse la mano en la mayoría de las parejas consultadas. Porque el matrimonio alivia cargas administrativas y confiere garantías de por vida para las parejas. Lo afirma también David Ramon, de 47 años, ferroviario y concejal de Compromís en Albal, Valencia. Su historia ejemplifica la de otras parejas consultadas con resultados similares. “Creo en el matrimonio, no en el de la Iglesia, en el civil, te casas porque amas a alguien, pero también comprendes que al casarte consolidas una situación que da a ambos la posibilidad de tener reconocidos unos derechos que sin el matrimonio no tendría”. Se casó no hace mucho con Lidia, de 47 años, pero no era su primer matrimonio. “El anterior, en el 2001, duró nueve años, y fue por la Iglesia, porque era lo que tocaba, ya me entiendes, pero ahora no, ahora los dos somos personas más maduras, y es una decisión más racional”. Pero David no resta importancia al amor. “Es que si no quieres a la otra persona, o viceversa, el matrimonio aunque sea por pragmatismo, es un fracaso”. Y tampoco olvida un detalle: “Tuvimos quince días de vacaciones, y eso era genial, nos fuimos a Inglaterra”.

Pero si hay una historia sorprendente, en la que se mezclan todos los elementos, es la de Modesto y Socorro. Su relato merecería por sí mismo un reportaje, o incluso una novela. Se han casado tres veces, se han divorciado una, y tiene su explicación, que Modesto, natural de València, ofrece con todos los detalles. “Yo vivía en Madrid y veraneaba en la playa de La Pobla de Farnals, Valencia. En 1976 conocía a la que hoy es mi mujer, y en julio de 1978 nos casamos”. En el año 2003, al cumplir las bodas de plata, su madre y sus tías, con más de 90 años, les dijeron “que si volvíamos a casarnos por la Iglesia ellas asistirían a la ceremonia, y por darles el gusto lo hicimos”. Lo más interesante, sin embargo, viene a continuación: “Yo daba por terminado cualquier otro acto parecido. Pero en abril del 2014, tras dos años en paro, al solicitar el subsidio para mayores de 52 años el INEM me lo denegó, aduciendo que en mi casa mi mujer trabajaba y que superábamos los 800 y pico euros que eran lo mínimo exigible”.

Modesto continúa con su narración recordando; “le consulté a mi hermano, que es gestor, y me dijo que había dos soluciones: o mi mujer solicitaba en su empresa un descenso de sueldo, con el peligro de que podía ser despedida, y además para su jubilación la cotización era menor, o nos separábamos legalmente y por 429 cochinos euros que me daban decidimos separarnos; con la convicción de que al jubilarme volveríamos a nuestro antiguo estado”. Pero en el 2018, el ejecutivo de Pedro Sánchez derogó ese decreto, y el 21 de julio, en una fiesta íntima, “celebramos nuestros 40 años de casados y le volví a pedir matrimonio”. El 27 de julio, Modesto y Socorro se volvieron a casar. “Si no sucede nada raro, estaremos casados hasta que la muerte nos separe”, concluye.