El placer de la lectura lenta

Cada vez más personas están dejando de leer libros, no porque les disguste, sino porque no pueden concentrarse, pierden el hilo en la primera página. Para remediarlo, surgen clubs de slow reading (lectura lenta), cuyos miembros se preparan para la lectura respirando profundamente, como si se tratara de una sesión de yoga. El pacto no escrito es dedicar al menos 45 minutos a leer en silencio el libro que cada uno elija. En realidad, más que de leer despacio, se trata de “tomarse su tiempo cuando lo que se lee vale la pena”, dice Shole Hejazi, gestora del centro de coworking La Solana (Madrid) e impulsora del club de slow reading que aloja desde el 2014.
“Los efectos del slow reading son impresionantes y muy visibles. Basta una hora de lectura lenta para despertar las estrellas fugaces que hay dentro de cada persona”, señala esta iraní que en su día dirigió la película Camino al andar, para indagar hacia dónde se dirige la humanidad. “Estamos perdiendo la capacidad de concentrarnos en cualquier cosa por vivir de manera cada vez más acelerada. Pero leyendo un libro podemos pararlo todo: el tiempo, las preocupaciones del trabajo... La cuestión no es tanto leer por motivos intelectuales, sino por salud y bienestar”, razona sobre que la lectura profunda comience a considerarse un excelente tratamiento antiestrés.
Sin embargo, la tendencia es la contraria. Lo que se lleva es el culto a la velocidad y la mentalidad de Correcaminos para incrementar la productividad. La prueba es que desde hace tres años existen los fasters (veloces), personas que consideran que no tienen tiempo para escuchar y ver todo lo que quieren y que visionan sus series y películas preferidas poniendo la velocidad a 1.5x o a 2x, para poder ver un filme de dos horas en sólo una. Asimismo, aunque se acepta que sólo es posible leer con precisión un promedio de 200 o 300 palabras por minuto, proliferan los métodos para quintuplicar esta cifra, situación que recuerda una frase de Woody Allen: “He hecho un curso de lectura rápida y he leído Guerra y paz en 20 minutos. Va de Rusia”.
Hejazi da algunos consejos a quienes les empieza a costar leer textos largos. Al principio, funciona, por ejemplo, acordar con alguna otra persona una hora de lectura en silencio en un lugar que convenir para reforzar el compromiso, preferiblemente lejos de casa, para no caer en la multitarea digital. O va bien, apuntarse palabras para buscarlas en el diccionario.
Carles Lindín, filólogo y profesor del departamento de Didáctica y Organización Educativa de la Universitat de Barcelona, advierte que “aplicar la estrategia de lectura digital a la literatura no funciona”. Sus sugerencias para volver a disfrutar con un buen libro pasan por no hacer caso de ninguna lista y escoger aquel que realmente interese. “Lo importante es fluir con el libro y no leerlo superficialmente buscando la comprensión general del texto, sino disfrutar con cada palabra”, aprecia este especialista interesado en los ámbitos de confluencia de la tecnología con la lengua, la literatura y la enseñanza. “Y en verano hay que leer por puro entretenimiento y no por obligación”, recuerda. 

 

Un libro contra el estrés
Si está leyendo este artículo en papel, es muy probable que sólo llegue a la mitad. Si lo hace online, puede que lea menos de una quinta parte, según estimaciones de investigaciones recientes. La tendencia, señala el profesor Carles Lindín, es leer en forma de ‘F’: empezar por la primera línea del texto, leer unas cuantas más e ir bajando en sentido vertical por la parte izquierda de la página, saltándose líneas hasta llegar al final. Tal vez por ello, el lema de muchos clubs de lectura lenta de Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Japón, Canadá y Estados Unidos es “calm body, curious mind, open heart” (cuerpo tranquilo, mente curiosa, corazón abierto). Varias investigaciones apuntan que leer atentamente un libro puede reducir el estrés, incluso más que escuchar música, practicar ejercicio intenso, prepararse un té o salir a pasear. Sólo 30 minutos de lectura profunda pueden ser suficientes, cuantifica otro estudio, para reducir el ritmo cardiaco y la tensión muscular.
 

Libros para saborear sin prisa en verano

Aunque leer atentamente no depende del libro escogido, sino de la actitud del lector, hay varias obras de cabecera del slow reading. Por ejemplo, Ray Bradbury y su Fahrenheit 451 (Minotauro), que describe una civilización esclavizada por los medios de comunicación, los tranquilizantes y el conformismo, donde leer ha sido prohibido por las autoridades porque despierta el pensamiento propio (Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel arde). Otro libro fetiche es Elogio de la lentitud (RBA), de Carl Honoré. Sin embargo, el consejo es que cada lector elija lo que desee, pensando en sus gustos y en conectar consigo mismo. He aquí algunas propuestas de Shole Hejazi: El tiempo es un león de montaña (Visor), de Trinidad Gan; El libro de las horas (Hiperión), de Rainer Rilker; La casa de la mezquita (Salamandra), de Kader Abdolah; La fábula de la alforja robada (Alianza Editorial), de Bahiyyih Nakhjavani, y Confieso que he vivido (Debolsillo), de Pablo Neruda.